domingo, 21 de febrero de 2016

Hipólita


Conozco a Hipólita desde hace nueve años. Hipólita vive en una pedanía muy alejada del pueblo, en un cortijo entre montañas, huertos y la música de fondo del agua que discurre por las acequias y el canto de los pajarillos que aterrizan en el poyo de la puerta ávidos de miguillas de pan, miguillas que Hipólita deja accidentalmente cuando come pan con tocino. Hipólita se sienta en el poyo con sus bártulos, preparada para que el sol caliente su cara llena de arrugas coronada por un moño perfectamente recogido y sus piernas, bien estiradas para que los rayos las alcancen también. Así me la suelo encontrar muchas veces cuando llego a su casa.

Hipólita no puede ver los huertos que dejo atrás cuando tomo la esquina del cortijo porque Hipólita es ciega. Se quedó ciega con tres años, pero eso no le impidió asumir las labores de la casa y del campo. Es sorprendente ver con qué destreza camina como una grácil equilibrista por el borde de la acequia, cómo recoge las naranjas del árbol y señala el liño donde tiene plantadas las acelgas. Conoce su cortijo al milímetro y es normal porque su cortijo es el único lugar donde ha vivido.

Hipólita se casó pero no tuvo hijos. Conocí al matrimonio porque una vecina pidió cita para tramitarles la ley de dependencia y poder cobrar por atenderles, pero la gestión no salió como esta vecina esperaba porque el recurso que prescribí para Juan, marido de Hipólita, fue el servicio de ayuda a domicilio. Desde entonces la vecina me guarda un especial cariño.

El servicio de ayuda a domicilio ha funcionado a la perfección. La calidad de vida del matrimonio mejoró ostensiblemente. Hipólita y Juan siempre se negaron a valorar siquiera la posibilidad de ingreso residencial. Quizá por eso y gracias al vínculo con la auxiliar, muy intenso, aceptaron muchas mejoras en la vivienda, así que con estas mejoras y la atención de la auxiliar se consiguió una óptima permanencia en el medio. Todo marchaba estupendamente hasta que hace un mes Juan, un buen hombre y un marido entregado a Hipólita, falleció.

El mazazo emocional que Hipólita ha sufrido ha resultado de tal magnitud que ha aflorado un deterioro cognitivo hasta ahora inexistente. Los vecinos han dado la voz de alarma: Hipólita a veces dice cosas sin sentido y pregunta dónde está Juan. La auxiliar de SAD (que se ha mantenido por vía prestación básica) nos confirmó lo dicho por los vecinos, por lo que la semana pasada decidí hacer visita domiciliaria a Hipólita acompañada de mi compañero psicólogo, con el objetivo de contrastar lo expresado por el vecindario.

Durante el trayecto de quince kilómetros que separan mi centro del cortijo de Hipólita yo rezaba para que la información vecinal fuese incierta. Me agarraba como un clavo ardiendo a la posibilidad de que todo fuese una exageración, pero no. A medida que mi compañero iba pasando distintos test de demencia a Hipólita, las sospechas se confirmaron. Me invadió una mezcla de rabia y tristeza que me tuvo trastornada todo ese día, y es que no paraba de acordarme de los lagrimones del matrimonio, y especialmente de Hipólita cada vez que se les nombraba la palabra residencia.

Hipólita padece a todas luces una demencia, incipiente, pero demencia. No tiene a nadie que la pueda cuidar. Se supone que en una residencia estará mejor atendida. Hipólita, que lo más lejos que ha viajado en su vida es a Almería, Hipólita, que le aterra salir de casa, que no conoce más entorno que su cortijo. Hipólita, que necesita su huerto, sus perrillos, su poyo y su parral como el aire que respira ¿Cómo hacer? ¿Cuando es el momento de notificar al juzgado? ¿Y si sale y se desorienta y se pierde? ¿Y si notificamos al juzgado y a la semana se muere de pena en la residencia? ¿Cuando se está lo suficientemente demente? ¿Cuando es el momento exacto para iniciar trámites que finalizarán con la anulación de su capacidad de decidir? Supongo que lo deberá determinar el forense, pero escribir el informe al juzgado me aterra. Y ver a Hipólita entrando a una residencia me aterra todavía más. Qué mal ¡Qué rabia, joder!  

PD. Este caso ha sido distorsionado hasta hacerlo irreconocible. Los datos expuestos no coinciden en ningún caso con la realidad.

Sendero de paso lento
Muerdo


sábado, 13 de febrero de 2016

Contra la visita domiciliaria

Me encanta la idea de que la intervención profesional deba regirse por el principio de intencionalidad, el primer principio que expone Sela B. Sierra en sus diez principios del trabajo social. El principio de intencionalidad dice así: Toda acción debe estar intencionalmente dirigida a transformar la realidad social, desde una perspectiva humana y liberadora. Yo suelo estirar el principio de intencionalidad (debe ser por mi pseudo-conocimiento sobre teoría sistémica) tratando de aplicarla a cada una de las acciones que desarrollo en mi trabajo diario, desde el modo de llamar a la gente para que entre al despacho hasta la hora de realizar una visita domiciliaria.

El principio de intencionalidad del que hablo me empuja, en esta entrada, a atentar contra la visita domiciliaria. Al menos, tal y como se entiende conmúmente, es decir, como LA TÉCNICA, la herramienta que proporciona un marchamo de diferenciación y proximidad al trabajo social, la bandera del trabajo social genuino, auténtico, junto con la bandera de la calle (eso para otra entrada).

En primer lugar, discrepo de la concepción de la visita domiciliaria como una técnica per se. En las visitas a domicilio desplegamos técnicas: la entrevista y, sobre todo, la observación. Nos adentramos en un lugar especial porque, a diferencia de nuestro despacho, los olores, colores y sensaciones nos son extraños. Son los colores, olores, temperaturas y sensaciones del otro. Jugamos, por usar un símil deportivo, fuera de casa, con toda la carga simbólica que ello supone. O debería.

El hogar es el espacio más íntimo del ser humano y por lo tanto la observación del mismo nos proporciona información, es obvio. Pero no sólo a nosotros, los trabajadores sociales. También a enfermeros, educadores, integradores sociales, médicos y un largo etcétera de profesionales que también realizan visitas a domicilio. Hago esta apreciación para constatar algo evidente, que la visita a domicilio no es exclusiva del trabajo social. Ni excluyente.

Esto me lleva a la segunda consideración errónea, en mi opinión: los trabajadores sociales REALIZAN visitas a domicilio. Por narices. He llegado a escuchar a mis alumnas de preparación de oposiciones decir que siempre hay que realizar una visita a domicilio porque somos trabajadores sociales y los trabajadores sociales realizan visitas a domicilio. Antes de ofrecerles una explicación más técnica, suelo responderles que desde ese punto de vista las trabajadoras sociales de prisiones no son trabajadoras sociales porque no realizan visitas a domicilio. Ni siquiera van al chabolo de las personas internas, que podría entenderse como el domicilio actual. Se supone que entonces no hacen trabajo social.

Por otra parte, la perspectiva del hacer por hacer, o más concretamente, de ir a los domicilios porque sí, me recuerda a la serie Manos a la Obra, en la que no sé si Manolo o Benito decía en cada episodio ¡si hay que ir, se va, pero ir por ir...! en una mezcla de pragmatismo y vagancia cañí costumbrista que arrancaba carcajadas a media España.


Y es que tenían razón los jodíos. Si hay que ir, se va, pero ir por ir, no. Al menos yo no incluyo la visita domiciliaria en el paquete básico. El domicilio es, como decía más arriba, un espacio demasiado íntimo como para tomármelo tan a la ligera. Muchas veces comentamos mis compañeros y yo cómo nos sentiríamos si un trabajador social acudiese a nuestro domicilio de la forma en la que muchas veces lo hacemos: a horas intempestivas (familias con cuchara en mano), sin avisar, casi sin pedir permiso para entrar, recorriendo la casa a toda velocidad, no quiero ni siquiera pensar en la posibilidad de abrir un frigorífico. Mi compañera conserje, que es mú rajá suele decir ¡yo te mandaría a la mierda! Y haría bien.

El no avisar ¡Horreur! Directamente. O sea, no. Me parece un atentado contra el respeto a los demás. Y si no debemos avisar porque se trata de casos muy concretos en los que hay que hacerlo así, en mi opinión deberíamos avisar-de-que-no-avisamos, es decir, sentar a la persona en el despacho y explicarle que vamos a ir a su domicilio sin avisar por tal o cual razón. Lo demás yo lo descarto directamente, a menos que se trate de un caso de alto riesgo y haya enviado citaciones varias sin ningún éxito. O lo contrario, que se trate de una familia con la que tenemos muchísima confianza. Si y solo si.

¿Quiero decir con todo esto que no tengamos que hacer visitas a domicilio? Claro que no. Lo que trato de señalar, para finalizar, son tres ideas: la primera es que la visita a domicilio está sobrevalorada, la segunda es que la visita a domicilio tiene que seguir el principio de intencionalidad, es decir, que debe estar suficientemente fundamentada desde el plano metodológico, o dicho de otra manera, debe perseguir una intención muy concreta, y la tercera y última es que no es, en ningún caso, seña de identidad profesional. Si lo fuese ¡menudo armazón epistemológico el nuestro!

Ana Tijoux
1977

lunes, 8 de febrero de 2016

Trabajo social cuñao


Hoy quiero escribir sobre lo que entiendo como una peligrosa deriva en el trabajo social hacia lo que he decidido denominar cuñadismo en trabajo social o trabajo social cuñao. Esta deriva no es solo fruto de una apreciación personal, que también, sino consecuencia de lo mucho que me hizo reflexionar la ponencia de Luis Barriga: El sexto sentido en Trabajo Social que cerró el XI Congreso de Trabajo Social, celebrado en Zaragoza en 2009.

La ponencia, cuya lectura no me canso de recomendar, pretendía presentar la situación en la que se encuentra el Trabajo Social hoy poniendo de manifiesto las traiciones a los principios básicos de la intervención social que se están cometiendo. Plantea también la necesidad de supervisión, de establecer verdadera reflexión sobre la acción y de profundizar en nuevos contenidos epistemológicos y métodos que sirvan para que el Trabajo Social recupere las esencias de una profesión que está en un serio peligro de quedar desleída en la acción cotidiana.

Dos de las traiciones a las que se refería Luis Barriga eran la desideologización de la disciplina y la sustitución del posicionamiento crítico por el posicionamiento criticón. Estas dos traiciones a los principios de la intervención profesional son las que, a mi juicio, han dado lugar a la aparición del trabajador social cuñao. Posiblemente habría un término más exacto y riguroso para definir esto, pero ¡Es tan difícil no sucumbir a los encantos de la neolengua! Pasa lo mismo que con la neopolítica, es difícil no sucumbir a sus encantos, como con todo lo neo

Conscientemente uso el término masculino porque no sería justo venir ahora a hablar con perspectiva de género cuando lo que me propongo es arrojar un cubo de vergüenza ajena a algunos profesionales. A lo que iba. El trabajador social cuñao es una sub-especie profesional, cuyo hábitat es, predominantemente servicios públicos de distintas áreas del bienestar social, cuyo nombre proviene de ciertas costumbres tales como:

  • Evaluar negativamente hábitos de clientes como fumar tabaco marca Marlboro o similares, especialmente si reciben ayudas económicas provenientes de la institución donde éste trabaja.
  • Culpar a algunas familias de su situación por mantener una administración económica supuestamente desorganizada.
  • Ponerse como ejemplo a imitar, sobre todo en cuestiones económicas.
  • Dar instrucciones a las familias o personas usuarias, normalmente comenzando la orden con la frase lo que tienes que hacer es...
  • Juzgar la validez de iniciativas de política social teniendo en cuenta los efectos colaterales que éstas puedan producir y no el impacto general sobre la población. Un ejemplo de esto es el programa de dispensación de metadona a personas con problemas de drogas o las rentas minimas de inserción.
  • Considerar a la clase política tonta por implementar medidas sin tener en cuenta a los que estamos en las trincheras. Esto es la resultante de no diferenciar intervención social de política social. Un clásico.
  • Creer que ninguna institución, partido político o colectivo está a su altura.
  • Abogar por la tecnocracia.

Podría continuar el listado, pero creo que con estos ejemplos podemos hacernos una idea del asunto ¡Ojo! No nos confundamos: el trabajador social cuñao no es necesariamente alguien de edad avanzada ¡Qué va! Yo he visto trabajadores sociales cuñaos muy jóvenes ¡hasta con rastas! Y es que la rasta no hace al listo (antes de la llamada posmodernidad tampoco hacía al tonto), mucho menos al profesional entregado, pero esas son también cosas de la posmodernidad, como decía, a debatir en otra entrada en el apartado y tal del blog, que me apuntó una lectora con cierta ironía.

¿Y por qué ha aparecido esta sub-especie en nuestro panorama profesional? Luis Barriga lo explica muy bien en su ponencia, pero yo me lanzo a dar mi propia versión. En primer lugar, por una cuestión que está fuera de la órbita de la profesión y es que el relato neoliberal ha ganado la batalla. Por mucho que tratemos de pensar en términos científicos y por mucha evidencia que podamos leer en contra, la exclusiva asunción de responsabilidades al individuo, es decir, endilgarles el muerto, es una batalla ganada por el neoliberalismo y se ha filtrado por los poros de la disciplina, no hay más que detenerse en dos ejemplos: el primero, la obcecación en mantener rentas condicionadas a la inserción en momentos en que el contexto social lo hace casi imposible, o en configurar los servicios sociales como algo meramente prestacional (véase el proyecto de ley de servicios sociales de Andalucía). El segundo: el boom del emprendimiento en trabajo social. Que quede claro: no estoy en contra de las políticas de inserción ni del emprendimiento, pero sí de la filosofía sobre la que se cimentan.

Por otra parte, y esto no es exclusivo del trabajo social, los operadores en intervención social cada vez estamos más alejados de la perspectiva macro social. Directamente, es que no nos interesa. Equiparamos la comprensión de los procesos sociales a la política. No nos damos cuenta de que gobernanza, gestión e intervención social son los hilos que trenzan la cuerda. Inseparables. La intervención social no es más que la operativización de lo anterior ¿Cómo trabajar con perspectiva científica en lo micro, si no entendemos los procesos macro?¿Cómo es posible intervenir con una familia en proceso de exclusión que compra una tele de 48 pulgadas sin tener en cuenta, por ejemplo, la presión del contexto en el que viven, la sociedad de consumo postindustrial?

Yo también me convierto, en demasiadas ocasiones, en una trabajadora social cuñá. Por eso trato de situarme y resituarme desde una perspectiva científica, esto es, desde la complejidad del ser humano. No siempre lo consigo, por eso debo permanecer alerta. Y leer. Leer mucho. Ahora estoy con Zygmunt Bauman. Los libros son mi tabla de salvación, porque me niego a participar en el juego de los ricos listos y los pobres tontos, los que han estudiado y los que no, los que hacen las cosas bien y los que no, porque las cartas están marcadas, la partida está trucada ¿o no?

PD.: Quienes queráis leer relatos alternativos (e izquierdosos) de la realidad, no dudéis en seguir el blog de Jorge Matías, El Yayo  No os defraudará. También podéis seguirlo en twitter: @El_Yayo


Bajo la luna
Marinah y Chicuelo