viernes, 10 de mayo de 2013

El arte de la distancia y el control, por Teresa Zamanillo

Muchas cosas tengo que agradecer a este blog, ya lo he dicho en algunas ocasiones (¡oh my God, cada día me repito más!): he conocido a personas anónimas cuyo trabajo diario es una fuente de inspiración, otras, también anónimas, que atesoran conocimiento para después compartirlo generosamente; además, me ha facilitado superar el miedo escribánico y soltarme en esta cosa tan fácil y tan difícil que es la escritura.

Lo que nunca pude imaginar cuando comencé esta aventura hace año y medio es que a través de este habitáculo cibernético tendría la posibilidad de conectar con Teresa Zamanillo.

No quiero explayarme haciendo un panegírico sobre esta Maestra del Trabajo Social porque es una figura de prestigio internacional, cuyas publicaciones son referencia obligada en esta disciplina ¿qué podría añadir yo? Tan sólo te confesaré que durante mis clases como preparadora de oposiciones mis alumnas hacían chistes sobre mi continua referencia a esta mujer, a la que yo defino como una visionaria.

Es un honor para mí contar hoy con su presencia. Gracias, Teresa. 

El aprendizaje del arte de la distancia y del control de uno mismo en las situaciones que vivimos en la sociedad de la incertidumbre es una cuestión vital para el ser humano, tanto en lo personal como en lo profesional; es por eso que en estas líneas pretendo explicar cómo lo entiendo. Intentaré analizarlo, en primer lugar, mediante un ejemplo con niños y otro con unas adolescentes, para ver cómo evolucionan unos sentimientos tan complejos, que van desde la distancia mínima en la que el control de uno y del otro se hace imposible, hasta la diferenciación del sí mismo en la que se alcanza la distancia necesaria para ejercer el control con mayor racionalidad.

Con estas reflexiones invito a los lectores a hacer un ejercicio de reflexividad, esto es, a adentrarse primero en uno mismo, “volverse sobre sí” para “monitorear nuestras propias acciones”, en el sentido que le da Bourdieu. El propósito que me anima es el de conocer cómo se ponen en juego las necesidades de control externo que se plantean en la intervención social. Mi hipótesis es que si se desconocen nuestros mecanismos internos es más fácil llevar a cabo un control inadecuado, sin respeto al otro o rechazar la función de control social que, ineludiblemente, tenemos los trabajadores sociales.

El caso de los niños es muy común: dos bebés que juegan con un mismo juguete en casa de uno de ellos. El juguete es muy atractivo para los dos, se ve que les encanta a ambos y lo desean por igual, pero uno, el que está en su propia casa, se siente dueño del juguete y no quiere prestarlo al otro. Este segundo llora sin parar, el deseo lo invade, lo quiere ya. La expresión del primero diciéndole: NO, ES MÍO, NO TE LO DEJO, es de desafío. Sus cuerpos, sus rostros, sus gestos, todo lo suyo, expresa un encuentro en la mínima distancia. Quieren lo mismo y eso estrecha su cerco.

En este punto del relato entra el segundo ejemplo. Mientras escribía lo anterior recordé a una persona que de jovencita tenía siempre la costumbre de comerse con avidez y sin tregua toda la ensalada que se ponía en el medio de la mesa. La apetencia incontrolada se manifestaba en la mirada concentrada entre el plato y la ensaladera, en el brazo que, constantemente, lo alargaba desde la boca hacia el centro de la mesa, casi con un gesto imperceptible de apartar a los otros comensales de la posibilidad de que comieran “de lo suyo”. Ensalada y cuerpo se encontraban en la mínima distancia.

Y si de adolescentes se trata también me recuerdo a mí en el colegio del internado cuando íbamos de excursión, que me alborotaba cantando en el autobús hasta quedarme exhausta. Recuerdo con nitidez que mi deseo era ser mirada y reconocida como divertida y simpática. Conseguía para mí que compañeras y yo formáramos un mismo círculo, no había percepción en mí de la distancia que nos separaba, como la que separa al actor de la sala. Así, pasaba de la totalidad de exteriorizarme, al profundo vacío interior cuando me callaba. Recuerdo que la Directora de estudios, que me conocía muy bien, me decía: “Tere, para, ya sabes lo que te pasa después”. Se refería a la tristeza del vacío que me asaltaba casi inmediatamente de hacerse en mí el silencio interior. Era tal el estado de ánimo de desolación el que me invadía en cuanto me acercaba a los hondones de mi alma, que una negrura que desconocía y me asustaba se apoderaba de mí.

El niño que necesita saciar su ansia de poseer el juguete del otro, y no puede esperar a que se lo dé, vive un estado de ánimo que se le representa como la posibilidad de alcanzar la felicidad en un futuro inmediato. Alimenta así la necesidad del otro de rivalizar con él, quien, a su vez, en el juego de la rivalidad, también se ve como impulsado al edén, a la totalidad: si gana, será felizzzz. El juego de dominación / sumisión está servido. Quien trata de saciar su hambre de ensalada también se vive a sí mismo como un ser-cuerpo en su totalidad. Y, por último, en la adolescente que yo era, reconozco el ansia de totalidad siempre inalcanzable que me invadía, algo común, por otra parte, en un adolescente. En todos los casos la distancia del individuo con la realidad que está viviendo es mínima o nula.

Por último, el colega, trabajador social o educador que siente que puede ayudar más y mejor a una persona o familia si trabaja lo más cerca posible de ella, sin permitir elaborar la llamada distancia terapéutica, ineludible para poder generar el control necesario en la relación, estará a su vez creyendo que ése es el tipo de relación ideal para llevar a cabo el denominado acompañamiento social. No sabe que de esa forma no podrá ejercer control alguno sobre la situación.

Dejar que nuestras emociones nos invadan, sin saber que en ellas entran en juego una gran variedad de las mismas, y que la mezcla puede ser una bomba de relojería dirigida por la ceguera emocional, es una conducta muy común en todos los escenarios en los que nos movemos. El juguete y la ensalada, y todas las cosas que nos acercan o nos alejan de los otros, representan objetos de la vida de las relaciones sociales, pero si los tratamos como meros objetos no conseguiremos profundizar en su significado: la lucha por el amor. Son todas las situaciones de la vida en las que el deseo entra a invadirnos emocionalmente y no nos permite ver lo que hay en realidad: otros con necesidades que coinciden con las nuestras. Todos necesitamos amor, reconocimiento, respeto, confianza, seguridad, identificación, empatía, necesidad de libertad y de intimidad, etc. Pero con distancia, porque cuando se acorta la distancia estamos impedidos de ver la realidad tal y como se presenta. Así se producen los puntos ciegos. Nos dejamos embriagar por nuestros sentimientos, dejamos que dominen a la razón, la pasión nos ciega, y se hace muy difícil pararse y retirarse, alguien nos tiene que ayudar a poner orden en nuestra mente. Porque si no reconocemos cada uno de estos estados no podemos aprender a manejar nuestras emociones. Y el reconocimiento de ellos pasa por aprender a diferenciar los árboles que hay en el bosque, a ponerles nombre. Este es un aprendizaje que no se puede hacer solo muchas veces, y la gran dificultad es que nadie nos enseña a eso de pequeños. No nuestros padres ni nuestros maestros. De ahí que en el terreno profesional la supervisión es clave.

Nadie ha explicado este proceso mejor que Bowen, que ha sido completado por Stierlin en los conceptos de diferenciación del sí mismo e individuación conexa. La puesta en práctica constante de este modo de relacionarse con los otros debe dirigir nuestros actos cotidianos, algo fácil de decir, menos fácil de explicar y todavía menos de vivir. Saber diferenciarse de los otros en la acción cotidiana supone no permitir que el pensamiento se deje eclipsar por las emociones que continuamente le asaltan; sobre todo a aquellos a los que se les distingue como románticos o sensibles. Estas personas tienen importantes dificultades para dirigir su vida ya que viven en un mundo de sentimientos y son muy dependientes de los sentimientos que los demás experimentan con respecto a ellas, dice Bowen.

Por eso la cuestión es ésta: tú eres tú y tienes tus necesidades; yo soy yo y tengo las mías; ambos tenemos que reconocernos y respetarnos como sujetos que tienen el poder de dirigir su vida sin dejarse presionar ni dirigir por el otro. También hemos de aprender a saber cuáles de esas necesidades nos las puede compensar el otro y cuáles nos pertenecen y hemos de hacernos cargo de ellas. De ahí la importancia de ayudar a nuestros hijos, a nosotros mismos, a los ciudadanos con los que trabajamos, y a nuestros amigos, a construir un yo fuerte, ese yo mismo que garantiza y sostiene nuestra identidad, ese que la dará seguridad y cobijo y la resguardará del contexto que la envuelve. Algunos elementos del yo mismo son relatados por Stierlin como sigue:

1) El yo mismo se nos presenta como un sujeto y objeto de historias, esas historias que ordenan y conservan nuestras experiencias vitales; esas que nos dan sentido y orientan nuestra conducta; esas historias pasadas que permiten al sujeto afirmarse en su identidad de manera duradera, al mismo tiempo que puede poner en cuestión esta identidad y arriesgarse a vivir nuevas experiencias que la van a cambiar y enriquecer.

2) El yo mismo es también un descubridor e iniciador de opciones de supervivencia. Es la fuerza, o la energía, que empuja a las personas a actuar y a reaccionar de forma imprevisible, sorprendente, variable y abierta. En este yo mismo se encuentra la compleja dinámica motivacional humana.

3) El yo mismo entendido como parlamento interior se manifiesta en las distintas partes del mismo, sus características esenciales y las relaciones entre ellas. Stierlin a este sistema lo llama parlamento intrapsíquico. En él hay distintas fracciones que luchan entre sí por el reconocimiento, el poder y la realización de sus necesidades; el sujeto experimenta esto como un conflicto interior a veces de gran intensidad. Si el sistema de gobierno interior es abierto, o más bien se muestra democrático, se tolerará una considerable tensión de conflictos. Mientras que si es rígido o dictatorial, las distintas facciones, llamadas pulsiones, intereses, necesidades, etcétera, serán empujadas a ocultarse en el interior de la psique y perderán su capacidad de establecer ese diálogo interno que va a permitir al sujeto dirigir su conducta externa con el equilibrio necesario entre la razón y el corazón.

4) El yo mismo es un portador de recursos y de soluciones a problemas que tiene el individuo, muchas veces en el inconsciente, que pueden ser estimulados con distintas formas de terapia, que no ponen el acento en la patología, y ayudan a despertar esperanzas y a orientar a las personas hacia el futuro, y no hacia un pasado que ya no se puede modificar.

En resumen, el arte de la distancia y del control sobre uno mismo y con los demás es el programa de la existencia misma, el proceso de convertirse en persona, de construirse como sujeto, no sujetado, un sujeto que decide qué quiere hacer con su vida. Este proceso es sustancial para ir evolucionando en la individuación conexa con los otros. Y en el ejercicio profesional, para poder acompañar a las personas con las que trabajamos, son muchas las ocasiones en las que hemos de realizar acciones de control: en el caso que relató Belén Navarro hace unos cuantos días sobre una familia que acumulaba objetos y lindaba con el síndrome de Diógenes; en el caso de un niño acosado por sí mismo cuando no puede parar la violencia contra sus padres; en la orientación a una madre separada que no sabe poner límites a sus hijos y no dispone de la ayuda del padre de ellos. En fin, son muchos los casos en los que se ha de ejercer el control sobre las situaciones porque, al fin y al cabo, una de nuestras funciones como profesionales de lo social es la de la integración social y la de intervenir en el entorno convivencial mediante “una terapia sociémica a los problemas de partida” para poder superar las limitaciones de la herencia social, familiar y comunitaria, como señala Joaquín Santos en su libro El cuarto pilar.

Para completar estos argumentos, traeré unas palabras sobre el control profesional de una trabajadora social del libro Ética, teoría y técnica. La responsabilidad política del trabajo social. Transcribo directamente de la respuesta que da la profesional a la pregunta: ¿Cómo entiendes la función de control que tenemos los trabajadores sociales? ¿Y, sobre el uso que hace el profesional del poder que le confiere ese control?
Evidentemente existe en este contexto… pero siempre hay posibilidades para implicar al otro en el proceso de decisión… explicarle las alternativas, preguntar cómo lo ve él, qué considera que sería mejor para su propio proceso, hacerle partícipe. Trabajo en un contexto de control, pero yo no soy el juez ni el policía. Pero es evidente que el hecho de que esté ahí, de que exista todo el proceso, significa que hay un control social sobre las conductas, un límite social. Al principio no me gustaba, me resistía a identificarme en mi función de control, pero estoy ahí, es inevitable, ¿por qué no sacarle el máximo provecho?
Una trabajadora social que piensa y actúa así tiene una diferenciación de su sí mismo muy poderosa. Sabe distanciarse de la institución, aquella que a veces le induce a ser complaciente, también sabe distanciarse de los otros profesionales que, como cantos de sirenas, le incitan al llamado consenso; y de las posiciones más dulces que tienen muchos profesionales en su modo de actuar con comprensión. Ni qué decir tiene que comprender al otro y trabajar con él con límites y control no son posiciones en pugna. La clave para el ejercicio del control es, pues, implicar al otro en el proceso de decisión porque él también es un sujeto de poder, aún cuando se trate de una persona que “pretendidamente” no sabe, o es considerada frágil. Este es el punto crucial en el que han de trabajarse a sí mismos los profesionales del trabajo social ya que… hemos de convenir que en muchas ocasiones atribuimos a las personas con las que trabajamos debilidades que, sí pueden tener, ¡cómo no! pero como cualquier otro ser humano que está en esta otra franja, en la nuestra.

Sin embargo, puesto que me ha seguido preocupando el tema del control de situaciones que crean problemas en la comunidad, como el síndrome de Diógenes, por ejemplo, he explorado en la red, para buscar un programa de TV que me recomendaron porque se trataba de cómo negociar con estos enfermos y su familia el desalojo de los objetos acumulados. Puesto que no lo he hallado, en su lugar aporto otro documento que quizás pueda servir para orientar la intervención que ha de ejercerse en este tipo de situaciones. Pienso que hoy los trabajadores sociales tenemos la oportunidad de diversificar nuestros modos de intervenir, por ejemplo, en el caso que sigue, proporcionar ese apoyo organizacional.

Es preciso ver el problema desde una perspectiva multidisciplinar. A la par del tratamiento médico y el psicológico, es importante brindar a este tipo de pacientes apoyo organizacional.

Martha Chapa, decoradora de interiores y especialista en el apoyo de pacientes con Síndrome de Diógenes, explica: “Ofrecemos ayuda a quien nos la pide, convencidos de que el ambiente que les rodea es capaz de influir en su estado de ánimo, nos ocupamos de ayudar y trasformar su entorno.
Cuando acceden a recibir nuestro apoyo, nos topamos con sentimientos encontrados, porque saben que tienen la oportunidad de un nuevo comienzo a pesar de la fragilidad en la que se encuentra su vida y al mismo tiempo, sienten terror de verse despojados de las pertenencias que los han acompañado por años.”

La función de este tipo de especialistas, no es tan sólo tirar lo que no sirve, sino negociar con los pacientes para no violentarlos emocionalmente. “Nuestro trabajo no es limpiar, sino discernir entre lo que tiene valor para la persona y lo que es basura, lo que está haciendo un escudo que no le permita liberarse. Por eso, con su consentimiento tiramos, regalamos, reparamos, reacomodamos y creamos ambientes que trasmitan esa estabilidad que habían perdido y puedan reencontrarse consigo mismos, para que retomen sus aficiones y vuelvan a hacer lo que solían disfrutar.”

10 comentarios:

  1. Interesante reflexión...pero hay que tomarse un colacao para no perder el hilo.

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  2. Me ha encantado. Para cuidarnos y cuidar. Muchas analogías claras.

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  3. Sí, perfecto, se trata de cuidarnos para cuidar. Gracias Alicia H. V. Teresa

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  4. Gracias por compartir tus palabras y tu "arte", Teresa. En estos días que corren, mantener "la distancia de seguridad" debería ser una obligación, no una recomendación. Me ha encantado la expresión de "ceguera emocional", recoge múltiples acepciones... Un artículo interesante para tenerlo en cuenta y ponerlo en práctica. Gracias.

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    1. Gracias a ti por contestar. Me alegro de que te sirva. Saludos. Teresa

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  5. Qué alegría volver a encontrarte, Teresa!
    Gran trabajo el del blog, que me ayuda a reconciliarme con el Trabajo social.
    Muchos besos,
    Olivia

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  6. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  7. Gracias, Teresa, eres la CAÑA!!!. Gracias por seguir acompañándonos y por seguir insistiendo y recordándonos que si nos ponemos en el lugar del otro o de la otra pueden desaparecer o es fácil quitarles su lugar, su voz, su vez...
    Besos
    M;ren

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  8. Hola Teresa, te recuerdo y me acuerdo mucho de ti en ciertos momentos. Me gustaría decirte que eres muy grande, te lo recuerdo por si no lo sabes. Y que fuiste y has sido un poso de conocimiento, aprendizaje y cariño para mí. A veces echo de menos esas clases, pero sobre todos esas conversaciones "casuales" - o no tanto- que compartíamos. Un fuerte abrazo desde Pamplinas. Ana Bueno

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