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El cliente no siempre tiene la razón

Hola de nuevo:

            El pasado viernes tomé la determinación de escribir, en adelante, en este día de la semana.  Los viernes ve una las cosas con una perspectiva diferente; la llegada del fin de semana resta importancia a las cosas malas y amplifica las buenas, al menos esa es mi sensación.

            Escribir hoy ha sido una buena decisión. Esta semana he tenido un serio altercado con unos clientes en el que terminé conminándolos a que salieran del despacho y, presa de un ataque de furia a lo Increíble Hulk (o La Masa, que es el nombre que tenía el muñeco de la serie que veía de chica), me puse a escribir el mismo día que cogí el cabreo monumental. Menos mal que no publiqué la entrada; destilaba tanta rabia que al releerla me dije “Virgen, si parezco Herman Tesch o como se escriba (por dios, qué nombre…)”

            Me parece muy importante intentar ser autocrítica y trato, en la medida en que mi ego me lo permite, analizar mi actuación profesional para mejorar, pero, sobre todo, para re-conocerme como herramienta terapéutica y poder así conocer mejor a quien tengo enfrente. Así, más tranquila, me he parado hoy a interpretar mi reacción y, sobre todo, a averiguar qué fue lo que me mosqueó tanto para que perdiera el control de la situación y no fuese la trabajadora social la que hablase sino la persona, si es que es posible separar una cosa de la otra.

             En primer lugar, sigo cabreada con la familia. Sin ánimo de aburrirte con detalles, se trata del típico caso de “no-me-hago-responsable de mi familiar, pero cuando la administración toma medidas, entonces, y solo entonces, vengo-exigiendo-que-se-me-tenga-en cuenta-que-para-eso-soy-el-familiar”. Y he tomado conciencia de lo mucho que me afectan los casos en los que hay un componente de irresponsabilidad, sobre todo cuando esa irresponsabilidad va acompañada de una dosis de exigencia de supuestos derechos. Que mira tú, qué bien nos hemos aprendido todos nuestros derechos de ciudadanía y tal y tal, pero el día que la maestra explicó los deberes de los españoles, todos hicimos “rabona” (en el Poniente Almeriense no ir a clase).

            En segundo lugar, sigo cabreada conmigo misma por no haber sido capaz de controlarme y haber hablado con frialdad ártica; mira que normalmente tengo auto control, que si no a más de uno que llega enarbolando la Constitución Española y el BOJA le hubiera yo cogido por el cuello igualico que coge Homer al niño, carajo.

            En tercer lugar, me surgen muchas dudas sobre hasta qué punto hemos de aguantar los funcionariovagomaleantes a ciertos individuos, y más concretamente tengo dudas sobre qué cantidad de improperios y chulerías hemos de soportar. Que sí, que el respeto es fundamental, que somos servidores públicos, que la gente está muy nerviosa y además con motivos, pero tampoco somos sacos de boxeo, hombre.

            Después de darle muchas vueltas llego a la conclusión de que no debí perder el control, pero tampoco fue tan grave: no les grité, no les insulté, les insté a que formularan una reclamación si no estaban de acuerdo con mi intervención y además les di la información que me pidieron. Y también creo que esta preocupación es sana, en su justa medida, que quisiera yo ver a otros profesionales con pajas mentales como ésta un viernes por la tarde, en lugar de estar pescando, leyendo, paseando o tomando copazos tras unas cervezas con los compañeros, un poner.

            Pero la moraleja más importante que extraigo de este incidente, que hoy te quiero trasladar es la siguiente: por mucho que lo diga el marketing, no es verdad, el cliente no siempre tiene la razón.

            Hasta la semana que viene.

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