domingo, 27 de noviembre de 2011

De 15-M, DRY, consensos, disensos, mayorías y otras hierbas...

Hola de nuevo:

Por fin (y digo por fin) la pesadilla se ha hecho realidad. Me voy a reprimir una vez más y voy a dedicar la entrada de esta semana a hablar de otra cosa que no sean las elecciones, pero no me he podido resistir a insertar esta viñeta del genial Manel Fontdevila, publicada en el diario Público, que ilustra muy bien cuál es mi sensación en estos momentos.

Esta semana estoy haciendo un curso de formación de formadores con la idea de poder compaginar el trabajo con temas docentes, imagino que los que seáis funcionarios, mileuristas y demás ya estaréis barajando, al igual que yo, el pluriempleo, que es lo que vamos a terminar haciendo muchos al paso que lleva la nómina, que tienen los del PP una fijación con el tema con más peligro que un bautizo de Gremlims, omá...

Durante un descanso del mentado curso estuvimos hablando sobre el movimiento 15-M y vino el tema a cuento porque en ese momento estábamos tratando el consenso en los grupos, yo aproveché y le pregunté al "maestro" (me encanta esa palabra) que si era recomendable, en un grupo, intentar llegar por todos los medios al consenso o quedarse en las mayorías; tengo que decir que el resto de alumnos me miró con cara de "asesinos-psicópatas-cuidao-con-la-tía-repelente" porque querían irse a fumar.

Me contestó que el consenso era, en grupos numerosos, un error, y puso al 15 M como ejemplo; básicamente él vino a decir que el consenso es alcanzable (y deseable) en grupos pequeños con unos objetivos muy claros y concisos. En grandes organizaciones se requiere el juego de mayorías-minorías porque es la única manera de que exista eficacia y operatividad en sus acciones. Este asunto, además, es una de las razones que él esgrimía para vaticinarles un futuro más bien negro.

Es interesante reflexionar sobre esto de las mayorías y las minorías y los consensos y estaba yo tan feliz divagando sobre el tema con el docente cuando el asunto tomó un giro que no me gustó nada: el 15-M en sí.

Me preocupó que algunos compañeros del curso afirmaran que el movimiento no tiene validez porque no se consigue nada saliendo a la calle y haciendo asambleas esperpénticas. Al margen del "folklore" de las asambleas y demás, el simple hecho de que la ciudadanía salga a la calle a opinar, debatir y protestar me parece un avance importantísimo en una sociedad abotargada y preocupada por el "furgol" y el "sálvame deluxe", y creo además que al movimiento se le están exigiendo unos niveles, por decirlo así, que no se le han exigido ni de lejos a los distintos partidos políticos en toda la democracia.

Ignoro cuál será el futuro de estas organizaciones, pero desde mi pequeño ciberespacio les deseo lo mejor. Les necesitamos (y mucho).

Hasta la semana que viene

PD.: Por favor, llegad al final de la página que todas las semanas inserto "buena publicidad".

sábado, 19 de noviembre de 2011

Llegar a viejo

Es sábado y jornada de reflexión ¡qué descanso!

Me parece una idea muy buena lo de la jornada de reflexión. Hay quienes opinan que esto de dejarnos un día para pensar es tratarnos cómo si fuéramos tontos, pero es que yo creo que ya nos tratan cómo si fuéramos tontos todos los días del año, por lo que no veo la diferencia.

Me parece una idea tan buena que yo también voy a reflexionar, y no sobre política, o mejor dicho, sobre partidos políticos. Voy a reflexionar sobre la vejez. Y os preguntaréis por qué. Pues os contesto. Porque ser viejo hoy en día, me parece una soberana putada. Todos los días lo observo en mi trabajo. Me parece obsceno cómo tratamos a la gente mayor: hijos, nietos, profesionales, sobrinos, clase política y demás ralea…

Pendulamos entre la conmiseración y el desprecio, entre la pena y la rabia por lo que nos han hecho o lo que no nos han hecho y tendrían que haber hecho. Es despreciable.

Mañana, sin ir más lejos, tendré que asistir al espectáculo lamentable del hijo mascullando por tener que llevar a su madre a votar, que es uno de los derechos fundamentales de los españoles, o de la hija llevando a rastras a su padre a votar, con el sobre preparado por ella, ignorante el anciano de cual será la opción que deposite en la urna, y qué más da, el viejo qué sabe...

Me asquea profundamente esta sociedad que es capaz de emocionarse porque la Pantoja va a ser abuela y es incapaz de reaccionar cuando se descubre que en una residencia maltratan a los ancianos.

Me jode que los hijos no entiendan que son sus padres los que los han puesto en el mundo y los que se han encargado de que hoy disfruten la vida que tienen.

Me indigna que la clase política trate a las personas mayores como si fuesen gilipollas.

Me cabrea que la vejez dé grima ¡todos vamos a ser viejos, coñe! y ya veremos si nos gusta que nos traten como a apestados.

Me altera que se juegue con las pensiones, que es el pan que tienen y con el que están manteniendo a las hordas de desempleados de este país.

Me aterra que juguemos con la ley de dependencia.

Y me sorprende que ellos no hayan hecho su propio 15 M para decir que ya está bien. Porque ya está bien.

Ahora que somos todos tan modernos y tan alternativos, sería hora de que nos acordáramos de ellos también en las pancartas de las manifestaciones. Aunque sea por puro egoísmo.

Aviso para navegantes: todos seremos viejos.


Hasta la semana que viene (si es que España continúa en el mapa)

sábado, 12 de noviembre de 2011

Placeres cotidianos


«Comencemos por aclarar la antigua confusión que se da entre el hombre que ama la erudición y el hombre que ama la lectura, y señalemos cuanto antes que no existe conexión de ninguna especie entre los dos. El erudito es un entusiasta sedentario, concentrado, solitario, que busca en los libros en su afán por descubrir una determinada pizca de verdad, en la cual ha puesto todo su empeño y todo su corazón. Si la pasión de la lectura lo conquista, sus ganancias menguan y se le escurren entre los dedos. Por otra parte, un lector ha de poner coto al deseo de aprender ya desde el comienzo; si el saber se le pega, excelente, pero ir en busca del saber, leer de acuerdo con un sistema, convertirse en especialista, o en una autoridad, es algo que tiene todas las trazas de acabar con lo que preferimos considerar como una pasión más humana, una pasión por la lectura pura y desinteresada.»

               Horas en una biblioteca, Virginia Woolf

Hola de nuevo:

            Es sábado (por fin), estoy cansada. La semana ha sido dura en el trabajo y la campaña me está empezando a crispar los nervios. Me agota pensar, sufrir, actuar y, sobre todo, aguantar dentro del tren, es que cada vez me gusta menos la dirección que toma el maquinista y no hay ninguna estación en la que me apetezca bajar.

            Menos mal que a pesar de todo lo malo, aún nos quedan placeres maravillosos y de fácil disfrute. Es curioso, no sé si vosotros habréis experimentado la sensación de recuperar las cosas sencillas, yo la estoy sintiendo estos meses. Suena cursi, lo sé, pero es la verdad. Por razones diversas, estoy más tiesa que la mojama, que decimos por aquí cuando el dinero escasea. Ello me ha empujado a retomar aficiones que nunca debí abandonar, como la de pasear, además, ahora lo hago con mi perrita; me gusta que sea ella la que decida el ritmo y la dirección del paseo, parándose a olisquear las cacas perrunas más atractivas del barrio y dejando cartas de amor en forma de pipí. Mi Nikita es así, escatológica pero muy romántica.

            También he recuperado la pasión por la lectura. Y me estoy dejando llevar en cada libro: si me gusta, sigo leyendo, si no me gusta, lo dejo. Creo que eso es lo primero que deberían transmitirnos en el colegio: leer con libertad. En su día intenté hincarle el diente, digo el ojo, a varios de los libros que no te puedes morir sin leer. Menuda plasta. Antes, si no conseguía leerme alguno de los “libros imprescindibles”, lo sufría en silencio como las hemorroides. Ahora me he enfrentado a mis fantasmas, puedo levantarme en cualquier club de lectura y decir: “Hola, soy Belén y no me he leído el Ulises de James Joyce” y todos me contestarían “Hola Belén, no estás sola”.

            Curiosamente, he experimentado lo contrario con un libro que también se me había atragantado: “Memorias de Adriano” de Marguerite Yourcenar. Lo intenté, cuando era joven y estúpida y me pareció un muermo impresionante. Ahora he retomado su lectura, ya vieja (e igualmente estúpida) y me está pareciendo un ejercicio de filosofía y pasión por la escritura precioso. Tengo que decir que no es un libro fácil, pero la autora usa las palabras de una manera que me parece muy evocadora. Que me está encantando, vaya.

            Dice la gente que sabe sobre Trabajo Social que es bueno alejarse de la literatura profesional. Estoy de acuerdo. Alejarse de los temas en los que estamos inmersos todos los días nos ayuda a ver el mundo con otros ojos. Y como ejemplo, os copio un fragmento del citado libro, en el que el protagonista explica que los seres humanos somos complejos, algo con lo que tenemos que lidiar los trabajadores sociales todos los días. Espero que os guste. Me voy a seguir leyendo.

            Hasta la semana que viene.

“Diversos personajes reinaban en mí sucesivamente, ninguno por mucho tiempo, pero el tirano caído recobraba rápidamente el poder. Albergaba así al oficial escrupuloso, fanático de disciplina, pero que compartía alegremente las privaciones de la guerra con sus hombres; al melancólico soñador de los dioses, al amante dispuesto a todo por un instante de vértigo, al joven teniente altanero que se retira a su tienda, estudia sus mapas a la luz de la lámpara, sin ocultar a los amigos su desprecio por la forma en que van las cosas, y al estadista futuro. Pero tampoco olvidemos al innoble adulador, que para no desagradar consentía en emborracharse en la mesa imperial, al jovenzuelo que opinaba sobre cualquier cosa con ridícula seguridad; al conversador frívolo, capaz de perder a un buen amigo por una frase ingeniosa; al soldado que cumplía con precisión maquinal sus bajas tareas de gladiador. Y mencionemos también a ese personaje vacante, sin nombre, sin lugar en la historia, pero tan yo como todos los otros, simple juguete de las cosas, ni más ni menos que un cuerpo, tendido en su lecho de campaña, distraído por un olor, ocupado por un aliento, vagamente atento a un eterno zumbido de abeja”.

Memorias de Adriano (Marguerite Yourcenar)  

domingo, 6 de noviembre de 2011

Siempre se puede hacer algo

Hola de nuevo:

Acaba de comenzar la campaña electoral. Nos esperan 15 días de siestas interrumpidas por el "parán-parán-parararán" del PP o el "chan-chaaaan" del PSOE, bramando desde los altavoces de los coches electorales. Que digo yo que si esta gente es que no pega la pestañada del mediodía. Es un ritual tedioso, la verdad. Como el hecho de abrir tu buzón y encontrártelo atascado de propaganda electoral. ¿No se ha legislado sobre las bolsas de plástico?. Pues que se legisle también sobre el uso del papel en las campañas electorales, coñe, que el bosque amazónico está cada vez más desertizado.

Pero más tedioso me resulta escuchar a los filósofos / as de cafetería que, descubriendo la pólvora, sentencian: "lospolíticossontodosiguales", "yonopiensoiravotarporquepaqué" o "loquequierenesllenarselabarriga", y que me decís de "todossonunosladrones". Po zí, Amparo, todos serán unos ladrones y eso, pero por si alguien no se ha enterado, ir a votar o no, no va a impedir que sigan siéndolo, creo yo.

Es normal que la gente sienta hartazgo. Es normal que la gente no viva las campañas electorales con interés. Y es normal que haya desconfianza hacia la clase política.

Lo que no me parece normal es que haya gente que, ante la situación en la que vivimos, se cruce de brazos. No me parece normal que haya gente que se quede en su casa, refunfuñándole al presentador del telediario.  No me parece normal que haya gente para quien el 15 M es una gilipollez, la militancia política también es una estupidez, por supuesto la implicación en asociaciones una pérdida de tiempo, el voluntariado es de tontos y la pertenencia a colegios profesionales un despilfarro. Y de los sindicatos ni hablamos. No me parece normal que la gente diga que no se puede hacer nada. Siempre se puede hacer algo.

Ser escéptico es fácil. Y cómodo. Y si además se es cínico, aún mejor. Situarse por encima de los demás, sobre el mullido cojín de la indiferencia es una opción válida, pero no es ética, máxime, si sobre ese cojín nos dedicamos a dar lecciones. El movimiento se demuestra andando. Me da igual hacia adonde. Me parece respetable que la gente considere que la salida está en el Partido Popular. Me parece respetable que la gente quiera eliminar el senado y haga campaña para no votar. Me parece respetable que la gente se sume a movimientos religiosos y me parece respetable que la gente haga asambleas en la calle. Incluso me parece respetable que la gente participe a través de internet.

Lo que no me parece respetable, amigos y amigas, es pretender que sean otros quienes solucionen nuestros problemas. En estos tiempos, la implicación en la sociedad no es una elección, es un deber. En tu mano está elegir cómo, pero si quieres que las cosas cambien, apaga la tele y ponte las pilas. Y si no estás dispuesto a hacer nada, al menos cállate y déjanos a los demás desayunar en paz. ¡Hombre ya!

Hasta la semana que viene (eso espero)