domingo, 4 de enero de 2015

Tribuna: algunos riesgos en la intervención social, por Rosa Gómez Trenado

La llegada de un nuevo año te empuja a marcarte nuevos propósitos, nuevos retos, nuevos desafíos. La verdad es que no sé si me gusta esta costumbre, me pregunto si este afán es producto de una sociedad que te empuja a competir, a consumir, a crecer (¿nunca se puede parar de crecer?) o es tan solo producto de la inquietud que viene de fábrica en nuestro adn.

Por mi parte, he cumplido con la tradición haciéndome propósito de llevar el blog más allá de esta página, así que he creado una página de facebook en la que iré colgado aquellos documentos o noticias que me parezcan interesantes sobre el mundo del trabajo social, los servicios sociales y la política social en general. Esta es la dirección https://www.facebook.com/trabajosocialytal. Si pulsas me gusta podrás seguirla. Gracias de antemano.

Además, me ha parecido una estupenda forma de comenzar el año recuperar el espacio Tribuna, invitando a una compañera y amiga a compartir sus reflexiones con nosotros,
Rosa Gómez Trenado, Trabajadora Social. Desde su inicio profesional ha trabajado en los Servicios Sociales Públicos y actualmente despliega su profesión (en sus palabras) en un programa de Atención Social a un colectivo profesional específico. Gracias, Rosa. 

Define Fantova la intervención social como “aquella actividad que se realiza de manera formal u organizada, intentando responder a necesidades sociales y, específicamente, incidir significativamente en la interacción de las personas, aspirando a una legitimación pública o social.” Desde la proximidad de la interacción, a esta definición, le añadiría: “con el fin de favorecer el cambio, manteniendo la autonomía”.

El proceso de cambio es el objetivo, la autonomía es el derecho intrínseco del usuario, debe subyacer bajo las formas de hacer, en la medida que cuando los profesionales establecemos una relación orientada al cambio desde cualquier metodología de Trabajo Social, la desvinculación “consciente” ha de ser otro elemento a tener en cuenta en la planificación: Situada la necesidad desde otra perspectiva que permita el afrontamiento de la misma, la presencia profesional finaliza. Cristina de Robertis se refiriere a ello cuando dice “nuestro propósito declarado es el fin de nuestra intervención, el momento en que el asistido habrá adquirido –gracias a los cambios que se han producido en su situación- las actitudes suficientes para prescindir de nuestra presencia, de nuestra mediación, de nuestro apoyo. “ La clausura está presente desde el comienzo; el trabajador social debe pensar en ella a lo largo de su intervención, pues se prepara desde la primera entrevista o la primera intervención.”

Pero ¿Qué sucede cuando al finalizar la intervención que ha cubierto el objetivo planificado-el proceso de cambio- el usuario te pide con insistencia que por favor no lo dejes?

Con independencia de los perfiles con los que podamos trabajar, que inciden sobre las formas en que los usuarios se posicionan en los procesos, y, teniendo presente que en el establecimiento de la relación la influencia mutua es axiomática, y, que el posicionamiento profesional es del instruido, el cuestionamiento de la intervención realizada ante esta petición del usuario se hace indiscutible. Cabe señalar que los destinatarios de nuestra intervención son en su mayoría profesionales con cierto grado adquirido de habilidades sociales. Este dato es importante tenerlo en cuenta para poder entender alguno de los argumentos expuesto a continuación. Huelga decir que el análisis más completo lo hubiese dado el cotejo de los elementos contextualizados en la demanda implícita y explicita y en el perfil del beneficiario. Por confidencialidad no se ha procedido a ello. No obstante estamos exponiendo una fase más, de la intervención social, tan importante como las demás, en las que los profesionales no profundizamos.: EL CIERRE y el PROCESO que ha marcado el cierre.

Veamos algunos planteamientos en la acción-relación que pueden haber incidido en la consecución del objetivo generando dependencia en la intervención:

Las expectativas: La intervención social de ayuda a la persona, no se reduce a una ayuda relacional y no se define únicamente en términos de carencia- necesidad, sino que tiende a la autonomía, centrándose en las capacidades y potenciales de la persona como hemos comentado. Las habilidades sociales adquiridas a lo largo de una historia de vida, y de una profesión especializada, en este caso del usuario, han enmascarado la situación real, adelantando un proceso de autonomía centrado en habilidades de comunicación, más que en acciones concretas de autodeterminación. Se ha visualizado a la persona como sujeto capaz de mantener la acción planificada. Por lo que la argumentación en las entrevistas, en cualquiera de las fases del proceso, se ha llegado a instalar en una situación de simetría entre los participantes. Nuestro objetivo es revisar esta visión para restituir la búsqueda de la modificación de actitudes, hábitos o conductas a parámetros que incluyan no solo la cooperación, sino el cambio autónomo. En esta intervención se ha dado una competencia modal del usuario no un proceso de autodeterminación. El proceso de intervención se ha ejecutado entre la inducción, la deducción, y la “abducción” en el proceso. Las expectativas han transformado el proceso de autodeterminación: hemos confundido expectativas de resultados con expectativas de eficacia. No cabe duda que los usuarios atribulados y habilidosos, son todo un reto profesional.

La experiencia profesional: Cabe en este punto hablar sobre finalismo. Hablar de finalismo significa plantear que nosotros, para actuar de una manera éticamente aceptable tenemos que fijarnos en los fines, y que, si el fin es bueno, entonces todos los caminos que conduzcan a ese fin son también aceptables- el cambio es bueno, es el objeto de la profesión -dicho de otra forma, hemos avalado el logro de un fin con el saber hacer de años, partiendo de la presunción de que si el fin planificado es bueno, los medios son también buenos, claro que la experiencia profesional puede implicar que si los medios son malos, el fin no puede ser bueno, (hablo de medios en su globalidad no de recursos sociales). Llamaremos a este proceder en la intervención social: ética de la convicción, recordando a Weber. David Hume sostenía la imposibilidad de llegar a la verificación definitiva del conocimiento humano, pues este era incapaz de pasar  más allá de lo que puede adquirirse experimentalmente de las ideas e impresiones. Podríamos determinar que ha faltado la diversificación de elementos diagnósticos que hicieran prever la dependencia que se estaba generando en la intervención fundamentado en la experiencia de las ideas e impresiones, o lo que es lo mismo, en el recorrido del profesional. En este caso debíamos haber sido más sabios por diablos que por viejos.

La planificación: Dice Mintzberg que la idea de que cualquier entorno se mantiene en permanente turbulencia es tan absurdo como decir que se mantiene en permanente estabilidad. La planificación según Friedman es una actividad mediante la cual el hombre en sociedad se esfuerza por dominarse así mismo y dar forma a su futuro colectivo, a través del poder de su razón. Si lo trasladamos a un nivel micro, la mayoría de los profesionales planificamos para llegar al control de las acciones y comportamientos intentando reducir el grado de incertidumbre que nos pueda provocar la situación detectada y la interacción del individuo en ella: La ilusión del control. Los que planificamos la acción social consideramos que aportamos orden y racionalidad al hecho de intervenir; que aportamos coordinación al proceso. En este caso, ¿Tendríamos que haber planificado las fases de supervisión en ese proceso de la adquisición de la autonomía antes que las del cambio? ¿Debíamos haber experimentado primero e integrado después? Hemos generado una distorsión de prioridades en la planificación pensando que el propio proceso de planificación hacia el objetivo era un estímulo en sí. Una adecuada planificación pueden servir de estímulo pero también una inadecuada planificación puede paralizar el proceso. Menos mal que dicen, que la historia de los que prevén, se reduce a que se han equivocado siempre.

La visión. No se puede medir con precisión el impacto de lo que no se ha descrito, o de lo que no se ha contemplado. La misión del profesional ha desenfocado la visión de la acción en la medida que no se ha dado una visión macro: han habido elementos que no se han previsto-la dependencia del proceso-. Nos hemos centrado en exceso en el trabajo social individualizado descontextualizando la intervención del espacio que ocupa, del tiempo en que se daba, de la disponibilidad y de la capacidad de retirada del usuario en cada fase. Se ha realizado la misión sobre la existencia de recursos y su adecuación para el estímulo y la motivación hacia el cambio .Una adaptación del usuario a su medio y no del medio al usuario. Lo hemos abstraído e identificado a- parte.

Son muchas las personas atendidas durante años, pero no es el tiempo lo que te da el aprendizaje, es la reflexión sobre cada usuario, y, cada experiencia, lo que te hace cuestionar que estás haciendo y cómo lo estás haciendo con miras a una acción consecuente. Todos tenemos nombres (Gr, Vi, Ca, Is, Mi, Jo,…), la mayoría de ellos han provocado reflexiones que me han llevado a escribir y concluir que sin “usuarios consultados”, hubiese sido imposible crecer-decrecer en este continuo proceso de acción- experiencia-reflexión. Así que… gracias a los que han tenido una necesidad social y me lo han puesto difícil porque sin duda el proceso de cambio y de autodeterminación ha sido mutuo.

En las cosas practicas se encuentra mucha incertidumbre, porque el actuar sobre situaciones singulares y contingentes, por su misma variabilidad, resultan inciertas” seguro que Santo Tomás llegó a esta conclusión después de algún cierre… “divino”.


1 comentario:

  1. Que capacidad has tenido siempre de escribir sobre la practica Rosita. Un beso ANA.

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