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Placeres cotidianos


«Comencemos por aclarar la antigua confusión que se da entre el hombre que ama la erudición y el hombre que ama la lectura, y señalemos cuanto antes que no existe conexión de ninguna especie entre los dos. El erudito es un entusiasta sedentario, concentrado, solitario, que busca en los libros en su afán por descubrir una determinada pizca de verdad, en la cual ha puesto todo su empeño y todo su corazón. Si la pasión de la lectura lo conquista, sus ganancias menguan y se le escurren entre los dedos. Por otra parte, un lector ha de poner coto al deseo de aprender ya desde el comienzo; si el saber se le pega, excelente, pero ir en busca del saber, leer de acuerdo con un sistema, convertirse en especialista, o en una autoridad, es algo que tiene todas las trazas de acabar con lo que preferimos considerar como una pasión más humana, una pasión por la lectura pura y desinteresada.»

               Horas en una biblioteca, Virginia Woolf

Hola de nuevo:

            Es sábado (por fin), estoy cansada. La semana ha sido dura en el trabajo y la campaña me está empezando a crispar los nervios. Me agota pensar, sufrir, actuar y, sobre todo, aguantar dentro del tren, es que cada vez me gusta menos la dirección que toma el maquinista y no hay ninguna estación en la que me apetezca bajar.

            Menos mal que a pesar de todo lo malo, aún nos quedan placeres maravillosos y de fácil disfrute. Es curioso, no sé si vosotros habréis experimentado la sensación de recuperar las cosas sencillas, yo la estoy sintiendo estos meses. Suena cursi, lo sé, pero es la verdad. Por razones diversas, estoy más tiesa que la mojama, que decimos por aquí cuando el dinero escasea. Ello me ha empujado a retomar aficiones que nunca debí abandonar, como la de pasear, además, ahora lo hago con mi perrita; me gusta que sea ella la que decida el ritmo y la dirección del paseo, parándose a olisquear las cacas perrunas más atractivas del barrio y dejando cartas de amor en forma de pipí. Mi Nikita es así, escatológica pero muy romántica.

            También he recuperado la pasión por la lectura. Y me estoy dejando llevar en cada libro: si me gusta, sigo leyendo, si no me gusta, lo dejo. Creo que eso es lo primero que deberían transmitirnos en el colegio: leer con libertad. En su día intenté hincarle el diente, digo el ojo, a varios de los libros que no te puedes morir sin leer. Menuda plasta. Antes, si no conseguía leerme alguno de los “libros imprescindibles”, lo sufría en silencio como las hemorroides. Ahora me he enfrentado a mis fantasmas, puedo levantarme en cualquier club de lectura y decir: “Hola, soy Belén y no me he leído el Ulises de James Joyce” y todos me contestarían “Hola Belén, no estás sola”.

            Curiosamente, he experimentado lo contrario con un libro que también se me había atragantado: “Memorias de Adriano” de Marguerite Yourcenar. Lo intenté, cuando era joven y estúpida y me pareció un muermo impresionante. Ahora he retomado su lectura, ya vieja (e igualmente estúpida) y me está pareciendo un ejercicio de filosofía y pasión por la escritura precioso. Tengo que decir que no es un libro fácil, pero la autora usa las palabras de una manera que me parece muy evocadora. Que me está encantando, vaya.

            Dice la gente que sabe sobre Trabajo Social que es bueno alejarse de la literatura profesional. Estoy de acuerdo. Alejarse de los temas en los que estamos inmersos todos los días nos ayuda a ver el mundo con otros ojos. Y como ejemplo, os copio un fragmento del citado libro, en el que el protagonista explica que los seres humanos somos complejos, algo con lo que tenemos que lidiar los trabajadores sociales todos los días. Espero que os guste. Me voy a seguir leyendo.

            Hasta la semana que viene.

“Diversos personajes reinaban en mí sucesivamente, ninguno por mucho tiempo, pero el tirano caído recobraba rápidamente el poder. Albergaba así al oficial escrupuloso, fanático de disciplina, pero que compartía alegremente las privaciones de la guerra con sus hombres; al melancólico soñador de los dioses, al amante dispuesto a todo por un instante de vértigo, al joven teniente altanero que se retira a su tienda, estudia sus mapas a la luz de la lámpara, sin ocultar a los amigos su desprecio por la forma en que van las cosas, y al estadista futuro. Pero tampoco olvidemos al innoble adulador, que para no desagradar consentía en emborracharse en la mesa imperial, al jovenzuelo que opinaba sobre cualquier cosa con ridícula seguridad; al conversador frívolo, capaz de perder a un buen amigo por una frase ingeniosa; al soldado que cumplía con precisión maquinal sus bajas tareas de gladiador. Y mencionemos también a ese personaje vacante, sin nombre, sin lugar en la historia, pero tan yo como todos los otros, simple juguete de las cosas, ni más ni menos que un cuerpo, tendido en su lecho de campaña, distraído por un olor, ocupado por un aliento, vagamente atento a un eterno zumbido de abeja”.

Memorias de Adriano (Marguerite Yourcenar)  

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