miércoles, 24 de diciembre de 2014

Viejunismo

A medida que voy cumpliendo años voy notando como la nostalgia se cuela, la muy puñetera, en mi ánimo cada vez con más frecuencia y no sé si analizar esto como un signo de madurez o simplemente de viejunismo. Viejuno. Curiosa palabra. Por si a alguien aún no le había quedado claro que para esta sociedad posmoderna, neoliberal y, en definitiva, inhumana, la vejez es un asco, rebautizamos lo cateto como viejuno. Pues sí.

A mí, en cambio, me va lo viejuno. Como persona, me gusta cumplir años y acumular recuerdos, cachivaches, experiencias y amigos. Me reconforta pensar que tengo amigas desde hace 20 años y recuerdos desde hace 35. Durante la mudanza de mis padres, encontré algunas libretas mías y me costaba reconocerme en sus páginas, pero esa yo no era más yo que la yo que soy ahora, ni ahora soy más yo que la yo que seré, en el presente un yo con 42 años, un ligero sobrepeso y la cabeza llena de canas, literalmente; tantas canas se han apoderado de mi cabeza que tendría el pelo blanco si no fuera por mi querido Lóreal y su castaño oscuro 35. Bienvenidas sean ellas a pesar del tormento que me dan porque forman parte de mí y sobre todo porque no puedo echarlas, al igual que ocurre con los kilos de más, aunque eliminarlos forme parte de la tradicional lista de propósitos para el nuevo año.

Como política sin cargo institucional pero con cargos (que son cargas) orgánicos, asumo que milito en una organización política joven, Izquierda Unida, hija a su vez del viejuno Partido Comunista, partido que ha imbuido a la organización de ideas viejunas tales como la lucha de clases, la socialización de los medios de producción, la organización colectiva frente al ciudadanismo y la protección del estado frente al poder del mercado y esa libertad que dicen que otorga a los individuos. Una organización, Izquierda Unida, que hoy es un cayuco azotado por los vientos alisios, atiborrado de mujeres y hombres que no tienen nada (a pesar de lo que algunos creen), que viajan con la certeza de que muy posiblemente no llegarán a la orilla, pero con la determinación de que el proyecto vital que han imaginado merece el riesgo.

Como trabajadora social, mi interés por las personas mayores va en aumento. Como a casi cualquier trabajadora social recién graduada, de joven me horrorizaba el colectivo de personas mayores porque me parecían deprimentes. No los entendía porque los observaba con una mirada muy prejuiciosa. Hoy interacciono con cada persona mayor teniendo en cuenta que es única y que, al igual que yo, carga con su propia mochila existencial, en su caso, más pesada que la mía. Por contra, me cuesta horrores observar y trabajar la complejidad de las personas adolescentes, que la tienen, porque su ruido a veces me resulta estridente, a pesar de que me recuerda mucho al mío cuando tuve esa edad.


Y además me gusta la Navidad. Según parece, ahora lo mainstream, sobre todo si eres un moderno gafapasta-hipster o algo así, es que no te guste la Navidad (aunque aproveches para pedir el iphone 6). Pues mira, a mí no me gustan las barbas y el postureo hipster y me encanta la Navidad. Quizá porque en mi casa siempre se celebró como un reencuentro familiar. Además, mi hermana y mi madre se esforzaban por hacer de la Navidad un momento especial en la casa, aunque la economía familiar no acompañara. Los Reyes Magos siempre venían cargados de regalos, fuese ropita para las muñecas cosida por mi madre, sacapuntas y gomas con forma de animales o muñecas de marca desconocida, como mi Estornudín. Mi Estornudín... ¡qué momento! él y yo, toreros, en plena calle frente a la invasión Nenuca que ese año aterrizó en el barrio. Daba igual. Mi hermana mayor se había encargado de convencerme que los Nenucos eran un rollo y eso iba a misa.

Estos recuerdos que la nostalgia se empeña en sacar a colación son los que han hecho de mí la que soy. Una viejuna de 42 años que esta noche celebrará la nochebuena con su familia, acordándome de mi tita Mercedes, cuyas fiestas de nochebuena han pasado a la historia, mis desaparecidos abuelos, sobre todo mi abuelo Gabriel, y degustando los ricos y viejunos langostinos que mi cuñado prepara porque, a pesar de lo que diga El Comidista, yo se los pediré todas las nochebuenas y él, diligente, los preparará mientras en voz alta nos recuerda la receta aunque todos nos la sabemos de memoria.

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La música africana es heterogénea y riquísima, como el propio 
continente pero hay países como Malí, Senegal o Costa de Marfil, 
en el que nacen genios como Dobet Gnahore, cantante marfileña 
que me ha cautivado tanto que lo ofrezco como regalo de navidad. 
Espero que su música os guste tanto como a mí.
Feliz Navidad.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Tendríamos que hacer más trabajo de calle ¡menuda tontería!


La profesión del trabajo social está plagada de tópicos. Imagino que en otras profesiones pasará igual, al menos sobre la nuestra sobrevuelan históricamente una serie de deseos, aspiraciones o utopías (llamémoslo como queramos) empalagosamente recurrentes que salen a colación en cualquier curso, jornada, seminario, reunión o simplemente café entre colegas, y se exponen como la solución a la crisis que atraviesa el trabajo social (esa es otra...).

Me saturan estas utopías, lo digo desde el respeto a quienes las expresan, no tanto por lo repetidas sino por lo sesgado de los planteamientos sobre los que se sustentan, así que, como gran aficionada a pisar charcos que soy desde que mi santa madre me trajo al mundo, me he decidido a dedicar esta entrada a desmontar uno de estos tópicos tan cansinos y sobre todo tan perniciosos.

El otro día, en una sesión de supervisión que he tenido la oportunidad de realizar, apareció como uno de los problemas de los servicios sociales que los trabajadores sociales estamos atrincherados en los despachos y tendríamos que hacer más trabajo social de calle ¡Ya salió! me lamenté para mis adentros. Por otra parte me alegró tener tema para la entrada de hoy así que me esforcé en dar mi opinión lo más concreta y respetuosamente que pude, opinión que es la que voy a exponer aquí.

Vayamos por partes. Este tópico descansa sobre el presupuesto de que, debido a la carga burocrática que padecemos, los trabajadores sociales estamos encerrados en el despacho, realizando tareas administrativas que odiamos; encerrados en el despacho nuestra visión de la realidad es sesgada y por ello deberíamos salir más a conocer la verdadera realidad de la calle (voy a obviar el análisis del supuesto odio de los trabajadores sociales hacia las tareas administrativas para no convertirme yo misma en motivo de odios ajenos).

Lo peligroso de esta afirmación es que contiene una parte de verdad: muchos trabajadores sociales estamos atrincherados en nuestro despacho esperando que lleguen las demandas para darles una respuesta automatizada entre las que manejamos en nuestro menú. Nos convertimos en una especie de cajero en el que la persona inserta una demanda y nosotros devolvemos una respuesta, normalmente en forma de recurso. Es lo que se ha dado en llamar el prestacionismo, que vino para trascender al asistencialismo.

Hagamos ahora el ejercicio de pensar en la trabajadora social Belén Navarro, que tiene un estilo profesional prestacionista, todo el día encerrada en el despacho entre un montón de papeles; son tantos papeles y tanto trabajo administrativo por realizar que ni siquiera Belén tiene tiempo para formarse o simplemente reciclarse leyendo alguna cosilla. Pues bien, a partir de ahora, por arte de Pablo Iglesias o Pedro Sánchez, escoja usted el que prefiera, se acaba el trabajo administrativo y por fin Belén puede cumplir su anhelado sueño de salir ¡a hacer trabajo social de calle! ¿qué pasaría? Pues posiblemente que saldría a la calle con los mismos ojos, las mismas manos, el mismo cerebro y por tanto las mismas cogniciones que elabora dentro del despacho, por lo que su visión de Menganillo Gómez o el grupo de chavales de la plaza con el litro y el canuto sería la misma pero enmarcada en la puerta de la panadería o en los bancos de la plaza, lo que no sé hasta qué punto convierte la realidad de Menganillo o los chavales del litro en más auténtica.

Ahora en serio, a mi entender, salir a la calle per se no tiene ningún sentido si la salida no va acompañada de una nueva mirada sobre los procesos sociales macro y micro, si la salida no va acompañada de una nueva actitud abierta al roce, al acomodo a ritmos vitales ajenos, a la novedad, o mejor dicho, a la sorpresa, a la aventura de la otredad y de las posibilidades que ofrece, en definitiva, al acompañamiento en los procesos vitales de las personas y colectivos en situación de vulnerabilidad y a la promoción de la autonomía en su más amplio espectro, que es, en mi más que humilde opinión, a lo que debería dedicarse el trabajo social.

Si para subir al cielo se necesita una escalera grande, para cambiar la mirada y salir a la calle con otros ojos necesitamos dos escaleras: una, la técnica, porque para emprender procesos de desarrollo comunitario, de empoderamiento ciudadano o simplemente de análisis de la realidad social, necesitamos teoría para hacer el análisis y técnicas para aplicarlo y, dos, también necesitamos dotarnos de una actitud más proactiva. Soy consciente de la dificultad pero es que si hay que ir se va, pero ir por ir...

Y como me gusta rizar el rizo, terminaré esta entrada afirmando que esa nueva mirada es perfectamente extrapolable al despacho, lugar que siempre he entendido como un marco perfectamente válido para comprender la realidad de quien tengo enfrente, el despacho es un escenario válido que se complementa con la calle, donde desplegamos otras técnicas y perseguimos otros objetivos, porque ¿quién ha dicho que no tengamos que salir más a la calle? ¡pues claro que tendríamos que tendríamos que hacer más trabajo de calle, menuda tontería!

 "Perdido en la calle"
Taxi

jueves, 11 de diciembre de 2014

Manual de Terapia Sistémica

Hoy debería escribir sobre la aprobación de la llamada conmúnmente Ley Mordaza, pero, si soy sincera, no ando muy preocupada por la aprobación de esta norma (a pesar del retroceso en materia de libertades que supone) porque creo que la conciencia individual hace mucho tiempo ya que se amordazó con la venda del miedo; se podría decir que en estos últimos cuatro años los españoles tenemos más miedo que siete viejas, lo que ocurre es que cualquier vieja de este país ha vivido peor que nosotros y, aún así, puede dar lecciones de honestidad, con lo que se puede ir a tomar viento fresco el refranero.

Y para sustentar mi teoría no hay más que observar el decreciente número de personas que acude a las movilizaciones o los miles de ejemplos de salida individual a problemas colectivos, es por eso que dedicaré la relajante tarea de escribir, después de muchos días sin poder hacerlo, a propósitos más placenteros.

Si placentero es el ejercicio de leer, aún lo es más recomendar un libro porque te ha gustado mucho. A eso quiero dedicar esta entrada. El libro que traigo se titula Manual de Terapia Sistémica. Se trata de una obra coral coordinada por Alicia Moreno, que, a modo de manual, hace un completísimo repaso por el paradigma sistémico.


Mi formación teórica (que es mucho decir) es sistémica, sin embargo quisiera aclarar que no es mi intención mostrar las bondades del modelo; opino que cualquiera que opere en el mundo de la intervención social debe hacerlo pertrechándose de un armazón teórico, con el que una encuentre más acomodo. Dicho esto, vayamos a describir este manual.

El manual es un tocho y no es barato, no voy a engañar a nadie. Eso sí, si te interesa profundizar en el paradigma sistémico, este es tu libro. Consta de tres partes: la primera, dedicada a los conceptos y herramientas básicas del enfoque sistémico, la segunda abarca los distintos modelos dentro de la terapia sistémica y la tercera se refiere al terapeuta sistémico. A pesar de tratarse de una obra coral, lo que no suele ser de mi agrado, los capítulos guardan relación y permiten seguir el hilo conductor. Me ha gustado especialmente el detalle de incluir, al final de cada capítulo, una serie de bibliografía recomendada (con explicación incluída) para seguir indagando.

Agradezco también el orden. Lo digo en sentido literal. Yo soy partidaria de titular, subtitular y ver un orden en este tipo de libros. Sé que se pierde frescura pero se gana en claridad. Y este libro es muy clarito, te hace una introducción al principio de cada capítulo y también un epílogo al final. Trata de ser práctico y su lectura no es especialmente densa.

Es bastante completo: se detiene en cuestiones tales como diferenciar el constructivismo del construccionismo social (acabo de ganarme el título de trabajadora social friki del año), la primera cibernética de la cibernética de segundo orden y también incluye una mirada a la terapia sistémica con perspectiva de género, en fin, todas esas cuestiones que todos deberíamos manejar para sobrevivir en una isla desierta.

Como curiosidad, uno de los capítulos está escrito por Alfonsa Rodríguez Rodríguez, que fue una de las ponentes en el Congreso Nacional de Trabajo Social de Málaga; a mi juicio su ponencia fue la mejor del Congreso.

Para finalizar, dejo un enlace que he visto sobre las mejores editoriales sobre ciencias humanas y sociales; es interesante conocerlas para poder estar al tanto de lo que van publicando. Me despido hasta la próxima semana con un vídeo clip jister-cultureta a juego con el libro, aunque yo lo que escucho bajando de Berja es Juan Magán y mi Pitbull de mi corazón, que de todo necesita el alma y el espíritu ¿o no?

Diciembre
Depedro con la colaboración de Vetusta Morla

lunes, 1 de diciembre de 2014

Los Jordis, segunda parte


Este verano escribí acerca de un caso que apareció de repente y que requería una intervención exprés. Titulé el caso Los Jordis porque se trata de una familia de Cataluña que ejemplifica muy bien el fenómeno que padecemos en servicios sociales de los emigrantes almerienses que retornan en verano y que pretenden arreglar todos sus asuntos administrativos en cero coma.

Este es uno de los casos de servicios sociales en los que conviene diferenciar lo urgente de lo importante. Refresco un poco los datos: se trata de un anciano con demencia mal atendido (supuestamente) por su hija separada, a la que llamaremos Juana. Este anciano tiene además dos hijas residentes en Barcelona. Las hijas de Barcelona demandaban el ingreso en residencia de su padre al observar la desatención que sufría y al no poder atenderlo ninguna de ellas. La problemática se agravaba por los consumos de drogas de Juana y la existencia de dos hijos de 16 y 14 años, que, al igual que su abuelo, sufrían las consecuencias del consumo de drogas de esta mujer.

Las hermanas de Juana acudieron muy sobrepasadas por la situación, ya que no esperaban encontrar tan mal a su hermana y a su padre, eso provocó que efectuaran una demanda masiva. El primer objetivo que me marqué fue tratar de separar cuestiones, establecer prioridades y ayudarlas a marcarse objetivos realistas, ya que ellas estaban tan emocionalmente bloqueadas que parecían incapaces de salir del bucle de la recriminación hacia Juana, las discusiones, los gritos y peticiones desesperadas de encerrar en un centro a la mitad de la familia.

Trabajé sobre la diferenciación de lo urgente y lo importante. Acordamos que lo urgente era el ingreso residencial del padre y conseguí que se centrasen en esta tarea, rogándoles que aparcasen el resto de problemas hasta que el padre estuviese ingresado y adaptado. Inicié trámites de ingreso urgente (ya tenía valoración de dependencia) y se le asignó plaza en un abrir y cerrar de ojos (unos quince días).

Aquí quiero hacer un paréntesis para destacar la fantástica labor que realiza la Delegación de Política Social de la Junta de Andalucía en materia de dependencia. Almería es una de las provincias de España que más rápidamente gestiona la ley y con más calidad e implicación profesional. Debo suponer que a estas alturas no seré sospechosa de hacerle la ola a la Junta de Andalucía, precisamente, pero si se critica lo que se hace mal, como en muchas de mis entradas ha quedado patente, también es justo señalar lo que se hace bien. Vaya pues mi reconocimiento al personal de esta institución y a quienes la dirigen.

Juana aceptó el ingreso de su padre y además reconoció que no estaba capacitada para su cuidado. Debo decir que en la residencia se sorprendieron del buen estado en que este señor ingresó. A pesar de sus problemas, Juana lo había atendido lo mejor posible e incluso lavó y preparó la ropa de su padre entre lágrimas por el desenlace de la situación.

Una vez que el padre estuvo ingresado y adaptado nos pusimos manos a la obra con el segundo problema: la situación de los menores. Aquí las cosas no fueron tan fáciles porque aunque el hijo menor se marchó con el padre, que lo atiende correctamente, el hijo mayor había forjado una fuerte alianza con Juana; adoptando un rol de defensor de su madre se negó a abandonar el domicilio, a pesar de la insistencia de todas las partes implicadas.

Las hermanas se marcharon (recordemos que se les casaba el Albert) muy enfadadas con Juana por su irresponsabilidad y Juana, muy enfadada también, se negó a seguir relacionándose con ellas por tratarla como a una niña. No consideré adecuado iniciar una reconciliación porque las partes estaban demasiado dolidas y crispadas. Tiempo al tiempo. Tras pedirles a las hermanas que dejasen espacio a Juana y a los sobrinos para tratar de resolver su dinámica, canalicé el caso al equipo de familia del centro (psicólogo y educadora social), que ha seguido trabajando con Juana, su exmarido y sus hijos. Evitar las injerencias de las hermanas con respecto a la problemática familiar de Juana con su exmarido e hijos nos ha costado un mundo, pero parece que lo hemos conseguido.

El equipo ha seguido trabajando con la familia; hace poco el hijo mayor agredió a la madre, que tiene una nueva pareja. El psicólogo y la educadora han posibilitado el ingreso del hijo mayor en un centro (donde creemos que mejorará) y continúan la intervención con Juana y el resto de la familia, con buenos resultados a excepción de los consumos de Juana, que no cesan, por desgracia.

Espero que la lectura del caso haya suscitado interés y sobre todo deseo que la familia encuentre el rumbo perdido. Estoy segura que, con el apoyo de mis compañeros, lo encontrarán.