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No todo está perdido

Esta semana me he retrasado. Me propuse escribir en el blog todos los martes o miércoles y además pretendía que las entradas tratasen sobre Trabajo Social porque me parece, insisto, que los profesionales escribimos muy poco, generamos muy poco debate y además somos poco aventureros en esto de las nuevas tecnologías.

Así, tan estupenda yo, me subo en mi coche para ir al trabajo, pongo la radio y comienzo a darle vueltas al tema sobre el que quiero escribir esta semana. En esto el tiíllo (me encanta esta palabra tan de mi tierra) de la radio va y suelta, por ejemplo, que el Gobierno va a reformar la Constitución para ponerle techo al gasto público. Al escuchar esta noticia me pasa una cosa que dicen siempre en mi casa: se me pone una gaseosa en el estómago que no me deja concentrarme en mi tema, que yo he venido aquí a hablar de mi libro, coñe. Sigamos... podría hablar de los derechos subjetivos y de cómo es posible que haya trabajadores sociales que abogan encubiertamente por una vuelta a la beneficencia. En esto, otra vez el tiíllo: "El Papa Benedicto dieciséis aboga en la Jornada Mundial de la Juventud por el matrimonio y afirma que la homosexualidad es una enfermedad y que blabla...". ¡Cagoen...! ¿Y si quito la radio y pongo música? Pues va a ser mejor porque se me está poniendo un cuerpo guerrillero que cuando abra la puerta del centro en lugar de decir "buenos días" voy a decir "uenoía" que es lo que digo cuando estoy cabreada, más que nada para no parecer Pérez Reverte.

En fin, que cada día desayunamos con una noticia cada vez más desesperanzadora. Las radios, televisiones, prensa y demás emiten un discurso cada vez más apocalíptico, discurso que está calando en la gente, en los compañeros y compañeras de mi centro, en las familias que atendemos, en la mía propia. Y esto me parece preocupante, quiero decir, la situación ya es de por sí preocupante, pero el discurso que está calando en la sociedad me parece aún peor; peor porque creo, como habré dicho en otras ocasiones (porque soy muy repetida) que es intencionado pero también porque está generando en la gente una alarmante actitud de brazos caídos.

Familias trabajadoras, luchadoras, dignas (todas lo son, se me entienda...), que han ido por la vida con la cabeza alta y las manos destrozadas por el trabajo duro llegan al centro mendigando ayudas económicas, porque las necesitan pero también (y no es excluyente) porque ya no ven salida ¿para qué ir al SAE?¿para qué echar curriculos?¿para qué salir a buscar trabajo un día detrás de otro? No hay soluciones.

Pues yo creo que sí. Creo que este país no necesita contención del gasto sino inversión pública responsable, creo que este país no necesita que los políticos le digan a los curritos que se aprieten el cinturón, los curritos (y curritas) necesitan soluciones, tampoco necesita este país trabajadores sociales que les digamos a las familias que se ajusten (ellos ya lo saben), este país necesita trabajadores sociales que den un mensaje esperanzador, que den apoyo afectivo, que ofrezcan alternativas (las pocas que haya), que les digan a las familias que no todo está perdido. Es muy fácil ser un pájaro de mal agüero. Pero no es responsable. El ejercicio de responsabilidad hoy es el aliento, el empujón, la mano, no al cuello sino tendida. Para hablar de apocalipsis ya tenemos a los tertulianos de la mañana. Seamos responsables, al menos los profesionales, que para eso nos pagan (cada vez menos).

Hasta la semana que viene
(prometo hablar de Trabajo Social, palabrita del Niño Jesús)

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