miércoles, 20 de julio de 2011

¿Conocemos realmente a nuestros clientes?

Llevo 9 años, si no me equivoco, trabajando en los servicios sociales comunitarios de Berja. Llevo los mismos años atendiendo a una familia, de éstas a las que nos gusta llamar "en desventaja social" (esto da para otra entrada en el blog, me lo apunto). Me habré entrevistado con ellos en unas 40 ó 50 ocasiones y les he tramitado multitud de cosas.

Es tanta la confianza que me une a esta familia que les pedí un favor: he tenido el placer (sí, sí, el placer), de contar con Beatriz, una alumna en prácticas, durante 80 horas. Esta chica tenía que entrevistar a una familia para su formación y me pareció positivo que entrevistase a ésta en concreto porque, además de que me lo permitieron gustosamente, se trata de la "típica familia gitana" con toda la carga de prejuicios que rondan por nuestro imaginario. Mi objetivo oculto era que consiguiese ver lo mucho que esta familia atesora detrás del estereotipo que ella seguramente se formaría al hablar con ellos. El objetivo que le marqué a Beatriz era la tramitación de documentación, muy alejado de mi pretensión real.

En esa entrevista el marido contó a Beatriz (entre otras cosas) que los fines de semana, como no tenían dinero para ir de tapas o salir, se iba con sus dos hijas a pasear en bici, además le explicó que estaba ahorrando para comprar una tarta a su mujer por su 45º cumpleaños y también le comentó que él era el que le cortaba el pelo a su hija mayor.

En 9 años de trabajo, jamás escuché a este hombre narrar estos detalles de su vida cotidiana; sé que muchos pensaréis que es normal porque nuestras entrevistas están centradas en la resolución de un problema y que, además, el tiempo con el que contamos es escaso. Todo eso es cierto pero también es triste.

Beatriz me recordó, sin saberlo, que si queremos acompañar a nuestras familias en un proceso de cambio real, es hora de que empecemos a bucear en las potencialidades de las familias y de aprender a mirarlas diferente. Beatriz supo observar con la mirada libre; ella me ayudó a limpiar primero mi "armario" para poderle transmitir después y agradezco enormemente que quisiera hacer las prácticas conmigo porque me permitió desandar para rehacer el camino. Ahora me toca a mí aprender a ver a mis familias con otros ojos. Ese es mi reto. El vuestro: aceptad alumnas en prácticas, es una exigencia del código deontológico y una experiecia altamente gratificante, si estamos dispuestas a embarcarnos.

Hasta la próxima semana.

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