lunes, 31 de octubre de 2011

Los universitarios tenían razón

Hola de nuevo:

Por fin he podido hacer uso de mi ordenador después de un fin de semana sin él, ya que mi sobrina, de 13 años, se ha atrincherado en mi despacho para sus twitter, tuentis y demás, por otra parte la pobre se ha tenido que tragar el fútbol, las noticias y los documentales de la tele por lo que tampoco era cuestión de dejarla sin vía de escape posible, no sea que no quiera quedarse más y pierda yo mi papel de tía-canguro-que-me-deja-hacer-lo-que-yo-quiera, papel éste que me ha dado muchas satisfacciones y las que vendrán.

En otro orden de cosas, como dicen en los telediarios, hace tiempo que quiero tratar un tema que a todas nos preocupa y sufrimos en silencio, mismamente como las hemorroides: el título de grado en Trabajo Social, o más concretamente, el acceso al grado para los diplomados.

En 1993 acabé la carrera y, por estas cosas que todos conocemos acerca del divorcio entre la universidad y el ejercicio profesional, no conseguía captar en toda su esencia el asunto del “Plan Bolonia”. Intuía que algo olía mal en Dinamarca cuando los universitarios en masa se estaban manifestando hace unos pocos años y sus portavoces quejándose de la que se nos venía encima (ahora me he dado cuenta) en los escasos medios que les dieron esa posibilidad.

Continué en mi estado de feliz ignorancia al respecto hasta que, amigos y amigas, llegó el grado y con él la posibilidad de realizar algún curso puente que me diese acceso al grado desde la diplomatura, al igual que muchos de mis compañeros y compañeras de distintas promociones. Comencé a mirar en las diferentes universidades españolas las distintas posibilidades y entonces me topé de bruces con la triste realidad universitaria actual, a saber: la nueva estructura universitaria ha cambiado a un concepto más “empresarial” por decirlo de una manera sutil (que si no me lío y termino cagándome en Angela Merkel).

La nueva estructura universitaria la tenéis en este enlace, del espacio europeo de educación superior, y es bastante fácil de entender, hasta para un trabajador social: http://www.eees.es/es/eees-estructura-antigua-estructura-nueva-eees.

El resultado de “la adecuación a Europa” es que estudiar se ha encarecido ostensiblemente; subir cada escalón de la carrera universitaria supone un pastón, si has tratado de acceder al grado desde la diplomatura lo habrás podido comprobar, además, como decía, se está abriendo la puerta de la universidad a las empresas, imagínate lo que viene detrás (ríete de Halloween o de Walking Dead)

Por otra parte, el nivel es cada vez más bajo, entre otras cosas porque las facultades las conforman un clan de elegidos (salvando MUY honrosas excepciones) en el que es imposible entrar y que están totalmente ajenos a la realidad profesional (volvemos al divorcio entre disciplina y profesión); yo lo he podido comprobar de primera mano leyendo algunos libros de la UNED, que directamente tienen contenidos que no se ajustan a la realidad (“Servicios Sociales y Dependencia”, un hit en la materia); claro, teniendo en cuenta que hay docentes que lo mismo te escriben sobre dependencia que sobre supervisión que sobre trabajo social comunitario que sobre política social, pues igual te fríen una camisa que te planchan un huevo.

Resumiendo, que si queremos acceder al título de grado nuestras universidades, muy preocupadas por darnos a los diplomados una solución, ya se están frotando las manos y haciendo cálculos para que pasemos por caja, que para eso la mayoría somos funcionarios y tenemos “güenas” nóminas, los compañeros y compañeras que trabajan en precario o ni siquiera trabajan esos que se olviden, que los bancos no esperan (ni cinco minutos) y además comer es lo primero.

Los universitarios tenían razón (como siempre), esto del plan Bolonia es un timo más de la “maravillosa” Unión Europea y sus dirigentes, tan progresistas ellos y tan preocupados por el europeo de a pie: ¡me cago en la Unión Europea y en Angela Merkel! (lo siento, es que no me puedo reprimir).

Hasta la semana que viene.

domingo, 23 de octubre de 2011

Café para todos ¿y por qué no?

Hola de nuevo. Es domingo y por fin he tenido un rato para ponerme a escribir. Esta semana he sido una tardona porque he estado ocupada con varias cosas que me han robado la concentración necesaria para abordar el tema de hoy; amigo o amiga cibernauta, no desesperes, hoy no voy a despotricar sobre la crisis y las decisiones políticas, y eso que no me faltan motivos porque en Diputación de Almería ya se están dando pasos cortos pero seguros por parte del equipo de gobierno para privatizar los servicios y blablabla (¡tranquila Belén, el Madrid ganó ayer, ahora un trago de whisky y un sumial y como nueva!)

Como iba diciendo, creo que es interesante abordar un tema poco tratado en la política social española y es el debate entre servicios sociales universales y servicios sociales selectivos. Me parece interesante porque en estos tiempos asisto con mucha frecuencia a conversaciones entre compañeras sobre si los servicios sociales deben ser accesibles para toda la población o solo para las personas con más necesidades sociales. Antes de elaborar un posicionamiento al respecto he tratado de documentarme y, como siempre, internet es una fuente inagotable de recursos.

He encontrado dos autores cuyos artículos me han parecido bastante esclarecedores al respecto, uno es Manuel Moix Martínez, de lectura muy recomendable en general, que escribió un artículo en la revista del consejo, titulado "Servicios Sociales Universales y Servicios Sociales Selectivos" (número 72 de la revista). También encontré un artículo de Diego Hernández, profesor de ingeniería de sistemas de la Universidad Nacional de Colombia, cuyo enlace tienes aquí: http://www.docentes.unal.edu.co/dfhernandezl/docs/.

Moix define universalidad como el principio según el cual los servicios sociales deben ser accesibles gratuitamente a todos los ciudadanos con independencia de los ingresos. Por selectividad entiende el principio en virtud del cual los servicios sociales deben dirigirse solamente a los llamados "económicamente débiles", esto es, a los que acrediten la falta de medios económicos para subvenir a sus necesidades.

Ambos autores son partidarios de la opción universalista, Hernández explica para defender su postura que el universalismo representa un enfoque redistributivo, que parte de que el bienestar social es una institución muy importante en la sociedad, que proporcionas servicios fuera del mercado (el selectivismo presta servicios a aquellos a los que el mercado no se los puede proporcionar), no reconociendo un límite fijo para los compromisos del bienestar público ya que los derechos de ciudadanía deben ser garantizados incondicionalmente al igual por ejemplo, que los derechos de propiedad, tan ampliamente defendidos en el estado liberal.

Y continúa exponiendo que este modelo tiene tres características que lo convierten en la opción más transformadora:

1. El bienestar del individuo es responsabilidad del colectivo social, sin paliativos.
2. Las preferencias en relación con las mercancías no es lo único que genera bienestar en el individuo.
3. Bajo este paraguas, el estado promoverá mecanismos de amplia solidaridad social en razón a que la clientela de la política social (y en este caso los servicios sociales) es toda la población.

Hernández crítica al selectivismo argumentando que "ésta es una política ideada como un compromiso para facilitar la soberanía del mercado, en virtud del papel limitado que juega el gobierno en la distribución del bienestar.  Sistemas marginales de bienestar que, por lo tanto, tienden a ser dirigidos hacia aquellas personas o humanos residuales que son incapaces de auto-ayudarse. En consecuencia, los límites para los compromisos sociales son muchos, y el Estado termina suscribiéndose al clásico énfasis sobre las soluciones de mercado y la auto-independencia de los individuos.

Una segunda característica de este modelo de política social es la estratificación, es decir, la dimensión del estatus entre los ciudadanos. El modelo residual promueve la estigmatización social que consiste en baja autoestima e inseguridad al sentirse incapaz de incorporarse al mercado y tener que acudir a los limitados beneficios de la política social.

La tercera característica es precisamente que los programas sociales son temporales y están limitados a los recursos presupuestados y las prioridades que el gobierno defina. La cobertura no se basa en la necesidad sino en el mínimo de hogares para quienes alcance la cantidad presupuestada.  Los programas diseñados bajo el selectivismo están sujetos a la comprobación de medios lo cual conduce a los problemas de la trampa de la pobreza. Las personas valoran la posibilidad de obtener por ejemplo un empleo frente a la probabilidad de perder el subsidio, lo que hace que el individuo deba decidir entre aceptarlo o perder el subsidio con las consecuencias sociales que ello implica".

Por tanto, si todas las niñas y niños tienen derecho a la educación gratuita, todas las personas tienen acceso a la sanidad y también a que los bomberos apaguen nuestros incendios, los barrenderos barren todas las calles con la misma asiduidad (en teoría, en El Ejido solo las calles del centro), ¿por qué no puede haber servicios sociales para todos?, ¿por qué no podemos generar derechos subjetivos de ciudadanía?, ¿acaso no vemos que generar servicios sociales solo para pobres es generar rechazo en la clase media?, ¿no hemos visto los efectos tan positivos que la ley de dependencia ha generado en la opinión de la ciudadanía?. Y me pregunto ¿qué favor hacemos los profesionales al sistema siendo los primeros que lo ponemos en cuestión?. Un sistema que, en tiempos de crisis, está siendo el único capaz de generar empleo.

En fin, que si me preguntan que si estoy a favor del café para todos diré que sí. El mío con leche y azúcar, por favor.

Hasta la semana que viene.

martes, 11 de octubre de 2011

Quiero ser perroflauta

Hola de nuevo, vaya semana caliente llevamos y eso que no ha hecho más que empezar: declaraciones de Duran y Lérida, que escribo así por si me lee (no caerá esa breva) para que le dé escozor o algo ver su nombre escrito en la bajuna e ignominiosa lengua de Cervantes; sueldos vitalicios de directivas de entidades bancarias (¿y eso no es delito ni nada por el estilo?) y usuarios de los servicios sociales cada vez más desesperados, con las ayudas económicas "en stand by", que para el caso es como decirle a la gente "búscate la vida", pero sin el cómo. Bueno, siempre nos quedará Cáritas...

Todo ello con el murmullo creciente de fondo de la manifestación del próximo sábado, organizada, como todos sabemos, por un grupo de perroflautas de la extrema izquierda que quieren desestabilizar el sistema para introducir las subversivas ideas marxistas-leninistas que les dictan las hordas comunistas (eso más o menos imagino que dirá la COPE; no la escucho porque no la pillo en la radio, una pena).

Los llamados perroflautas, esos impresentables del 15 M, han conseguido al ritmo del bongo y la flauta dulce que los más poderosos se paren a observar que aquí abajo nos encontramos unos infraseres quienes, los más privilegiados, tenemos que levantarnos por la mañana para trabajar, y otros no tienen que madrugar porque no tienen trabajo adonde ir. Los llamados perroflautas, entre cartón y carton de Don Simón, que parece ser lo único que ingieren, han conseguido que por fin la ciudadanía se pare a pensar que a lo mejor es obsceno que haya personas que tengan que meterse en un contenedor para comer mientras los banqueros pagan equipos de fórmula 1. Y los llamados perroflautas también han destapado la mediocridad y la corrupción de la clase política, incapaz de gestionar mínimamente los problemas de este país. En definitiva, los llamados perroflautas han dicho alto y claro que no somos mercancía en manos de políticos y banqueros.

Los llamados perroflautas nos han sacado los colores a muchos colectivos profesionales que hace mucho tiempo debíamos hacernos echado a la calle y no lo hemos hecho. Por eso y por muchas cosas más, yo de mayor quiero ser perroflauta... ¿una monedita?.

Hasta la semana que viene.

martes, 4 de octubre de 2011

¿Se puede ser trabajadora social y de derechas?

Hola de nuevo, por fin os escribo desde mi nuevo despacho; de sus cuatro paredes, dos son ventanales abiertos desde donde puedo observar los tejados y el cielo de mi pueblo que hoy es una ciudad. Dice un amigo mío, más fino que yo, que desde mi terraza se divisa el "skyline" de mi ciudad, este privilegio es uno de los muchos que tiene vivir en pueblos, una se puede costear esta vista, prohibitiva en ciudades grandes al menos para los sufridos empleados públicos (otros no tienen ni ventanas por dónde mirar...).

Suelo debatir en muchas ocasiones con amigas mías, también trabajadoras sociales, sobre la relación entre trabajo social y política, o más bien, sobre si se puede ser trabajadora social y de derechas. Mis amigas, en especial una, argumentan que no es posible puesto que los partidos de derecha se basan en el individualismo y en la capacidad del ser humano para salir adelante por sus propios medios, además de que las políticas sociales que ellos plantean son residuales ya que no tienen en el horizonte una sociedad igualitaria.

A mí me gusta ejercer de abogada del diablo y argumento (porque además lo pienso así) que es posible ejercer esta profesión siendo de derechas, de hecho hay compañeras y compañeros que lo son. Creo que este debate encierra dos cuestiones previas que deben ser aclaradas: en primer lugar, los compañeros y compañeras de ideología conservadora no lo expresan en alto por varias razones, la profesión ha nacido y ha evolucionado en un contexto, digamos, progresista, y se sienten en minoría.

Por otra parte, creo que la derecha española es muy poco madura y conserva demasiados posos del franquismo, además, la prioridad de la derecha española ha sido aglutinar ideas más o menos homogéneas en torno a una idea de España, esto me lleva a sostener que no ha habido un debate ideológico en su seno en cuanto a la posición sobre política social, más bien se han dedicado a esgrimir "lo social" como arma electoral. Quiero decir con esto, que las compañeras y compañeras que se sienten de derechas, ni siquiera tienen elaborado un discurso ideológico en la materia porque ni siquiera cuentan con referentes en nuestro país (los pocos que intentaron tener un discurso social acabaron como el rosario de la aurora, que se lo digan a Manuel Pimentel).

Y trasladando esta cuestión al plano de lo epistemológico, es evidente que la naturaleza del Trabajo Social está claramente relacionada con la cuestión del objeto, quiero decir que si en las ciencias sociales está admitido que una disciplina puede contemplar diferentes objetos, la visión del trabajo social tiene todo que ver con la concepción del trabajo social en sí. Resumiendo, cada uno de nosotros acomoda su idea del Trabajo Social a nuestra propia cosmovisión, que incluye la ideología, que no la adscripción a un partido en concreto.

Por todo ello considero que es positivo que haya compañeras y compañeras con distintas tendencias ideológicas, lo que me parece realmente peligrosa es la actitud de aquellos que se definen como "apolíticos" o "sin ideología". Una puede no tener ninguna tendencia partidista, pero la ideología viene en el paquete, amigos. Y una persona sin ideología (cualquiera) es un barco a la deriva. Alguien (no recuerdo quien) dijo una vez que cuando se acaba la ideología, llegan los totalitarismos. Que razón tenía.

Hasta la semana que viene (seguro).