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Mostrando entradas de diciembre, 2014

Viejunismo

A medida que voy cumpliendo años voy notando como la nostalgia se cuela, la muy puñetera, en mi ánimo cada vez con más frecuencia y no sé si analizar esto como un signo de madurez o simplemente de viejunismo. Viejuno. Curiosa palabra. Por si a alguien aún no le había quedado claro que para esta sociedad posmoderna, neoliberal y, en definitiva, inhumana, la vejez es un asco, rebautizamos lo cateto como viejuno. Pues sí.

A mí, en cambio, me va lo viejuno. Como persona, me gusta cumplir años y acumular recuerdos, cachivaches, experiencias y amigos. Me reconforta pensar que tengo amigas desde hace 20 años y recuerdos desde hace 35. Durante la mudanza de mis padres, encontré algunas libretas mías y me costaba reconocerme en sus páginas, pero esa yo no era más yo que la yo que soy ahora, ni ahora soy más yo que la yo que seré, en el presente un yo con 42 años, un ligero sobrepeso y la cabeza llena de canas, literalmente; tantas canas se han apoderado de mi cabeza que tendría el pelo blanco…

Tendríamos que hacer más trabajo de calle ¡menuda tontería!

La profesión del trabajo social está plagada de tópicos. Imagino que en otras profesiones pasará igual, al menos sobre la nuestra sobrevuelan históricamente una serie de deseos, aspiraciones o utopías (llamémoslo como queramos) empalagosamente recurrentes que salen a colación en cualquier curso, jornada, seminario, reunión o simplemente café entre colegas, y se exponen como la solución a la crisis que atraviesa el trabajo social (esa es otra...).

Me saturan estas utopías, lo digo desde el respeto a quienes las expresan, no tanto por lo repetidas sino por lo sesgado de los planteamientos sobre los que se sustentan, así que, como gran aficionada a pisar charcos que soy desde que mi santa madre me trajo al mundo, me he decidido a dedicar esta entrada a desmontar uno de estos tópicos tan cansinos y sobre todo tan perniciosos.

El otro día, en una sesión de supervisión que he tenido la oportunidad de realizar, apareció como uno de los problemas de los servicios sociales que los trabajador…

Manual de Terapia Sistémica

Hoy debería escribir sobre la aprobación de la llamada conmúnmente Ley Mordaza, pero, si soy sincera, no ando muy preocupada por la aprobación de esta norma (a pesar del retroceso en materia de libertades que supone) porque creo que la conciencia individual hace mucho tiempo ya que se amordazó con la venda del miedo; se podría decir que en estos últimos cuatro años los españoles tenemos más miedo que siete viejas, lo que ocurre es que cualquier vieja de este país ha vivido peor que nosotros y, aún así, puede dar lecciones de honestidad, con lo que se puede ir a tomar viento fresco el refranero.

Y para sustentar mi teoría no hay más que observar el decreciente número de personas que acude a las movilizaciones o los miles de ejemplos de salida individual a problemas colectivos, es por eso que dedicaré la relajante tarea de escribir, después de muchos días sin poder hacerlo, a propósitos más placenteros.

Si placentero es el ejercicio de leer, aún lo es más recomendar un libro porque te h…

Los Jordis, segunda parte

Este verano escribí acerca de un caso que apareció de repente y que requería una intervención exprés. Titulé el caso Los Jordis porque se trata de una familia de Cataluña que ejemplifica muy bien el fenómeno que padecemos en servicios sociales de los emigrantes almerienses que retornan en verano y que pretenden arreglar todos sus asuntos administrativos en cero coma.

Este es uno de los casos de servicios sociales en los que conviene diferenciar lo urgente de lo importante. Refresco un poco los datos: se trata de un anciano con demencia mal atendido (supuestamente) por su hija separada, a la que llamaremos Juana. Este anciano tiene además dos hijas residentes en Barcelona. Las hijas de Barcelona demandaban el ingreso en residencia de su padre al observar la desatención que sufría y al no poder atenderlo ninguna de ellas. La problemática se agravaba por los consumos de drogas de Juana y la existencia de dos hijos de 16 y 14 años, que, al igual que su abuelo, sufrían las consecuencias d…