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Día 1 de mayo, Día del Trabajo

Hola de nuevo:

Ayer día 1 de mayo, día del trabajo, tuve la suerte de poder celebrar que tengo uno. Este día, curiosamente, siempre me trae el recuerdo de mi infancia. Yo siempre he sido muy independiente por lo que de chica me encantaba fantasear sobre lo que sería tener trabajo y, lo más importante, un sueldo para gastármelo en aquello que me diera la gana, no los seis duros que mis "rácanos" padres me daban de paga, seis duros de los cuales uno tenía que echar al cestillo de la iglesia (aquí lo del cepillo no se estila). Echaba el duro en la cesta con la misma alegría con la que Woopi Goldberg entrega un cheque a las monjas en el final de "Ghost"; creo que a partir de desprenderme de mi duro se gestó mi cariño hacia lo religioso en general y lo católico en particular.

Pero quería hablar del trabajo. Yo tengo mucho que agradecerle al mío. Todos los días tengo experiencias buenas y por supuesto malas, pero ambas me hacen crecer enormemente como persona, además de proporcionarme el sueldo con el que de chica soñaba.

Dice mi admirado Luis Barriga que el Trabajo Social es una profesión ansiógena. Es cierto, pero precisamente, la cercanía con las personas, que es la que genera, entre otras cosas, la ansiedad, es la misma cercanía que nos permite observar las facetas más íntimas de las personas, sobre todo en el momento en que se acercan a nosotros, que es normalmente el período que más vulnerables se sienten.

Menudo momento para hablar de vulnerabilidad. Ninguna época y, qué coño, ningún gobierno en la historia reciente ha golpeado de una manera tan despiadada a la clase trabajadora, tanto, tanto y tanto y con tanta virulencia que nos ha dejado desmoralizados, desesperanzados, vacíos. Literalmente machacados.

Todos los días atiendo a un chorreo de personas desempleadas que acuden, derivadas por el INEM, para solicitar ayuda económica porque allí nada más les pueden ofrecer. Personas que te enseñan vidas laborales de 20, 25, 30 años con los ojos empañados en lágrimas, pero tratando de aguantar el tipo porque son madres, padres de familia (o no, tanto da) que nunca se han visto en esta situación y les avergüenza derrumbarse delante de una desconocida que incluso puede ser más joven que ellos.

Y esa desconocida, ridícula, pone cara de póquer porque no sabe qué decir, no sabe cómo dar apoyo a ese hombre de 55 años, grande, rudo, triste y enfadado, con las manos llenas de callos, la piel curtida por el sol de Almería y las tripas negras, que decimos por aquí. A esa mujer de 46, trabajando desde los 19 en el manipulado, con las manos operadas de túnel carpiano por tantos miles de kilos de verdura como han pasado por ellas, harta de echar curriculum en almacenes donde ni siquiera se lo aceptan porque ya tienen el cupo más que completo. Esa desconocida se siente una pieza más de un engranaje que no funciona. Y se siente mal. De nada sirve pero se siente mal. Mal por no tener respuestas, mal por quejarse de que le han bajado el sueldo, mal por ser funcionaria, mal por sentirse atacada, mal por no saber hacer las cosas mejor y mal por limitarse, rígida, a escuchar detrás de una mesa.

Y ayer día del trabajo, esa desconocida, esta que os escribe, ni siquiera tenía ganas de manifestarse. De lo único que tenía ganas ayer y tengo ganas hoy es de mandar a la mierda a Rajoy, a Merkel, a Sarkozy, a los bancos, a los economistas, a la monarquía, a los especuladores, defraudadores y a todos aquellos sinvergüenzas con nombres y apellidos que han causado que haya gente inocente luchando por su supervivencia porque ellos han jugado con este país como si España fuese la bolita de la ruleta del Casino de Torrelodones.

Lo siento amigos, esta semana me siento reactiva. No me quedo con las ganas. En nombre de mis clientes que son sus ciudadanos y en el mío propio, que también lo soy, el día 1 de mayo, todos los anteriormente mencionados, y alguno más, vayánse a la mierda. Así de claro.

Hasta la semana que viene.

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