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Aprendiz de feminista

Nunca me he considerado feminista. Es más, a lo largo de mi vida he huído conscientemente de clasificarme como tal: en mi condición de lesbiana no tenía que compartir mi vida con un varón y, por tanto, tampoco tenía que negociar normas, roles o cualquier otro aspecto de una supuesta vida en común. Mi salida del armario me ahorró los típicos devaneos adolescentes y aprendí a relacionarme con los hombres sin que la sombra alargada del sexo se proyectase sobre mí. Era una privilegiada. El feminismo no era mi guerra.

En el ámbito estudiantil y posteriormente laboral tampoco sentí que tuviese que reivindicar espacios que me hubiesen sido arrebatados; mis estudios y mi profesión son de los llamados feminizados, por lo que las relaciones se dan básicamente entre mujeres, no solo entre las profesionales sino con las personas usuarias, entre las cuales el porcentaje podría rondar perfectamente el ochenta por ciento de mujeres. Mujeres usuarias, luego me detendré en este punto. Ahora solo trato de expresar lo absolutamente ciega que estaba por aquellos entonces, hasta el punto de no darme cuenta de que mis jefes eran, y son, en su mayoría hombres, por poner un ejemplo.

Mi formación académica no me aportó ninguna perspectiva de género. He de decirlo así de claro. Ni me extraña ni me enfada porque creo que mis profesoras estaban inmersas en la misma confusión que yo. A fin de cuentas ellas eran mujeres liberadas. Tengo la sensación, además, de que muchas mujeres heteros no miran de frente al feminismo para no enfrentarse a sus propias contradicciones en el ámbito familiar, y me parece que es lo que les pasaba a mis profesoras y a muchas otras mujeres entre los 45 y los 60 años.

Fue mi afiliación política la que me abrió las puertas al feminismo. No fue una cuestión de correlación de fuerzas, sino el impacto que me produjo escuchar los discursos de mis compañeras del área de la mujer, no en actos ¡qué va! en las cervezas de después. Yo las escuchaba con cara de gilipollas porque en verdad había aspectos de la realidad que habían comenzado a chirriarme, pero no supe encajarlos en un marco analítico hasta escuchar sus argumentos.

Y es que, seamos sinceras, la cosa chirría ¿Por dónde empezar? Sería demasiado largo y tedioso poner sobre la mesa todas las manifestaciones de machirulismo galopante que vemos, escuchamos o soportamos a lo largo del día: ¿El vestido de Cristina Pedroche? ¿Las investigaciones que arrojan el dato de que los jóvenes ven normal controlar a sus parejas vía móvil, etc? ¿Las mujeres que han sido agredidas sexualmente en la última nochevieja por su culpa, según la Guardia Civil? Me quedo con la perla de anuncio de una clínica de Almeria en Los 40 que ofrece re-cons-tru-cción del hi-men. Sí. Me quedé tan estupefacta cuando escuché la cuña radiofónica por primera vez y me ha cabreado tanto escucharla después que ni siquera sé explicar cuánta indignación siento sin soltar una cascada de improperios.

Me doy cuenta hoy de cuán equivocada estaba ayer y de las consecuencias de mi error, no ya en el terreno personal sino (lo que es más grave) en el ámbito laboral. Obviar la perspectiva feminista supone asumir el discurso heteropatriarcal como trabajadora social: ¿Cuantas veces he citado a la mamá por el absentismo de la hija? ¿Cuántas veces he realizado un PIA (programa individual de atención) incluyendo como cuidadoras a las hijas y no a los hijos? ¿Cuántas veces he realizado intervenciones familiares sin la necesaria perspectiva de género, que reordenara dinámicas injustas para las mujeres de la familia? Me temo que en demasiadas ocasiones. Yo pensaba que el feminismo era un sesgo, y lo que es un sesgo es la propia estructura social. Las gafas feministas ayudan a visionar la realidad como debería ser. Es una de mis funciones como trabajadora social ayudar a cambiarla y uno de mis propósitos de año nuevo seguir intentándolo, mejor.

Feliz 2016.


Comentarios

  1. Qué alegría leer estas cosas. Yo estoy empezando la carrera, por ahora la perspectiva de género no ha existido salvo algún comentario de algún profesor que tiene cierta idea del tema. Pero no dejan de ser eso, comentarios... Vamos a ver cómo sigue la cosa.

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    1. Jo, yo creía que eso estaba superado ¡Madre mía! Muchas gracias por comentar. Un abrazo desde la esquina de la península.

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  2. Bravo. BRAVO.
    Cuando estudié TS nunca se habló de la perspectiva de género, al menos no se le dio la importancia y la relevancia que merecía. Lo mencionaron de pasada. Ha sido ahora cuando, estudiando Educación Social, he aprendido qué es la perspectiva de género, qué es el feminismo y, sobre todo, me he levantado, me he subido a una silla y he dicho: SOY FEMINISTA.

    Posts como los tuyos, de profesionales del ámbito social, es lo que hace falta.

    Gracias por compartirlo.

    ¡Un saludo!

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    1. Gracias por comentar, me alegra que este modesto blog sirva para debatir ¡Feliz 2016!

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  3. ¡Enhorabuena compañera! Bienvenida al lado morado de la Fuerza.

    Ah, y el feminismo no es sólo cosa de mujeres, para que lo tengamos claro todas y todos.

    Pero para que nos hagamos una idea de como está la cosa, aún hay profesoras universitarias de Trabajo Social que les sorprende que sus colegas digan que nuestra profesión está feminizada.

    Un abrazo y a seguir igual de bien en 2016 con el blog :-)

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    1. Sí, sí, mi cuñado, que se define como feminista, dice que hay mucho machirulo suelto y me alegra escuchárselo. Gracias por comentar y sobre todo por tus buenos deseos ¡Feliz año, compañero!

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    2. Un valiente compromiso, como becario de "feminismo" prometo mejorar cada día, y sentarme con las piernas juntas"

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  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  5. En mi caso sí que he dado dos asignaturas en la carrera (optativas): TS y Género, y TS y Violencia de Género.
    Como he llegado a tu post a través de la plataforma te animo a que te pases por la Comisión de Igualdad de Género donde solemos debatir sobre estas cosas :)

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