lunes, 22 de mayo de 2017

Infografía: 7 consejos para mejorar tu trabajo social, y tal...

Durante este curso bloguero he estado abordando una serie de cuestiones, relativas a la disciplina, que me apetecía mucho resumir en una infografía. Aquí está. Con ella despido el blog hasta septiembre. Como siempre, aprovecharé el verano para leer de aquí y de allá. Espero que las lecturas traigan nuevas reflexiones a trabajo social y tal y sobre todo espero que en septiembre nos reencontremos aquí. Sin ti este blog pierde su utilidad.

¡Feliz verano!

PD. De regalo incluyo dos enlaces: el primero es un artículo de Silvia Navarro que seguro te encantará y el segundo es un libro de la Universidad de Deusto, un ladrillo con muy buena pinta (debes registrarte en la página de Deusto para descargarlo).

Imágenes por cortesía de http://www.freepik.es/

sábado, 20 de mayo de 2017

Un vaso es un vaso y un plato es un plato

Imagen vía www.iloveclicks.es

Esta es mi cuarta y última entrada relativa al empobrecimiento del trabajo social en el marco de los servicios sociales actuales. La primera sirvió de introducción, en la segunda me referí al deterioro del trabajo social de casos y en la tercera describí cierta obsesión por la calle como concepto. Cierro el asunto con un tema que tenía pendiente abordar desde hace tiempo: las técnicas.

La técnicas se definen, según la socióloga francesa Madeleine Grawitz, como Procedimientos operativos rigurosos, bien definidos, transmisibles, susceptibles de ser aplicados de nuevo en las mismas condiciones y adoptados al género de problema y de fenómeno en cuestión. Las técnicas son concreciones de los métodos científicos, o dicho de otro modo, son los procedimientos válidos para la obtención de los fines del método en cuestión, por eso no pueden separarse del método científico ni del paradigma al que sirvan, de lo que se deduce que deben estar en consonancia con aquellos.

La idea central de mi argumentación es la que sigue: Existe una importante confusión con respecto a las técnicas, ya que se las posiciona en un lugar que no les corresponde básicamente por dos cuestiones, una, a causa de los requerimientos de nuestros mandos, obsesionados con aliviar la presión asistencial, dos, debido al Síndrome del Aprendiz de Brujo.

Las técnicas forman parte del acervo disciplinar de cada profesional, por lo que no parece adecuado que sea el sistema, en este caso de servicios sociales, el que nos dicte qué técnicas tenemos que aplicar en tal o cual situación. Así, si las técnicas forman parte del repertorio de la profesional no es de recibo que se nos exija sustituir una entrevista individual por una entrevista grupal con el solo objetivo de aliviar la presión asistencial. Lo digo así de rotundo. Debemos ser las propias profesionales las que tengamos el control en el manejo de una u otra técnica, lo que no es incompatible con nuestra obligación como empleadas públicas de optimizar la gestión. Yo soy la primera en utilizar sesiones informativas grupales cuando se trata de convocatorias de subvenciones, informaciones de tipo administrativo, etc. sin embargo, insisto, la decisión debe ser cosa nuestra.

En segundo lugar está el Síndrome de Aprendiz de Brujo, denominado así por Silvia Navarro.
El “síndrome del aprendiz de brujo” viene provocado al confundir los fines con los medios, al activar procesos, procedimientos y mecanismos que acaban perdiendo de vista los fines para los que fueron creados y que, llegados a un punto, no podemos dirigir ni controlar porque ellos han tomado el mando de la nave y empujan nuestras prácticas a su merced, después de vaciarlas de todo aquello que les confiere alma, que las conecta con los principios y valores que las sostienen, con la vida, con las personas.  
Las técnicas, per se, no son buenas ni malas, se usan adecuada o inadecuadamente, y desde luego no generan por sí solas un cambio en las personas atendidas. Pondré un ejemplo: Una entrevista por sí sola no mejora una dinámica familiar disfuncional, pero una entrevista bien realizada es un gran apoyo en el proceso, en el que el paradigma y la capacidad relacional del profesional son los verdaderos protagonistas.

Como decía al principio, las técnicas no pueden separarse del método científico ni del paradigma al que sirvan, y es que no es lo mismo observar, pongamos por caso, desde la perspectiva narrativa que conductual como tampoco es lo mismo entrevistar ni diagnosticar. Por todo ello, aplicar tal o cual técnica debe partir de un marco epistemológico de referencia, de una intencionalidad terapéutica y debe aplicarse en concordancia con lo anterior. Las técnicas, en sí mismas son sólo eso, técnicas. Resumiendo: Un vaso es un vaso y un plato es un plato.

(Madre mía, yo citando a Rajoy...)

Celia Cruz y Jarabe de Palo
A lo loco

lunes, 15 de mayo de 2017

Confesiones de una abuela cebolleta

La vida es un suspiro, una ráfaga de viento, un segundo, un puñado de arena que se escurre entre tus dedos. Ayer era una joven trabajadora social militante en el partido de la rabia contra las injusticias de la sociedad y hoy, tras levantarme de la siesta, me doy cuenta de que soy una abuela cebolleta. Así, a lo bestia.

Ayer recibí un correo electrónico (término que las abuelas cebolletas utilizamos para llamar al correo electrónico) en el que se me enviaba un enlace a la penosa noticia de que el alumnado de la Facultad de Trabajo Social de Zaragoza ha tenido la iniciativa de recoger ropa para las personas sin hogar. Fue leer el correo y cabrearme como una mona (expresión que las abuelas cebolletas utilizamos para decir que la noticia me rayó bastante).

Pensaba escribir una entrada en la que volcar toda mi rabia, o incluso explicar el por qué de mi indignación, pero mi admirado compañero bloguero Pedro Celiméndiz debió sufrir el mismo ataque de cólera que yo así que, cabreado como un mono, escribió la entrada El Trabajo Social ha muerto, un título provocador llamado a la movilización, aunque hay quienes esto de las ironías no lo tienen claro, como el Philomeno de Alejandro Robledillo. Es normal porque parece ser que las figuras retóricas, mejor dicho, las ironías, también son cosa del pasado, como los bolis de cuatro colores o los diarios de campo. Cosas de trabajadoras sociales abuelas cebolletas. Como los enfados. Enfadarse hoy día es casposo.

La prueba de ello es que mientras un grupo de trabajadoras sociales mayores ¡de 40 años! nos horrorizábamos ante la iniciativa del alumnado, otro grupo de compañeras jóvenes se sorprendían de nuestra reacción y comentaban en redes sociales que el trabajo social está más vivo que nunca, que fuera de los servicios sociales se están dando experiencias maravillosas de emprendimiento. No digo yo que no. Es más, digo que sí. Sostengo que hay algunas personas maravillosas con proyectos de autoempleo magníficos y mediáticos (en el mejor sentido del término) haciendo otro trabajo social al margen de los servicios sociales con mucha inteligencia. Personas que, por si fuera poco, son las primeras en salir a la calle a reclamar derechos de ciudadanía y se buscan la vida sin pretender vivir de papá sistema público de servicios sociales versión privatizada.

Es necesario el trabajo social en ejercicio libre, como lo es el trabajo social en otros servicios públicos fuera de los servicios sociales (justicia, educación, salud, prisiones...), lo aclaro porque no quisiera que mi lenguaje caduco diese lugar a confusiones. Lo he defendido siempre. Hay vida fuera de los servicios sociales, he defendido toda mi vida profesional. Y más debería haber.

Dicho esto, esta abuela cebolleta cabreada como una mona también afirma que no solo hay muertos escondidos en el armario de lo público. Muertos que, por cierto, somos nosotros los primeros en sacar a la luz. Algo huele mal en el ejercicio libre también. Lo he podido constatar y hasta aquí puedo leer, que no es esta una entrada para la guerra sino para el desahogo de una vieja.

Esta vieja, desde su desvencijada silla de enea, os recuerda con voz trémula que si se escriben blogs de trabajo social es porque los autores, todos, creemos que podemos cambiar la realidad o al menos aportar algo, cada uno desde nuestro punto de vista. Si creyésemos, literalmente, que el trabajo social ha muerto algunos nos habríamos retirado al interior de nuestra vieja casa, arrastrando los pies con nuestra silla de enea en mano para después cerrar tras de nosotros la puerta de la opinión.


Esta vieja que suscribe ruega que seamos capaces de distinguir lo positivo de lo proactivo, que no se ganaron batallas ofreciendo un ramo de flores al enemigo con una sonrisa. Y es que esta vieja se siente como Homer Simpson cuando dice que es un hombre mágico y vive en la casa de la gominola en la calle de la Piruleta. Esta vieja lee con sus ojos miopes a Raffaelle Simone y asiente con sus también arrugados ojos aún capaces de sentir emoción cuando en su libro El Monstruo Amable explica el concepto de la carnavalización de la vida a la que nos ha condenado el neoliberalismo. Estar enfadada es carca, dice Simone, entre otras cosas. Heme aquí, pues. Con todos ustedes, una carca, o en neolengua, una rancia.

Esta abuela cebolleta os señala, jóvenes, con dedo tembloroso para recordaros que no fue una sonrisa, sino la lucha solitaria de Clara Campoamor la que consiguió el sufragio femenino en España. No fue una sonrisa, sino la valentía de Rosa Parks, sentada desafiante en un asiento de autobús para blancos la que abrió las puertas a los derechos civiles en Estado Unidos. No fueron sonrisas, sino disturbios y sangre en Stonewall los que dieron lugar a los derechos LGTBI y al posterior y carnavalizado Orgullo Gay de hoy. No fueron sonrisas sino carreras delante de los grises y cárcel, mucha cárcel, las que contribuyeron a lo que hoy llamamos democracia que no lo es pero se le parece un poco. No fue la sonrisa de la diputada Ana Diamantopoulou la que consiguió que el Parlamento Europeo reconociese la figura del acoso sexual, sino su lucha tras el mismo acoso sexual que ella padeció de joven. No fue la sonrisa de Berta Cáceres la que salvo a su pueblo de la construcción de una presa que hubiese acabado con la vida de sus habitantes, fue su activismo y le trajo la muerte.

No basta con creer que las cosas son mejores de lo que son para que sean mejores de lo que son. Es una mentira. Tampoco basta con sonreír. Ni con ser optimistas, ni positivos. No conozco un solo ejemplo de la historia en el que las sonrisas, la diversión o las parrandas hayan traído avances sociales. Muy al contrario, son armas de distracción masiva, así que yo me quedo con la caspa y me despido muy cabreada con la iniciativa de Aragón y dos citas, una, del rancio Ernesto Ché Guevara para compañeras casposas como yo:
No somos familia, pero si usted es capaz de temblar de indignación cada vez que se comete una injusticia en el mundo, somos compañeros, que es más importante.
Y otra de Chimamanda Ngozi Adichié, joven escritora y feminista, para jóvenes trabajadoras sociales:
Estoy rabiosa. Todos tendríamos que estar rabiosos. La rabia tiene una larga historia de propiciar cambios positivos.

viernes, 12 de mayo de 2017

Tipos de magia

Esta es mi segunda entrada relacionando la debacle de los servicios sociales con el empobrecimiento del trabajo social como disciplina. En la entrada de la semana pasada ofrecí mi punto de vista sobre la deriva del trabajo social de caso; tal es la cosa que hasta yo misma confundí la imagen de Mary Richmond con otra Mary, de apellido Titensor. Mis disculpas a ambas o más bien a sus descendientes y mi agradecimiento a Maite Esnaola por sacarme del error.

Asociados a la debacle de los servicios sociales, observo la emergencia de dos seudoparadigmas del trabajo social actual, al menos en España. Uno es el trabajo social cuñaoque describí hace un tiempo. Consiste, en resumen, en la asunción de discursos seudocientíficos ligados ¡oh, sorpresa! a modelos neoliberales. Por otra parte, también constato otra tendencia a la que he bautizado trabajo social perroflauta, basado en una incomprensible obsesión con la calle como concepto.

Esta manía con la calle se traduce en dos mantras: El primero, que hay que estar más en la calle y menos en el despacho, y el segundo, que hay que hacer trabajo social comunitario en detrimento del trabajo social de casos. Total, que como decía en la anterior entrada, el trabajo social de casos es el chivo expiatorio o, en términos técnicos, es víctima de un epistemicidio disciplinar en toda regla. Epistemicidio es un término de Boaventura de Sousa Santos que descubrí gracias al magnífico artículo del (igualmente) Foro de Servicios Sociales de Madrid.

A pesar de que estar en la calle y hacer trabajo social comunitario se parecen como un huevo a una castaña, ambas cuestiones guardan algo en común: Atribuirles un cierto tipo de magia, cosa muy propia de estos tiempos postmodernos que a algunas nos ha tocado padecer. Pareciera que con salir a la calle o con reunirse con colectivos sonarán las trompetas de Jericó. Nada más lejos de la realidad. Me explico.


Salir a la calle per se no produce absolutamente nada, de la misma forma que hacer visitas a domicilio tampoco produce nada en sí mismo. En román paladino: Como trabajadora social, perfectamente puedo pasarme toda la jornada laboral en la calle realizando una praxis de lo más asistencialista, puede que más que en despacho. Es más, un trabajo social callejero mal enfocado, sobre todo en el medio rural, es una vía directa al paternalismo porque existe un riesgo muy importante de convertirnos en el término viejuno-pero-no-tanto fuerza viva del pueblo (como el cura y el médico), muy reconfortante para nuestro ego a la vez que un obstáculo para la construcción con las personas de proyectos de autonomía.

Aunque me adelanto a la próxima entrada, la praxis profesional no la determinan los escenarios de la intervención como tampoco la determinan los niveles del trabajo social, sino la perspectiva teórica, la destreza en la comunicación, la capacidad en la relación de ayuda, el compromiso ético y, en definitiva, nuestra manera de entender el trabajo social. Que no digo yo, subrayado y con negrita, que los escenarios no sean importantes, lo que afirmo con rotundidad es que no lo son hasta el punto de configurar un hacer asistencialista o un hacer emancipador.

Vayamos ahora a la cuestión del trabajo social comunitario. Me resulta muy triste que una de las fortalezas del trabajo social como disciplina, esto es, la construcción clásica de niveles en trabajo social ahora venga a ser una debilidad. El trabajo social se sustenta sobre la idea de la interacción de los problemas individuales y sociales, Jorge Conde dixit. No es admisible entonces desvestir a un santo para vestir a otro. Hay que hacer trabajo social grupal y comunitario, mas no a costa del trabajo social de casos porque cada uno de estos niveles tiene su propia utilidad, es decir, persigue fines distintos. Y eso, en sí mismo, sí que es estupendo.

Soy de las que creen firmemente en el trabajo social comunitario, sin embargo, considero urgente alejarnos de esa visión naif del trabajo social comunitario si no queremos darnos de bruces con la realidad: En España la sociedad está tensionada, cada día más fragmentada, es víctima de un proceso creciente y escandaloso de desigualdad social y, a todo esto, gobernada en la mayoría de los territorios por el Partido Popular ¿Hacer trabajo social comunitario en el marco de ESTOS servicios sociales? Adelante, lo digo sin ironía. Ni siquiera voy a entrar a valorar qué trabajo social comunitario cabría desplegar.

Eso sí, seamos conscientes de lo que nos vamos a encontrar fuera y, no menos importante, de la acogida que vamos a recibir dentro. El conflicto social nos demanda, debemos lanzarnos sí, con dos salvavidas: Uno, el conocimiento científico de la comunidad sujeto de nuestra intervención y dos, un sólido andamiaje teórico-conceptual, o en palabras de Bibiana Travi:
Una destacable coherencia interna entre los principios filosóficos, los marcos teóricos, la concepción de los sujetos y  la participación política (...) insumos (...) para producir el  proceso de ruptura.
Sugiero, por lo tanto, manejar con cuidado esto del trabajo social comunitario, más allá de lo mágico, para ello la formación se antoja imprescindible. Por mi parte, recomiendo empezar por clásicos como Saul Alinsky y no tan clásicos como Marco Marchioni y, si queremos metodología, es útil el libro de Fernández García y López Peláez, y de postre un artículo de Pirla y Julià, Comunicar lo comunitario, porque da pistas para la reflexión.

Una confesión para finalizar: El párrafo de Bibiana Travi en realidad se refiere a las pioneras del trabajo social. Qué cosas.

Hoy, un clásico
A Kind of Magic
Queen