viernes, 22 de junio de 2012

Berja

Hola de nuevo:

Llevo 11 años trabajando en Berja. Es un pueblo al pie de la Alpujarra Almeriense cuyo nombre proviene del latín Virgis, que significa “Vergel”, por la cantidad de agua que corre bajo sus campos y que propicia un maravilloso paisaje rural.

Berja es un pueblo con una realidad social dura. A medio camino entre el Poniente Almeriense y la Alpujarra, perdió el tren de la agricultura intensiva (aunque haberla, hayla) y del turismo rural, que tan buenos frutos les ha dado “a los pueblos de más arriba” (Laujar, Fondón…). Un tren perdido "gracias" a la labor de los diferentes gobiernos municipales, preocupados más por la consabida política de pan y circo que por generar futuro para sus ciudadanos. El resultado es un municipio con una alta tasa de paro, escasos yacimientos laborales y una gran parte de su ciudadanía atenazada por el inmovilismo y la cultura de la pobreza; en resumen, desesperanzada. El trato con ellos no es, digámoslo así, fácil.

La crisis ha supuesto el mazazo final. Antes iba a los barrios a hacer visitas domiciliarias y las calles estaban vacías, si acaso algún niño en bici, que, al verme, huía despavorido porque a esas horas tenía que estar en el colegio. Hoy el panorama es desolador, sobre todo en el Cerro de San Roque: hordas de hombres, jóvenes y mayores, llenan las esquinas y sentados en las aceras se lamentan, retroalimentándose en la apatía. Los más atrevidos aprovechan mi paso para preguntarme si hay ayudas, si hay algo para ellos. Niego con la cabeza, les sonrío y continúo mi camino subiendo las cuestas del cerro, bajo el sol abrasador del inicio del verano.

Al día siguiente, a primera hora, veo la hoja de las citas. “Dios mío, otra vez fulanica, seguro que viene otra vez con el mismo cuento” me digo. “Y encima también tengo al pesado que quiere que le haga tal chanchullo, ojalá no venga…”. Pero no, acude a verme, y efectivamente quiere que le haga tal chanchullo. Acabo de atender y tengo que hacer visitas, “qué calor, y además a estas horas me voy a encontrar a todo el barrio-¿vienes a ver las casas?, pasa y ve la mía que está que se viene abajo-”. Estoy cansada.

Llevo 11 años trabajando en Berja. Es un pueblo al pie de la Alpujarra Almeriense cuyo nombre proviene del latín Virgis, que significa “Vergel”, por la cantidad de agua que corre bajo sus campos y que propicia un maravilloso paisaje rural.

Berja es un pueblo con una orografía montañosa. Algunos de los barrios del municipio se asientan sobre sus cerros. El agua corre risueña por debajo de sus calles y se asoma, cristalina, a través de sus más de veinte fuentes. Salgo a hacer visitas; los naranjos, álamos, los pocos parrales que quedan y las flores del camino me inundan la vista de verde. Es casi verano: los márgenes de las estrechas carreteras, por las que circulo a toda velocidad, se llenan de amapolas, vinagreras y margaritas silvestres.

Hace calor, tengo sed. Paro el coche en la Fuente del Oro y bebo agua, muy fresca. Aprovecho para echarme agua en la cara y me sale al paso “mi” Lola:
- ¿Dónde vas, Belén, por aquí?
-  Ya ves Lola, a ver a una mujer que está malilla...
-  Yo sí que estoy mala y no me han dado la dependencia, ¡claro, como no me quejé cuando vino la muchacha!
- ¡Calla ya Lola, que estás hecha una niña a tus 67 años, viniendo por agua a la fuente!
- ¡Ay Belén, qué ganas de chiste tienes siempre! Mira que te diga ¿puedo pedir la dependencia otra vez cuando me opere de la rodilla?
- Claro Lola, pero cuando acabes la rehabilitación. Pide número y lo vemos en el despacho.
- Mu bien bonica. Ten cuidao con la cuesta que resbala mucho.
- Adiós guapa.

Llego a la casa a la que voy. Espero que la auxiliar de ayuda a domicilio, con la que he quedado, para presentarla, llegue. Aquí viene, andando de otro domicilio, sudorosa y sonriente. Entramos a la casa, qué fresquito aquí dentro…

-¡Carmen, soy Belén, la asistenta, vengo con la auxiliar para que empiece hoy!
- Pasad “padentro” que estoy en el patio.

Termino rápido para que las dos se vayan conociendo y me marcho con una bolsa de naranjas que la anciana se ha empeñado en darme. Me ha alegrado mucho ver el rostro iluminado de Carmen al presentarle a la auxiliar de ayuda a domicilio. No quiere salir de su casa, sus hijos viven fuera de Berja, en pisos, ella no es de vivir en un piso, sin sus vecinas, sus macetas y su perrillo se moriría de tristeza.

De camino al centro de servicios sociales, me voy parando con el coche en mitad de la calle. Los coches que esperan detrás no me pitan. Me paro con vecinos, cliente míos en su inmensa mayoría; me gastan bromas, me preguntan cómo estoy. Yo en cambio, me pregunto cómo les queda amabilidad, ganas de bromear. Cómo me tratan tan bien a pesar de lo que están pasando y de lo poco que les puedo ofrecer. Y me siento mal. Mal por no querer levantarme para ir a trabajar, mal por odiar esta profesión en muchas ocasiones y mal por atrincherarme en el despacho otras tantas.

Llevo 11 años trabajando en Berja. Es un pueblo al pie de la Alpujarra Almeriense cuyo nombre proviene del latín Virgis, que significa “Vergel”, por la cantidad de agua que corre bajo sus campos y que propicia un maravilloso paisaje rural.


Hasta la semana que viene.


(Dedicado a Beatriz, catalana de nacimiento y virgitana por voluntad propia.
Bea, no permitas que los recortes te roben la sonrisa...)
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2 comentarios:

  1. En estos viernes de dolores del santo año mariano me alegra leerte y saber que trabajamos entre la desidia y la apatia todos. Y que no soy la unica que a veces tengo ganas de promover la revolucion y sin embargo me conformo con el humor y el cariño, para levantarme de la cama y acudir al centro de ss.ss

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