miércoles, 24 de diciembre de 2014

Viejunismo

A medida que voy cumpliendo años voy notando como la nostalgia se cuela, la muy puñetera, en mi ánimo cada vez con más frecuencia y no sé si analizar esto como un signo de madurez o simplemente de viejunismo. Viejuno. Curiosa palabra. Por si a alguien aún no le había quedado claro que para esta sociedad posmoderna, neoliberal y, en definitiva, inhumana, la vejez es un asco, rebautizamos lo cateto como viejuno. Pues sí.

A mí, en cambio, me va lo viejuno. Como persona, me gusta cumplir años y acumular recuerdos, cachivaches, experiencias y amigos. Me reconforta pensar que tengo amigas desde hace 20 años y recuerdos desde hace 35. Durante la mudanza de mis padres, encontré algunas libretas mías y me costaba reconocerme en sus páginas, pero esa yo no era más yo que la yo que soy ahora, ni ahora soy más yo que la yo que seré, en el presente un yo con 42 años, un ligero sobrepeso y la cabeza llena de canas, literalmente; tantas canas se han apoderado de mi cabeza que tendría el pelo blanco si no fuera por mi querido Lóreal y su castaño oscuro 35. Bienvenidas sean ellas a pesar del tormento que me dan porque forman parte de mí y sobre todo porque no puedo echarlas, al igual que ocurre con los kilos de más, aunque eliminarlos forme parte de la tradicional lista de propósitos para el nuevo año.

Como política sin cargo institucional pero con cargos (que son cargas) orgánicos, asumo que milito en una organización política joven, Izquierda Unida, hija a su vez del viejuno Partido Comunista, partido que ha imbuido a la organización de ideas viejunas tales como la lucha de clases, la socialización de los medios de producción, la organización colectiva frente al ciudadanismo y la protección del estado frente al poder del mercado y esa libertad que dicen que otorga a los individuos. Una organización, Izquierda Unida, que hoy es un cayuco azotado por los vientos alisios, atiborrado de mujeres y hombres que no tienen nada (a pesar de lo que algunos creen), que viajan con la certeza de que muy posiblemente no llegarán a la orilla, pero con la determinación de que el proyecto vital que han imaginado merece el riesgo.

Como trabajadora social, mi interés por las personas mayores va en aumento. Como a casi cualquier trabajadora social recién graduada, de joven me horrorizaba el colectivo de personas mayores porque me parecían deprimentes. No los entendía porque los observaba con una mirada muy prejuiciosa. Hoy interacciono con cada persona mayor teniendo en cuenta que es única y que, al igual que yo, carga con su propia mochila existencial, en su caso, más pesada que la mía. Por contra, me cuesta horrores observar y trabajar la complejidad de las personas adolescentes, que la tienen, porque su ruido a veces me resulta estridente, a pesar de que me recuerda mucho al mío cuando tuve esa edad.


Y además me gusta la Navidad. Según parece, ahora lo mainstream, sobre todo si eres un moderno gafapasta-hipster o algo así, es que no te guste la Navidad (aunque aproveches para pedir el iphone 6). Pues mira, a mí no me gustan las barbas y el postureo hipster y me encanta la Navidad. Quizá porque en mi casa siempre se celebró como un reencuentro familiar. Además, mi hermana y mi madre se esforzaban por hacer de la Navidad un momento especial en la casa, aunque la economía familiar no acompañara. Los Reyes Magos siempre venían cargados de regalos, fuese ropita para las muñecas cosida por mi madre, sacapuntas y gomas con forma de animales o muñecas de marca desconocida, como mi Estornudín. Mi Estornudín... ¡qué momento! él y yo, toreros, en plena calle frente a la invasión Nenuca que ese año aterrizó en el barrio. Daba igual. Mi hermana mayor se había encargado de convencerme que los Nenucos eran un rollo y eso iba a misa.

Estos recuerdos que la nostalgia se empeña en sacar a colación son los que han hecho de mí la que soy. Una viejuna de 42 años que esta noche celebrará la nochebuena con su familia, acordándome de mi tita Mercedes, cuyas fiestas de nochebuena han pasado a la historia, mis desaparecidos abuelos, sobre todo mi abuelo Gabriel, y degustando los ricos y viejunos langostinos que mi cuñado prepara porque, a pesar de lo que diga El Comidista, yo se los pediré todas las nochebuenas y él, diligente, los preparará mientras en voz alta nos recuerda la receta aunque todos nos la sabemos de memoria.

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La música africana es heterogénea y riquísima, como el propio 
continente pero hay países como Malí, Senegal o Costa de Marfil, 
en el que nacen genios como Dobet Gnahore, cantante marfileña 
que me ha cautivado tanto que lo ofrezco como regalo de navidad. 
Espero que su música os guste tanto como a mí.
Feliz Navidad.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Tendríamos que hacer más trabajo de calle ¡menuda tontería!


La profesión del trabajo social está plagada de tópicos. Imagino que en otras profesiones pasará igual, al menos sobre la nuestra sobrevuelan históricamente una serie de deseos, aspiraciones o utopías (llamémoslo como queramos) empalagosamente recurrentes que salen a colación en cualquier curso, jornada, seminario, reunión o simplemente café entre colegas, y se exponen como la solución a la crisis que atraviesa el trabajo social (esa es otra...).

Me saturan estas utopías, lo digo desde el respeto a quienes las expresan, no tanto por lo repetidas sino por lo sesgado de los planteamientos sobre los que se sustentan, así que, como gran aficionada a pisar charcos que soy desde que mi santa madre me trajo al mundo, me he decidido a dedicar esta entrada a desmontar uno de estos tópicos tan cansinos y sobre todo tan perniciosos.

El otro día, en una sesión de supervisión que he tenido la oportunidad de realizar, apareció como uno de los problemas de los servicios sociales que los trabajadores sociales estamos atrincherados en los despachos y tendríamos que hacer más trabajo social de calle ¡Ya salió! me lamenté para mis adentros. Por otra parte me alegró tener tema para la entrada de hoy así que me esforcé en dar mi opinión lo más concreta y respetuosamente que pude, opinión que es la que voy a exponer aquí.

Vayamos por partes. Este tópico descansa sobre el presupuesto de que, debido a la carga burocrática que padecemos, los trabajadores sociales estamos encerrados en el despacho, realizando tareas administrativas que odiamos; encerrados en el despacho nuestra visión de la realidad es sesgada y por ello deberíamos salir más a conocer la verdadera realidad de la calle (voy a obviar el análisis del supuesto odio de los trabajadores sociales hacia las tareas administrativas para no convertirme yo misma en motivo de odios ajenos).

Lo peligroso de esta afirmación es que contiene una parte de verdad: muchos trabajadores sociales estamos atrincherados en nuestro despacho esperando que lleguen las demandas para darles una respuesta automatizada entre las que manejamos en nuestro menú. Nos convertimos en una especie de cajero en el que la persona inserta una demanda y nosotros devolvemos una respuesta, normalmente en forma de recurso. Es lo que se ha dado en llamar el prestacionismo, que vino para trascender al asistencialismo.

Hagamos ahora el ejercicio de pensar en la trabajadora social Belén Navarro, que tiene un estilo profesional prestacionista, todo el día encerrada en el despacho entre un montón de papeles; son tantos papeles y tanto trabajo administrativo por realizar que ni siquiera Belén tiene tiempo para formarse o simplemente reciclarse leyendo alguna cosilla. Pues bien, a partir de ahora, por arte de Pablo Iglesias o Pedro Sánchez, escoja usted el que prefiera, se acaba el trabajo administrativo y por fin Belén puede cumplir su anhelado sueño de salir ¡a hacer trabajo social de calle! ¿qué pasaría? Pues posiblemente que saldría a la calle con los mismos ojos, las mismas manos, el mismo cerebro y por tanto las mismas cogniciones que elabora dentro del despacho, por lo que su visión de Menganillo Gómez o el grupo de chavales de la plaza con el litro y el canuto sería la misma pero enmarcada en la puerta de la panadería o en los bancos de la plaza, lo que no sé hasta qué punto convierte la realidad de Menganillo o los chavales del litro en más auténtica.

Ahora en serio, a mi entender, salir a la calle per se no tiene ningún sentido si la salida no va acompañada de una nueva mirada sobre los procesos sociales macro y micro, si la salida no va acompañada de una nueva actitud abierta al roce, al acomodo a ritmos vitales ajenos, a la novedad, o mejor dicho, a la sorpresa, a la aventura de la otredad y de las posibilidades que ofrece, en definitiva, al acompañamiento en los procesos vitales de las personas y colectivos en situación de vulnerabilidad y a la promoción de la autonomía en su más amplio espectro, que es, en mi más que humilde opinión, a lo que debería dedicarse el trabajo social.

Si para subir al cielo se necesita una escalera grande, para cambiar la mirada y salir a la calle con otros ojos necesitamos dos escaleras: una, la técnica, porque para emprender procesos de desarrollo comunitario, de empoderamiento ciudadano o simplemente de análisis de la realidad social, necesitamos teoría para hacer el análisis y técnicas para aplicarlo y, dos, también necesitamos dotarnos de una actitud más proactiva. Soy consciente de la dificultad pero es que si hay que ir se va, pero ir por ir...

Y como me gusta rizar el rizo, terminaré esta entrada afirmando que esa nueva mirada es perfectamente extrapolable al despacho, lugar que siempre he entendido como un marco perfectamente válido para comprender la realidad de quien tengo enfrente, el despacho es un escenario válido que se complementa con la calle, donde desplegamos otras técnicas y perseguimos otros objetivos, porque ¿quién ha dicho que no tengamos que salir más a la calle? ¡pues claro que tendríamos que tendríamos que hacer más trabajo de calle, menuda tontería!

 "Perdido en la calle"
Taxi

jueves, 11 de diciembre de 2014

Manual de Terapia Sistémica

Hoy debería escribir sobre la aprobación de la llamada conmúnmente Ley Mordaza, pero, si soy sincera, no ando muy preocupada por la aprobación de esta norma (a pesar del retroceso en materia de libertades que supone) porque creo que la conciencia individual hace mucho tiempo ya que se amordazó con la venda del miedo; se podría decir que en estos últimos cuatro años los españoles tenemos más miedo que siete viejas, lo que ocurre es que cualquier vieja de este país ha vivido peor que nosotros y, aún así, puede dar lecciones de honestidad, con lo que se puede ir a tomar viento fresco el refranero.

Y para sustentar mi teoría no hay más que observar el decreciente número de personas que acude a las movilizaciones o los miles de ejemplos de salida individual a problemas colectivos, es por eso que dedicaré la relajante tarea de escribir, después de muchos días sin poder hacerlo, a propósitos más placenteros.

Si placentero es el ejercicio de leer, aún lo es más recomendar un libro porque te ha gustado mucho. A eso quiero dedicar esta entrada. El libro que traigo se titula Manual de Terapia Sistémica. Se trata de una obra coral coordinada por Alicia Moreno, que, a modo de manual, hace un completísimo repaso por el paradigma sistémico.


Mi formación teórica (que es mucho decir) es sistémica, sin embargo quisiera aclarar que no es mi intención mostrar las bondades del modelo; opino que cualquiera que opere en el mundo de la intervención social debe hacerlo pertrechándose de un armazón teórico, con el que una encuentre más acomodo. Dicho esto, vayamos a describir este manual.

El manual es un tocho y no es barato, no voy a engañar a nadie. Eso sí, si te interesa profundizar en el paradigma sistémico, este es tu libro. Consta de tres partes: la primera, dedicada a los conceptos y herramientas básicas del enfoque sistémico, la segunda abarca los distintos modelos dentro de la terapia sistémica y la tercera se refiere al terapeuta sistémico. A pesar de tratarse de una obra coral, lo que no suele ser de mi agrado, los capítulos guardan relación y permiten seguir el hilo conductor. Me ha gustado especialmente el detalle de incluir, al final de cada capítulo, una serie de bibliografía recomendada (con explicación incluída) para seguir indagando.

Agradezco también el orden. Lo digo en sentido literal. Yo soy partidaria de titular, subtitular y ver un orden en este tipo de libros. Sé que se pierde frescura pero se gana en claridad. Y este libro es muy clarito, te hace una introducción al principio de cada capítulo y también un epílogo al final. Trata de ser práctico y su lectura no es especialmente densa.

Es bastante completo: se detiene en cuestiones tales como diferenciar el constructivismo del construccionismo social (acabo de ganarme el título de trabajadora social friki del año), la primera cibernética de la cibernética de segundo orden y también incluye una mirada a la terapia sistémica con perspectiva de género, en fin, todas esas cuestiones que todos deberíamos manejar para sobrevivir en una isla desierta.

Como curiosidad, uno de los capítulos está escrito por Alfonsa Rodríguez Rodríguez, que fue una de las ponentes en el Congreso Nacional de Trabajo Social de Málaga; a mi juicio su ponencia fue la mejor del Congreso.

Para finalizar, dejo un enlace que he visto sobre las mejores editoriales sobre ciencias humanas y sociales; es interesante conocerlas para poder estar al tanto de lo que van publicando. Me despido hasta la próxima semana con un vídeo clip jister-cultureta a juego con el libro, aunque yo lo que escucho bajando de Berja es Juan Magán y mi Pitbull de mi corazón, que de todo necesita el alma y el espíritu ¿o no?

Diciembre
Depedro con la colaboración de Vetusta Morla

lunes, 1 de diciembre de 2014

Los Jordis, segunda parte


Este verano escribí acerca de un caso que apareció de repente y que requería una intervención exprés. Titulé el caso Los Jordis porque se trata de una familia de Cataluña que ejemplifica muy bien el fenómeno que padecemos en servicios sociales de los emigrantes almerienses que retornan en verano y que pretenden arreglar todos sus asuntos administrativos en cero coma.

Este es uno de los casos de servicios sociales en los que conviene diferenciar lo urgente de lo importante. Refresco un poco los datos: se trata de un anciano con demencia mal atendido (supuestamente) por su hija separada, a la que llamaremos Juana. Este anciano tiene además dos hijas residentes en Barcelona. Las hijas de Barcelona demandaban el ingreso en residencia de su padre al observar la desatención que sufría y al no poder atenderlo ninguna de ellas. La problemática se agravaba por los consumos de drogas de Juana y la existencia de dos hijos de 16 y 14 años, que, al igual que su abuelo, sufrían las consecuencias del consumo de drogas de esta mujer.

Las hermanas de Juana acudieron muy sobrepasadas por la situación, ya que no esperaban encontrar tan mal a su hermana y a su padre, eso provocó que efectuaran una demanda masiva. El primer objetivo que me marqué fue tratar de separar cuestiones, establecer prioridades y ayudarlas a marcarse objetivos realistas, ya que ellas estaban tan emocionalmente bloqueadas que parecían incapaces de salir del bucle de la recriminación hacia Juana, las discusiones, los gritos y peticiones desesperadas de encerrar en un centro a la mitad de la familia.

Trabajé sobre la diferenciación de lo urgente y lo importante. Acordamos que lo urgente era el ingreso residencial del padre y conseguí que se centrasen en esta tarea, rogándoles que aparcasen el resto de problemas hasta que el padre estuviese ingresado y adaptado. Inicié trámites de ingreso urgente (ya tenía valoración de dependencia) y se le asignó plaza en un abrir y cerrar de ojos (unos quince días).

Aquí quiero hacer un paréntesis para destacar la fantástica labor que realiza la Delegación de Política Social de la Junta de Andalucía en materia de dependencia. Almería es una de las provincias de España que más rápidamente gestiona la ley y con más calidad e implicación profesional. Debo suponer que a estas alturas no seré sospechosa de hacerle la ola a la Junta de Andalucía, precisamente, pero si se critica lo que se hace mal, como en muchas de mis entradas ha quedado patente, también es justo señalar lo que se hace bien. Vaya pues mi reconocimiento al personal de esta institución y a quienes la dirigen.

Juana aceptó el ingreso de su padre y además reconoció que no estaba capacitada para su cuidado. Debo decir que en la residencia se sorprendieron del buen estado en que este señor ingresó. A pesar de sus problemas, Juana lo había atendido lo mejor posible e incluso lavó y preparó la ropa de su padre entre lágrimas por el desenlace de la situación.

Una vez que el padre estuvo ingresado y adaptado nos pusimos manos a la obra con el segundo problema: la situación de los menores. Aquí las cosas no fueron tan fáciles porque aunque el hijo menor se marchó con el padre, que lo atiende correctamente, el hijo mayor había forjado una fuerte alianza con Juana; adoptando un rol de defensor de su madre se negó a abandonar el domicilio, a pesar de la insistencia de todas las partes implicadas.

Las hermanas se marcharon (recordemos que se les casaba el Albert) muy enfadadas con Juana por su irresponsabilidad y Juana, muy enfadada también, se negó a seguir relacionándose con ellas por tratarla como a una niña. No consideré adecuado iniciar una reconciliación porque las partes estaban demasiado dolidas y crispadas. Tiempo al tiempo. Tras pedirles a las hermanas que dejasen espacio a Juana y a los sobrinos para tratar de resolver su dinámica, canalicé el caso al equipo de familia del centro (psicólogo y educadora social), que ha seguido trabajando con Juana, su exmarido y sus hijos. Evitar las injerencias de las hermanas con respecto a la problemática familiar de Juana con su exmarido e hijos nos ha costado un mundo, pero parece que lo hemos conseguido.

El equipo ha seguido trabajando con la familia; hace poco el hijo mayor agredió a la madre, que tiene una nueva pareja. El psicólogo y la educadora han posibilitado el ingreso del hijo mayor en un centro (donde creemos que mejorará) y continúan la intervención con Juana y el resto de la familia, con buenos resultados a excepción de los consumos de Juana, que no cesan, por desgracia.

Espero que la lectura del caso haya suscitado interés y sobre todo deseo que la familia encuentre el rumbo perdido. Estoy segura que, con el apoyo de mis compañeros, lo encontrarán.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Equipos de tratamiento familiar y contextos de intervención


(Desenlace de la entrada-ladrillo anterior)

La pasada semana introduje una herramienta de la intervención social que me resulta muy útil en el día a día: los Contextos de Intervención o Contextos Profesionales de Cambio. Expliqué la parte teórica del asunto y acordé completar mi exposición con un ejemplo práctico de su importancia: el diseño del Programa de Tratamiento Familiar.

Antes de comenzar, considero fundamental hacer una matización: esta entrada es una crítica al diseño del Programa de Tratamiento Familiar, no a los Equipos de Tratamiento Familiar. Los Equipos de Tratamiento Familiar (en adelante ETF) están formados por profesionales que realizan una labor impagable con familias que padecen un importante grado de desestructuración, y menores a su cargo en riesgo social.

En Andalucía (donde me sitúo) funcionan a través de un convenio-programa entre la Comunidad Autónoma y las corporaciones locales. Este churrigueresco mecanismo sitúa a estos equipos en una precariedad laboral de tal magnitud que muchos de ellos han desaparecido porque las corporaciones locales no quieren renovar el convenio (vigente desde el año 2000, si no me equivoco); véase la que hay liada en Sevilla. Los equipos, ante el rosario de despidos e impagos, se han movilizado y han creado una asociación, cuya cuenta en facebook puedes seguir aquí.

En mi opinión, los Equipos de Tratamiento Familiar son fundamentales para la protección de las niñas y niños, pero el diseño del Programa de Tratamiento Familiar es erróneo. En primer lugar, al ser creados, gestionados y financiados mediante un convenio de colaboración entre administraciones se encuentran en tierra de nadie, y lo peor: se han convertido en un arma arrojadiza perfecta para la guerra, ya clásica, Junta de Andalucía-Partido Popular.

En segundo lugar, al tratarse de equipos específicos, que no especializados, realizan tareas similares a las del equipo de familia de servicios sociales, aunque con una mayor intensidad. Por otra parte, están obligados a situarse a caballo entre los servicios sociales comunitarios y los servicios de protección de menores, en una especie de jamón york del sandwich. Reciben presiones de los servicios sociales comunitarios para que se queden los casos a toda costa o los deriven al servicio de protección de menores y éstos, a su vez, repelen los casos que en muchas ocasiones deberían ser objeto de desamparo. No les arriendo la ganancia.

Como observarás, el Programa de Tratamiento Familiar se sustenta sobre un armazón técnico y administrativo endeble. Sus bases teóricas, además (y esto es lo más importante), dan lugar a lo que Mara Selvini Palazzoli denomina deslizamiento de contexto. Veamos de qué se trata, a través de la lectura de un fragmento del artículo de Cardona y Campos que cité la semana pasada.

No definir adecuadamente un contexto da lugar a la probable confusión de los significados entre los participantes (trabajador/a social y sistema cliente), que pueden tener la vivencia de estar trabajando en contextos diferentes, con finalidades diferentes. Esta situación se verá más agravada si el profesional no se percata de que se ha producido una discrepancia de contexto, un cambio de contexto, y por tanto un cambio en las pautas de relación, dando lugar al fenómeno de “deslizamiento de contexto” descrito por Selvini. Sin un marco de referencia (contextual), compartido, al menos en mínimo grado, los malos entendidos y las discrepancias comunicativas son inevitables. La confusión se agrava si los participantes no son conscientes de haber encontrado un propósito o un marco de referencia comunes.

Carlos Lamas establecía seis contextos profesionales de cambio en servicios sociales:


La relación entre el mal planteamiento de los ETF y los contextos de intervención es la siguiente: anteriormente a los ETF existían los ETEM o Equipos de Tratamiento Especializado con Menores. Estos equipos se situaban en un contexto de control, que viene a ser: hay un menor/es que no está/n bien atendido/s por lo que se emite un mensaje de advertencia a los padres, en forma de intervención. De continuar la situación, el equipo tiene la capacidad de sancionar a través de la emisión de un informe al Servicio de Protección de Menores porque los padres no están respetando los derechos de sus hijos a una correcta atención y cuidado ¿me sigues?

Trabajar en contextos de control es puñetero, para qué lo vamos a negar. A ninguna de nosotras nos gusta parecernos a la trabajadora social de Ladybird, Ladybird ni a la que salía en Estrenos TV (los menos jóvenes se acordarán). A las administraciones tampoco les gusta hacer de malos de la película, así que en el año 2000 la Junta de Andalucía reconvierte los ETEM en Equipos de Tratamiento Familiar a través del Programa de Tratamiento Familiar.

El manual de referencia de los equipos de tratamiento familiar establece como modelo teórico el modelo ecológico-sistémico y en su marco teórico afirma que existe un falso dilema entre el control y la ayuda, con lo que enreda la función de los equipos al tratar de mantener el rol de los antiguos ETEM e introducir una vertiente terapéutica que incluye ¡la voluntariedad en el tratamiento! Es más, el propio manual establece que:

Existen situaciones en las que la actuación del ETF se debe obviar en aras de proporcionar cuanto antes a los menores otro recurso más adecuado para garantizar su bienestar y seguridad. Entre estas situaciones se pueden destacar las siguientes:
  • Negativa de la familia: después de haber sido informada de la existencia del ETF y de la finalidad del tratamiento, a ser atendida por éste: No obstante, la negativa de la familia no debe ser el criterio determinante para excluirla del programa. En estos casos, el ETF debe tratar de trabajar la motivación de la familia para el cambio. Si aún así persiste la resistencia a colaborar, habría que plantear otras alternativas.
 
Es llamativo lo contradictorio del mensaje: tratamos con familias que maltratan o no atienden a sus hijos y esperamos que acudan voluntariamente a ser tratados por un problema del que no tienen conciencia, tratamiento que posiblemente les acarree otros problemas con los servicios sociales. Si se niegan a venir, trabajamos sus resistencias desde el buen rollo terapéutico, pero si el buen rollo no funciona entonces nos convertimos en los servicios sociales de Ladybird Ladybird (deslizamiento de contexto terapéutico-contexto de control)

También podemos echar mano del plan B, que tanto nos gusta utilizar en servicios sociales comunitarios: el palo y la zanahoria, o lo que es lo mismo, engatusar a la familia con la tramitación de una ayuda económica. Ellos acuden pensando que les vas a ayudar a pagar el agua, la luz o la factura de la farmacia y tú les hablas de la educación de los niños y de la necesidad de llevar a la niña pequeña a la guardería y acudir a las tutorías del niño mayor. En el mejor de los casos, mientras dure la ayuda, durará la intervención con la familia. En el peor de los casos, si hay que tomar medidas drásticas, la familia se sentirá engañada (deslizamiento de contexto asistencial-contexto de control)

En ambos casos, no existe un marco de referencia compartido, por lo que las discrepancias y los malos entendidos son frecuentes. En servicios sociales comunitarios no estamos ni mucho menos exentos de generar estos problemas, que quede claro. En cambio, cuando el marco de referencia es claro y los objetivos se ponen sobre la mesa, sin agendas ocultas, la intervención mejora ostensiblemente a largo plazo ¡aunque sea impuesta! No comparto, por lo tanto, la afirmación del manual sobre el falso dilema entre la ayuda y el control en la línea de compatibilizar ambos. Opino que los contextos de control pueden generar cambios, que es distinto.

Para finalizar ¿como creo yo que deberían funcionar los ETF? En primer lugar, es imperativo que las compañeras y compañeros de los equipos dejen de soportar esta precariedad laboral que los mantiene permanentemente en la cuerda floja. Su labor es fundamental, en cualquiera de estas dos opciones: o se les integra en los equipos de servicios sociales comunitarios, dependiendo de las corporaciones locales y reforzando las plantillas o que se les asuma por parte de la Junta de Andalucía y ésta los reconvierta en lo que nunca debieron dejar de ser: equipos de trabajo específico con menores, ejerciendo el control, con todas las letras y con las cartas sobre la mesa, de la infancia en riesgo de Andalucía.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Contextos de intervención social

(Aviso a navegantes: entrada-ladrillo)


La pasada semana traje un caso en el que vengo trabajando, caso al que titulé Paco. El relato me sirvió como excusa para explicar la importancia que tiene, a mi juicio, hacer un buen análisis de la demanda, que es una de las tareas a realizar en los primeros contactos entre la profesional y el sistema cliente.

A modo recordatorio, en la entrada anterior detallaba los aspectos que contemplo cuando hago el análisis de la demanda que el sistema cliente trae al despacho:

  • Cómo llega la familia en cuanto a su estado emocional.
  • Qué lenguaje utiliza para efectuar la demanda.
  • Quien realiza la demanda y por qué.
  • Qué tipo de demanda realiza (económica, afectiva…)

Y con toda esta información, decía, es posible contextualizar la demanda, aspecto al que le dedico esta entrada.

Los contextos de intervención o contextos profesionales de cambio son una herramienta que nos permite crear el marco adecuado para intervenir. Es una aportación del modelo sistémico que se ha aplicado a la intervención social en general (en España) por autores como Carlos Lamas y al trabajo social en particular por la prof. Josefa Cardona. Su tesis doctoral trata sobre el tema y puedes descargarla aquí. La importancia que la autora otorga a los contextos de intervención queda plasmada en este párrafo

(...) el nexo de unión entre las teorías, la operacionalización de las mismas a través de modelos, y las características de los problemas y demandas que presentan los clientes o usuarios de los servicios sociales, descansa sobre la formulación del contexto de intervención, mediante el cual, trabajador social y cliente van a trabajar juntos para generar cambios.

Este es un extracto de un artículo suyo, coescrito con José Francisco Campos, titulado cómo determinar un contexto de intervención. También lo enlazo ya que resume las 500 páginas de la tesis. Dicho esto, vayamos al grano: ¿qué son los contextos de intervención social?

Se denomina contexto profesional de cambio al marco que se establece entre cliente y profesional que permite dar significado a una serie de intercambios comunicacionales orientados a introducir cambios en el cliente.

Esta definición es de Carlos Lamas, coautor del libro La intervención sistémica en los servicios sociales ante la familia multiproblemática, un libro antiguo que no ha perdido su vigencia. En el capítulo que él escribe, titulado Los primeros contactos, explica el asunto de los contextos. Los define tal y como he reflejado arriba y establece una clasificación de seis contextos de intervención en servicios sociales, que es la siguiente (el cuadro está incompleto ya que continúa en páginas siguientes pero esta parte ya me vale para explicarlo):


Veamos algunos ejemplos:

  • Contexto asistencial: Familia con todos sus miembros en paro y cero ingresos que acude a los servicios sociales para solicitar ayuda económica.
  • Contexto de consulta: Cuidadora que acude a servicios sociales porque tiene dudas sobre si llevar a su madre, enferma de alzheimer, al centro de día.
  • Contexto terapéutico: Joven con consumos abusivos de cocaína que acude al centro de tratamiento de drogas porque no puede controlar la conducta.
  • Contexto de evaluación: Equipo de menores que realiza informe de idoneidad para padres adoptantes.
  • Contexto de control: Equipo de servicios sociales al que se le deriva un caso de expolio patrimonial de una persona mayor.
  • Contexto in-formativo: Padres que solicitan ayuda ante problemas escolares del hijo. 
 
Recientemente se habla también de contexto de mediación y han aparecido otras clasificaciones, tal y como explican Cardona y Campos en su artículo, de obligada lectura. Aunque este tema parezca abstracto, el contenido del artículo arrojará bastante luz sobre el tema, más que la que yo pueda ofrecer en esta entrada. De cualquier modo, para mostrar la importancia de establecer contextos de intervención o contextos profesionales de cambio, me propongo dedicar la próxima entrada a ejemplificarlo con un tema práctico: los Equipos de Tratamiento Familiar en Andalucía. Espero no haberte aburrido y que sigas el hilo argumental hasta la próxima semana.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Paco

En la entrada de hoy abordo, de nuevo, uno de los casos que atiendo en mi centro de servicios sociales comunitarios. Pretendo con el relato de este caso abarcar varias cuestiones diferentes, dirigidas a distintos lectores (a ver si me sale el ejercicio): en primer lugar mostrar, una vez más, cuán fuerte puede golpear el sistema a personas que lo único que han hecho en su vida es trabajar, pagar sus impuestos y criar a sus hijos. En segundo lugar, señalar la importancia de hacer un buen análisis de la demanda, que es, en mi opinión, un pilar básico para poder iniciar la intervención adecuadamente. En tercer lugar, ofrecer un botón que sirva de muestra y dignificación del trabajo que realizamos en servicios sociales comunitarios en estos tiempos de incertidumbres y recortes.

Para ello, contaré la historia de Paco, cuyos datos, como siempre, se han distorsionado hasta hacer el caso irreconocible. Nuestro protagonista tiene 44 años, un hijo de 14 y es carpintero metálico. Paco regentaba una pequeña empresa de ferralla con cuatro empleados y todo marchaba bien hasta que llegó la odiosa crisis y las otras empresas con las que trabajaba comenzaron a no pagarle los encargos y a no solicitarle más. A partir de ahí, puedes imaginar: despido de los trabajadores, impagos a hacienda, a la seguridad social y el fin de la empresa: la quiebra. Eso, en relación con su vida laboral. Por entonces, Paco, tras unos meses de gritos, recriminaciones y silencios, se separó.

Su mujer se quedó la vivienda de ambos, situada un pueblo cercano, también asumió la custodia del hijo. La hermana de Paco tenía una vieja casita en el pueblo donde trabajo, que le cedió y es donde Paco vive. La ex mujer comenzó a trabajar en el manipulado hortofrutícola que, para quienes no lo sepan, es un trabajo asociado a la agricultura intensiva, consistente en el envasado de la verdura para su transporte y venta. 

El manipulado se realiza exclusivamente por mujeres, está muy mal pagado y realizado en condiciones penosas: las mujeres no tienen un horario fijo (saben cuando entran pero no cuando salen porque depende del género que llegue) pasan una media de 10 horas de pie sin moverse del sitio, delante de una cinta que transporta la verdura a toda velocidad, supervisadas por una férrea cadena de mando, masculina, que grita, acosa y vigila hasta el tiempo que ocupan haciendo sus necesidades (tal cual). Es un trabajo que deja muchas secuelas físicas: varices, tendinitis, túnel carpiano, problemas de vejiga, ansiedad... Me avergüenza explicarlo porque se trata de mi tierra, pero esa es la verdad.

Con este panorama laboral de la exmujer, el hijo de Paco permanecía muchas horas solo en casa, así que acordaron que se trasladase con su padre. Paco ahora se encuentra sin trabajo y sin ingresos, pero con un hijo del que ocuparse; está comenzando a mostrar signos de depresión.

Todo esto no me lo ha contado Paco así de sopetón. Él pidió cita porque en el INEM le dijeron, como a tantas y tantas personas este último año, que ya no tenía derecho a más ayudas y que bajase a los servicios sociales. Entró al despacho con la cabeza baja ¡cuantas cabezas bajas he visto estos últimos años! 

Paco está muy delgado y tiene las manos agrietadas, toscas y las uñas destrozadas, con toda la pinta de comérselas (suelo fijarme mucho en las manos de la gente). Llevaba en esas manos una carpeta fuertemente sujeta, llena de facturas impagadas, pagarés, cartas de hacienda, de la seguridad social que después me enseñó. Traía también una cara que denotaba vergüenza por venir a pedir. Porque Paco a lo que venía únicamente era a solicitar alguna ayuda familiar (que es como se le llama habitualmente al subsidio por desempleo)


Abandonemos por un momento el relato de Paco y detengámonos en la teoría de la que me he pertrechado para poder enterarme de todo esto y dar una vuelta de tuerca a la petición de Paco. Esta parte va especialmente dirigida para los estudiantes de trabajo social que sé que me leen (como Sofía, de Oviedo)
 
Cristina de Robertis plantea que en el léxico profesional se utilizan habitualmente tres palabras como sinónimos: problema, necesidad y demanda. Considera que es necesario definirlas porque no tienen la misma significación a pesar del uso intercambiable abusivo que se hace en el lenguaje profesional:
  1. Problema: Dificultad que hay que resolver para obtener un cierto resultado. Situación inestable o peligrosa que exige una decisión
  2. Necesidad: Exigencia nacida de la naturaleza o de la vida social. Aspiración natural y a menudo inconsciente.
  3. Demanda: Acción de pedir, de hacer saber lo que uno anhela o desea. Hacer una demanda al T.S. implica una movilización de la persona o grupo con el fin de encontrar una solución al problema que quiere resolver y así reducir la frustración y el sufrimiento que entraña la necesidad.
Se podrían establecer diferentes clasificaciones sobre la demanda pero a mí me interesa distinguir a efectos prácticos tres variables:
  • Demanda directa e indirecta.
  • Demanda explícita e implícita.
  • No hay demanda.
Demanda directa o indirecta: Hablamos de demanda directa cuando es la persona que acude la que reclama algo para sí, y se trata de una demanda indirecta cuando la petición se realiza para un familiar o para otra persona en general.

Demanda explícita e implícita: Hablamos de demanda explícita cuando la persona establece claramente qué quiere (por ejemplo solicitar una ayuda familiar) y hablamos de demanda implícita cuando ésta no se formula abiertamente.

No hay demanda: Mucho ojo con esta situación que es muy común y nos puede llevar a error. Cuando la demanda es formulada por otra institución, por ejemplo, la policía local, no hay demanda ya que la persona no ha pedido nada, ¡estaba tranquilamente en su casa hasta que los servicios sociales hemos llamado a su puerta para, normalmente, tirarle de las orejas!

Dicho esto, para analizar la demanda debemos establecer en cual de estas variables encuadramos lo que la familia pide, si es el caso y, una vez hecho este análisis, pasaremos a considerar otras cuestiones, que podemos resumir en:
  • Cómo llega la familia en cuanto a su estado emocional.
  • Qué lenguaje utiliza para efectuar la demanda.
  • Quien realiza la demanda y por qué.
  • Qué tipo de demanda realiza (económica, afectiva…)
Y con toda esta información, estaremos preparados para contextualizar la demanda. El contexto en servicios sociales es una parte del análisis de la demanda tan importante que le dedicaré la próxima entrada.

Volvamos a Paco. Paco tiene un grave problema económico, que le está generando secuelas diversas, aunque su demanda es exclusivamente económica porque Paco desconoce lo que hacemos en servicios sociales. Paco tiene necesidades no sólo económicas sino emocionales, ya que presentaba signos de depresión que observé en la entrevista (porque soy una profesional). 

Al contarme su situación, observé que la demanda económica era la punta del iceberg. Comencé a preguntarle más cosas, con mucho cuidado para que no se sintiese invadido (por eso nos forman en la técnica de la entrevista), y, asumiendo una posición de respeto y empatía, conseguí que Paco me contara que está muy preocupado ya que se ha tenido que llevar a su hijo varias veces del instituto porque el chico decía que le dolía el corazón. El médico le ha dicho que el niño está muy nervioso por la situación que hay en casa.

Si Paco hubiese acudido a una ONG (me refiero a ONG,s sin profesionales) o a un banco de alimentos, le habrían proporcionado comida o dinero, pero no le habrían dicho que entienden por lo que está pasando, que están allí para escucharlo y que por mucha gente que pase contando lo mismo, tú sabes que cada dolor es diferente y único. 

No le habrían asesorado acerca del salario social, tampoco le habrían tramitado una ayuda de emergencia social durante dos meses, ni le habrían incluido en el programa de contratación de la Junta de Andalucía, es muy difícil que hubiesen detectado que Paco necesita atención psicológica y médica, al igual que su hijo, al que no habrían podido canalizar al equipo de familia, para tratarlo y mejorar su adaptación escolar. Y si hubiesen intentado conocer su situación más a fondo, posiblemente Paco se hubiese marchado enfadado porque no habrían sabido preguntar adecuadamente.

Afortunadamente, los servicios sociales aún estamos aquí para ofrecer toda nuestra ayuda profesional a la gente, gente entre la que se encuentran miles de personas que lo único que han hecho en su vida es trabajar, pagar sus impuestos y criar a sus hijos. Gente decente. Como Paco.

Fito y Fitipaldis "Entre la espada y la pared"
(de su nuevo disco "Huyendo conmigo de mí")

sábado, 25 de octubre de 2014

Yo no juego al golf


A estas alturas imagino que todo el mundo habrá visto la famosa foto de la valla de Melilla en la que aparecen personas inmigrantes encaramadas para saltar, mientras otras, que han tenido la suerte de nacer a este lado de esa valla, juegan al golf. Si no es el caso, enlazo la noticia aquí. Una foto, la de la valla, que ejemplifica a la perfección el sistema del que nos hemos dotado los seres humanos de occidente para convivir, un sistema llamado capitalismo.

La foto produce rabia, repulsión, dolor, indignación...en fin, un largo etcétera de calificativos sobre los que no me quiero extender. Tampoco pretendo expresar mi rabia porque estoy segura de que no será muy distinta de quien me esté leyendo en estos momentos. Mi pretensión en la entrada de hoy es comentar una reflexión que me ronda al hilo de la foto. Antes, un detalle sin importancia: el campo de golf es público. Su construcción costó la friolera de dos millones de euros, financiados por la Unión Europea ¡para corregir desequilibrios territoriales! Minucias.

Estos días leo en los periódicos, en facebook, en twitter, etc. comentarios sobre la foto en la línea de que todos deberíamos sentirnos avergonzados. Pues yo digo que no. Yo no me siento avergonzada por esa foto. Para sentir vergüenza primero debería tener conciencia de culpa. Y no la tengo. En mi vida he votado al PP. No creo en el bipartidismo. No he especulado con la construcción. No he recibido sobornos. No he chantajeado a nadie. No he vivido por encima de mis posibilidades. No me he vendido al mejor postor para obtener trato de favor alguno.

No he tratado con desprecio a ninguna persona extranjera, al menos de forma consciente. No creo en las fronteras. Vivo en un municipio con graves problemas relacionados con la inmigración y no escondo mis opiniones. Conozco a muchas personas de otros países, aunque me gustaría conocer a más y conocerlas mejor. Opino que la inmigración enriquece los pueblos y me asquea el racismo y la xenofobia. Odio reconocer que hay personas racistas en mi pueblo y me rebelo ante lo injusto, por eso, modestamente, trato de hacer a través de mi profesión, de la militancia política y de mi vida un lugar mejor.

Hay mucha gente que no debería sentirse avergonzada por la foto. Gente de bien ¡pero de bien de verdad! no esa gente de bien de la que tanto habla Rajoy, la llamada mayoría silenciosa (que espero demuestren en las próximas elecciones que ni son mayoría ni son silenciosa). Porque la gente de bien no permite atrocidades con su silencio cómplice, la gente de bien se levanta ante la injusticia. Y de esa gente de bien yo conozco a mucha. Gente que no tiene la culpa de esta cadena de barbaridades y sinvergonzonerías que llevamos soportando desde la modélica Transición, gente que se levanta todos los días a dar lo mejor de sí mismas como personas, gente, con conciencia política o no, que trata de pasar por esta vida haciendo de la sociedad un lugar mejor del que se encontró y gente que te tiende la mano cuando te caes.

Toda esa gente de bien no ha montado este sistema, pero el sistema lo ha previsto todo para que las ruedas del engranaje sigan girando. En cuanto comiencen a chirriar, baste lubricarlas con algunos mensajes: hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, hemos callado y hemos consentido la corrupción, trabajamos y cobramos el paro, defraudamos a hacienda, nos hemos embarcado en grandes hipotecas y así, suma y sigue. El caso es culpar a la ciudadanía mientras ellos se reparten los pingües beneficios de una economía podrida por la corrupción que ellos mismos han generado. Hasta ahora parece que les está saliendo bien la estrategia.

 Aún así, yo insisto en que no. Yo seguiré diciendo a quien quiera escucharme que todo eso es, simple y llanamente, mentira. Toda esa gente de bien (de verdad) de la que he hablado no tiene la culpa de que haya inmigrantes arriesgando la vida en una valla. Toda esa gente no debería sentir vergüenza por la foto. Yo no la siento. Siento muchas cosas, pero vergüenza no. Yo no he creado este sistema, ni apoyo en modo alguno a sinvergüenzas, sea de la clase que sean. Yo no recojo sobres. Yo no tengo tarjetas black. Yo no como en restaurantes de cinco tenedores. Yo no juego al golf.

viernes, 17 de octubre de 2014

Diccionarios de Trabajo Social

Me gustan mucho los diccionarios. Desde niña suelo usarlos. Me aficioné porque me daba mucha rabia que apareciese una palabra en la tele o en un libro o en una revista y no saber lo que significaba. Aunque, ahora que lo pienso, quizá también tuvo que ver aquel maestro mío de sociales en 6º de EGB que llamaba a los diccionarios espabilaburros, o quizá aquella monja, profesora de latín, que había forrado todos los diccionarios de la clase (de latín, claro) con tela; unos forros que ella misma había cosido y que quitaba de vez en cuando para lavarlos, así los mantenía en perfecto estado a pesar de las numerosas manos adolescentes por las que los sufridos diccionarios Larousse pasaban...

En fin, maestras y maestros como la copa de un pino que han contribuido con su oficio entregado a hacer de aquellos niños y niñas adultos mejores de lo que cabría esperar ¡Qué cosas! Cada vez que rememoro mi infancia suelo irme por las ramas, debe ser que entro en una edad, digamos, respetable.

Hoy quiero mostrar los diccionarios que se han publicado en español sobre Trabajo Social. Antes de enumerar los existentes, es interesante recordar que la Real Academia tiene una versión online del Diccionario de la Lengua Española en su página web, así que no es necesario adquirir la edición en papel si nuestra economía es ajustada; yo suelo tener abierta la página cuando escribo en el blog y me es de gran ayuda.

Entrando en materia, imagino que la mayoría de profesionales conoceréis el Diccionario de Trabajo Social, de Ezequiel Ander Egg. Fue el primero en aparecer y en su momento resultó de gran utilidad, aunque los años no pasan en balde y es lógico que haya quedado desfasado.


Hace poco se han publicado varios diccionarios de Trabajo Social en español que han venido para llenar el vacío existente, concretamente se trata de tres. Aunque en la foto aparezcan cuatro, son tres, lo que ocurre es que el Colegio de Málaga ha realizado una segunda edición del suyo.


No voy a realizar un análisis pormenorizado de cada uno de los diccionarios ya que hay un artículo del profesor Pablo de la Rosa Gimeno dedicado precisamente a esto. Está muy bien explicado y documentado, así que animo a su lectura. Eso sí, no incluye el Diccionario internacional de Trabajo Social y Servicios Sociales. Por mi parte, opino que el número de voces que abarca este diccionario es limitado, supongo que es así porque se trata de un diccionario internacional.

Estos son los diccionarios actuales sobre Trabajo Social en español. Si hay alguno que se me haya olvidado incluir, por favor, hacédmelo saber. Por si alguien se decide a adquirir alguno (cosa que recomiendo) las referencias bibliográficas son las siguientes:

  • Ander Egg, E. (1987). Diccionario del Trabajo Social (11a ed., Vol. 25). Argentina: Humanitas.
  • Arredondo, R., Cosano, F., Gutiérrez, A. M., Morales, M., Ortiz, I., Rivas, M. (2010). Diccionario Práctico Trabajo Social. Málaga: Colegio Oficial de Diplomados en Trabajo Social de Málaga.
  • Arredondo, R., Cosano, F., Gutiérrez, A. M., Morales, M., Ortiz, I., Rivas, M. (2013). Diccionario Práctico Trabajo Social (segunda edición). Málaga: Colegio Oficial de Diplomados en Trabajo Social de Málaga.
  • De Lucas, F., & Arias, A. (2010). Diccionario internacional de Trabajo Social y Servicios Sociales (Primera.). Buenos Aires: Miño y Dávila Editores.
  • García, T., de Lorenzo, R., & Vázquez, O. (Eds.). (2012). Diccionario de Trabajo Social. Madrid: Alianza Editorial.


Una de las alegrías que proporciona este blog es ponerles cara a personas que lo siguen. Esta semana he tenido el placer de conocer a dos: he conversado telefónicamente con Nieves García, de Zaragoza y he conocido, por razones de trabajo, a Esther, de Almería. A ellas va dedicada esta entrada, que espero haya sido de vuestro interés, y tambien esta canción de un joven cantautor, Pedro Pastor.

 Pedro Pastor
Ayer también fue hoy

jueves, 9 de octubre de 2014

Cabeza de perro

La irresponsabilidad e incompetencia del Partido Popular al frente del gobierno de este país ha alcanzado cotas difícilmente superables, y todo ello gracias la gestión del traslado de los dos religiosos españoles en África enfermos de ébola y el posterior contagio de la auxiliar de enfermería, Teresa Romero Ramos.

Para comenzar, los enfermos nunca debieron trasladarse a España. No hay más que darse una vuelta por internet para leer la opinión de numerosos expertos que así lo aconsejaron, pero tratándose de religiosos todo esfuerzo es poco aunque suponga un riesgo sanitario para un país entero, por no hablar del coste económico: 500.000 euros por el primer religioso, coste que sufragó íntegramente el estado ya que se trataba de una cuestión de puro sentido común, tal y como manifestó el propio Rajoy.

Comparto el argumento de que si se trata de vidas humanas el dinero no debería ser un condicionante, por eso mismo me resulta tan difícil aceptar que el gobierno asumiese los gastos de repatriación de estos religiosos y, en cambio, se haya negado a financiar la totalidad de los gastos de evacuación del espeleólogo Cecilio López-Tercero, que quedó atrapado en Perú y cuyos gastos de salvamento han costado la mitad del coste del traslado del primer religioso, es decir, 250.000 euros obtenidos a través de donaciones y solidaridad popular. Quizá si además de espeleólogo fuese sacerdote habría conseguido que el gobierno lo rescatase por puro sentido común.

El caso es que los dos religiosos fueron trasladados para morir en España (lo demás son cuentos chinos), con un coste económico elevadísimo y, lo peor, un incalculable riesgo sanitario derivado del país de pandereta que somos; baste con analizar las medidas de seguridad que se adoptaron en el Hospital Carlos III: sanitarios cambiándose en plena calle, cursos de formación de 45 minutos, uso de trajes completamente inadecuados, aislamiento con sábanas y un largo etcétera de despropósitos que dan para montar la trama argumental de Torrente 6.

Es difícil señalar quien ha sido el peor ministro en este gobierno: Montoro, Cañete, Gallardón...la lista es larga y la lucha reñida, pero no hay duda de que Ana Mato ha subido el listón. Su carrera ha sido imparable: responsable directa de la demolición controlada de los servicios sociales, dejando la partida que los financia, el Plan Concertado, a cero euros, ¡cero! Abandono de un pilar básico de la protección social como es la Dependencia a la inanición financiera, grave retroceso de los derechos de las mujeres... La Asociación de Directoras y Gerentes de Servicios Sociales se quedó corta concediéndole el Premio Corazón de Piedra.

Por si no fuese suficiente su incompetencia y crueldad manifiesta, Ana Mato es además una política corrupta, implicada de lleno en la trama Gürtel. No creo que sea necesario explicar asuntos tales como las andanzas de su ex marido, Jesús Sepúlveda, el Jaguar, las fiestas con confetti y otros despilfarros a costa de la putrefacción de la democracia y el sufrimiento de la gente.

Ahora ha aparecido una sanitaria contagiada por el Ébola (parece ser que no es la única) ¡ni aún así se plantea dimitir! Ni falta que le hace, no tiene más que seguir la línea argumental de su compañero de partido, el Consejero de Sanidad de Madrid, que en un ejercicio de sinvergonzonería sin precedentes, se atreve a culpar a la enferma del contagio. No he escuchado declaración alguna de boca de un político más cabrona hiriente en mis 42 años de vida.

Y continuando la cadena de despropósitos, la Comunidad de Madrid decide que hay que sacrificar a Excalibur, el perro de la sanitaria infectada. Su marido no está infectado (afortunadamente, sobre todo para su propia integridad física), el perro tampoco lo estaba, o al menos no había pruebas concluyentes que así lo determinasen, pero han tenido que sacrificarlo ¿es también de sentido común? Yo creo que no. El PP necesita una cabeza de turco y cualquiera vale. Aunque sea la de un perro.


viernes, 3 de octubre de 2014

Stop Rumores

Tengo que confesar que soy bastante escéptica con respecto al boom de la innovación que estamos viviendo de un tiempo a esta parte en el mundillo de la intervención social. Lo soy, en primer lugar, porque observo que muchas iniciativas sociales que lucen el marchamo de la innovación no significan, en la práctica, nada nuevo bajo el sol, y, en segundo lugar, porque muchas de esas iniciativas me parecen mucho ruido y pocas nueces.

Afortunadamente hay iniciativas en el ámbito de la intervención social, como la que traigo hoy al blog, que desmontan mi prejuicio; precisamente eso es lo que persigue Stop Rumores, de la Federación Andalucía Acoge. Se trata de la creación de una Agencia Antirumor, cuyo objetivo es combatir los rumores negativos e inciertos sobre la población inmigrante que dificultan la convivencia en la diversidad en nuestros entornos más cercanos. Con la financiación del Ministerio de Empleo y Seguridad Social y del Fondo Europeo para la Integración, Andalucía Acoge busca con este proyecto promover una ciudadanía activa formada e informada para combatir rumores.

¿Quién no ha escuchado alguna vez que los chinos no pagan impuestos?¿que a los marroquíes les dan pisos?¿que colapsan las urgencias hospitalarias? Seguro que más de una vez nos hemos visto envueltos en una conversación salpicada de algún que otro despropósito hacia la población inmigrante; sin ir más lejos, el otro día tuve que emplearme a fondo para convencer a mi madre de que las tiendas de chinos de mi pueblo no están exentas de pagar impuestos en el ayuntamiento ¡me costó lo mío! Pues resulta que, sin saberlo, estaba actuando como agente anti rumor, que es, según la agencia una figura llamada a adoptar una actitud activa para combatir rumores en tres dimensiones diferenciadas: la sensibilización a través del dialogo interpersonal, la sensibilización en su propio entorno y el trabajo en red.

Si hay un colectivo que tiene que soportar diariamente estos prejuicios es el colectivo de trabajadores sociales. No solo en el marco del desempeño profesional, donde se nos suele acusar de favorecer a la población extranjera, sino en la calle. En más de una ocasión, me he arrepentido de decir que soy trabajadora social ya que algunas personas poco informadas y cero sensibilizadas hacia la población inmigrante o gitana suelen aprovechar la cerveza o el café para denunciar este supuesto trato de favor, como ejemplo valga esta entrada del compañero José Ignacio Santás, en su blog Pasión por el Trabajo Social.

A pesar de lo tedioso que pueda resultar el ejercicio de desmontar un rumor, en mi opinión, los trabajadores sociales tenemos el deber ético de desmontar estos rumores dentro y fuera del trabajo, y para ello los consejos que da la agencia son muy útiles. Si además, quieres adherirte a la Agencia Anti Rumor, como yo, visita la página Stop Rumores y ahí encontrarás toda la información.

La iniciativa, como explicaba al principio de la entrada, es de la Federación Andalucía Acoge; los andaluces, ya se sabe: gente vaga, fiestera, subvencionada, mentirosa y mucho más... Rumores, rumores, rumores...

Raffaela Carrà
"Rumore"
(Madonna ¡no le llegas a Raffaela ni al tacón!)

viernes, 26 de septiembre de 2014

Ismos en servicios sociales



Últimamente, las personas que nos dedicamos a la intervención social (especialmente al Trabajo Social) en este país andamos bastante mosqueadas. Años de estudios universitarios, búsqueda de empleo, en algunos casos con oposiciones de por medio, reivindicación del rol profesional y de una sociedad garante de derechos sociales y, mira tú por donde, llega la crisis y con ella iniciativas caritativas, filantrópicas, benéficas y algunas estrambóticas, todas ellas con un denominador común: su carácter asistencialista.

El programa de Toñi Moreno es asistencialista, los bancos de alimentos son asistencialistas, el ropero de Cáritas es asistencialista y un largo etcétera de afirmaciones que verbalizamos o escuchamos todos los días, pero ¿qué entendemos por asistencialismo? La segunda edición del Diccionario de Trabajo Social del Colegio de Málaga dice así:

Asistencialismo: Forma de asistencia en la que el destinatario es meramente un receptor en situación de necesidad de algún recurso social que percibe (bien, servicio, subsidio). No se persigue lograr la independencia del individuo ni que este desarrolle sus propios proyectos, por lo que la situación objeto de prestación es difícil de modificar, reapareciendo dicha necesidad-problemática.

(Arredondo, Cosano, Gutiérrez, Morales, Ortiz y Rivas, 2013, p.29)

Leída la definición, parece que sí, que los ejemplos anteriormente expuestos son iniciativas asistencialistas. No persiguen que el individuo desarrolle sus propios proyectos, sin embargo, entiendo que, en el contexto de emergencia social en que nos encontramos la gente está viviendo situaciones verdaderamente dramáticas que necesitan de una respuesta aquí y ahora. En esa línea, la Junta de Andalucía puso en marcha recientemente el Decreto Andaluz por la Inclusión Social, más conocido como el Decreto de Exclusión.

El Decreto, a pesar de sus muchísimos errores, al menos pretende lanzar un cabo a quienes están en una situación límite, es por ello que, a pesar de no estar de acuerdo con la mayoría de las medidas que plantea, le puedo perdonar su carácter asistencialista porque vivimos en un momento en que hay que asistir, nos guste o no a las profesionales de los servicios sociales.

Lo del asistencialismo no lo llevo tan mal. Lo que me cabrea realmente del Decreto es el paternalismo que destilan algunos de sus programas, paternalismo que, curiosamente, los profesionales de servicios sociales no atacamos, o al menos, no con tanta beligerancia. Me explico: uno de los programas del Decreto es el Programa de Garantía Alimentaria, entre cuyas medidas se encuentra el reparto de alimentos a familias en situación de exclusión social.

En la práctica, esta medida consiste en que la Junta ingresa dinero a los Ayuntamientos para que desde servicios sociales prescribamos lotes de comida a familias necesitadas, que van, con un vale, a un supermercado y retiran alimentos que posteriormente el ayuntamiento abona al comercio.

Para empezar, la medida, además de provocar una fuerte estigmatización para las personas que acuden al supermercado, deja el secreto profesional y la confidencialidad a la altura de una zapatilla ¿o es que no conocemos cómo funciona el patio en los pueblos y pequeñas ciudades? Este efecto me preocupa muchísimo, pero es que hay más ¡Ojo! no cualquier alimento. Aquí la Junta, en un afán municipalista que a veces no llego a entender, permite que cada ayuntamiento se organice de forma autónoma, con lo que encontramos ayuntamientos que han hecho (entre otras cosas) listas de alimentos que provocan auténtica vergüenza ajena.

Al margen de los efectos de la medida, se respira un tufillo paternalista que tira p´atras porque la filosofía que hay detrás es que a estas familias no se les puede dar dinero porque se lo gastan en cervezas, Marlboro, whisky o percebes. Ya se sabe, esta gente no sabe administrarse y cuando pilla un duro se lo funde. ¿Para qué partir del hecho obvio de que la mayoría de familias con escasos recursos se organizan infinitamente mejor que nosotros mismos, por ejemplo, porque de lo contrario ni siquiera podrían subsistir? Es mejor coger la parte por el todo y recordar a la familia Menganilla y su tele de plasma de 78 pulgadas.

Me indigna esta creencia de que todas las familias en exclusión están en esta situación por una mala administración. Echar la culpa a los pobres de su situación no es nada nuevo, pero la cantinela ha calado ya que, a pesar de que las familias que se administran de manera caótica son minoría, los programas siempre, siempre, siempre se ponen en marcha por parte de las administraciones pensando en esa minoría y no en la mayoría restante.

Lo que no me indigna sino que me cabrea, directamente, es descubrir que esas listas de racionamiento vergonzantes e indignas de las que hablaba no las ha elaborado la concejala de turno, no, esas listas de la vergüenza las ha elaborado un-a profesional de los servicios sociales como yo, el mismo o la misma o que llega de la visita domiciliaria escandalizada porque el bebé tiene una cuna muy cara, que pide tickets absolutamente de todos los productos que la familia compra y los revisa con lupa, aunque la familia no tenga un problema de administración económica o que mira con ojos acusatorios a la persona recién atendida que está desayunando al lado en el bar, como yo misma he hecho yo esta mañana ¡vergüenza debería darme seguir conservando estos tics!

Sí, el decreto es un callo, pero a paternalistas a los profesionales de servicios sociales no hay quien nos gane. Nosotros sabemos mejor que nadie lo que es mejor para las familias y lo gracioso es que muchas veces ni siquiera sabemos lo que es mejor para nosotros mismos. Los políticos se lo tienen que hacer mirar, pero nosotros también. Yo estoy en ello.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Agresiones a funcionarios


Esta semana, yendo al trabajo, escuché en la Cadena SER la noticia de que el Gobierno reforzará las medidas de seguridad en las administraciones ante las agresiones a funcionarios. Yo soy funcionaria, bueno, realmente soy personal laboral, pero este matiz, tan importante para mí, no tiene ninguna relevancia para el tema que nos ocupa, así que a ojos de la ciudadanía soy funcionaria.

Trabajo además en servicios sociales comunitarios (o de atención primaria). Un lugar donde atendemos a gente con problemas, que responde, más o menos, a uno de estos perfiles: el primero, personas que buscan desesperadamente un cabo al que sujetarse tras la expulsión del sistema gracias a la crisis económica, el segundo, personas que toda su vida han acudido intermitentemente a bregar con las asistentas sociales y no saben hacer otra cosa (ni nadie les ha enseñado) y el tercero, gente que tiene problemas familiares con ascendientes o descendientes y busca asesoramiento o recursos para mejorar la convivencia familiar. Como se puede observar, en los tres casos la demanda viene acompañada de un amasijo emocional importante.

Que el trabajo en servicios sociales es ansiógeno, no es ninguna novedad. Que la crisis económica ha empeorado ostensiblemente los ánimos, tampoco. Venir a trabajar es más duro en 2014 que en 2007. Yo he llegado a experimentar la necesidad de ser agredida tras un mes de amenazas por parte de un ciudadano enfadado. Llegué a pensar: la próxima vez que me diga que me va a pegar, le voy a contestar que lo haga de una vez y acabamos por fin en el juzgado. También me han dicho que me vaya a recoger pimientos o directamente a la mierda, en fin, de todo.

Por todo ello, se supone que la noticia de que el Gobierno va a tomar cartas en el asunto me debería alegrar: es muy desagradable venir a trabajar con miedo. Es muy desagradable que la gente te grite, te amenace, te insulte o te ningunee. Hay veces en que sientes que la agresión es normal. Con todo, al escuchar la noticia no me alegré. Me entristecí mucho.

Me entristece desempeñar un trabajo vocacional con miedo, me entristece que la salida que la ciudadanía encuentre a su frustración sea la agresividad, me entristece no ser capaz de trasmitir que yo también siento rabia por la situación de emergencia social a la que este gobierno nos ha abocado y me entristece percibir que entre los funcionarios y los ciudadanos existe un nosotros y ellos.

Entiendo la frustración de la gente. Y su agresividad. No sé si es Síndrome de Estocolmo, empatía o qué, pero la verdad es que yo a veces también me siento agresiva, incluso violenta. Nosotros somos el muro de contención de la gente más vulnerable. Encajamos como podemos la desesperación de quienes no tienen nada, mientras Rajoy recorta, recorta y recorta y lo anuncia en ruedas de prensa desde una tele de plasma, Esperanza Aguirre huye de la policía y después se queda tan ancha, unos conducen borrachos, otras se autoconceden becas de guardería o enchufan al marido en empresas pagadas por la Junta de Andalucía.

Así las cosas, no me alegra que el gobierno impulse medidas contra las agresiones a los funcionarios, entre otras cosas porque dudo que sirvan para algo, al menos en servicios sociales. Me alegraré, y mucho, el día en que Rajoy levante el pie del cuello de la clase trabajadora, el día que la gente no necesite gritar para recibir migajas, y, sobre todo, el día en que los derechos de las personas estén por delante del puñetero déficit. Y si, además, quienes modificaron el Art. 135 de la Constitución piden perdón al país ¡ni te cuento!

jueves, 11 de septiembre de 2014

Movilizar pinos, plantar ancianas y otras hierbas

El debate social y político está aquejado de "tertulianismo", un síntoma de la simpleza con la que abordamos los asuntos ya que resulta imposible que esa gente sepa de todo lo que está hablando. Podrá opinar, no lo dudo, pero no se puede opinar de todo. No hay tiempo para prepararlo y menos en un formato en el que no se permite profundizar en los asuntos, sólo se permite abordarlos superficialísimamente.

Santos, J. (10/09/14) Crítica, espíritu crítico y estereotipos [Mensaje en su blog]

Esta no es otra entrada sobre Renta Básica, aunque la Renta Básica es un tema que me interesa bastante. Es más, intento leer todo aquello que me encuentro por la red sobre el particular, más aún si proviene de fuentes autorizadas. Hace unas semanas apareció un artículo del economista Eduardo Garzón (hermano del también economista y político Alberto Garzón) con el título Siete argumentos contra la Renta Básica Universal y a favor del Trabajo Garantizado, y, como de costumbre, me puse a leerlo con detenimiento. El artículo realiza una defensa del trabajo garantizado frente a la renta básica. El trabajo garantizado viene a ser la oferta de empleo en programas de interés social financiados por el estado, eso sí, con algunas particularidades (es mejor leer el artículo si se quiere profundizar en el concepto)

La lectura me suscitó dos sensaciones: en primer lugar, cierta perplejidad porque me pareció que el artículo, aunque interesante, cojeaba en algunos aspectos. De cualquier modo, mi ignorancia sobre economía me llevó a concluir que no lo había entendido bien. Posteriormente apareció otro artículo de Daniel Raventós, Jordi Arcarons y Lluís Torrens, que venía a desmontar parte de lo escrito por Garzón, con el título ¿Siete argumentos en contra de la Renta Básica? No exactamente.

Como respuesta al artículo de Raventós y Cía, Garzón publicó una contrarréplica que no he leído, ya que el asunto ha derivado en un Sálvame Deluxe académico, y no tengo yo nivel ni ganas de ponerme a desentrañar puyas entre economistas ¡pobre de mí, trabajadora social que a duras penas distingue a Keynes de Friedman!

A mí, como decía al principio, no me interesa en esta entrada disertar sobre Renta Básica. Lo que realmente me interesa es destapar los errores que, en mi opinión, Eduardo Garzón comete al incluir ciertas tareas dentro de lo que él entiende como trabajo garantizado y, por otra parte, señalar lo acomplejadas que estamos las mujeres, aunque tengamos estudios, máxime si ejercemos profesiones feminizadas. Ambas cosas guardan una relación que paso a explicar.

Antes decía que la lectura del artículo me generó sensaciones. La primera, cierta perplejidad. La otra sensación que me quedó al leerlo es de frustración. El autor incluye alegremente el servicio de ayuda a domicilio (no con estos términos) en el catálogo de trabajos garantizados, lo que indica que no tiene ni idea de las funciones que desempeñan las auxiliares de ayuda a domicilio. Garzón, como muchos hombres con estudios, sobre todo si se trata de estudios serios como económicas, medicina, ingenierías variadas, etc. se lanza a la piscina de la opinión general sin ningún tipo de complejos.

Si eres un hombre con estudios serios y te ha molestado mi sutil apreciación, te prevengo: puede que estés en el grupo de saltadores de trampolín ¡Hombre omni opinador, la culpa no es tuya! Al menos toda la culpa. Esta sociedad nos empuja a formarnos una opinión sólida sobre un tema cada media hora (los hombres os sentís aún más presionados), no te digo si se convierte en trending topic. Aunque anecdótico, me maravilla esa costumbre-obligación de dar el pésame en las redes sociales cuando se muere algún famoso. Que digo yo, un poner, que a la familia de Di Stefano le importará un carajo que Pepe López de Villabotijos de Abajo ponga en twitter "Nos ha dejado D.Alfredo. D.E.P."

Al margen del virus de la infoxicación, gran parte de la culpa es nuestra. De las mujeres, digo. Somos idiotas por autocensurarnos diariamente. No somos capaces de debatir en igualdad. Así de claro ¿o es que no hemos vivido situaciones en las que un hombre dice una pulmonía y mujeres mucho más inteligentes que él se callan y asienten? Yo misma, siendo menos inteligente que Garzón (que Eduardo, que Alberto ni te cuento), debería haber contestado a su artículo, aclarándole unas cuantas cosas sobre el trabajo de las auxiliares de ayuda a domicilio que él desconoce porque no es trabajador social y yo, en cambio, conozco muy bien porque sí lo soy.

Pero no fui capaz y me sentí frustrada por no ser capaz. El artículo de Joaquín Santos, con su referencia al tertulianismo, me ha retrotraído al de Eduardo Garzón, así que, aunque tarde, he decidido matizar algunas de las consideraciones de Garzón en relación con los empleos en el sector social, y es que, como bien señala Joaquín Santos, no se puede opinar de todo aunque el opinador sea doctoris causa (que es como llamaba el abuelo de mi cuñado a la gente con toga)

Veamos alguna de sus argumentaciones apoyando lo que él denomina Trabajo Garantizado:

(...) Si bien es cierto que hoy día en nuestras sociedades hay muchísimas personas que no están trabajando y nuestro deber como sociedad es evitar que por culpa de ello pasen penurias, también es cierto que hay mucho trabajo por hacer en nuestras comunidades. No tiene sentido que mantengamos inactivas a personas que pueden y desean trabajar mientras las necesidades de nuestros conciudadanos no estén cubiertas. En la actualidad necesitamos que cuiden de nuestros mayores, de nuestros hijos y de nuestros enfermos, que aumenten los servicios de ocio y cultura, que se cuiden las infraestructuras, pavimento y fachadas de muchos barrios de nuestras ciudades, que se reforesten enormes extensiones de terreno, que se cuide la fauna y la flora de nuestro entorno, que aumenten y mejoren los servicios sanitarios, que se defienda a los grupos discriminados y a los más vulnerables, etc…

(...)

El Estado podría financiar y planificar este TG a través de programas concretos, aunque en última instancia podrían ser las organizaciones no gubernamentales, las cooperativas o cualquier otro tipo de organización las que gestionaran las actividades en cuestión debido a que son las que tienen experiencia sobre el terreno.

(...)

En épocas de boom económico aparecerán en el sector privado muchos puestos de trabajo mejor pagados que los ofrecidos por el TG, de forma que muchos trabajadores del TG se trasladarían al sector privado. De esta forma se estaría introduciendo mucho menos dinero “extra” en los bolsillos de los ciudadanos, y por lo tanto no se estaría calentando tanto la economía. En épocas de recesión ocurriría lo contrario: muchos trabajadores despedidos en el sector privado pasarían a trabajar en los programas de TG, logrando que no se enfriase tanto la economía y evitando así la amenaza de la deflación (caída generalizada de los precios)

(...)

Los conocimientos y habilidades adquiridas por el trabajador del TG lo preparan para encontrar trabajo en el sector privado o para iniciar sus propios proyectos en un futuro.

Las personas que nos dedicamos a lo social, especialmente trabajadoras sociales, llevamos muchísimo tiempo luchando para que el servicio de ayuda a domicilio (lo que Garzón denomina cuidado de personas mayores o enfermas) se considere empleo cualificado, estable, de calidad y, a ser posible, público; empleo, por otra parte, cuyo desempeño exige ahora titulación y en aquellos casos de trabajadoras antiguas que no tenían formación, se les obliga a que pasen por un proceso de acreditación de competencias (al menos en la administración donde yo trabajo)

Y se exigen esos requisitos porque el trabajo como auxiliar de ayuda a domicilio incluye un complejo catálogo de competencias, habilidades y destrezas tales como movilizacion de personas en situación de gran dependencia que están encamadas, cambios posturales, preparación de alimentos a personas con patologías específicas, supervisión de la toma de medicación, acompañamiento y gestión de conflictos con personas con trastorno mental; tareas educativas como mejora de hábitos higiénicos en personas que padecen trastornos tipo diógenes, apoyo a la alimentación adecuada, administración económica... en familias desestructuradas y un largo etcétera que sobrepasa el "cuidado" que una persona no cualificada pueda realizar.

Además, se trata de que estas personas, en su inmensa mayoría mujeres, disfruten de cierta estabilidad laboral (sería horroroso que se nos marchasen al sector privado una vez formadas); su derecho como trabajadoras es, además, la forma de crear vínculos con las familias que atienden y la única manera de que desde servicios sociales podamos crear equipo para conseguir que desempeñen su labor de acuerdo con los objetivos de la intervención y con la calidad que la atención a personas vulnerables requiere. La exigencia ética es otro aspecto que consideramos fundamental y solo después de mucho trabajo con las auxiliares conseguimos alcanzar resultados.

Cada vez que algún ayuntamiento nos ha pedido crear una "bolsa de mujeres" para "limpiar a los abuelos y en las casas" (se les ocurre de vez en cuando) y que las mujeres del pueblo "roten", a los profesionales de los servicios sociales se nos ha puesto el vello erizado, por lo que hemos tenido que dedicar mucho esfuerzo en explicar a los responsables políticos de los ayuntamientos que el servicio de ayuda a domicilio no puede ser un P.E.R. (plan de empleo rural). No es comparable plantar pinos o pavimentar calles con atender a personas, máxime si se encuentran en situación de vulnerabilidad. No lo es y, por tanto, esta labor no puede entrar en el saco del trabajo garantizado, tal y como Garzón lo plantea. Voy más allá, es infinitamente más complejo desempeñar un trabajo como auxiliar de ayuda a domicilio que uno como peón agrícola, por lo que el trabajo como auxiliar debería estar mucho mejor remunerado, aunque se trate de empleo feminizado ¡Machistas del mundo, si os pica, rascaros!

Si todo lo dicho hasta ahora no ha servido para ofrecer una idea aproximada del valor del trabajo que realizan las auxiliares de ayuda a domicilio, recomiendo la lectura de Un baño de realidad en materia de dependencia (también del blog de Joaquín Santos). El testimonio de María es el mejor argumento para economistas poco informados como Garzón, que sabrá muchismo de economía, pero de servicios sociales no tiene ni idea.