martes, 1 de noviembre de 2016

Ahora


Resulta que hoy estoy con ganas de hablar sobre mí misma, pero esto es un blog sobre trabajo social y servicios sociales, así que tendré que arreglármelas para compaginar mi ejercicio de exhibición emocional con algo que te aproveche. Se me ocurre que si, además de mirarme el ombligo, te explico cosas que me pasan con los usuarios igual sacas alguna conclusión, aunque la conclusión sea que no debería hablar de los usuarios.

Los usuarios... Fíjate que el otro día iba yo conduciendo mi Ford abollado de vuelta del trabajo y pensaba que decir usuarios era una cosa muy fea y que debería ocurrírsenos otro nombre que ni fuese clientes ni pacientes ni nada de eso. Y de repente caí en la cuenta de que era tan fácil como llamarles personas atendidas ¡Qué buena idea! Pensé ¿Dará esto para una entrada del blog?

Tras la euforia inicial me dí cuenta de que no era para tanto, así que le dedico únicamente este parrafillo y paso a explicar por qué creía yo que era feo llamarles usuarios a las personas atendidas (copyright Belén Navarro, 2016. Todos los derechos registrados). El asunto es que venía de casa de una mujer que ha a pasado de ser usuaria a ser amiga. Se llama Carmen y es una mujer a la que quiero.

Carmen no es su nombre real. Sé que hay quien desaprueba que hable de las personas atendidas en el blog, pero no me importa, sobre todo ahora que veo toda clase de órganos humanos en estados de descomposición en las cajetillas de tabaco que seguramente serán de alguna Carmen. Al igual que en esas desagradables fotos, sus identidades están distorsionadas hasta hacerlas irreconocibles.

Carmen tiene 66 años y vive sola. Llevo muchos años atendiéndola, pero los motivos que la trajeron a servicios sociales desaparecieron, por lo que ya no tiene historia abierta. En todos estos años hemos forjado una amistad gracias a los huevos. Sí. Huevos. Carmen tiene gallinas, sistemáticamente me llama por teléfono para que vaya a por huevos, y yo los acepto.

En este punto no sé si llevo dos o tres atentados contra lo deontológicamente correcto: 1. Hablar de las personas atendidas. 2. Hacerme amiga de una usuaria incluyendo darle mi teléfono móvil. 3. Aceptar regalos siendo una empleada pública. Espero que no me esté leyendo la presidenta del colegio... Me arriesgaré; el caso es que en el breve intervalo que transcurre entre que aporreo la puerta, Carmen me abre tras su tradicional y atronador ¡¡¡¡VAAAAAAAAAA!!!!, yo entro, me da los huevos y me voy, hablamos de nuestras cosas. Unos 10 minutos a lo sumo.

Desde que comencé a aceptar los huevos de Carmen han pasado ocho años. En ese tiempo Carmen ha escuchado mis problemas en el trabajo (la crisis, la desesperación de la gente...), mi entrada en política, los achaques de mis padres, la evolución de mis sobrinos, la llegada de los perritos...y yo he escuchado sus miedos, sus alegrías, sus frustraciones y su sentir, que es, por desgracia, parte del secreto profesional que debo guardar.

Y resulta que, a través de Carmen, me he dado cuenta de que algunos de estos usuarios ahora son amigos. Como Ana, que todas las navidades nos trae un bizcocho al centro, feliz por dejarse convencer por el equipo de que su hijo acudiese al centro ocupacional. Como Juan, enfadado porque el fútbol ya no es en abierto y no puede ver a su Madrid al no tener pasta para pagar un canal de pago. Ahora, a punto de cumplir 45 años, tras acabar de dejar la concejalía por puro agotamiento y tomar decisiones importantes en mi vida, me doy cuenta de que estoy en camino de alcanzar cierto equilibrio.

Ahora me encuentro bien en el trabajo. Ahora solo espero que el gordo de navidad caiga en alguno de los dos décimos que Carmen y yo nos intercambiamos religiosamente. Nuestra relación es pura liturgia, sobre todo la frase que Carmen pronuncia to-dos-los-a-ños ¡Todos!: ¡Si me tocara la lotería ibas tú a saber quién es Carmen! Qué tontería, ahora yo sé muy bien quien es Carmen:

Una persona única.

Rozalén
Ahora

4 comentarios:

  1. Usuarios, debate eterno... Estoy contigo en que no es demasiado agradable, a la vez que entiendo, que lo desagradable reside en nuestra misma construcción social que le hemos asignado a la misma palabra. Quien no vea nada negativo en esta, como mínimo debería aceptar el cambio de usuarios a usuarias, y dejamos atrás la sociedad patriarcal, al referirnos a personas. Una alternativa que me he adjudicado es la de llamarles participantes (copyright Javier Solench, 2016. Todos los derechos registrados. jajaja). Para mi es la que me hace sentir más cómodo. En realidad, tanto ellas como nosotras somos participantes.
    Aprovecho mi entrada para felicitar-te por tu blog, el cual hace unos días que he descubierto y la verdad que está muy bien.
    Un saludo.
    Xevi

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    1. Hola, en primer lugar, muy acertada la reflexión sobre la construcción social que le hemos asignado a la palabra usuarios, así como el asunto género y patriarcado. Muchas gracias por tus amables palabras, espero no defraudar (madre, qué presión, jajajjaja)

      Un abrazo desde la esquina de la península.

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  2. Hay tantas palabras que deberíamos desterrar de nuestro vocabulario (y del diccionario RAE si fuera posible): usuarios/as, pacientes, válidos, asistidos...
    Y desde luego, que no creo que sea cuestión de dificultad sino de ahorro de saliva y tiempo.
    El lenguaje es una herramienta de empoderamiento. ¡No debemos olvidarlo!

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