viernes, 25 de noviembre de 2016

La otra cara de la violencia machista

Hablar en un día como hoy de los agresores no parece políticamente correcto: Una problemática tan sangrante como la violencia machista hace que afloren nuestras emociones más primarias, por ello agradezco profundamente a Elena Salinas, trabajadora social de prisiones, su acto de valentía al aceptar el encargo, que más que un encargo es una encerrona. Su blog Preventiva Reincidente es referente en el trabajo social penitenciario. Espero que escribir esta entrada la anime a retomarlo.


Tengo que confesar que cuando Belén me planteó que escribiera sobre violencia machista tuve serias dudas. La dificultad para expresar con precisión los matices en un tema tan controvertido sumada a la brevedad de las entradas de blog me hicieron titubear. Sin embargo opino que para eliminar esta problemática es necesario llevar a cabo medidas con todos los implicados y es por eso que me dispongo a tratar el tema de los agresores machistas en prisión.

A partir del 2004, año de promulgación de la Ley de Protección contra la Violencia de Género, se extendieron los programas de tratamiento para penados por violencia contra la mujer. La propia Ley encomienda a Instituciones Penitenciarias la realización de programas específicos para el abordaje de este tipo de conductas, pero ¿En qué consisten estos programas? ¿Qué objetivos persiguen? y lo más importante ¿Son realmente efectivos?

Que los agresores no conforman un grupo homogéneo es ampliamente reconocido y fruto de ello es que existen numerosos estudios dedicados al establecimiento de tipologías, no obstante, casi todos los expertos en la materia concluyen en identificar dos o tres conglomerados. Yo no me voy a extender en esta cuestión, pero si alguien está interesado en el tema recomiendo  empezar por estos dos artículos: ¿Se puede establecer una clasificación tipológica de los hombres violentos? y Tipología de los agresores contra la pareja en prisión.

Una de las utilidades más evidentes de estas tipologías es adaptar las terapias al perfil del agresor. Aquí nos encontramos con el primer escollo porque las personas condenadas por violencia de género (tal y como está tipificado este delito) participan en un único programa, con una única metodología, desdeñando el hecho de que existen, como decía, diferentes tipos de agresores.

Otra dificultad para el efectivo funcionamiento de estos programas está relacionada con la voluntariedad en la participación. Antes de nada debemos conocer que una persona penada por violencia de género puede entrar a prisión o no. Va a depender de lo siguiente:

a) Que el juez la condene a menos de dos años de prisión y estime conveniente la sustitución de esta pena por una medida alternativa al internamiento: Un programa para agresores.

b) Que el juez valore que el delito es muy grave y le imponga una condena superior a dos años con lo que entraría en prisión.

En el primer caso, el agresor puede optar por la privación de libertad dos años o aceptar la oferta del juez y acudir a sesiones terapéuticas durante nueve meses. Como resulta obvio, todo el mundo va a escoger la segunda opción para vivir en libertad.

El segundo caso implica el internamiento sin más. Una vez en prisión la persona puede aceptar tratamiento o no, ya que la legislación contempla su voluntariedad. Esta elección, sin embargo, deja de ser tan libre cuando el acceso a los beneficios penitenciarios (permisos, tercer grado, libertad condicional…) están supeditados a la realización del programa.

Como es fácil de deducir, la voluntariedad (desde el punto de vista terapéutico) es esencial para el éxito del tratamiento e implica conciencia de problema, responsabilización de los hechos y deseo de cambio, tres cuestiones que no quedan demostradas con la inclusión obligada de manera tácita o explícita en la participación del programa.

A pesar de todo esto, de vez en cuando se publican estadísticas que prueban la efectividad del tratamiento acompañadas de la presentación ante los medios del cargo político de turno anunciando la buena marcha de las medidas de reinserción, pero de nuevo tengo que discrepar porque esas estadísticas se realizan al poco tiempo de la finalización de los programas, no existiendo apenas estudios longitudinales que demuestren una verdadera eficacia de los mismos. De hecho, el único estudio que conozco que sí ha ofrecido datos a lo largo de los años (Klein y Tobin, 2008) arroja una realidad que nos obliga a reflexionar: el 32% de los agresores reinciden en el primer año y el 60% a los diez.

Se abren  interrogantes ¿Los que recayeron a los diez años habrán permanecido sin maltratar todo ese tiempo?  ¿Se habrá reinsertado el otro 40%? ¿Permanecerán sin recaer otros diez años más? O, por el contrario ¿Habrán encontrado otra mujer que esté sufriendo nuevos episodios de violencia y no se haya atrevido a denunciar? ¿La reinserción se deberá al tratamiento o al temor del coste de un nuevo internamiento?

Son preguntas para las que no tengo respuesta, solo dos convicciones basadas en mi trayectoria experiencial: la primera, que estos programas no logran una modificación sustancial de los mecanismos cognitivos, convicciones y prejuicios que llevan a un hombre a agredir, vejar o matar a una mujer y la segunda, que es necesario seguir investigando las causas de la violencia machista para diseñar programas que demuestren su eficacia (tras una evaluación científica, claro está)

Para finalizar, os dejo con un retazo de una entrevista que me pareció muy ilustrativa y me ayudó a entender los procesos mentales de estas personas:

Una mañana entró en el despacho un hombre de unos treinta y tantos años. No lo conocía, venía de conducción (de otra prisión) a diligencias (juicio). Tras la presentación oportuna me planteó lo siguiente:

- Desde el accidente mi familia apenas quiere relacionarse conmigo, mi novia ya no está y la familia de ella me odia.
- Pero tu novia no está… ¿Porque lo habéis dejado o por qué?
- No, porque se ha muerto. De un accidente.
- ¿Y cómo fue el accidente?
- Uno de esos de género. Un accidente de género.


La otra con El Kanka
Contigo

viernes, 18 de noviembre de 2016

De churras y merinas: Pobreza energética y exclusión social


Esta no es una entrada sobre la problemática de la pobreza energética. Hay gente bastante más ducha en la materia que yo abordando el tema con mucho acierto. No es una entrada sobre la tragedia de la anciana de Reus (Tarragona), calcinada hace unos días en su vivienda por el fuego que ocasionaron las velas con las que se iluminaba.

No voy a profundizar en una tragedia vergonzosa. No voy a buscar culpables, tengo muy claro quiénes son: los sucesivos gobiernos que han entregado a las garras del capital, sí, a las garras del capital un servicio esencial que debería continuar nacionalizado y permiten (¡cómo no lo van a permitir!) que empresas inhumanas con beneficios indecentes, inmorales e indignos corten el suministro a una anciana de ochenta y tantos o a un chico de treinta y pocos, me da lo mismo.

No voy a hacer el juego a los poderes fácticos repartiendo responsabilidades entre las profesionales de servicios sociales, y es que la emoción que me invade en estos momentos es un gran alivio por no estar en la piel de estas profesionales. Y añado: Si su trabajo ha sido negligente, que se les abra un expediente y asuman sus responsabilidades, pero que no cuenten conmigo para juicios paralelos.

Tampoco creo en el concepto pobreza energética per se; simplemente no responde a la realidad. La gente no es pobre energética, es pobre, o si se prefiere, está en situación de pobreza, aunque pensándolo bien me quedo con la afirmación de que la gente es pobre porque, como escribe Martín Caparrós en su libro El Hambre: La pobreza es la imposibilidad de pensarte distinto. 

La gente es pobre. Yo solo abarco dos categorías y reniego de Amartya Sen: pobre de solemnidad, es decir, cero euros o pobre disyuntiva, es decir, o como o pago la luz, o como o visto a los críos, o como o pago la hipoteca, y así sucesivamente; días y días de disyuntivas que en algunas ocasiones acaban con la decisión de tirar por la calle de enmedio y comprar una tele de plasma, total... pero entonces ya dejas de ser pobre, para convertirte en un / una irresponsable, cuánto más si esperas la visita de algún alma caritativa que venga a ayudarte ¡Qué falta les hace a muchas almas caritativas leer a Daniel Kahneman!

La gente que no puede pagar la luz es porque es pobre, punto. Esta es la perspectiva desde la que parto para exponer con rabia contenida que las medidas para combatir la pobreza energética no tienen sentido y lo peor, que estigmatizan a quienes se benefician de las mismas. Que sí, que igual hay un 0,000001% de personas que no pagan la luz porque no quieren. Que yo no haya conocido a ninguna no significa que no existan. Que vale. Me referiré, por tanto, al 99,999999% restante y obviaré las soluciones de verdad para evitar la pobreza energética, habitacional, alimenticia y todos los aborrecible subtipos postmodernos de pobreza:

A) Nacionalización de los servicios esenciales (energía, transportes y telecomunicaciones)
B) Implantación de un un sistema de ingresos mínimos (ya discutiríamos cuál)

Pobreza y exclusión social son dos conceptos parecidos, pero no iguales. La pobreza es desde mi punto de vista, monetaria, en cambio el concepto exclusión social es multifactorial, o dicho de otro modo, en este proceso intervienen, como es sabido, otras variables. La exclusión social no debería ser el criterio que determine la aprobación de ayudas económicas para pagar la luz (o el agua) sino la pobreza ¿O qué pasa, que si eres pobre pero no estas excluido socialmente no tienes derecho a que se te ayude?
Elaborado por José Félix Tezanos, un referente de la exclusión
social en España desde la sociología.
Por lo tanto, si el criterio de aprobación de ayudas fuese exclusivamente económico (como sostengo) ¿Qué sentido tendría emitir un informe por los servicios sociales? En mi opinión ninguno. Para acreditar la carencia de ingresos no es necesaria una valoración (y por valoración entiendo diagnóstico) por parte de los servicios sociales, basta con acreditar la carencia de ingresos documentalmente como sucede con tantas otras cosas como las becas, bonos sociales, teleasistencia, etc. Asuntos estos en los que afortunadamente no intervenimos desde el trabajo social en particular y los servicios sociales en general.

Resumiendo: Aunque carecer de ingresos es comprar muchas papeletas para la rifa de la exclusión social, la pobreza, en este caso, la pobreza energética nada tiene que ver con la exclusión social, sino que es algo mucho más simple y sádico: vivimos en una sociedad perversa que no garantiza la mera supervivencia, por lo que genera cohortes de pobres.

En estos momentos realizar informes acreditando exclusiones forma parte del juego torticero del sistema, que reparte carnés de excluidos, es decir, de gente que se encuentra fuera del sistema, en forma de informes con nuestra complicidad ¿Debemos seguir haciendo los informes? Claro que sí. Es función nuestra, por desgracia y, lo más importante, hagámoslo todo, todo y todo antes de permitir que las criaturas mueran calcinadas por unas jodidas velas (el paso corto) pero con conciencia de lo que hacemos (la mirada larga), tal y como lo explicaba Galeano cuando hablaba de la utopía...

Nuestro horizonte: Derechos y dejar de gestionar miseria, que ya está bien. Hacer informes para pagar la luz es beneficencia, seamos francos, y por supuesto no es hacer trabajo social ni debería ser cometido de los servicios sociales, acompañar a las personas en procesos de fortalecimiento de sus relaciones con el entorno y la emancipación, sí.

PD. Si a la anciana de Reus le hubiese tocado la lotería tampoco habría podido pagar la luz ya que igual el décimo se lo había regalado previamente al hijo. Ya me entiendes.

Qué mejor canción para esta entrada que Fragile, de Sting, tema con el que 
abrió su concierto de apertura de la sala Bataclan de París, tras el atentado terrorista.
Fragilidad, una hermosa y aterradora palabra para describir la condición humana en la actualidad.

sábado, 12 de noviembre de 2016

¡Alto, policía social!


Hoy presento una subespecie de profesional de la intervención social: el policía social. El policía social guarda similitudes con la subespecie persona trabajadora social cuñá, ya analizada en este blog aunque las diferencias entre ambas subespecies conducen a establecer una categorización propia. Ya llevaba tiempo dándole vueltas al concepto, pero esta imagen ha sido definitiva:


Este pantallazo es parte de unas instrucciones que he recibido acerca de cómo cumplimentar la nueva plataforma online del servicio de ayuda a domicilio (de la ley de dependencia). Se nos solicita que, en el momento en que suspendamos el servicio porque la persona se va de vacaciones (y no va a recibir servicio en el lugar de destino), cumplimentemos estos datos, entre ellos, el municipio de traslado y las señas del nuevo domicilio.

La pregunta es obligada: ¿Para qué demonios quiere saber la Junta de Andalucía dónde pasa una persona en situación de dependencia sus vacaciones? Según nuestros jefes, la Junta dice que es por trazabilidad ¿Son las personas en situación de dependencia pepinos, acaso?¿Boquerones?¿Jamones? No acierto a entenderlo.

Ironías aparte, es preocupante la alegría con la que algunas nos inmiscuimos en la intimidad de las personas y es aún más preocupante que lo habitual sea no cuestionar instrucciones como estas. Instrucciones que son en mi opinión, además de cuestionables, absurdas, y constituyen la primera de las señales de alerta para detectar a la policía social: Preguntar por preguntar, me refiero a pedir información que no necesitamos para trabajar. Pareciera que una vez se entra al circuito de los servicios sociales se está en nuestras manos y la administración (vía profesionales) tiene todo el derecho a meter las narices donde no le llaman.

La segunda de las señales de alerta es inferir sin preguntar, es decir, llegar a conclusiones sin siquiera preguntar a la persona, ya que algunos profesionales nos creemos más inteligentes y además está el hecho de que la gente suele mentiraunque como buenas policías sociales, los solemos pillar.

La tercera, un clásico: visitar por visitar (y si es sin avisar, mejor). Aquí no me detengo pues lo expliqué con detalle en una entrada que puedes leer aquí. Confesémoslo ¡Cuanto nos gustaría a algunas contar con órdenes de registro!

La cuarta, atender por atender: ¿Que la persona sólo quería llevarse la solicitud? ¡Nada de nada! Si quiere un papel que pase por cita previa, que para eso estamos ¿Que la persona solo quiere renovar el título de familia numerosa y lo puede atender la persona auxiliar o conserje? ¡Nada de nada! ¡Las personas atendidas son mías, son mi tesorooo! Luego vendremos a quejarnos de que la atención está saturada.

La quinta, partir de premisas ancladas en construcciones sociales. Por ejemplo: Los hijos deben cuidar de sus padres ¿Deben cuidar los hijos de sus padres? En principio sí, pero, por ejemplo ¿Deben cuidar los hijos a un padre maltratador que les ha arruinado la infancia? Pues no lo sé. Cuando interacciono con familias en las que hay una persona anciana con demencia me gusta preguntar cómo era la persona anteriormente a la enfermedad, porque me ofrece muchas claves de cómo es la relación ahora y puedo entender mejor a una hija que no abrace a un padre supuestamente adorable, con sus canas y sus arrugas.

El actual sistema de servicios sociales y muy especialmente los recortes en dependencia nos posicionan en un incómodo papel, consistente en explicar, explicar y explicar para priorizar la urgencia entre las urgencias y que pase filtro, tras filtro, tras filtro. Gestionamos miseria, esa es la verdad, pero hagámoslo con profesionalidad y, sobre todo, cuestionemos los métodos, los nuestros y los de los demás. Es la única manera de no acabar con la porra y el silbato.

Shout
Tears for Fears versionado por Sweetbox

lunes, 7 de noviembre de 2016

Diversidad funcional, con discapacidad, con distintas capacidades y Roberto

Hoy traigo un nuevo invitado al espacio Tribuna. Se trata de Jaime García Claro. Él es trabajador social, antropólogo y doctorando en comunicación y ¿discapacidad? Jaime también es un activista con mayúsculas (uno de esos que no salen en las fotos), un trabajador por la justicia social y es, sobre todo, un buen amigo y una estupenda persona. Vive en Dos Hermanas y realiza su trabajo como investigador en Sevilla.

Llevaba mucho tiempo insistiéndole para que escribiese en este blog y por fin lo he conseguido. Debo advertir que se trata de una entrada fruto de la incertidumbre en la que se halla en estos momentos con respecto al concepto diversidad funcional. Las incertidumbres son casi más interesantes en la mayoría de los casos ¿No crees?


No recuerdo cuánto hace ya que Belén me pidió que escribiese una entrada sobre discapacidad (o diversidad funcional, o capacidades diferentes, o…), y su anterior post me viene muy al pelo por aquello de las categorías que utilizamos en los ámbitos de lo “bio-psico-social” (recuerden su dilema de si llamar o no “usuarios” a las “personas atendidas” en Servicios Sociales).

Me voy a atrever a escribir precisamente ahora, cuando menos tiempo tengo y cuando estoy inmerso en una especie de crisis epistemológica, ya no sólo sobre nomenclaturas, sino directamente sobre modelos teóricos y paradigmas… Y lo peor… en medio de una tesis doctoral donde tengo que utilizar algo que creía afianzado en mí.

Soy un trabajador social al que nunca han permitido ejercer (“crisis” le llaman, juas), y obviamente he tenido que buscarme las papas (que no los huevos, como los de Carmen) en otros sectores; concretamente en la antropología y en la “educación pública malpagá” por ser del programa de Garantía Juvenil. Parece que a los menores de 30, -aunque a mí me quedan dos meses para entrar en la nueva década-, nos pasa como al sector laboral femenino… que sin ninguna explicación “legal”, nos pagan menos y tenemos peores condiciones.

Pero total, yo aquí he venido a hablar de “mi cojera”, consciente de lo controvertido que es el tema.

No, no soy cojo, ni tengo ninguna discapacidad, aunque sí capacidades diferentes y muy diversas. Hará unos 10 años que comencé a investigar el fenómeno de la discapacidad y ya lo he hecho desde el trabajo social, la antropología, la psicología, y ahora desde la comunicación visual (dibujos animados, concretamente). Fui de los que pronto aceptó la nomenclatura de “persona CON discapacidad”, dejando atrás el inválido, minusválido y discapacitado.

Sobre ello hice algunas “gamberradas” que no vienen al caso, -aunque fueron efectivas en su momento-, y también adopté el paradigma de la “diversidad funcional” (a partir de ahora DF). Este término se empezó a utilizar allá por el año 2005, en una comunidad virtual, por el Foro de Vida Independiente, y como explican Romañach & Lobato, dos de sus referentes en nuestro país, la DF viene a decir algo así como que todas las personas ejercemos las mismas funciones/funcionalidades en esta sociedad, pero de maneras diversas debido a las limitaciones de cada uno/a. Este paradigma sigue hablando de la “liberación de los hombres y mujeres con diversidad funcional, de la consecución de los mismos derechos, de la autonomía personal…”. ¿Y cómo no estar de acuerdo con ello? Es lo que pediría (pide) cualquier colectivo oprimido.

Como os decía, adopté el término con facilidad y hasta ahora he ido utilizando DF para mis estudios/artículos/proyectos (*), y “personas con discapacidad” en el habla coloquial. Nunca me había parado a pensar en ello seriamente ni me lo había cuestionado, aunque empíricamente, hablando con personas (con y sin discapacidades) pude comprobar que no se sentían muy a gusto ni identificadas con ese término. En primer lugar es un poco complicado de pronunciar y recordar, un poco largo, y además desdibuja una (o varias) características de la persona, que están ahí.

Es más, cuando he empezado diciendo que no soy “cojo”, es porque muchas personas con discapacidad se llaman a sí mismas “cojos”, independientemente de la discapacidad. Así puede haber cojos de un ojo, cojos de un oído, cojos de la espina dorsal… Donde mejor pude ver esto fue en las entrevistas a mujeres con discapacidad en la tesis de mi exprofe y amiga Toñi Corona. No es la nomenclatura la que la discrimina, son los “valores” de esta sociedad patriarcal y con tendencia a una normalización anormal.

Eso fue lo primero que me hizo dudar un poco, aunque seguí utilizándolo, y algunos colectivos (como los profesionales de la discapacidad intelectual) me miraban raro al utilizar el término de 5 palabras “personas con diversidad funcional intelectual”. La puntillita me la dio mi amigo Gabri después de muchas conversaciones y de leer un artículo suyo. Junto a un artículo de Melania Moscoso, el de Gabri es el único texto que he encontrado que cuestiona si en realidad utilizar el nuevo término de diversidad funcional tiene un efecto liberador en las personas. Porque si nos ponemos a analizar, según la definición del Foro de Vida Independiente… todo el mundo tendríamos una DF si funcionamos de maneras diversas…

Por ejemplo: Yo no digiero bien las pieles de las legumbres, y seguro que muchas personas en silla de ruedas sí; soy incapaz (total, eh) de correr 200 metros sin ahogarme, y conozco a Mila López, que corre kilómetros en su “handbike” sin que le funcionen sus piernas, pero no creo que oculte su discapacidad. Parece un ejemplo tonto pero de esa forma todos tendríamos DF, y entonces… ¿no existe un colectivo/una población que necesite apoyos concretos y medidas de acción positiva? ¿Todos tendríamos beneficiarios de esas medidas? ¿O las anulamos porque serían una forma de discriminación?

No es lo mismo llevar a cabo las mismas funciones de forma diferente, 
que necesitar un apoyo para ejercerlas.

En publicaciones del Foro de Vida independiente he leído que algunos se llaman a sí mismos “diversos funcionales”… ¿Eso no es sujetivar lo adjetivable? A mí me suena igual de feo que “discapacitado”. ¿Qué diferencia hay, pues, entre persona con discapacidad y persona con diversidad funcional? Ambas hacen referencia a la diferencia con la mayoría social, por lo tanto, ambas excluirían a la persona. Pero todo depende de cómo construyamos, deconstruyamos y reconstruyamos el término para limarle las connotaciones negativas. Una persona negra no es “de color”, es negra, por muy peyorativo que haya sido el término en un pasado, pero se ha reconstruido para empoderar (ahora que está tan de moda) al colectivo oprimido y dotarles de sentimientos de pertenencia. ¿Creamos un nuevo término en vez de reconstruir el significado del actual?

Creo que obviar la discapacidad de una persona es engañarnos a nosotros mismos. Soy de los que piensa que la discapacidad es, en parte, una construcción sociocultural, sin obviar a su vez que una persona con una mano o un pie menos, sin movilidad en una parte de su cuerpo o alguna discapacidad intelectual, va a necesitar apoyos, ya sea eliminando las barreras, ya sea con un accesorio ortopédico (bastón, silla, férula…), y si no hay acceso a ellos, es la sociedad la que está discapacitando. No, no es la discapacidad lo que define a la persona, pero esconderla agrava los problemas de inclusión e integración (o “normalización”, por feo que suene).

En resumidas cuentas, que me he hecho las muletas un lío. Cuando surgen estos temas siempre me acuerdo de aquella viñeta de dos personas discutiendo sobre cómo se les debe llamar (que si DF, que si discapacidad), y detrás una persona en silla de ruedas diciendo “perdón, yo me llamo Roberto”. Como dice una frase con la que estoy totalmente de acuerdo con el Foro de Vida Independiente: NADA SOBRE NOSOTROS SIN NOSOTROS.

En fin, seguiré exprimiéndome un poco los sesos a ver si el “solo sé que no sé nada” que me inunda en estos momentos se convierte en un “por lo menos tengo salud (algo de claridad)”.

Me refiero al artículo Calidad de vida en personas con DF intelectual del programa “Grupos de autogestores. Una aproximación desde la Escala INICO-FEAPS, y al póster Yo me llamo Ralph. La diversidad funcional intelectual en Los Simpson

martes, 1 de noviembre de 2016

Ahora


Resulta que hoy estoy con ganas de hablar sobre mí misma, pero esto es un blog sobre trabajo social y servicios sociales, así que tendré que arreglármelas para compaginar mi ejercicio de exhibición emocional con algo que te aproveche. Se me ocurre que si, además de mirarme el ombligo, te explico cosas que me pasan con los usuarios igual sacas alguna conclusión, aunque la conclusión sea que no debería hablar de los usuarios.

Los usuarios... Fíjate que el otro día iba yo conduciendo mi Ford abollado de vuelta del trabajo y pensaba que decir usuarios era una cosa muy fea y que debería ocurrírsenos otro nombre que ni fuese clientes ni pacientes ni nada de eso. Y de repente caí en la cuenta de que era tan fácil como llamarles personas atendidas ¡Qué buena idea! Pensé ¿Dará esto para una entrada del blog?

Tras la euforia inicial me dí cuenta de que no era para tanto, así que le dedico únicamente este parrafillo y paso a explicar por qué creía yo que era feo llamarles usuarios a las personas atendidas (copyright Belén Navarro, 2016. Todos los derechos registrados). El asunto es que venía de casa de una mujer que ha a pasado de ser usuaria a ser amiga. Se llama Carmen y es una mujer a la que quiero.

Carmen no es su nombre real. Sé que hay quien desaprueba que hable de las personas atendidas en el blog, pero no me importa, sobre todo ahora que veo toda clase de órganos humanos en estados de descomposición en las cajetillas de tabaco que seguramente serán de alguna Carmen. Al igual que en esas desagradables fotos, sus identidades están distorsionadas hasta hacerlas irreconocibles.

Carmen tiene 66 años y vive sola. Llevo muchos años atendiéndola, pero los motivos que la trajeron a servicios sociales desaparecieron, por lo que ya no tiene historia abierta. En todos estos años hemos forjado una amistad gracias a los huevos. Sí. Huevos. Carmen tiene gallinas, sistemáticamente me llama por teléfono para que vaya a por huevos, y yo los acepto.

En este punto no sé si llevo dos o tres atentados contra lo deontológicamente correcto: 1. Hablar de las personas atendidas. 2. Hacerme amiga de una usuaria incluyendo darle mi teléfono móvil. 3. Aceptar regalos siendo una empleada pública. Espero que no me esté leyendo la presidenta del colegio... Me arriesgaré; el caso es que en el breve intervalo que transcurre entre que aporreo la puerta, Carmen me abre tras su tradicional y atronador ¡¡¡¡VAAAAAAAAAA!!!!, yo entro, me da los huevos y me voy, hablamos de nuestras cosas. Unos 10 minutos a lo sumo.

Desde que comencé a aceptar los huevos de Carmen han pasado ocho años. En ese tiempo Carmen ha escuchado mis problemas en el trabajo (la crisis, la desesperación de la gente...), mi entrada en política, los achaques de mis padres, la evolución de mis sobrinos, la llegada de los perritos...y yo he escuchado sus miedos, sus alegrías, sus frustraciones y su sentir, que es, por desgracia, parte del secreto profesional que debo guardar.

Y resulta que, a través de Carmen, me he dado cuenta de que algunos de estos usuarios ahora son amigos. Como Ana, que todas las navidades nos trae un bizcocho al centro, feliz por dejarse convencer por el equipo de que su hijo acudiese al centro ocupacional. Como Juan, enfadado porque el fútbol ya no es en abierto y no puede ver a su Madrid al no tener pasta para pagar un canal de pago. Ahora, a punto de cumplir 45 años, tras acabar de dejar la concejalía por puro agotamiento y tomar decisiones importantes en mi vida, me doy cuenta de que estoy en camino de alcanzar cierto equilibrio.

Ahora me encuentro bien en el trabajo. Ahora solo espero que el gordo de navidad caiga en alguno de los dos décimos que Carmen y yo nos intercambiamos religiosamente. Nuestra relación es pura liturgia, sobre todo la frase que Carmen pronuncia to-dos-los-a-ños ¡Todos!: ¡Si me tocara la lotería ibas tú a saber quién es Carmen! Qué tontería, ahora yo sé muy bien quien es Carmen:

Una persona única.

Rozalén
Ahora