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La carta que nunca leerás

El otro día viniste a cita después de mucho tiempo.

Me alegró. Hace por lo menos seis meses que no te había visto, ni por la calle, y en tu caso suele ser mala señal, espero que no te moleste que te lo diga. Son muchos años los que llevamos tratándonos, no sé si eso es bueno o malo, aunque lo peor es que sospecho que ni siquiera nos conocemos realmente.

La primera vez que te atendí, tenía 32 alegres años. Sabía de ti porque el equipo de menores había escrito informes donde explicaba los problemas que habéis tenido en casa.  Yo había leído esos informes antes de atenderte, ahora no lo haría, pero entonces lo hacía porque era como se suponía que había que proceder.

La lectura de esos informes fue desagradable. En ellos se detallaba el sufrimiento padecido por toda la familia, pero especialmente por los niños, tus niños ¡Qué guapos eran y qué guapos continúan siendo de adultos! Te acompañaban a los servicios sociales y cada vez nos robaban el corazón a los profesionales, con esos ojazos verdes y ese pelo rubillo. Además se portaban bien: no desordenaban la sala de espera ni gritaban. A todos nos entraban unas ganas tremendas de llevárnoslos a casa.

Esa necesidad de llevárnoslos a casa, de protegerlos era un arma de doble filo porque no entendíamos por qué no había ningún adulto que los protegiese, hablando en plata, no entendíamos por qué no los protegías tú, por qué no hacías nada. No entendíamos ¡Qué demonios! Yo no entendía tu actitud y eso me cabreaba mucho. Ese es el motivo por el que hoy te escribo una carta que nunca leerás.

Supongo que te parecerá absurdo que te escriba una carta a sabiendas de que no la leerás. El daño está hecho. No fui la profesional que tú necesitabas, parapetada tras la seguridad, es decir, el atrevimiento de la ignorante. Solo escribo este ejercicio de expiación con la esperanza de que otras como tú no sufran mi incompetencia de ayer. No supe entenderte. No supe superar mi rabia hacia ti por tu supuesta pasividad. No supe desplegar una cosa que se llama la mirada experta, es decir, dejar atrás mi prejuicio y tratar de entenderte, de ver, al menos, las cosas de otra manera, tan simple y tan complejo a la vez. Y yo tan novata. Creyéndome tan lista y siendo tan tonta no supe ayudar.

El otro día viniste a cita después de mucho tiempo.

Viniste a preguntar por un asunto trivial. Me contaste, así, sin ruido, sin dramas, con la media sonrisa con la que sueles tú decir las cosas, que te habían detectado un bultillo. Que no querías darle importancia, pero que estabas preocupada. Que no sabías cómo ibas a apañártelas si finalmente te tenían que operar. Y para colmo en casa te dicen que eres una exagerada, me dijiste en un susurro.

En ese momento el despacho se me hizo muy pequeño al recordar lo estúpida que fui por culparte de todo y no tratar de entenderte. Y sobre todo,  recordé que a quien habría que culpar es al cabronazo que hizo de vuestra vida un infierno. A ese que, con 32 años, no se me ocurrió citar al despacho y al que, si de mí dependiera, le habría salido el bultillo. Pero la vida no es justa, claro. Y menos para ti.

¡Qué ojazos tienen tus hijos! Fíjate, el otro día me percaté de que son exactamente iguales a los tuyos.


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