viernes, 14 de diciembre de 2012

Manuel

Manuel llamó el otro día al centro para despedirse. Eran las dos y media cuando sonó el teléfono en la centralita y, casualmente, lo cogí yo. Manuel comenzó a hablar en cuanto reconoció mi voz. Sus palabras sonaban muy deprisa, alternando rabia y llanto. Me dijo que no podía más, que su ayuda económica no llegaba, que no tenía más fuerzas y colgó.

Me quedé muda. Las manos se me helaron. No sabía qué hacer, pero, al fin, reaccioné. Llamé a mi compañero psicólogo, que estaba fuera, al móvil y le rogué que se fuese volando a casa de Manuel, que había llamado al centro con despedida incluida y que estaba peligrosamente raro. Me dijo que salía inmediatamente a buscarlo. Me quedé sentada en el despacho como una imbécil. Estaba grogui. Necesitaba llorar pero el llanto me parecía obsceno porque era algo así como aventurar, así que opté por ir al despacho de la auxiliar, contarle lo sucedido y esperar la llamada del psicólogo, al que le pedí que me dijese lo que pasaba en cuanto lo supiera. El psicólogo ha establecido una buena relación con Manuel.

Al poco, mi compañero volvió. Me tranquilizó saber que Manuel se había quedado más calmado; tras hablar un rato con él y explicarle que su ayuda estaba ya aprobada, mi compañero le ofreció cuarenta euros y Manuel no los quiso, finalmente, tras mucho insistir, consiguió que cogiese veinte euros (a modo de préstamo). Un caradura, Manuel.

El problema de Manuel es que ha perdido la esperanza. Ha perdido a su mujer, sus hijos, su trabajo y la poca dignidad que le queda la está perdiendo gracias a la estupenda labor de los bancos de alimentos, a los que duda si ir afeitado o no, duchado o no, porque según te vean te dan, me dice.

Manuel necesita trabajo, si no hay, necesita dinero. Hay que comer, claro, es lo primero, ya lo dice Maslow. Pero Manuel no sólo necesita dinero o trabajo. Manuel necesita recuperar la dignidad perdida, necesita reencontrar sus capacidades y necesita apoyo emocional. De eso en los bancos de alimentos no dan.

Por eso yo te juro y me juro, Manuel, que esta trabajadora social prestacionista, asistencial y aburguesada, que no tiene ni puñetera idea de qué decirte cuando te me sientas enfrente y te echas a llorar, que lo único que le sale es ponerse a llorar contigo o cagarse en los muertos de Rajoy, encontrará la manera, con coaching, counselling, fucking o lo que sea, de ofrecerte ayuda profesional para que encuentres tu camino.

Y porque además hay en Berja un equipo de profesionales que opina que tú, Manuel, eres único, no te rindas. Por favor.

Hasta la semana que viene.

Kiko Veneno: "Manuel"

7 comentarios:

  1. Una maravilla de entrada. Emoción, denuncia y ayuda a partes iguales. Tiene suerte Manuel de poder contar con vosotros. Un abrazo.

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  2. Belén, tú también eres única. Sigue escribiendo. Remueves... Me he puesto a pensar en la relación de ayuda, en el principio de individualización en lo que decía Mary Richmond acerca de tratar las cosas de forma desigual... Casi, casi estoy hipando.

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  3. Escalofriante y emotivo post. Sinceramente, este tipo de relatos son los que me dan ganas de adaptarlos y crear historias para contarlos como narrador que soy. De hecho, si me das el permiso, quizá en algún momento lo haga.

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  4. Hay quienes olvidan que tras las palabras que tanto pronuncian (crisis, prima de riesgo, intereses...) hay personas, con nombres y rostros, con una historia y una vida, y con cada vez mayores dificultades para mantener la esperanza o la dignidad. Muchas gracias por el post, genial.

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