viernes, 26 de abril de 2013

Tres comidas al día

Hola de nuevo:

Llevo unos días peleándome conmigo misma a cuenta del decreto de la Junta de Andalucía que garantiza tres comidas diarias a los menores en situación de riesgo social.

La militante de Izquierda Unida que hay en mí se alegra mucho de pertenecer a una organización que pone a las personas por delante del déficit, que lleva muchos años luchando con rabia y persistencia contra el tsunami capitalista -ladrón y que persigue, en definitiva, el bienestar de la ciudadanía en su conjunto.

En cambio, la trabajadora social que también convive dentro de mí se siente frustrada. Frustrada porque el decreto de las tres comidas es, en primer lugar, la constatación evidente de la vuelta a la beneficencia. Este decreto no garantiza derechos subjetivos, es un arreglo para evitar que se nos desmayen los pitufos en el recreo. Y, lo más triste, es la prueba de que tenemos muchos y graves problemas en Andalucía.

Opino, como trabajadora social, que se podría haber destinado este dinero, por ejemplo, a reforzar el Programa de Solidaridad de los Andaluces (Salario Social), creo que las tres comidas al día no son la solución y me incomoda que tengamos desde el co-gobierno que realizar este tipo de políticas. Resumiendo, no me gusta este decreto. No me gusta y así lo he expresado dentro de la organización.

No me gusta el decreto, pero me gusta todavía menos la hambruna infantil. No, Andalucía no es Etiopía, pero hay hambre.

No me gusta el decreto pero me gusta menos que haya gobiernos que se crucen de brazos ante la sangría, aquí nos arremangamos. El que no actúa, no se equivoca; al que cuece y amasa, de todo le pasa. Y yo prefiero cocinar que criticar la receta.

No me gusta el decreto porque no garantiza derechos subjetivos, pero me gusta menos que ni siquiera se garanticen derechos elementales.

No me gusta este decreto, pero sí me gustan otros, como el decreto de vivienda. Me gusta la idea de un banco de tierras, las medidas en educación, la lucha por defender la sanidad, la actitud de IU frente a los ERES, la defensa del agua, me emociona escuchar hablar de vivienda como un derecho humano y no como un producto financiero. Y sobre todo me agrada pertenecer a una organización que no me pasa factura por hacer una crítica.

No me pirra el co-gobierno, pero sólo imaginar un gobierno andaluz presidido por Javier Arenas me pone los pelos de gallina y la carne de punta. Así las cosas, este fin de semana me dedicaré a reconciliar a la militante y a la trabajadora social porque ambas personas son parte de mí, al fin y al cabo; esas y algunas otras. Y no es mi intención desahuciar a ninguna.

Por cierto, me deseo un feliz día de la visibilidad lésbica.

Hasta la semana que viene.

viernes, 19 de abril de 2013

Soy ciudadano americano

Hola de nuevo:

Abren los telediarios con la noticia del atentado en Boston. Tres muertos. 130 heridos. Tres muertos, norteamericanos.

Corre por las redes sociales la pregunta “¿a cuántos sirios equivale la vida de un americano?” Pregunta improcedente, inútil ecuación. Es como comparar el oro con el plomo.

En el desayuno, comentamos escandalizamos la repercusión de la noticia. Muere gente por millares, diariamente, en países que ni siquiera sabemos situar en el mapa, pero eso no es importante. El atentado de Boston sí lo es. La marca de las ollas aún más. “Atentado patrocinado por Fagor”. Lo mismo los desahucios termina patrocinándolos alguna marca de mazos, quien sabe…

Me viene a la cabeza una frase que siempre es pronunciada en las películas en el momento en el que el protagonista va a ser secuestrado, apaleado o detenido: “soy ciudadano americano”. No grita: “¡no hay derecho!”, “¡no es justo!”, porque esa no es la cuestión. La cuestión es que es ciudadano americano.

En España también somos muy patrióticos. Tenemos nuestra propia frase: “yo soy español, español, español”, la diferencia es que esa frase no nos sirve para cuando nos secuestran, nos detienen o nos apalean.

Tampoco sirve para evitar que nos desahucien.

Ni para evitar que nos corten el agua.

Ni para impedir que nos echen del trabajo.

Ni para que podamos manifestarnos sin temor a las pelotas de goma.

Ni para quedarnos sin atención médica.

Ni para poder estudiar si no somos ricos.

Ni para tener acceso a la justicia en condiciones de igualdad.

Y a todo esto, mientras este gobierno inhumano, insensible, cruel, despiadado y ladrón sigue atornillando a los ciudadanos hasta la asfixia vital, la primavera, impertinente, ha llegado sin pedir permiso, ni tan siquiera avisar. Podrán cortar todas las flores, decía Neruda, pero no podrán detener la primavera. Ver las cunetas de las carreteras llenas de flores es una prueba de ello. Me recreo en su belleza porque eso me recuerda que debo seguir resistiendo por mucha fealdad que vea a mi alrededor. Yo no soy ciudadana americana. Nadie vendrá a salvarme en el minuto final.

Hasta la semana que viene.



Fito y Fitipaldis, "Feo"

viernes, 12 de abril de 2013

Adolescentes conflictivos ¿padres pusilánimes? por Pepe Lillo, psicólogo

Mi compañero Pepe, el psicólogo del centro de servicios sociales, escribe. Seis años trabajando juntos (que yo recuerde) y el huevón va y me lo dice ahora. Él es así. Me encanta sentarme a hablar con él sobre lo humano y lo divino, pues tiene una visión muy particular del mundo; a veces brillante y otras tan particular que no sé si me está hablando en serio o me está tomando el pelo. De cualquier forma, es un tipo genial.
http://mistdahfavoritas.blogspot.com.es/2013/02/adolescentes-con-tdah.html

Creo que voy a defender una visión impopular de la educación de los hijos. De la observación e intervención en multitud de casos de chicos y chicas que no son respetuosos con sus padres y hermanos, me parece observar un punto en común: la actitud de los padres -no de las madres- permisiva, “blanda”. Considero que los hijos requieren -idealmente- la colaboración de ambos progenitores, pero en función de la etapa vital en que se encuentren, uno de los dos debe tener más protagonismo. En las etapas iniciales, la madre tiene ese papel fundamental. Los padres también -por supuesto- deben proveer de cuidados a los pequeños, pero tiene un pelín menos de importancia. En la adolescencia, sucede -es mi opinión- al contrario: son los padres (ellos) quienes deben dirigir esa etapa. Los padres (ambos) deben procurar a sus hijos cariño y disciplina, pero probablemente en las primeras fases sea necesario más cariño y cuidados y en etapas posteriores de la vida, más disciplina. Cuando sean adultos, que vengan a comer a casa los domingos puede ser suficiente.

El motivo que creo que está detrás de ésto es que los jóvenes (especialmente varones, de 14 a 18, 20 años) siguen acostumbrados a una realidad relativamente “primaria”, en la que los conflictos se resuelven en función de quién tiene el poder, la fuerza... los mayores nos hemos ido “sofisticando”, así, dejamos de gritar, de pelearnos físicamente... e intentamos arreglar los conflictos verbalmente, llegando a acuerdos... pero eso, con ciertos chicos/as no es suficiente.

Actualmente, los padres nos preocupamos muchos por formarnos en educación, psicología... para intentar hacerlo bien con nuestros hijos, y así vemos p. ej. programas como “Supernanny”, “Hermano mayor”... que están muy bien hechos, pero creo que casi sería más interesante ver los programas de educación canina. He visto uno de un mexicano y otro de un español, también especialista en conducta perruna. La clave que enseñan a los dueños de los animales es que éstos necesitan saber quién es el líder de la manada... y si el puesto está libre, lo ocupan ellos... Y no es cuestión de dar una paliza al bicho, sino de ser firme, incluso físicamente; llevarlo corto -con la correa- a pasear, que vea claramente las consecuencias de sus actos, etc.. Muy didáctico. Y no es un problema de querer más o querer menos. Es una cuestión de cómo relacionarnos.

Las madres, en general, observo que lo hacen bien: se ocupan de los chic@s, les dan cariño, les regañan severamente cuando hacen algo mal... bien. Pero los padres -parece- han renunciado al papel de “malo” “verás cuando venga tu padre”, porque desean -sobre todo- que sus hijos les quieran... y “ya espabilarán”. Quizá también por ese sentimiento generalizado de que todo debe funcionar democráticamente, y que todos somos iguales... cuando la familia no es una democracia: los padres (los dos) tienen la responsabilidad de cuidar y educar a sus hijos.


Esta creencia de la necesidad de unos padres (ellos) más enérgicos y con protagonismo en la educación de los hijos adolescentes no es agradable ni para ellos, ni para ellas. Para ellos, porque frecuentemente han delegado en ellas la tarea del día a día en el trato con los hijos (y la gestión de los problemas con ellos), y porque se les insinúa que tienen que poner más testosterona en el asunto. Y para ellas, porque se está indicando que ellos tienen algo más de importancia que ellas en esta etapa.

Realmente todo ésto depende de cómo sean los chavales. Hay muchos que son magníficos y casi florecen ellos solos, pero otros son más complicados y requieren una intervención más enérgica, que supone a los padres un esfuerzo.

Los hijos menores deben obedecer a los padres y los más mayores pueden elegir: vivir con sus padres respetando sus normas (que suelen ser pocas: respeto, algún horario, alguna actividad...) o volar solos, que el mundo es mu grande. Puede que fuera de casa haga más frío, pero eso es algo que deben valorar nuestros chavales, que de pequeños todos somos mu listos, pero luego vamos creciendo y parece que vamos perdiendo neuronas por el camino...




Todos hemos sido jóvenes y alocados
(aunque no nos acordemos)
incluso él... 
 

viernes, 5 de abril de 2013

Un antropólogo en Marte

"El infierno son los demás"
Jean Paul Sartre
 Hola de nuevo:

Me encanta que los amigos me regalen libros, sobre todo ensayos. La satisfacción es doble si además se trata de un autor al que no conozco; me hace ilusión el regalo material, pero aún más el descubrimiento del autor. Con la música me pasa lo mismo, por eso me gusta tanto escuchar Radio 3, todos los días descubres talentos que te conquistan y que incorporas a tu sintonía vital.

Lamento y me alegro a partes iguales de no decir lo mismo del cine; soy consumidora de cine basura, lo confieso sin pudor. Habitualmente me dedico a ver truños que me resultan de gran utilidad para desconectar-me. Por cierto, me han comentado que la última de Almodóvar es un callo; no me extraña, yo no he pasado de la primera etapa de Almodóvar (me fascinaba), sus películas posteriores me parecen todas iguales: siempre sale una madre, un viaje en coche, papel pintado, el pueblo, un bar y Chus Lampreave. Resumiendo, en Hable con Ella me quedé frita, para incredulidad de mis acompañantes (Leonor Watling me ayudó bastante a conciliar el sueño)

http://www.oliversacks.com/wp-content/uploads/2009/12/Sacks-at-Columbia-Univ-2007-150x150.jpg
Fuente: http://www.oliversacks.com
A lo que voy. Por mi cumpleaños, mi amigo y compañero de fatigas Pepe Lillo, psicólogo, me ha regalado un libro que acabo de terminar, cuyo autor es Oliver Sacks, un desconocido para mí. Oliver Sacks es un neurólogo inglés que ha escrito un número considerable de obras basadas en su experiencia profesional. Seguro que lo conocerás por la película Despertares ¿te acuerdas? Es esa en la que Robin Williams hace de médico que descubre una cura para pacientes catatónicos. Despertares está basada en un libro de Oliver Sacks del mismo nombre.

El libro que yo he leído se titula “Un antropólogo en Marte (siete relatos paradójicos)” y me ha atrapado desde el principio, tanto por su estilo narrativo coloquial, que suelo agradecer, como por su interpretación paradójica de la enfermedad. En su relato describe, a modo de casos clínicos, la historia de siete personas: un pintor que se vuelve ciego al color tras un accidente, un hippie aquejado de un tumor cerebral, un cirujano con síndrome de tourette, un ciego que sufre una terrible depresión al recuperar la visión, un cocinero que se ve empujado a pintar imágenes de su pueblo una y otra vez, un chico autista con una asombrosa capacidad para dibujar y una mujer autista, ingeniera y profesora universitaria, que se siente "como un antropólogo en Marte"
 
Estas siete personas lograron vivir en equilibrio con su enfermedad y, en algunas de ellas, una mejoría destruyó ese equilibrio que habían conseguido alcanzar, de ahí la paradoja. La tesis que mantiene el autor es que no se trata tanto de "curarse" de la enfermedad - pues algunas de las que aquí aparecen no admiten el concepto de curación - sino de aprender a vivir con ella, a pesar de lo grotescos que puedan ser algunos síntomas, de lo diferente que pueda sentirse el paciente respecto de los así denominados "normales" (extracto de la contraportada del libro)

Me ha llamado especialmente la atención el caso de Virgil, un hombre ciego, que consigue adaptarse a su ceguera y vive de forma autónoma trabajando como fisioterapeuta (con éxito). Virgil es moderadamente feliz hasta que conoce a Amy, con la que se casa. Amy se empeña en operar a Virgil para que recupere la visión. La operación es un éxito pero Virgil pero es incapaz de adaptarse a un mundo que le es totalmente desconocido hasta el extremo de caer en una profunda depresión. 

La historia de Virgil me ha dejado bastante tocada porque me ha recordado a un incidente que he tenido en el trabajo esta semana: el miércoles fui con Pepe, el psicólogo, a visitar a una familia de la que ya hablé hace tiempo en este blog (aquí). Es una familia bastante compleja, con hábitos higiénicos muy deficitarios, usuaria del servicio de ayuda a domicilio a través de la Ley de Dependencia, tras mucho esfuerzo y mucha negociación. Pues bien, nos personamos en el domicilio con el objetivo de tratar de comprender por qué ahora no aceptan a ninguna auxiliar, por qué se niegan a abrir la puerta, por qué se muestran tan hostiles después del trabajo tan concienzudo que hemos hecho y los avances conseguidos.

Al llegar, me quedé helada: el hijo, que es una persona bastante huidiza e inexpresiva, estaba furioso con nosotros. Se nos acercó y nos dijo: "¡desde que habéis aparecido en nuestra casa todo está peor, tenemos muchos problemas porque las mujeres nos roban, no encontramos nuestras cosas, todo está mal, todo está mal!" Mi compañero, para tratar de ofrecerle otra perspectiva le dijo: "tu madre tenía la pierna muy mal, casi se la cortan, y ahora está mucho mejor" pero la madre replicó: "pero nos han quitado nuestros recuerdos, la cadena de oro de mi hija, que murió de cáncer, se la han llevado. Se lo llevan todo..."

Creemos que les ha afectado mucho la marcha de la primera auxiliar, con la que establecieron un fuerte vínculo y sabemos que les hemos generado responsabilidades que anteriormente no tenían. Han experimentado un cambio vital brutal.

A estas alturas de mi vida profesional soy plenamente consciente de que en este caso o interveníamos nosotros o intervenía el juzgado, pues la casa era un foco infeccioso para el vecindario y un riesgo para sus habitantes, pero no puedo evitar pensar que en los cinco camiones que sacamos de aquella casa nos llevamos, además de basura, sus tesoros más preciados, aquello que constituía su modo de protegerse de los demás, de estar en el mundo. Su equilibrio.

Hasta la semana que viene.

(Oliver Sacks. Un antropólogo en Marte. Anagrama. Colección Compactos. 2001)