sábado, 31 de diciembre de 2016

Por un obstinado 2017

Hoy Hilaria pasará la Nochevieja en el hospital. Hace unas semanas su perro, Pistolas, comenzó a ladrar desesperadamente, cosa que es rara en él. Pistolas vive en un corralón anexo a su casa, así que Hilaria tuvo que salir de la casa y entrar al corralón para ver que le pasaba a su amigo. Hilaria se cayó en el escalón de acceso y se fracturó la cadera derecha.

Teresa, la auxiliar de ayuda a domicilio de la franja de tarde se encontró el pastel. Hilaria estaba tumbada en el suelo y Pistolas sentado al lado lamiéndole brazos y cara. Llamaron al 061 y la llevaron al hospital. Los vecinos asistían al espectáculo con caras de cuñada satisfacción, sentados en el pollete del porche, mascullando para que la auxiliar lo oyera ¡Esto se veía venir, en una residencia es donde tendría que estar!

Teresa, que no tenía ninguna obligación de hacerlo, se fue con Hilaria en la ambulancia y me contó que durante el trayecto hacia el hospital, Hilaria no paró de rogarle hecha un mar de lágrimas que no permitiese que la llevasen a una residencia. Ahora Hilaria está pendiente de mejorar en su estado general para ser operada de la cadera. Los trabajadores sociales del hospital, unos profesionales como la copa de un pino por cierto, están interviniendo con Hilaria tratando de acelerar el proceso porque está muy, muy nerviosa. Nunca, es decir, nunca ha estado fuera de su casa, mucho menos en un hospital. Pregunta por Pistolas.

La búsqueda de un hogar para Pistolas ha sido digna de una entrada en este blog, pero esa es otra historia. El caso es que tanto Hilaria como Pistolas están atendidos por el momento, aunque el final de ambos es, por desgracia, muy incierto. Yo no sé si Hilaria saldrá del hospital y de no hacerlo no sé que vamos a hacer con Pistolas, pues su alojamiento es temporal. Lo que sí sé es que pase lo que pase habré respetado los deseos de Hilaria, tal y como reza el artículo 13 de nuestro Código Deontológico. Aún así tengo mucho miedo.

Tengo miedo de que Hilaria muera en el hospital y de que los vecinos me acusen de negligencia. Que me critiquen en el ayuntamiento, en la calle. Tengo miedo de que hayamos fallado fiándolo todo a la permanencia de Hilaria en casa y de haberla expuesto a situaciones de riesgo y tengo miedo de que el caso no tenga un final feliz, que sería tan perfecto como que dentro de mucho tiempo Hilaria fallezca plácidamente en su cama.

El miedo me genera mucha inseguridad, pero por suerte tengo la ciencia de mi parte, que ha conseguido torcer el brazo a la odiosa pareja formada por el miedo y el sentido común y me indica el camino a seguir. La ciencia del trabajo social es una amiga que me susurra cosas al oído: Hilaria también podría haberse caído en una residencia, me dice. Hilaria vive en un estado social y democrático de derecho que le otorga derechos, me dice. Hilaria está amparada por la Convención de Nueva York, me dice. Y me dice que es muy probable que su deterioro cognitivo se acelere en una residencia, porque es ciega y no conoce otra cosa que su casa y a su Pistolas, eso también me lo dice. Que yo sé que siempre hay tiempo de tomar otras medidas, me dice. Y me insiste en que no haga caso a los cantos de sirena del sentido común, que es un mal compañero de travesía y como Ulises me ate al palo mayor y los ignore.

Así que aquí estamos, mis compañeros y yo navegando en el proceloso mar de la incertidumbre que es este caso, sin más aperos que la obstinación. La obstinación, junto con la ciencia, es la mejor ayuda que se puede tener en este caso y en la intervención social en general, al menos en lo que a mí respecta, por eso yo no le pido al 2017 otra cosa que obstinación para seguir trabajando lo mejor posible a pesar del ascazo general que me produce la sociedad actual, obstinación para sujetarme con fuerza a la ciencia por encima de gurús de la autoayuda y demás mamandurrias del nuevo milenio y obstinación para perseverar en la idea de que mi grano no hace granero pero ayuda al compañero.

Dame, 2017, obstinación para no dejar de creer que es preferible pensar que siempre hay elección. Dame 2017 el ánimo para seguir escribiendo aquí y así continuar conociendo a personas tan valiosas como la que ahora lee estas líneas.

¡Feliz Año Nuevo!


Hello
Adele por Mandinga

Get lucky
Daft Punk por Antony Nova

Lost on you
LP por Cubaneros

domingo, 25 de diciembre de 2016

¿Está la ministra? ¡Que se ponga!


Esta es una entrada no prevista. Hoy, Día de Navidad, pensaba aprovechar el espíritu navideño presente en lo más profundo de nuestros corazones, que invita a los buenos propósitos, para animar a quienes me leéis a participar en la consulta sobre el pilar europeo de derechos sociales, que la Comisión Europea ha puesto en marcha para preguntarnos como queremos que sean las políticas europeas que afectan a las personas. Pero no. Después de ver este tweet, definitivamente no.

La señora del tweet de arriba hace un emotivo llamamiento a la solidaridad en estas fechas tan entrañables, animándonos a participar en las campañas de recogida de juguetes y alimentos, imbuida también del espíritu navideño que seguro alberga en lo más profundo de su corazón. Un emotivo gesto que sería digno de reconocimiento si pasásemos por alto un insignificante detalle: Esta señora es la Ministra de Servicios Sociales.

Por lo que se observa en la imagen, la mujer anda un poco despistada. Es normal,  Dolors Montserrat se licenció en Derecho por la Universidad Abad Oliba de Barcelona, fue máster en la Escuela de Práctica Jurídica del Colegio de Abogados de Barcelona y ejerce desde 1997 con despacho propio especializado en Derecho Urbanístico, inmobiliario y ambiental. También realizó un Programa de Derecho Agrario Comunitario impartido por la Universidad de Ferrara (Italia), un posgrado en Derecho Urbanístico e Inmobiliario impartido por la Universidad Pompeu Fabra, un posgrado de Mediación y Negociación impartido por la Universidad de Barcelona, un programa de Derecho Inmobiliario y Urbanístico impartido por ESADE y un programa de Dirección de Empresas Inmobiliarias impartido por IESE.

Lo que son servicios sociales, más bien poco. Tampoco sería importante el currículo si esta buena mujer militase en un partido con propuestas en materia de servicios sociales, que además incluyan un mínimo de intervención estatal, pero no es el caso. Aún así, a mí este tweet me ha cabreado mucho así que yo voy a arriesgarme y la voy a llamar por teléfono para hacerle ver que está muy feo el tweet que ha puesto.


¿Está la señora Ministra...? Que se ponga...

Sra. Ministra, gracias por atenderme en este día tan señalado, mi nombre es Belén Navarro... ¿Que qué Belén? No importa, usted écheme cuentas... Que no entiende mi acento... (jodeeeer)... Quiero decir que me escuche, que no pierde usted nada. No, no llamo de Jazztel. Mire usted, que soy trabajadora social y me gustaría compartir una rápida reflexión con usted sobre... No, testiga de Jehová no, trabajadora social (¡Por dios, esta mujer está sorda como un tajo!).  Es sobre su Ministerio y un tweet que ha puesto usted, sobre...ya... Que el ministerio que le han endosado es un marrón. Sí, sí, es verdad, un marrón, por no decir una mierda, que me da como apuro. Un ministerio gafe... sí, también tiene usted razón, que se lo digan al ministro anterior (¡Se ríe!) ¿Que se joda el vasco igual que usted? Bueno, eso son cosas internas de su partido y yo no quiero entrar en eso... ¿Que le tendrían que haber dado Interior? ¡Mujer, no sea cándida, es usted catalana! ¿Qué esperaba? ¿Que no le gusta este porque es un ministerio María? ¿Que para eso, agricultura? ¡Toma, haberlo pensado antes de decirle que shi a shu jefhe! (Creo que no le ha hecho gracia que imite a Rajoy, glups...)

Aún así, es usted la Ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, doña Dolors ¡Disimule un poco su desgana, leñe, que la han puesto ahí para eso! Ahora está usted ahí para hacer...algo y la definición de algo no es precisamente endilgarnos el muerto de la comida y los juguetes a la gente de a pie ¡Que está muy feo el tweet que ha puesto, mujer, perdone mi atrevimiento! ¿Que qué va a hacer con el ridículo presupuesto que tiene? Eso es verdad, pero digo yo que algo podrá usted hacer y es precisamente lo que yo le quería expl... ¿Que si conozco la campaña "Un juguete, una ilusión"? Sí, sí... Los socialistas, sí, hombre, es verdad, ellos no la quitaron de en medio cuando pudieron y nadie se quejó, ya, ya... (tengo que darle la razón...) ¡No se queje usted de los socialistas que en el fondo no se llevan ustedes tan mal! (Esto sí le ha hecho gracia, mira tú...)

¿Que se le ha ocurrido una idea mejor?¿Cuál?... ¡Nooo, no, espere! ¡Ordenar a su ministerio que compre y reparta la comida y los juguetes, tampoco! ¿Que entonces no le dé más la tabarra? Que no es eso, de verdad ¡Deje que se lo explique! ¿El pollo en el horno? ¡Sra. Ministra, sra. Minis...! Tututututú... ¡Que me ha colgao!

¡Despierta al Niño Jesús!
Anawin

sábado, 17 de diciembre de 2016

Agresiones, dos: Cómo abordarlas

La semana pasada abordé la prevención de agresiones a profesionales de los servicios sociales. Hoy cierro tan desagradable cuestión con el análisis del tratamiento de la agresión, esto es, una vez recibido el sopapo, proferido el insulto, soltado el griterío, perpetrado el destrozo o una combinación de todo lo anterior. Como dirían las espigadoras de La Rosa del Azafrán ¡Qué trabajos nos manda el señor!


Recientemente el Código Penal ha sufrido modificaciones, ampliando los funcionarios protegidos como autoridad pública. Habría sido muy interesante, bien es cierto, que los profesionales de lo social hubiésemos sido incluidos, aunque en la entrada anterior planteaba que esta figura tiene sus luces y sus sombras ¿A qué me estaba refiriendo? A algo muy simple ¿Realmente ejerceríamos esa autoridad, de poder hacerlo?

Quiero decir que, en demasiadas ocasiones, escuchamos que ante agresiones de diversa índole la persona agredida ni siquiera se plantea denunciar, es más, en una suerte de Síndrome de Estocolmo mezclada con no sé qué paternalismo trasnochado, no solamente se descarta la denuncia sino que se justifica a la persona agresora: Que si su situación es muy complicada, que se ha arrepentido, etc. etc.

Este suele ser un noble pensamiento que no comparto: Es necesario saber separar el plano punitivo del terapéutico, por así decir. En sociedad, si una persona comete una infracción debe recibir un castigo, del mismo modo que si una persona tiene un problema, el que sea, debe poder recibir ayuda. Es decir, la persona agresora debe recibir un castigo y debe poder seguir recibiendo atención. Esto lo tienen muy claro las trabajadoras sociales de las prisiones. Por otra parte, al margen de la necesaria denuncia opino que es importante que la persona agresora pueda tener un espacio para la reparación ante la profesional, si es posible.

Esto es posible siempre y cuando existan protocolos de resolución de conflictos que contemplen, entre otras muchas cosas, el cambio de profesional o de servicio e incluyan el asesoramiento legal; el problema es que en la mayoría de instituciones no existen estos protocolos, al menos en las que yo conozco, y cuestiones tan delicadas como esta se dejan al buen hacer de los profesionales, que reaccionamos dependiendo de la casuística.

Por último, los seguros de responsabilidad civil son una novedad a tener en cuenta. En mi colegio profesional se nos ha ofrecido la posibilidad de contratar uno por doce euros al año. Está pensado sobre todo para acusaciones por mala praxis, pero también incluye el asesoramiento legal ante agresiones. Yo lo he suscrito aunque espero no tener que usarlo, por ningún motivo.

Y a tí ¿Se te ocurren más ideas para abordar las agresiones? ¿Tienes alguna experiencia que contar? Deja aquí tus comentarios.

Mi último descubrimiento musical me lo he encontrado en
facebook. Se trata de Bizimkiler, una orquesta de Azerbaiyán
que versiona clásicos del pop. Impresionante esta versión de
Pink Floyd: The Wall, aunque tienen muchas más. No te las pierdas

viernes, 9 de diciembre de 2016

Agresiones, uno: Cómo evitarlas

¿Has sentido miedo alguna vez durante el desempeño profesional? ¿Has tenido que interceder para evitar la agresión a algún compañero o compañera? ¿Te han llegado a agredir a tí? ¿Física, verbalmente? ¿Interpusiste denuncia? ¿Has declarado en un juzgado por ello?

Imagino que si eres profesional de lo social a alguna de estas preguntas habrás contestado con un sí. Así está el patio. El malestar psicosocial, que diría Teresa Zamanillo, a veces se canaliza con violencia. No es de extrañar: El contexto actual da para esto y mucho más. Muchas veces pienso que nos pasa poco teniendo en cuenta la trinchera en la que nos han colocado, sorteando tiros de aquí y de allá.

Dedico pues dos entradas a ofrecer mi punto de vista sobre la problemática de las agresiones: La primera trata de ofrecer alguna pista desde mi experiencia profesional, para intentar evitarlas. La segunda, que publicaré el próximo viernes, abordará el tratamiento de la agresión a mi manera de hacer.

Dos apuntes previos: En primer lugar, si a alguien se le ha metido entre ceja y ceja propinarnos un bofetón, muy poco podemos hacer por evitarlo (más allá de esquivarlo y evitar que te vuelen las gafas). En segundo lugar, estas entradas no tienen por objeto justificar las agresiones, pero sí comprenderlas para poder prevenirlas, siempre y cuando sea posible.

Parto del convencimiento de que una agresión, sobre todo si es física (y proveniente de alguien que no padezca graves trastornos mentales), no es fruto de un arranque de ira espontáneo sino que, por el contrario, es producto de una acumulación de rabia contenida que explota, otra cosa es que hayamos podido o sabido notar esa escalada emocional, precisamente por eso creo que las agresiones se pueden prevenir si tratamos de evitar que estas escaladas se produzcan.

Prevenir las agresiones requiere de nuestro saber hacer, del propio modelo organizacional de la institución y también de cambios en el contexto legislativo. Con respecto a este último, sería interesante que las personas profesionales de lo social fuésemos consideradas personal de autoridad, aunque esta figura legal tiene sus sombras como veremos en la próxima entrada.

En lo referente al modelo organizativo, si bien es cierto que no depende directamente de nosotras, opino que en muchas ocasiones nosotras mismas nos atrincheramos en los procedimientos y se genera cierta rigidez que no ayuda, por ejemplo ¿Tenemos en cita previa huecos para casos urgentes o todo tiene que pasar por cita previa en el mismo orden? En mi centro existen huecos para casos urgentes y lo llevamos bastante bien, para ello previamente hemos formado al personal auxiliar y hacen el filtraje estupendamente, respetando la confidencialidad de las personas atendidas. 

Es sólo una idea, un ejemplo como cualquier otro. Hay muchas otras cuestiones que se podrían y, sobre todo, que se deberían trabajar desde el modelo de organización de los centros, pero como ya he dicho no depende directamente de nosotras, así que voy a explicar aquellas cuestiones que sí podemos mejorar nosotras mismas como profesionales.

En primer lugar, el trato diario. Una profesional amable y también pedagógica tiene menos papeletas para la rifa del bofetón en un momento de acaloramiento. Lo digo por experiencia: La amabilidad y las explicaciones generan respeto. Sé que es difícil a veces, pero es importante ser amable, incluso cuando te introducen la carta que han recibido entre tu boca y el primer bocado de la media tostada del desayuno. Se les puede orientar a cita previa sin ser borde (aunque lo que te pida el cuerpo sea pegarle un tirón a la carta, convertirla en confeti chiquitillo chiquitillo y lanzárselo al portador de la misiva)

En segundo lugar, la rigidez. Soy consciente de que me expongo a críticas, pero yo opto por ser flexible, como decía en el párrafo de arriba. Ante una señora o un señor que se te pone delante en el mostrador sin cita con los ojos arrasados en lágrimas, yo no dudo: la atiendo. Otra cosa es que se trate de Periquita Plórez, de profesión plañidera. Quiero decir, en resumen, que los procedimientos, de los que soy firme defensora, no pueden ser férreos, y que siempre hay tiempo de reconducir una urgencia si no lo es.

En tercer lugar, la gestión de las emociones, que incluye el control de nuestro propio cuerpo. Estoy segura de que todas las personas que nos dedicamos a esto tenemos incorporadas técnicas de comunicación o de gestión de conflictos (como queramos llamarlas) que sabemos manejar; el problema es el secuestro emocional, o dicho en términos simples, dejarnos llevar por las tripas. Hay una conocida frase en trabajo social que viene a decir que la persona atendida es dueña de la tarea pero la trabajadora social es dueña de la relación. Por eso mismo, porque estamos entrenadas para ello no debemos dejarnos secuestrar y debemos atender al principio de no reciprocidad que explicaba el compañero Javier Espinosa en su blog Jábega Social.

En este sentido, el control de nuestro propio cuerpo también es importante ¿Cómo miramos al otro?¿Cuál es nuestra expresión facial? ¿Nuestro cuerpo está tenso como las cuerdas de un piano?¿Nuestros brazos están cruzados en posición de defensa? ¿Señalamos con el dedo continuamente? Recordemos que el dedo que señala indica disparo. ¿Hemos hecho alguna vez el ejercicio de autoobservarnos o indicar que lo hagan otras personas? Prueba a grabarte y verás qué sorpresa…

Por último, una confesión muy personal: Yo he mejorado en el manejo de los conflictos desde que compagino mi trabajo con ocupaciones que nada tengan que ver con los servicios sociales; llego más tranquila a la oficina y me encuentro más equilibrada (dentro de lo que cabe teniendo en cuenta el escaso equilibrio mío).

¿Y tú, tienes otros trucos para evitar las agresiones? ¡Pues que rulen!

Después de una entrada  como esta, nada mejor para relajarse
que escuchar esta joya cantada maravillosamente por Mayte Martín
que lleva por título Por la Mar Chica del Puerto
¡Qué grande eres, Mayte Martín!

viernes, 2 de diciembre de 2016

Complicidades: Pelegrí, Xavier

Hoy inauguro una sección nueva en este blog, a la que he denominado Complicidades y en ella trataré de mostrar el trabajo que hacen nuestras compañeras y compañeros titulados en Trabajo Social que ejercen como profesores universitarios y por extensión, como investigadores. Cansada como estoy del repetido mantra de la distancia entre la teoría y la praxis, convertido en lugar común del Trabajo Social en España, me dije ¡Menos lamentos y más soluciones!

La idea me vino al publicar la entrada sobre trabajo social versus servicios sociales: Un profesor ¡de Lérida! (a tomar viento de Almería o viceversa) me escribió muy amablemente para indicarme que él investigaba sobre el particular. Este profesor es Xavier Pelegrí. Leí su artículo y lo anexé a la entrada en cuestión, pero entendí que su gesto merecía una respuesta más intensa, así que me decidí a escribir sobre él; le pedí que me mandase unas líneas y él me las remitió. Aquí están. Al final de las mismas anexo dos enlaces a sus publicaciones.

¡Moltes gràcies, Xavier!

Me llamo Xavier Pelegrí Viaña y desde hace más de 25 años me dedico exclusivamente a la docencia. Actualmente soy profesor del Grado de Trabajo Social de la Universidad de Lleida (Facultad de Educación, Psicología y Trabajo Social).

Mi trayectoria empezó a finales de los setenta cursando lo que entonces se llamaba estudios de Asistente Social, posteriormente reconvertidos en diplomatura en Trabajo Social. Ya en los noventa, hice la licenciatura y el doctorado en Antropología Social y Cultural. Durante los primeros años, trabajé en el sector de las personas con discapacidad intelectual. Ya en los primeros años de democracia, contribuí a la creación de los servicios sociales de atención primaria del Ayuntamiento de Lleida y, finalmente, fui responsable del área de  infancia de la Diputación de Lleida.

En la universidad, mi campo de especialización –tanto en docencia como en investigación– gira en torno a los servicios sociales. Sobre ellos he impartido asignaturas relacionadas con el marco legal, la estructura de recursos, su organización y gestión, etc. También he investigado y escrito sobre diferentes sectores (personas con trastorno mental, protección de la infancia, pobreza, inmigración), pero también sobre el propio sistema de servicios sociales (en especial el de Cataluña), su estructura y gestión, sus profesionales, así como otros aspectos colaterales y más generales como el emprendimiento, la participación, el poder profesional o la ética de las organizaciones.

Sus artículos: Mayoría en catalán, aquí. También en dialnet, aquí.

Vanesa Martín
Complicidad

viernes, 25 de noviembre de 2016

La otra cara de la violencia machista

Hablar en un día como hoy de los agresores no parece políticamente correcto: Una problemática tan sangrante como la violencia machista hace que afloren nuestras emociones más primarias, por ello agradezco profundamente a Elena Salinas, trabajadora social de prisiones, su acto de valentía al aceptar el encargo, que más que un encargo es una encerrona. Su blog Preventiva Reincidente es referente en el trabajo social penitenciario. Espero que escribir esta entrada la anime a retomarlo.


Tengo que confesar que cuando Belén me planteó que escribiera sobre violencia machista tuve serias dudas. La dificultad para expresar con precisión los matices en un tema tan controvertido sumada a la brevedad de las entradas de blog me hicieron titubear. Sin embargo opino que para eliminar esta problemática es necesario llevar a cabo medidas con todos los implicados y es por eso que me dispongo a tratar el tema de los agresores machistas en prisión.

A partir del 2004, año de promulgación de la Ley de Protección contra la Violencia de Género, se extendieron los programas de tratamiento para penados por violencia contra la mujer. La propia Ley encomienda a Instituciones Penitenciarias la realización de programas específicos para el abordaje de este tipo de conductas, pero ¿En qué consisten estos programas? ¿Qué objetivos persiguen? y lo más importante ¿Son realmente efectivos?

Que los agresores no conforman un grupo homogéneo es ampliamente reconocido y fruto de ello es que existen numerosos estudios dedicados al establecimiento de tipologías, no obstante, casi todos los expertos en la materia concluyen en identificar dos o tres conglomerados. Yo no me voy a extender en esta cuestión, pero si alguien está interesado en el tema recomiendo  empezar por estos dos artículos: ¿Se puede establecer una clasificación tipológica de los hombres violentos? y Tipología de los agresores contra la pareja en prisión.

Una de las utilidades más evidentes de estas tipologías es adaptar las terapias al perfil del agresor. Aquí nos encontramos con el primer escollo porque las personas condenadas por violencia de género (tal y como está tipificado este delito) participan en un único programa, con una única metodología, desdeñando el hecho de que existen, como decía, diferentes tipos de agresores.

Otra dificultad para el efectivo funcionamiento de estos programas está relacionada con la voluntariedad en la participación. Antes de nada debemos conocer que una persona penada por violencia de género puede entrar a prisión o no. Va a depender de lo siguiente:

a) Que el juez la condene a menos de dos años de prisión y estime conveniente la sustitución de esta pena por una medida alternativa al internamiento: Un programa para agresores.

b) Que el juez valore que el delito es muy grave y le imponga una condena superior a dos años con lo que entraría en prisión.

En el primer caso, el agresor puede optar por la privación de libertad dos años o aceptar la oferta del juez y acudir a sesiones terapéuticas durante nueve meses. Como resulta obvio, todo el mundo va a escoger la segunda opción para vivir en libertad.

El segundo caso implica el internamiento sin más. Una vez en prisión la persona puede aceptar tratamiento o no, ya que la legislación contempla su voluntariedad. Esta elección, sin embargo, deja de ser tan libre cuando el acceso a los beneficios penitenciarios (permisos, tercer grado, libertad condicional…) están supeditados a la realización del programa.

Como es fácil de deducir, la voluntariedad (desde el punto de vista terapéutico) es esencial para el éxito del tratamiento e implica conciencia de problema, responsabilización de los hechos y deseo de cambio, tres cuestiones que no quedan demostradas con la inclusión obligada de manera tácita o explícita en la participación del programa.

A pesar de todo esto, de vez en cuando se publican estadísticas que prueban la efectividad del tratamiento acompañadas de la presentación ante los medios del cargo político de turno anunciando la buena marcha de las medidas de reinserción, pero de nuevo tengo que discrepar porque esas estadísticas se realizan al poco tiempo de la finalización de los programas, no existiendo apenas estudios longitudinales que demuestren una verdadera eficacia de los mismos. De hecho, el único estudio que conozco que sí ha ofrecido datos a lo largo de los años (Klein y Tobin, 2008) arroja una realidad que nos obliga a reflexionar: el 32% de los agresores reinciden en el primer año y el 60% a los diez.

Se abren  interrogantes ¿Los que recayeron a los diez años habrán permanecido sin maltratar todo ese tiempo?  ¿Se habrá reinsertado el otro 40%? ¿Permanecerán sin recaer otros diez años más? O, por el contrario ¿Habrán encontrado otra mujer que esté sufriendo nuevos episodios de violencia y no se haya atrevido a denunciar? ¿La reinserción se deberá al tratamiento o al temor del coste de un nuevo internamiento?

Son preguntas para las que no tengo respuesta, solo dos convicciones basadas en mi trayectoria experiencial: la primera, que estos programas no logran una modificación sustancial de los mecanismos cognitivos, convicciones y prejuicios que llevan a un hombre a agredir, vejar o matar a una mujer y la segunda, que es necesario seguir investigando las causas de la violencia machista para diseñar programas que demuestren su eficacia (tras una evaluación científica, claro está)

Para finalizar, os dejo con un retazo de una entrevista que me pareció muy ilustrativa y me ayudó a entender los procesos mentales de estas personas:

Una mañana entró en el despacho un hombre de unos treinta y tantos años. No lo conocía, venía de conducción (de otra prisión) a diligencias (juicio). Tras la presentación oportuna me planteó lo siguiente:

- Desde el accidente mi familia apenas quiere relacionarse conmigo, mi novia ya no está y la familia de ella me odia.
- Pero tu novia no está… ¿Porque lo habéis dejado o por qué?
- No, porque se ha muerto. De un accidente.
- ¿Y cómo fue el accidente?
- Uno de esos de género. Un accidente de género.


La otra con El Kanka
Contigo

viernes, 18 de noviembre de 2016

De churras y merinas: Pobreza energética y exclusión social


Esta no es una entrada sobre la problemática de la pobreza energética. Hay gente bastante más ducha en la materia que yo abordando el tema con mucho acierto. No es una entrada sobre la tragedia de la anciana de Reus (Tarragona), calcinada hace unos días en su vivienda por el fuego que ocasionaron las velas con las que se iluminaba.

No voy a profundizar en una tragedia vergonzosa. No voy a buscar culpables, tengo muy claro quiénes son: los sucesivos gobiernos que han entregado a las garras del capital, sí, a las garras del capital un servicio esencial que debería continuar nacionalizado y permiten (¡cómo no lo van a permitir!) que empresas inhumanas con beneficios indecentes, inmorales e indignos corten el suministro a una anciana de ochenta y tantos o a un chico de treinta y pocos, me da lo mismo.

No voy a hacer el juego a los poderes fácticos repartiendo responsabilidades entre las profesionales de servicios sociales, y es que la emoción que me invade en estos momentos es un gran alivio por no estar en la piel de estas profesionales. Y añado: Si su trabajo ha sido negligente, que se les abra un expediente y asuman sus responsabilidades, pero que no cuenten conmigo para juicios paralelos.

Tampoco creo en el concepto pobreza energética per se; simplemente no responde a la realidad. La gente no es pobre energética, es pobre, o si se prefiere, está en situación de pobreza, aunque pensándolo bien me quedo con la afirmación de que la gente es pobre porque, como escribe Martín Caparrós en su libro El Hambre: La pobreza es la imposibilidad de pensarte distinto. 

La gente es pobre. Yo solo abarco dos categorías y reniego de Amartya Sen: pobre de solemnidad, es decir, cero euros o pobre disyuntiva, es decir, o como o pago la luz, o como o visto a los críos, o como o pago la hipoteca, y así sucesivamente; días y días de disyuntivas que en algunas ocasiones acaban con la decisión de tirar por la calle de enmedio y comprar una tele de plasma, total... pero entonces ya dejas de ser pobre, para convertirte en un / una irresponsable, cuánto más si esperas la visita de algún alma caritativa que venga a ayudarte ¡Qué falta les hace a muchas almas caritativas leer a Daniel Kahneman!

La gente que no puede pagar la luz es porque es pobre, punto. Esta es la perspectiva desde la que parto para exponer con rabia contenida que las medidas para combatir la pobreza energética no tienen sentido y lo peor, que estigmatizan a quienes se benefician de las mismas. Que sí, que igual hay un 0,000001% de personas que no pagan la luz porque no quieren. Que yo no haya conocido a ninguna no significa que no existan. Que vale. Me referiré, por tanto, al 99,999999% restante y obviaré las soluciones de verdad para evitar la pobreza energética, habitacional, alimenticia y todos los aborrecible subtipos postmodernos de pobreza:

A) Nacionalización de los servicios esenciales (energía, transportes y telecomunicaciones)
B) Implantación de un un sistema de ingresos mínimos (ya discutiríamos cuál)

Pobreza y exclusión social son dos conceptos parecidos, pero no iguales. La pobreza es desde mi punto de vista, monetaria, en cambio el concepto exclusión social es multifactorial, o dicho de otro modo, en este proceso intervienen, como es sabido, otras variables. La exclusión social no debería ser el criterio que determine la aprobación de ayudas económicas para pagar la luz (o el agua) sino la pobreza ¿O qué pasa, que si eres pobre pero no estas excluido socialmente no tienes derecho a que se te ayude?
Elaborado por José Félix Tezanos, un referente de la exclusión
social en España desde la sociología.
Por lo tanto, si el criterio de aprobación de ayudas fuese exclusivamente económico (como sostengo) ¿Qué sentido tendría emitir un informe por los servicios sociales? En mi opinión ninguno. Para acreditar la carencia de ingresos no es necesaria una valoración (y por valoración entiendo diagnóstico) por parte de los servicios sociales, basta con acreditar la carencia de ingresos documentalmente como sucede con tantas otras cosas como las becas, bonos sociales, teleasistencia, etc. Asuntos estos en los que afortunadamente no intervenimos desde el trabajo social en particular y los servicios sociales en general.

Resumiendo: Aunque carecer de ingresos es comprar muchas papeletas para la rifa de la exclusión social, la pobreza, en este caso, la pobreza energética nada tiene que ver con la exclusión social, sino que es algo mucho más simple y sádico: vivimos en una sociedad perversa que no garantiza la mera supervivencia, por lo que genera cohortes de pobres.

En estos momentos realizar informes acreditando exclusiones forma parte del juego torticero del sistema, que reparte carnés de excluidos, es decir, de gente que se encuentra fuera del sistema, en forma de informes con nuestra complicidad ¿Debemos seguir haciendo los informes? Claro que sí. Es función nuestra, por desgracia y, lo más importante, hagámoslo todo, todo y todo antes de permitir que las criaturas mueran calcinadas por unas jodidas velas (el paso corto) pero con conciencia de lo que hacemos (la mirada larga), tal y como lo explicaba Galeano cuando hablaba de la utopía...

Nuestro horizonte: Derechos y dejar de gestionar miseria, que ya está bien. Hacer informes para pagar la luz es beneficencia, seamos francos, y por supuesto no es hacer trabajo social ni debería ser cometido de los servicios sociales, acompañar a las personas en procesos de fortalecimiento de sus relaciones con el entorno y la emancipación, sí.

PD. Si a la anciana de Reus le hubiese tocado la lotería tampoco habría podido pagar la luz ya que igual el décimo se lo había regalado previamente al hijo. Ya me entiendes.

Qué mejor canción para esta entrada que Fragile, de Sting, tema con el que 
abrió su concierto de apertura de la sala Bataclan de París, tras el atentado terrorista.
Fragilidad, una hermosa y aterradora palabra para describir la condición humana en la actualidad.

sábado, 12 de noviembre de 2016

¡Alto, policía social!


Hoy presento una subespecie de profesional de la intervención social: el policía social. El policía social guarda similitudes con la subespecie persona trabajadora social cuñá, ya analizada en este blog aunque las diferencias entre ambas subespecies conducen a establecer una categorización propia. Ya llevaba tiempo dándole vueltas al concepto, pero esta imagen ha sido definitiva:


Este pantallazo es parte de unas instrucciones que he recibido acerca de cómo cumplimentar la nueva plataforma online del servicio de ayuda a domicilio (de la ley de dependencia). Se nos solicita que, en el momento en que suspendamos el servicio porque la persona se va de vacaciones (y no va a recibir servicio en el lugar de destino), cumplimentemos estos datos, entre ellos, el municipio de traslado y las señas del nuevo domicilio.

La pregunta es obligada: ¿Para qué demonios quiere saber la Junta de Andalucía dónde pasa una persona en situación de dependencia sus vacaciones? Según nuestros jefes, la Junta dice que es por trazabilidad ¿Son las personas en situación de dependencia pepinos, acaso?¿Boquerones?¿Jamones? No acierto a entenderlo.

Ironías aparte, es preocupante la alegría con la que algunas nos inmiscuimos en la intimidad de las personas y es aún más preocupante que lo habitual sea no cuestionar instrucciones como estas. Instrucciones que son en mi opinión, además de cuestionables, absurdas, y constituyen la primera de las señales de alerta para detectar a la policía social: Preguntar por preguntar, me refiero a pedir información que no necesitamos para trabajar. Pareciera que una vez se entra al circuito de los servicios sociales se está en nuestras manos y la administración (vía profesionales) tiene todo el derecho a meter las narices donde no le llaman.

La segunda de las señales de alerta es inferir sin preguntar, es decir, llegar a conclusiones sin siquiera preguntar a la persona, ya que algunos profesionales nos creemos más inteligentes y además está el hecho de que la gente suele mentiraunque como buenas policías sociales, los solemos pillar.

La tercera, un clásico: visitar por visitar (y si es sin avisar, mejor). Aquí no me detengo pues lo expliqué con detalle en una entrada que puedes leer aquí. Confesémoslo ¡Cuanto nos gustaría a algunas contar con órdenes de registro!

La cuarta, atender por atender: ¿Que la persona sólo quería llevarse la solicitud? ¡Nada de nada! Si quiere un papel que pase por cita previa, que para eso estamos ¿Que la persona solo quiere renovar el título de familia numerosa y lo puede atender la persona auxiliar o conserje? ¡Nada de nada! ¡Las personas atendidas son mías, son mi tesorooo! Luego vendremos a quejarnos de que la atención está saturada.

La quinta, partir de premisas ancladas en construcciones sociales. Por ejemplo: Los hijos deben cuidar de sus padres ¿Deben cuidar los hijos de sus padres? En principio sí, pero, por ejemplo ¿Deben cuidar los hijos a un padre maltratador que les ha arruinado la infancia? Pues no lo sé. Cuando interacciono con familias en las que hay una persona anciana con demencia me gusta preguntar cómo era la persona anteriormente a la enfermedad, porque me ofrece muchas claves de cómo es la relación ahora y puedo entender mejor a una hija que no abrace a un padre supuestamente adorable, con sus canas y sus arrugas.

El actual sistema de servicios sociales y muy especialmente los recortes en dependencia nos posicionan en un incómodo papel, consistente en explicar, explicar y explicar para priorizar la urgencia entre las urgencias y que pase filtro, tras filtro, tras filtro. Gestionamos miseria, esa es la verdad, pero hagámoslo con profesionalidad y, sobre todo, cuestionemos los métodos, los nuestros y los de los demás. Es la única manera de no acabar con la porra y el silbato.

Shout
Tears for Fears versionado por Sweetbox

lunes, 7 de noviembre de 2016

Diversidad funcional, con discapacidad, con distintas capacidades y Roberto

Hoy traigo un nuevo invitado al espacio Tribuna. Se trata de Jaime García Claro. Él es trabajador social, antropólogo y doctorando en comunicación y ¿discapacidad? Jaime también es un activista con mayúsculas (uno de esos que no salen en las fotos), un trabajador por la justicia social y es, sobre todo, un buen amigo y una estupenda persona. Vive en Dos Hermanas y realiza su trabajo como investigador en Sevilla.

Llevaba mucho tiempo insistiéndole para que escribiese en este blog y por fin lo he conseguido. Debo advertir que se trata de una entrada fruto de la incertidumbre en la que se halla en estos momentos con respecto al concepto diversidad funcional. Las incertidumbres son casi más interesantes en la mayoría de los casos ¿No crees?


No recuerdo cuánto hace ya que Belén me pidió que escribiese una entrada sobre discapacidad (o diversidad funcional, o capacidades diferentes, o…), y su anterior post me viene muy al pelo por aquello de las categorías que utilizamos en los ámbitos de lo “bio-psico-social” (recuerden su dilema de si llamar o no “usuarios” a las “personas atendidas” en Servicios Sociales).

Me voy a atrever a escribir precisamente ahora, cuando menos tiempo tengo y cuando estoy inmerso en una especie de crisis epistemológica, ya no sólo sobre nomenclaturas, sino directamente sobre modelos teóricos y paradigmas… Y lo peor… en medio de una tesis doctoral donde tengo que utilizar algo que creía afianzado en mí.

Soy un trabajador social al que nunca han permitido ejercer (“crisis” le llaman, juas), y obviamente he tenido que buscarme las papas (que no los huevos, como los de Carmen) en otros sectores; concretamente en la antropología y en la “educación pública malpagá” por ser del programa de Garantía Juvenil. Parece que a los menores de 30, -aunque a mí me quedan dos meses para entrar en la nueva década-, nos pasa como al sector laboral femenino… que sin ninguna explicación “legal”, nos pagan menos y tenemos peores condiciones.

Pero total, yo aquí he venido a hablar de “mi cojera”, consciente de lo controvertido que es el tema.

No, no soy cojo, ni tengo ninguna discapacidad, aunque sí capacidades diferentes y muy diversas. Hará unos 10 años que comencé a investigar el fenómeno de la discapacidad y ya lo he hecho desde el trabajo social, la antropología, la psicología, y ahora desde la comunicación visual (dibujos animados, concretamente). Fui de los que pronto aceptó la nomenclatura de “persona CON discapacidad”, dejando atrás el inválido, minusválido y discapacitado.

Sobre ello hice algunas “gamberradas” que no vienen al caso, -aunque fueron efectivas en su momento-, y también adopté el paradigma de la “diversidad funcional” (a partir de ahora DF). Este término se empezó a utilizar allá por el año 2005, en una comunidad virtual, por el Foro de Vida Independiente, y como explican Romañach & Lobato, dos de sus referentes en nuestro país, la DF viene a decir algo así como que todas las personas ejercemos las mismas funciones/funcionalidades en esta sociedad, pero de maneras diversas debido a las limitaciones de cada uno/a. Este paradigma sigue hablando de la “liberación de los hombres y mujeres con diversidad funcional, de la consecución de los mismos derechos, de la autonomía personal…”. ¿Y cómo no estar de acuerdo con ello? Es lo que pediría (pide) cualquier colectivo oprimido.

Como os decía, adopté el término con facilidad y hasta ahora he ido utilizando DF para mis estudios/artículos/proyectos (*), y “personas con discapacidad” en el habla coloquial. Nunca me había parado a pensar en ello seriamente ni me lo había cuestionado, aunque empíricamente, hablando con personas (con y sin discapacidades) pude comprobar que no se sentían muy a gusto ni identificadas con ese término. En primer lugar es un poco complicado de pronunciar y recordar, un poco largo, y además desdibuja una (o varias) características de la persona, que están ahí.

Es más, cuando he empezado diciendo que no soy “cojo”, es porque muchas personas con discapacidad se llaman a sí mismas “cojos”, independientemente de la discapacidad. Así puede haber cojos de un ojo, cojos de un oído, cojos de la espina dorsal… Donde mejor pude ver esto fue en las entrevistas a mujeres con discapacidad en la tesis de mi exprofe y amiga Toñi Corona. No es la nomenclatura la que la discrimina, son los “valores” de esta sociedad patriarcal y con tendencia a una normalización anormal.

Eso fue lo primero que me hizo dudar un poco, aunque seguí utilizándolo, y algunos colectivos (como los profesionales de la discapacidad intelectual) me miraban raro al utilizar el término de 5 palabras “personas con diversidad funcional intelectual”. La puntillita me la dio mi amigo Gabri después de muchas conversaciones y de leer un artículo suyo. Junto a un artículo de Melania Moscoso, el de Gabri es el único texto que he encontrado que cuestiona si en realidad utilizar el nuevo término de diversidad funcional tiene un efecto liberador en las personas. Porque si nos ponemos a analizar, según la definición del Foro de Vida Independiente… todo el mundo tendríamos una DF si funcionamos de maneras diversas…

Por ejemplo: Yo no digiero bien las pieles de las legumbres, y seguro que muchas personas en silla de ruedas sí; soy incapaz (total, eh) de correr 200 metros sin ahogarme, y conozco a Mila López, que corre kilómetros en su “handbike” sin que le funcionen sus piernas, pero no creo que oculte su discapacidad. Parece un ejemplo tonto pero de esa forma todos tendríamos DF, y entonces… ¿no existe un colectivo/una población que necesite apoyos concretos y medidas de acción positiva? ¿Todos tendríamos beneficiarios de esas medidas? ¿O las anulamos porque serían una forma de discriminación?

No es lo mismo llevar a cabo las mismas funciones de forma diferente, 
que necesitar un apoyo para ejercerlas.

En publicaciones del Foro de Vida independiente he leído que algunos se llaman a sí mismos “diversos funcionales”… ¿Eso no es sujetivar lo adjetivable? A mí me suena igual de feo que “discapacitado”. ¿Qué diferencia hay, pues, entre persona con discapacidad y persona con diversidad funcional? Ambas hacen referencia a la diferencia con la mayoría social, por lo tanto, ambas excluirían a la persona. Pero todo depende de cómo construyamos, deconstruyamos y reconstruyamos el término para limarle las connotaciones negativas. Una persona negra no es “de color”, es negra, por muy peyorativo que haya sido el término en un pasado, pero se ha reconstruido para empoderar (ahora que está tan de moda) al colectivo oprimido y dotarles de sentimientos de pertenencia. ¿Creamos un nuevo término en vez de reconstruir el significado del actual?

Creo que obviar la discapacidad de una persona es engañarnos a nosotros mismos. Soy de los que piensa que la discapacidad es, en parte, una construcción sociocultural, sin obviar a su vez que una persona con una mano o un pie menos, sin movilidad en una parte de su cuerpo o alguna discapacidad intelectual, va a necesitar apoyos, ya sea eliminando las barreras, ya sea con un accesorio ortopédico (bastón, silla, férula…), y si no hay acceso a ellos, es la sociedad la que está discapacitando. No, no es la discapacidad lo que define a la persona, pero esconderla agrava los problemas de inclusión e integración (o “normalización”, por feo que suene).

En resumidas cuentas, que me he hecho las muletas un lío. Cuando surgen estos temas siempre me acuerdo de aquella viñeta de dos personas discutiendo sobre cómo se les debe llamar (que si DF, que si discapacidad), y detrás una persona en silla de ruedas diciendo “perdón, yo me llamo Roberto”. Como dice una frase con la que estoy totalmente de acuerdo con el Foro de Vida Independiente: NADA SOBRE NOSOTROS SIN NOSOTROS.

En fin, seguiré exprimiéndome un poco los sesos a ver si el “solo sé que no sé nada” que me inunda en estos momentos se convierte en un “por lo menos tengo salud (algo de claridad)”.

Me refiero al artículo Calidad de vida en personas con DF intelectual del programa “Grupos de autogestores. Una aproximación desde la Escala INICO-FEAPS, y al póster Yo me llamo Ralph. La diversidad funcional intelectual en Los Simpson

martes, 1 de noviembre de 2016

Ahora


Resulta que hoy estoy con ganas de hablar sobre mí misma, pero esto es un blog sobre trabajo social y servicios sociales, así que tendré que arreglármelas para compaginar mi ejercicio de exhibición emocional con algo que te aproveche. Se me ocurre que si, además de mirarme el ombligo, te explico cosas que me pasan con los usuarios igual sacas alguna conclusión, aunque la conclusión sea que no debería hablar de los usuarios.

Los usuarios... Fíjate que el otro día iba yo conduciendo mi Ford abollado de vuelta del trabajo y pensaba que decir usuarios era una cosa muy fea y que debería ocurrírsenos otro nombre que ni fuese clientes ni pacientes ni nada de eso. Y de repente caí en la cuenta de que era tan fácil como llamarles personas atendidas ¡Qué buena idea! Pensé ¿Dará esto para una entrada del blog?

Tras la euforia inicial me dí cuenta de que no era para tanto, así que le dedico únicamente este parrafillo y paso a explicar por qué creía yo que era feo llamarles usuarios a las personas atendidas (copyright Belén Navarro, 2016. Todos los derechos registrados). El asunto es que venía de casa de una mujer que ha a pasado de ser usuaria a ser amiga. Se llama Carmen y es una mujer a la que quiero.

Carmen no es su nombre real. Sé que hay quien desaprueba que hable de las personas atendidas en el blog, pero no me importa, sobre todo ahora que veo toda clase de órganos humanos en estados de descomposición en las cajetillas de tabaco que seguramente serán de alguna Carmen. Al igual que en esas desagradables fotos, sus identidades están distorsionadas hasta hacerlas irreconocibles.

Carmen tiene 66 años y vive sola. Llevo muchos años atendiéndola, pero los motivos que la trajeron a servicios sociales desaparecieron, por lo que ya no tiene historia abierta. En todos estos años hemos forjado una amistad gracias a los huevos. Sí. Huevos. Carmen tiene gallinas, sistemáticamente me llama por teléfono para que vaya a por huevos, y yo los acepto.

En este punto no sé si llevo dos o tres atentados contra lo deontológicamente correcto: 1. Hablar de las personas atendidas. 2. Hacerme amiga de una usuaria incluyendo darle mi teléfono móvil. 3. Aceptar regalos siendo una empleada pública. Espero que no me esté leyendo la presidenta del colegio... Me arriesgaré; el caso es que en el breve intervalo que transcurre entre que aporreo la puerta, Carmen me abre tras su tradicional y atronador ¡¡¡¡VAAAAAAAAAA!!!!, yo entro, me da los huevos y me voy, hablamos de nuestras cosas. Unos 10 minutos a lo sumo.

Desde que comencé a aceptar los huevos de Carmen han pasado ocho años. En ese tiempo Carmen ha escuchado mis problemas en el trabajo (la crisis, la desesperación de la gente...), mi entrada en política, los achaques de mis padres, la evolución de mis sobrinos, la llegada de los perritos...y yo he escuchado sus miedos, sus alegrías, sus frustraciones y su sentir, que es, por desgracia, parte del secreto profesional que debo guardar.

Y resulta que, a través de Carmen, me he dado cuenta de que algunos de estos usuarios ahora son amigos. Como Ana, que todas las navidades nos trae un bizcocho al centro, feliz por dejarse convencer por el equipo de que su hijo acudiese al centro ocupacional. Como Juan, enfadado porque el fútbol ya no es en abierto y no puede ver a su Madrid al no tener pasta para pagar un canal de pago. Ahora, a punto de cumplir 45 años, tras acabar de dejar la concejalía por puro agotamiento y tomar decisiones importantes en mi vida, me doy cuenta de que estoy en camino de alcanzar cierto equilibrio.

Ahora me encuentro bien en el trabajo. Ahora solo espero que el gordo de navidad caiga en alguno de los dos décimos que Carmen y yo nos intercambiamos religiosamente. Nuestra relación es pura liturgia, sobre todo la frase que Carmen pronuncia to-dos-los-a-ños ¡Todos!: ¡Si me tocara la lotería ibas tú a saber quién es Carmen! Qué tontería, ahora yo sé muy bien quien es Carmen:

Una persona única.

Rozalén
Ahora

miércoles, 26 de octubre de 2016

¿Pero qué demonios nos pasa con la legislación?

Comienzo mi entrada con una pregunta a bocajarro si eres una persona y más concretamente una persona empleada pública en el territorio español: ¿Te has leído la nueva Ley 39/2015 del Procedimiento Administrativo Común de las Administraciones Públicas? No ¿Cierto? ¡Muy mal por ti! Y muy mal por mí porque yo tampoco me la he leído, ejem, ejem... ¡Castigados sin cenar ambos! ¡Y sin tablet!


Como sabrás, se aprobaron dos leyes que vienen a sustituir a la archiconocida Ley 30/1992, de 26 de noviembre, de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo Común, que ha estado vigente hasta el 2 de Octubre de 2016. Las leyes en cuestión son la ley 39/15 que acabo de mencionar y la Ley 40/2015, de 1 de octubre, de régimen jurídico del sector público.

No te me vayas de aquí presa del pánico, que no es mi intención analizar estas dos disposiciones legales ¡Qué más quisiera yo! Si ya te digo que ni me las he leído. Mi propósito hoy es reflexionar sobre la relación tan, digamos, curiosa que tenemos muchas personas trabajadoras sociales, entre las que me incluyo, con el derecho administrativo. Al menos es lo que observo entre las colegas que conozco.

Digo que es curiosa la relación trabajo social - derecho administrativo por varias razones. Me explico: En teoría, nuestra profesión incluye, entre sus fines, la búsqueda de la consecución de derechos de ciudadanía, y todos sabemos que la construcción de derechos subjetivos se realiza a través de las leyes y demás disposiciones normativas, lo que debería implicar que las leyes son nuestras amantísimas aliadas.

Y sí, por lo general somos un colectivo que reclama leyes que garanticen derechos, pero cuando estas leyes son aprobadas ¡Ay! Damos por sentado que nuestro trabajo ha terminado y es justo donde empieza, porque las leyes se promulgan para cumplirlas y es nuestro deber, en la medida de nuestras competencias, velar porque así sea. Debemos conocer en profundidad las leyes objeto de nuestra competencia para poder informar a la gente de los derechos que les asisten y, lo más importante, orientarles adecuadamente cuando estos derechos son vulnerados, en lugar de ponernos como basiliscos en la media hora del desayuno, tostada en mano.

Pero lo que más me sorprende es la postura de algunas compañeros y compañeras de considerar las leyes como corsés que limitan. Me preocupa mucho porque pareciera que nosotros en pro de una supuesta ética superior estamos por encima de la ley; en la práctica esto se traduce en muchas cosas, al margen de cercenar el principio constitucional de igualdad y los principios contenidos en las leyes de procedimiento administrativo: Asistencialismo en cuanto a los procedimientos técnicos, saltos a la torera y/o aceptación atajos de otras administraciones (mándame un informe y listo) que lo único que aportan a la postre es la incursión en situaciones de alegalidad, cuando no de ilegalidad y la percepción de arbitrariedad por parte de la ciudadanía. Todo ello en lugar de exigir y exigirnos procedimientos legales ágiles.

Si no es tu caso, vayan mis disculpas por delante, pero si como yo, odias el derecho administrativo, hay salida. Haz como yo, reconoce el error y comienza los doce pasos. Yo, por lo pronto, he dado el primero: Ya tengo la ley 39/15 fotocopiada y encuadernada.

DJ Snake & Justin Bieber
Let me love you

sábado, 15 de octubre de 2016

5 diferencias entre el trabajo social y los servicios sociales


Una vez más me propongo meterme en un jardín, en este caso el de establecer cinco diferencias entre el trabajo social y los servicios sociales ¿Por qué esta entrada? ¿A qué viene este ataque de academicismo? ¿Acaso no está claro que no son la misma cosa? ¿Es parte esta entrada de una tesis doctoral? ¿Qué importancia tiene la mecánica cuántica dentro de la física y la ciencia?

Al grano. Me he decidido a escribir esta entrada porque opino, como muchas otras compañeras y compañeros, que existe una gran confusión entre una cosa y la otra. El motivo es evidente, no creo que deba detenerme a explicarlo más allá de recordar lo consabido: Que los servicios sociales son nuestro sector por antonomasia y ello ha generado un cierto magma teleológico.

Al margen de disquisiciones académicas, esta confusión produce efectos en la práctica que son los que me preocupan en realidad. Espero contribuir desde este microscópico bit en el ciberespacio a pensar en ello con este corta-pega, así, a lo bruto, basado en artículos académicos que citaré al final y que son los verdaderos artífices de esta reflexión.

Vamos allá:

1. El trabajo social es una profesión y una disciplina científica (*): Los servicios sociales constituyen uno de los sectores de la política social (**): Esta obviedad no lo es tanto, en realidad, porque es la diferenciación de la que hay que partir para entender todo lo demás

2. El inicio de los servicios sociales es antiguo, el del trabajo social es reciente: De Lucas sitúa la emergencia de los servicios sociales a partir de los siglos XVI-XVII y sin embargo no es, según este autor, hasta el s.XIX que podemos hablar de trabajo social propiamente dicho.

3. Principios:

Puedes consultar el Código Deontológico en la página del Consejo General del Trabajo Social.

4. El trabajo social es transversal. Los servicios sociales son sectoriales:

El trabajo social, tal y como es definido por la FITS promueve el cambio y el desarrollo social, la cohesión social y el fortalecimiento y la liberación de las personas. La misión que se nos encomienda es amplia y para tratar de alcanzarla es necesario poner en marcha mecanismos desde diferentes políticas públicas (en un sentido amplio) porque el desarrollo humano depende de factores diversos. Pondré un ejemplo: el fortalecimiento de una persona con diversidad funcional dependerá, entre otras cosas, de su salud, de su formación, de sus posibilidades de acceso al empleo y de los apoyos con los que cuente ¿Cierto?

Todos estos ámbitos de la vida de esta persona con diversidad funcional son bienes a proteger desde diferentes sectores de la política social: su salud, del sistema sanitario, su formación, del sistema educativo, sus posibilidades para trabajar, del sistema de empleo y los apoyos, de los servicios sociales.

Así, podemos concluir que si la misión de las trabajadoras sociales es, entre otras, el fortalecimiento de las personas, podemos insertarnos en los distintos ámbitos de la política dirigidos directamente a las personas para contribuir a ello, pero en cambio los servicios sociales solo se ocuparán de uno de esos ámbitos, en este caso todo el universo relacionado con el apoyo social (en teoría, por desgracia en la práctica los servicios sociales son víctimas del magma teleológico que antes mencionaba).

No voy a profundizar en el asunto del objeto de los servicios sociales y del trabajo social porque ya lo he tratado en otras entradas y porque para ello hay fuentes mucho más fiables que la mía como son Fantova y Hendrickson (servicios sociales ) o Zamanillo, Martín Estalayo y Moix Martínez (trabajo social) entre muchas y muchos otros.

5. Los servicios sociales tienen sus necesidades predefinidas. Desde el trabajo social construimos y de-construimos necesidades:

El objeto del Sistema de Servicios Sociales en el Modelo Concertado se define en torno a cuatro necesidades básicas, lo que conforma su «ámbito específico». Gustavo García señala como necesidades sociales específicas las siguientes:
a) necesidad de acceder a los recursos sociales,
b) necesidad de convivencia personal,
c) necesidad de integración social,
d) necesidad de solidaridad social.

A tal o cual necesidad (hasta cuatro) le corresponderá tal o cual respuesta o respuestas. Gustavo García también señala las siguientes prestaciones básicas dentro del Modelo Concertado:
a) información y orientación,
b) alojamiento y ayuda a domicilio,
c) inserción social,
d) cooperación Social.

Se establece así una relación ajustada entre necesidades y recursos. En torno a este «binomio» se crean estructuras o equipamientos comunitarios.  El objeto del Sistema de Trabajo Social, y cito textualmente a Teresa Zamanillo, viene dado por «todos los fenómenos relacionados con el malestar psicosocial de los individuos relacionados según su génesis estructural y su vivencia personal» (Ariño Altuna) En la relación profesional, juntas, persona profesional y persona /s atendidas construimos un relato que incluye unas necesidades y deconstruye otras.

El trabajo social y los servicios sociales provienen de una bonita historia de simbiosis, pero me pregunto si esta simbiosis no ha tornado en relación tóxica, en la que la dependencia mutua no deja crecer a ninguna de las partes. Si permitimos que uno siga agarrado al cuello del otro ¿No crees que acabarán ahogándose mutuamente? ¿No debería ser tiempo de que cada uno escriba su propia historia?


(*) El trabajo social es una profesión basada en la práctica y una disciplina académica que promueve el cambio y el desarrollo social, la cohesión social, y el fortalecimiento y la liberación de las personas. Los principios de la justicia social, los derechos humanos, la responsabilidad colectiva y el respeto a la diversidad son fundamentales para el trabajo social. Respaldada por las teorías del trabajo social, las ciencias sociales, las humanidades y los conocimientos indígenas, el trabajo social involucra a las personas y las estructuras para hacer frente a desafíos de la vida y aumentar el bienestar (Definición Federación Internacional del Trabajo Social) 


(**) Los servicios sociales son aquella rama o pilar que se interesa específicamente por la autonomía de las personas para su desenvolvimiento cotidiano y por los apoyos naturales o informales que las personas tienen a su disposición en las redes familiares, convivenciales o comunitarias. Los servicios sociales brindan apoyos para proteger y promover tanto la autonomía funcional y el desarrollo personal como la socialización, integración o inclusión relacional o comunitaria y, a través de ellas, la calidad de vida de las personas (Fernando Fantova)

Artículos víctimas del corta pega:

  • Ariño Altuna, Miren: El trabajo social y los servicios sociales, aquí.
  • De Lucas y Murillo, Fernando: Trabajo Social y Servicios Sociales, confusiones y desconocimientos, aquí.
  • Moix Martínez, Manuel: El Trabajo Social y los Servicios Sociales, su concepto, aquí.
Otro artículo interesante que encontré después:
  • Pelegrí Viaña, Xavier: Trabajo social y servicios sociales: una complementariedad diferenciada. Notas para el cambio de época, aquí.

Una entrada dedicada a separar trae un cantante aficionado a
mezclar, Toni Zenet. Es un cantante de Málaga (Andalucía) al que le
interesa mucho la fusión con músicas latinas y de otras culturas
en general. De su nuevo disco Si sucede, conviene,, traigo hoy Fuiste Tú 
y se la dedico a quienes me leeis desde el otro lado del Océano Atlántico
Si os apetece escuchar el álbum entero, podéis hacerlo aquí.

sábado, 8 de octubre de 2016

Encuentre las 7 diferencias


Esta es una entrada no prevista sobre la riqueza y la belleza. Salta a la vista. Es producto de una búsqueda de imágenes para la entrada que tenía a medias: 7 diferencias entre el trabajo social y los servicios sociales.

Estaba intentando encontrar imágenes que ilustrasen el concepto siete diferencias y google me plantó en los morros esta imagen de Cristiano Ronaldo, por lo que me vino a la mente la entrada del blog de Pedro Celiméndiz titulada Olimpiadas y Pobres, cuya lectura recomiendo.

Cristiano Ronaldo es uno de los ejemplos que suelen utilizar quienes cacarean las consignas neoliberales o, en palabras de Pedro (más amables que las mías), quienes opinan que nacer en un entorno complicado, con unas circunstancias difíciles de pobreza o violencia, es algo que se puede superar con el esfuerzo personal ¡Por supuesto que no! Pedro lo expresa muy bien:
Vivir en la pobreza o con violencia tiene gravísimas condiciones que el énfasis de éstas noticias me parece que banalizan. Nacer y crecer en un entorno pobre y deprivado es algo que no se puede superar fácilmente, y mucho menos fiándolo al esfuerzo personal.
Una vez que aparecen las excepciones que confirman la regla anteriormente escrita, como es el caso de Cristiano Ronaldo, lo siguiente es pensar que el famoso en cuestión es guapo por arte de birlibirloque. Analicemos las siete diferencias que he observado entre las dos fotografías:
  1. Los dientes: Es quizá la diferencia más notoria. Es evidente que Cristiano ha tenido que hacerse un carísimo tratamiento dental para lucir esas perlas del caribe que tiene por piños.
  2. Los ojos: Hay un presunto estrabismo en la primera foto que ha desaparecido en la segunda. Lo digo porque yo misma padecí estrabismo y tuve que ser operada tres veces de niña, por cierto, en una famosa clínica de Barcelona, gracias a un enchufe de mi tía Angelita (a la que nunca estaré lo suficientemente agradecida). No habría podido de otro modo.
  3. La piel: Que en la segunda foto luce tersa y suave como el culito de un bebé (bueno, casi). Eso son muchos euros en cremas, amigos y amigas míos.
  4. La depilación: Reto a cualquiera a que encuentre en la segunda foto o en algún momento un antiestético vello en el cuerpo de este Adonis de Lusitania.
  5. El pelo: Un corte de pelo impecable, el de la segunda foto, que invita a creer que el peluquero de Cristiano es parte del personal doméstico.
  6. El afeitado: Idem.
  7. La ropa: Que es una licencia que me permito, más que nada para que me salgan 7 diferencias, y porque aunque no aparece en la foto, es de suponer que no será exactamente la misma ¿Cierto?
¿Cuántas chavalas-chavales de entornos marginales conocemos que podrían, con un tuneo general, ser unas Afroditas-Adonis? Y lo más importante: ¿Cuántas chavalas-chavales de entornos marginales conocemos que podrían, con apoyos externos, en cantidad y con la calidad adecuada ser grandes profesionales del deporte, de la ciencia...?

Démosle la vuelta al discurso, por favor: No se trata de los pocos que llegan arriba sin apoyos, se trata de los muchos que llegarían arriba con apoyos. Habría que detenerse en qué entendemos por arriba y si el objetivo es llegar hasta allí, pero al margen de ese importante matiz, que daría para otra entrada, lo que me interesa subrayar ahora es que si las chavalas o chavales de entornos marginados comienzan a llegar habría menos sitio para otros

¡Ay!

La semana que viene, sí, 7 diferencias entre el trabajo social y los servicios sociales.

Sona Jobarteh es mi último descubrimiento musical. Se trata de una 
cantante nieta de uno de los más famosos griots de Gambia, Amadou Bansang. 
Los griots suelen ser hombres. Os dejo, en primer lugar, esta maravilla: Saya. 

Sona es además la primera intérprete femenina de kora
un instrumento también tradicionalmente reservado a los hombres,
aquí podemos ver su virtuosismo interpretando Jarabi.

domingo, 2 de octubre de 2016

La carta que nunca leerás

El otro día viniste a cita después de mucho tiempo.

Me alegró. Hace por lo menos seis meses que no te había visto, ni por la calle, y en tu caso suele ser mala señal, espero que no te moleste que te lo diga. Son muchos años los que llevamos tratándonos, no sé si eso es bueno o malo, aunque lo peor es que sospecho que ni siquiera nos conocemos realmente.

La primera vez que te atendí, tenía 32 alegres años. Sabía de ti porque el equipo de menores había escrito informes donde explicaba los problemas que habéis tenido en casa.  Yo había leído esos informes antes de atenderte, ahora no lo haría, pero entonces lo hacía porque era como se suponía que había que proceder.

La lectura de esos informes fue desagradable. En ellos se detallaba el sufrimiento padecido por toda la familia, pero especialmente por los niños, tus niños ¡Qué guapos eran y qué guapos continúan siendo de adultos! Te acompañaban a los servicios sociales y cada vez nos robaban el corazón a los profesionales, con esos ojazos verdes y ese pelo rubillo. Además se portaban bien: no desordenaban la sala de espera ni gritaban. A todos nos entraban unas ganas tremendas de llevárnoslos a casa.

Esa necesidad de llevárnoslos a casa, de protegerlos era un arma de doble filo porque no entendíamos por qué no había ningún adulto que los protegiese, hablando en plata, no entendíamos por qué no los protegías tú, por qué no hacías nada. No entendíamos ¡Qué demonios! Yo no entendía tu actitud y eso me cabreaba mucho. Ese es el motivo por el que hoy te escribo una carta que nunca leerás.

Supongo que te parecerá absurdo que te escriba una carta a sabiendas de que no la leerás. El daño está hecho. No fui la profesional que tú necesitabas, parapetada tras la seguridad, es decir, el atrevimiento de la ignorante. Solo escribo este ejercicio de expiación con la esperanza de que otras como tú no sufran mi incompetencia de ayer. No supe entenderte. No supe superar mi rabia hacia ti por tu supuesta pasividad. No supe desplegar una cosa que se llama la mirada experta, es decir, dejar atrás mi prejuicio y tratar de entenderte, de ver, al menos, las cosas de otra manera, tan simple y tan complejo a la vez. Y yo tan novata. Creyéndome tan lista y siendo tan tonta no supe ayudar.

El otro día viniste a cita después de mucho tiempo.

Viniste a preguntar por un asunto trivial. Me contaste, así, sin ruido, sin dramas, con la media sonrisa con la que sueles tú decir las cosas, que te habían detectado un bultillo. Que no querías darle importancia, pero que estabas preocupada. Que no sabías cómo ibas a apañártelas si finalmente te tenían que operar. Y para colmo en casa te dicen que eres una exagerada, me dijiste en un susurro.

En ese momento el despacho se me hizo muy pequeño al recordar lo estúpida que fui por culparte de todo y no tratar de entenderte. Y sobre todo,  recordé que a quien habría que culpar es al cabronazo que hizo de vuestra vida un infierno. A ese que, con 32 años, no se me ocurrió citar al despacho y al que, si de mí dependiera, le habría salido el bultillo. Pero la vida no es justa, claro. Y menos para ti.

¡Qué ojazos tienen tus hijos! Fíjate, el otro día me percaté de que son exactamente iguales a los tuyos.


lunes, 19 de septiembre de 2016

Ponerse en su piel


A estas alturas todo el mundo se ha formado una opinión sobre el caso de María José Abeng Ayang o lo que los medios de comunicación han denominado el niño caramelo: un clásico, si se me permite la expresión, de aparición de los servicios sociales en los medios. Yo no tengo ninguna opinión ni voy a perder el tiempo en formármela. No es asunto mío ni soy partidaria de los juicios salomónicos. Es competencia del juez y ha dictado sentencia. Punto.

En cambio, sí parece imprescindible por parte de los medios de comunicación montar un circo mediático en el que el veredicto popular pendula a medida que van apareciendo personajes en la trama: en primer lugar, los padres de acogida, con los que todo el mundo se solidarizó al ver la desgarradora expresión de dolor de la madre de acogida ¿Cómo no ponerse en la piel de esta madre?


Posteriormente, como es lógico ante semejante revuelo mediático, la madre biológica envió una carta en la que contó su verdad, una verdad, muy probablemente, tan verdad como la verdad de la madre de acogida. Una madre, María José, que no pudo ejercer como tal porque, literalmente, le arrebataron al bebé de sus brazos ¿Cómo no ponerse en la piel de esta madre?


Me interesa poco, como he dicho antes, saber quien tiene razón porque estoy segura de que ambas partes tienen razón y no la tienen. Por desgracia, en estos casos hay una gama de grises tan relevante que imposibilita del todo un juicio rápido, a pesar de la creencia popular. Claro que decir esto es tan impopular que casi me arrepiento de escribirlo.

A vuelapluma: Si la madre de acogida ha iniciado los trámites de adopción y se le han creado expectativas tiene razón; si confundió el acogimiento con la adopción, no la tiene. Si la madre biológica tenía 14 años cuando se quedó embarazada, no podía, cruel y sencillamente, ejercer como madre. Si después ha demostrado que está capacitada para criar a su hijo tiene todo el derecho a reclamarlo. Lo demás está en manos del juez, y no de los servicios sociales, quede claro.

Lo que me interesa de este caso son algunas cuestiones tangenciales. En primer lugar, es un escándalo que esta chica se quedara embarazada en un centro de protección de menores ¡de un adulto! Es una paradoja aterradora, que debería, en segundo lugar, haber generado debate sobre las condiciones en las que se encuentran los centros de protección de menores, centros que, en Andalucía y en casi toda España, están externalizados con lo que ello supone, al margen de que estoy segura de que hay profesionales magníficos en estos centros que son las primeras víctimas de estas externalizaciones.

Pero es, sobre todo, lamentable y vergonzoso el tratamiento de la imagen del pequeño. Todo el mundo se rasga las vestiduras por el pitufo, pero la realidad es que todo el mundo conoce su nombre, su cara, y su historia. Es más, este niño podrá buscarse en google cuando sea mayor y revivir el circo que unos adultos han montado en su nombre. No sabe reclamar el derecho a la intimidad. Él, claro, no sabe salir en TV para que nos pongamos en su piel.

Yo me pongo en su piel. No etiquetaré esta entrada ni colgaré enlaces. Me limitaré a pedir desde este modesto lugar que los medios dejen de hablar de ese niño, de publicar sobre él. Pido a sus madres que se peleen en los juzgados y no en los platós. Que alguien se ponga en su piel y lo dejen en paz de una puñetera vez.