domingo, 23 de agosto de 2015

El buen profesional

¿A qué nos referimos cuando calificamos a alguien como un buen profesional?¿Qué condiciones deben producirse para que podamos considerarnos nosotros mismos como buenos profesionales? De esto y algunas cuestiones más trata el artículo de Damián Salcedo El buen profesional, publicado en la revista electrónica Cuadernos de Trabajo Social, de la Universidad Complutense.

Traigo este artículo hoy al blog porque su autor plantea en él algunos razonamientos que vienen especialmente a cuento en estos tiempos. Damián Salcedo es profesor de ética, autor del libro Autonomía y Bienestar: la ética del trabajo social y ha escrito numerosos artículos al respecto. Yo tuve la suerte de tenerlo como profesor en la Universidad de Granada y desde entonces voy siguiéndole la pista ya que, además, la ética es una materia que me interesa mucho, no sólo en el plano profesional.

La idea central del artículo (cuya lectura recomiendo para entender los detalles) es mostrar una nueva manera de entender la identidad profesional, correlacionada con la moral personal. Para ilustrarla, el autor expone el concepto derecho a fracasar de Soyer, que me ha encantado. Pero vayamos por partes. El hilo argumental es el siguiente: lo que hace moral la conducta de un profesional no es la vocación ni los bienes que procura a la sociedad, sino el cumplimiento del conjunto de principios que su colectivo declara como constitutivos de la profesión y que la sociedad reconoce como tales.

Salcedo afirma que muchos profesionales no somos conscientes de hasta qué punto depende nuestra calificación del grado de cumplimiento de los principios y normas de la profesión. Podríamos poder como ejemplo el cumplimiento del secreto profesional (aunque en este caso es también un imperativo legal). Así, la integridad profesional es una pista para analizar si se es buen o mal profesional (si se es íntegro o corrupto). La integridad profesional se entiende no como el mero seguimiento de las normas sino como la asunción de las mismas como parte de la cultura de la profesión, como parte del orgullo de ser profesional.

¿Qué quiere decir todo esto en la práctica? Que quienes se identifican con los valores de la profesión, en palabras de Salcedo desarrollan hábitos altruistas,
Por el contrario, la falta de identificación profesional puede ser el primer paso de un camino hacia una práctica acomodaticia y, finalmente, corrupta, sobre todo cuando ésta tiene que realizarse en organizaciones ya degradadas por el ejercicio de una autoridad anacrónica y la falta de recursos.
Al darle vueltas a esta idea me surgen varias reflexiones. En primer lugar, que la práctica profesional corrupta o, sin llegar a tal extremo, acomodaticia, es un proceso que comienza con una interpretación laxa de las normas y los valores, lo que me lleva a pensar en la importancia de no perder de vista ambas cosas; nuestros códigos deontológicos, nuestros compromisos éticos, nuestros principios profesionales, en definitiva, son nuestra tabla de salvación ante la degradación como profesionales en un sistema ya degradado. Aquí, los colegios profesionales tienen un papel central, tanto en el refuerzo de la identidad profesional como en la promoción y difusión de nuestros valores y, por qué no, en la resolución de dilemas éticos a través de comités de ética, grupos de trabajo, etc.

Por otra parte, como decía, vivimos en un momento de total degradación del sistema público de servicios sociales unido a la más que evidente falta de recursos, dos factores, como sabemos, generadores de mala praxis. Tal y como escribe Pedro Celiméndiz, languidecemos.
Languidece el Sistema de Servicios Sociales. Incapaz de definirse y de posicionarse, golpeado por la realidad que tiene que afrontar, desarmado y vencido. Fracasado entre lo que quiso ser, lo que supo ser, lo que le exigieron ser y lo que al final fue.
Es momento, quizá, de aferrarnos a lo único que el sistema no nos puede robar: a nosotros mismos, a nuestro ser profesional, a nuestra capacidad de acompañar a los usuarios, de proporcionarles un punto de apoyo. En esta línea, el autor afirma
De los profesionales se espera que construyan su identidad profesional en torno a la adhesión íntima a los valores profesionales. Ahora bien, un profesional que ha vivido dramáticamente un dilema entre sus convicciones personales y sus convicciones profesionales, es alguien que se ha roto por dentro.
Para evitar esta fractura, Salcedo propone una nueva manera de entender la identidad profesional, que compatibilice los valores profesionales y personales. Termina su artículo ilustrando el argumento con el concepto derecho a fracasar de Soyer. Un concepto elaborado ¡en 1963! No me he podido resistir a finalizar mi entrada con un fragmento del final del artículo, a mi entender, demoledor por lo real.
(...) es un principio esencial de la práctica de la profesión el respeto al derecho de autodeterminación del cliente. Si bien, también se sabe que no hay que respetarlo cuando, de su ejercicio, se derive un peligro grave para otras personas o para el propio cliente. Luego, quizás, se pase a creer que tampoco habría que respetarlo cuando las decisiones del cliente sean irracionales o erróneas. Por último, se termina adoptando, como una conducta rutinaria, la protección del cliente de cualquier elección que pueda realizar y que, a juicio del trabajador social, pueda implicar una experiencia penosa. El resultado es conocido.
Seré sincera: siempre que me preguntan si la profesión del trabajo social sigue adoleciendo de tics asistencialistas, yo respondo quizás, quizás, quizás. Y así pasan los días...

Gaby Moreno
Quizás, quizás, quizás
(Gracias, Cristina Castellano
por darme a conocer a Gladys)


4 comentarios:

  1. Gracias por la cita, Belén. Estoy de acuerdo con el concepto de que el buen profesional se construye desde la identidad profesional y los valores compartidos como colectivo. Para mí es fundamental el ejercicio profesional co-construido con otros colegas y compañeros/as. Francotiradores, paracaidistas y mesías, por mucho que tengan interiorizados los valores de la profesión, no me parecen buenos profesionales. Leeré el artículo que recomiendas, y en cuanto a mis "mazazos", intentaré contenerme... Un abrazo.

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    1. No te contengas, Pedro, porque artículos como el tuyo son necesarios, de hecho me dio que pensar para escribir mi entrada. Efectivamente los mesías y demás tampoco me parecen buenos profesionales, aquí Salcedo se limita al concepto de profesión desde la moral, lo que ocurre es que el artículo es demasiado complejo para abordarlo desde todas sus vertientes. Otro abrazo (sureño) para tí.

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  2. Enhorabuena Belén por tu blog. Y gracias por referirte a mi articulo. Como ya estarás experimentando, la coherencia entre lo personal, lo profesional y lo político no es siempre fácil. Cuando uno se pregunta "¿Quien soy?" significa no solo que le importa su identidad personal, sino también su integridad profesional. El no hacerlo significa, pro el contrario, un desapego por la propia actividad y por el colectivo profesional. En fin, de nuevo recibe mis felicitaciones y un saludo para ti y tus lectores, Damián Salcedo

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    1. ¡Vaya sorpresa! Es un honor que hayas comentado mi modesta entrada, sobre todo teniendo en cuenta que no me centro en el meollo de lo que quieres transmitir. Pues sí, estoy experimentando estas in-coherencias, resolverlas forma parte, en mi opinión, del crecer profesional y personal. Muchas gracias, Damián, por tener la amabilidad de comentar, es una satisfacción para mí. Un saludo y mucho ánimo para continuar con tus reflexiones e investigaciones, son una brújula para los que estamos en la praxis.

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