lunes, 23 de octubre de 2017

Congreso de Mérida (Primera parte)


¿Cómo resumir el pasado congreso de Mérida? He experimentado tantas emociones positivas que vuelvo con el corazón contento el corazón contento y lleno de alegría, pero supongo que poco importan a mis exigentes lectoras los vinos que me he tomado (muchos) o la (también mucha) gente estupenda a la que he conocido. En lo personal, ha sido una experiencia maravillosa que he descrito en la página de facebook

Lo profesional es lo relevante. Dos entradas voy a publicar para exponer mis impresiones. Aquí va la primera, dedicada al formato del congreso. La segunda versará sobre los contenidos: En un alarde de inconsciencia sin precedentes volcaré los contenidos, es decir, mis tuits, en un prezi. No tengo ni idea de prezi, sin embargo una lectora me lo ha propuesto tras ver esta foto, y la verdad es que no se me ocurre otro modo de resumir este galimatías, así que me tiraré a la piscina. Por ahora, vayamos al grano.

¿Cómo resumo yo esto, madre?
Imagen captada con Samsung J7. Octubre 2017

Las tres ponencias marco me han gustado, en general. Teresa Matus presentó una ponencia sobre innovación en trabajo social desde una perspectiva posmoderna. Planteó ideas bien interesantes, pero en mi opinión y la de mucha gente le faltó hilo argumental. Dado que la tenemos por escrito la leeré y la comentaré.

Lo que no entendí es el escasísimo tiempo que tuvimos las asistentes para formular preguntas, algo incomprensible teniendo en cuenta que era la única actividad del jueves hasta la inauguración. Y aquí lanzo la primera crítica: hubo muy poco tiempo para el debate, por no decir ninguno. En mi opinión esto no es admisible en un congreso de trabajo social. Teresa Matus contestó a tres preguntas. Bien es verdad que las participantes se extendieron demasiado formulándolas, no obstante es la responsabilidad de quiénes moderan regular los tiempos de intervención de ponentes y asistentes (a riesgo de resultar desagradables) y esto ha brillado por su ausencia. Mal.

Las ponencias de Christian Felber y Sami Naïr fueron muy oportunas en el contexto socioeconómico actual: Felber, economista, expuso las líneas de su Economía del Bien Común y  Sami Naïr puso negro sobre blanco la posición de la Unión Europea en materia de inmigración, en un ejercicio de denuncia siempre necesario. Personalmente no soy partidaria de que las ponencias marco deban ser realizadas exclusivamente por trabajadoras sociales, aunque sí me hubiese gustado contar con mayoría femenina, máxime teniendo en cuenta que hay mujeres sobradamente cualificadas para hablar de inmigración...

Tampoco acabo de entender la manía de incluir un número tan elevado de comunicaciones libres. Las compañeras atesoran proyectos muy interesantes en sus territorios, cuyas exposiciones escritas pueden ser incorporadas al libro de actas, agrupadas por temas, sin necesidad de ser explicadas en el congreso. Todas estas mesas simultáneas resultaron agotadoras y ocuparon un tiempo precioso que podría haber sido destinado al debate, tan necesario en estos momentos, o para más teoría, también necesaria, incluso para otras voces que he echado mucho de menos.

He echado de menos que se escucharan las voces de las personas sujetos de nuestra intervención, así como de los movimientos sociales como BALADRE, grupos vecinales, que haberlos haylos y discursos en definitiva críticos. Dice mi admiradísimo Malcolm Payne que el trabajo social es una actividad socialmente construida por las propias profesionales, las personas sujetas a la actividad y el contexto. El contexto...

Vaya mi crítica más virulenta al sr. Fernández Varas, presidente de la Junta de Extremadura, por sus impertinentes palabras en la inauguración sobre la unidad de España, y vaya también mi tirón de orejas a las integrantes de la mesa sobre política y trabajo social por convertir una iniciativa tan interesante en un debate partidista (unas integrantes de la mesa más que otras). Por otra parte, me pareció significativo que en la mesa no hubiese ninguna persona que haga política desde la oposición, lo que confirma el estigma de que si no se tiene sillón no se está en política, qué pena....

Por último en cuanto al formato, mi enhorabuena a la organización por la mesa sobre modelo de servicios sociales, de la que hablaré en la próxima entrada y por las exposiciones paralelas, muy trabajadas y preparadas para su recorrido por nuestro país ¡Bien!

¿He dicho que la organización y la gente de Extremadura curró de maravilla?

Raúl Rodríguez
El viajero

martes, 10 de octubre de 2017

Lo que el ruido esconde


El griterío ensordecedor que llevamos soportando desde hace semanas oculta otros tantos sonidos que claman afónicos por ser noticia y resuenan desgraciadamente lejos, muy lejos. El sufrimiento de la gente es relegado de nuevo, sustituido ahora por la agitación de trapos rojigualdas de diferente combinación o la novedad del blanco pret a porter; algunos trapos se adornan con pájaros de mal agüero, otros son agradables a la vista. Malditas sean las banderas a veces. Benditas otras.

El caso es que la música militar nunca me supo levantar, y yo, incapaz como soy de callar la boca, cargo con una equidistante mala reputación que no me acarrea más que disgustos ¡Mira que dejarme la paz interior en el otro bolso! (Esta frase es de Alicia en el país de los gilipollas, sin embargo no me he podido resistir a robársela, que también es tendencia).

El pasado 6 de octubre el gobierno hizo un hueco en su apretado plan en pos de la unidad de España para aprobar el nuevo bono social eléctrico. Ya el pasado verano se publicó el borrador y la Asociación de Directoras y Gerentes puso el grito en el cielo por el marrón que se nos viene encima a los servicios sociales. Publicaron una nota de prensa que conviene leer, más que nada para que esto nos coja confesadas. Dejo por aquí esta herramienta, igual es de utilidad.

Imagen vía eleconomista.es

Por otra parte, Susana Díaz ha conseguido aprobar los presupuestos de Andalucía para 2018. Unos presupuestos mucho expansivos, mucho sociales y mucho andaluces. Para conseguirlo ha tenido que recortar unos flequillos con Ciudadanos, su socio de gobierno. Poca cosa: la práctica eliminación del impuesto de sucesiones, reducción de impuestos a las bolsas de plástico, y alguna que otra rebajilla fiscal más ¿Quién dijo que bajar impuestos es de izquierdas? Por lo pronto, las tasas de las escuelas infantiles han subido este curso escolar, la sanidad andaluza se resquebraja, las listas de espera de dependencia continúan siendo insoportables y el próximo decreto de salario social no presagia nada bueno. Eso sí, los universitarios y universitarias andaluzas no pagarán matrícula si su rendimiento escolar es bueno ¡sin importar el nivel de renta! El PSOE de Andalucía, en síntesis. Aquí ya estamos acostumbradas.

Susana Díaz y Juan Marín vía elimparcial.es

Volviendo al impuesto de las bolsas de plástico, su reducción no tendría ninguna importancia si no fuese porque septiembre ha sido el mes más seco del siglo XXI. O porque en 2016 ha habido 24 millones de personas desplazadas por desastres naturales. O porque 2017 ha sido el peor año de incendios forestales del decenio. Todas ellas, noticias de esta semana.

No quiero acabar sin mencionar la pesadilla que han vivido mis vecinas de Murcia por oponerse a la construcción del muro del AVE y, sobre todo, aplaudir la lucha vecinal de estas gentes, la única buena noticia reciente que recuerdo. La próxima semana, malo, el día 16, EAPN-ES presenta el VII Informe sobre Pobreza en España. Ojalá me equivoque. Aunque, ahora que lo pienso, la próxima semana la NOTICIA es el XIII Congreso de Trabajo Social de Mérida, así que lo que me toca es ir pensando en hacer la maleta: camisetas, alguna chaqueta, zapato cómodo... ¿Dónde demonios habré puesto la paz interior?


Toumani Diabaté, Sidiki Diabaté y Fatoumata Diawara
Manitoumani 

martes, 3 de octubre de 2017

Lo que sé y lo que no sé sobre Cataluña


Esta es una entrada que no debería haber escrito. A estas alturas, hablar sobre el desafío soberanista catalán sólo acarrea conflictos, se diga lo que se diga. Es más, puede que ya haya ofendido a alguien con llamar a lo que está sucediendo desafío soberanista porque probablemente no lo es. O sí, yo que sé. Sé muy poco sobre nacionalismo, básicamente porque no me interesa. Jamás he experimentado sensación de apego a ningún territorio más allá de la euforia infantil al percibir el olor de mi calle cuando fue alquitranada, que no asfaltada, y el recuerdo del obrero allí, tan alto, orgulloso a lomos de la apisonadora, gritando entre risas que nos quitáramos de en medio mientras saltábamos alrededor. Ese era mi barrio y el único territorio que atesoro en mi memoria como propio.

No tengo nada claro si Cataluña tiene derecho a decidir. Tampoco sé si este conflicto es una cortina de humo orquestada por la burguesía catalana y desconozco qué pasaría si se celebrase un referéndum pactado. Dudo que esto vaya a terminar con el régimen del 78 (cosa que me encantaría) y me desagrada ver de la mano a los partidos de izquierdas con la derecha que es la antigua Convergencia por esta cuestión, aunque quiero entender que la izquierda catalana tiene sus motivos, que no alcanzo yo a comprender desde aquí abajo, a 258 kilómetros de Tánger y 833 de Barcelona.

Me viene pues a la cabeza el verso las cosas que yo sé las sabe un tonto cualquiera, de mi admiradísimo Kiko Veneno, catalán por nacimiento, andaluz por vocación y maestro de la música por derecho propio ¿Por qué escribir entonces esta entrada? Porque hay algunas cosas de Cataluña que sí sé y hoy, en el silencio de mi despacho, ajena al ruido de sables, me impongo recordarme a mí misma porque he sido también presa del prejuicio que tanto conviene avivar, aquí y allí, tras la excusa del rojo y amarillo en diferente combinación.

Montserrat Colomer me acompañó a lo largo de la carrera con su famosísimo método de trabajo social. La primera revista de trabajo social que cayó en mis manos fue RTS, a la que estuve suscrita unos años y sirvió como fuente bibiográfica durante la preparación de mis primeras oposiciones. Había un tema del temario dedicado a la entrevista y para prepararlo utilicé, era casi obligado, el libro de Teresa Rosell, además de textos de Amparo Porcel y Dolors Colom para otros temas.

He seguido durante mucho tiempo la página de INTRESS y me formé en terapia sistémica con el equipo de la Escuela Sant Pau: Carlos Lamas, Félix Castillo y Juan Luis Linares, entre otros, fueron profesores míos en una experiencia de formación insólita en Almería. Gracias a ellos aprendí a desenvolverme mucho mejor como trabajadora social y he podido conocer a Roger Brufau, un formador fantástico y una magnífica persona.

Leo habitualmente los artículos de Llei D´Engel cuando son traducidos y sigo con interés las reflexiones de Manuel Aguilar Hendrickson, Miguel Ángel Manzano y el resto de gente que escribe en este colectivo. Tengo lectoras catalanas de este blog que comentan con interés y lo mantienen vivo.

Este blog me brindó la oportunidad de vivir una de las experiencias más bonitas de mi vida como trabajadora social. El maravilloso colectivo que es Àgora Treball Social y las estupendas compañeras del Colegio de Trabajo Social de Cataluña, junto con la Universidad, eligieron para celebrar el Día Mundial del Trabajo Social en Lérida no a catalanes, sino a un castellano leonés, un asturiano residente en Galicia y a una andaluza de Almería. Un día inolvidable que se cerró al compás de los Garrotines de Lleida, sorprendentemente parecidos al de Garrotín de Cádiz, que cantaba derramando arte Chano Lobato.

El trabajo social catalán ha dado tanto y tan bueno al resto del territorio que no se entiende el trabajo social español sin Cataluña. Esto es lo poco que sé de todo lo que se está viviendo, junto con un par de cosas más: cuando los antidisturbios entran por la puerta, la equidistancia salta por la ventana. Y sé también qué esperar del peor presidente de la democracia española, y mira que es difícil ser el peor: nada bueno.


Dedicado a todas aquellas personas que están leyendo esto desde Cataluña - Catalunya - Catalonia o lo que se prefiera.

Kiko Veneno & Cordes del mon
Lobo lópez

sábado, 30 de septiembre de 2017

Aporofobia

Adela Cortina. Imagen vía El Español
Es imposible indicar con el dedo la democracia, la libertad, la conciencia, el totalitarismo, la belleza, la hospitalidad o el capitalismo financiero, como es imposible señalar físicamente la xenofobia, el racismo, la misoginia, la homofobia, la cristianofobia o la islamofobia. Por eso, estas realidades necesitan nombres que nos permitan reconocerlas para saber de su existencia, para poder analizarlas y tomar posición ante ellas. En caso contrario, si permanecen en la bruma del anonimato pueden actuar con la fuerza de la ideología, entendida en el sentido que le dió Marx (...) como una visión deformante de la realidad que destina la clase dominante para (...) seguir manteniendo su dominación.
El párrafo que acabas de leer es el principio de Aporofobia, el último libro de la filósofa Adela Cortina. Un libro que, afortunadamente, ha sido muy promocionado por los distintos medios de comunicación, y es que colocar el foco mediático sobre la pobreza y sus soluciones es siempre una buena noticia.

Antes de leer Aporofobia lo intenté con Ética Mínima, de la misma autora. Confieso que no lo acabé. Es cierto que la ética es un tema más abstracto que el odio hacia la gente pobre, pero además observo una evolución de un libro a otro. El primero está escrito en un estilo académico, en mi opinión bastante intrincado, y este último está escrito con una intención divulgativa muy de agradecer.


El término aporofobia es un neologismo creado por Adela Cortina, cuya historia constituye el primer capítulo del libro. El interés del mismo radica en la aproximación global que la autora realiza sobre la problemática del odio hacia los pobres, incluyendo los mecanismos cerebrales que contribuyen al prejuicio. No sólo analiza las causas de este odioso fenómeno sino que cierra el libro con propuestas políticas, educativas y económicas para combatirlo. Un libro muy interesante que recomiendo
porque acabar con estas fobias (...) es una exigencia del respeto no a la dignidad humana, que es una abstracción sin rostro visible, sino a las personas concretas, que son las que tienen dignidad, y no un simple precio.

 Vhelade
Why can´t we live together?
Versión original: Sade & Carlos Santana

viernes, 22 de septiembre de 2017

Infografía: Teorías contemporáneas del Trabajo Social

El principio fundamental de este libro es el de que el trabajo social es una actividad socialmente construida (...) Forma parte de un complejo y teorético entramado de actividades profesionales y de servicio. Por ello, sólo se puede comprender en el contexto sociocultural de los elementos participantes (...) tenemos que fijarnos en las personas que en ella participan, en su organización y en sus propias teorías y sólo podremos entender estas cosas si nos damos cuenta de cómo son construidas por la sociedad de la que forman parte.

Teorías contemporáneas del trabajo social
Malcolm Payne

Tres libros son, en mi opinión, de obligada lectura para cualquier trabajadora social que se precie: Diagnóstico social, de Mary Richmond, Para comprender el trabajo social, de Teresa Zamanillo y Lourdes Gaitán, y el libro cuya cita abre esta entrada. Llevaba tiempo queriendo hacerle un hueco en este blog, y no se me ha ocurrido mejor manera de animar a su lectura con esta infografía, referida a uno de los tres elementos que, según el autor, construyen el trabajo social: el contexto (los otros dos son la propia trabajadora social y el sistema cliente). Puedes pulsar sobre la imagen y la verás más grande. Espero que te guste. 

Os envío un fuerte abrazo lleno de cariño a las compañeras mexicanas y al pueblo mexicano en general.

PD. La próxima semana, Aporofobia, de Adela Cortina.


domingo, 17 de septiembre de 2017

A vueltas con la zona de confort

El lenguaje está antes que el pensamiento
Noam Chomsky

Nikita y yo a la hora de la siesta
Este mes de propósitos y buenas intenciones he decidido que no voy a hacer nada hasta el próximo verano. Nada. Nada aparte de ir trabajar, salir a caminar todos los días para tratar de continuar perdiendo peso, hacer las tareas domésticas que me corresponden, presentarme al concurso de traslados, echar un ojo a mis padres, ya mayores, convivir lo mejor posible con mi pareja, cuidar a mi familia y amigos ayudándolos en aquello que esté en mi mano, conseguir que mi perra Nikita deje de lamerse las patas, leer, asistir al Congreso de Mérida y escribir en este blog.

En estas divagaciones andaba y justo me encuentro en facebook la última entrada del bloguero Pedro Celiméndiz, titulada Trabajo Social confortable. Me dejó alucinada leer pensamientos tan parecidos a los míos. Yo también estoy cansadísima de la letanía de la zona del confort y todas esas consignas neoliberales que nos están inoculando, bastante tengo con hacer mi trabajo lo mejor posible cuando lo que me pide el cuerpo es organizar con las familias un lanzamiento colectivo de huevos a las entidades bancarias del municipio, pero estén tranquilos directores de banco, no somos capaces ni ellos ni yo.

Hay que quitarse el sombrero ante la eficacia con la que los gurús neoliberales han retorcido el lenguaje en beneficio propio. Han convertido el confort en pasividad, el riesgo en afán de superación y lo proactivo en positivo. Siempre he creído que confort es comodidad, riesgo es peligro y positivo no es lo mismo que proactivo, porque ser positivos porque sí no hace la vida mejor por arte de birlibirloque, pero sí resta capacidad crítica. Lo dice una persona optimista que trata de ser proactiva en su vida diaria.

Iré un poco más allá. Rechazo incluso el afán de superación, tal y como se entiende en el contexto actual. Mi padre, camionero, recibió presiones familiares toda su vida para que comprase un camión más grande y cosas de ese tipo. Mientras otros camioneros prosperaban endeudándose con camiones frigoríficos para poder viajar día y noche, semanas enteras, él jamás salió de su zona de confort, sin embargo tuvo tiempo para jugar con sus hijas y nos sacó adelante junto con mi madre, máster en economía doméstica. Hoy su pensión es escasa y los ahorros también, aún así, es feliz y no cambio yo a mi conservador padre por nadie en el mundo.

En lo que a la profesión del trabajo social se refiere, hubo un párrafo de la entrada de Pedro que me gustó especialmente. Dice así:
Nuestra profesión nos sitúa permanentemente ante situaciones de sufrimiento humano para las que con frecuencia carecemos de respuesta y sobre las que asumimos responsabilidades sin los necesarios instrumentos.
Cosas del destino, esta semana he recibido un correo electrónico devastador de una compañera a la que no conozco de nada. Se siente muy mal porque se ve incapaz de ejercer y le pesa muchísimo la responsabilidad de atender y acompañar. No he querido hacer un corta pega del correo por respeto a su intimidad. No es necesario, el párrafo de Pedro resume a la perfección lo que la compañera cuenta en el correo.

Todo lo que he expuesto aquí, junto con la entrada de Pedro y el correo de la compañera me lleva a dos conclusiones, la primera, que efectivamente carecemos de instrumentos para manejar la relación de ayuda. Es necesaria la formación en terapia familiar, intervención... llamémosle como queramos. El modelo da un poco igual, la cuestión es abordar los casos con perspectiva científica y herramientas profesionales, que las hay. Creo que si la compañera estuviese formada al respecto, su incomodidad desaparecería. A mí me ocurrió lo mismo y me formé en el modelo sistémico, lo que me ayudó muchísimo. Por cierto, colocaré en el blog un repositorio de casos a petición de esta compañera.

La segunda conclusión es que no debemos avergonzarnos de optar por quedarnos en nuestra zona de confort. La vida, como decía Pedro, no es una carrera de obstáculos, no hay que llegar a ningún sitio, es el viaje lo que realmente merece la pena, tan sólo necesitamos una brújula: la ética.

Pastora
Qué pasa si soy del montón

jueves, 7 de septiembre de 2017

Una serie de catastróficas intervenciones en servicios sociales


A algunas lectoras les hizo gracia el término intervenciones cajero, que usé en la entrada de la semana pasada y me pidieron que lo explicase. Los deseos de las lectoras son órdenes, así que procedo en esta entrada a describir tres tipos de intervenciones en servicios sociales que me desagradan mucho. Las bauticé hace años, con un objetivo pedagógico-humorístico, para mis grupos de preparación de oposiciones y supuestos prácticos. Sus nombres son:
  • Intervenciones cajero.
  • Intervenciones Federer.
  • Intervenciones alguien ha matado a alguien.
Las intervenciones cajero son aquellas en las que la persona profesional (no necesariamente trabajadora social) se aferra a los recursos de que dispone y se limita a tratar de acoplar en alguno de ellos la demanda que la persona atendida plantea, como el zapatito de la cenicienta. Este proceder es muy perjudicial para la persona atendida, máxime si no tiene el piececico que el zapato requiere, entonces más vale que se vaya a su casa, baje la persiana y se acueste: la profesional, como el personaje de Kafka, ha sufrido una metamorfosis, esta vez en cajero que expulsa dinero y servicios (o nada).


El segundo tipo de intervenciones son las intervenciones Federer. Podría haberlas denominado intervenciones Nadal sin embargo, a riesgo de herir sensibilidades patrias, el revés a una mano de Federer es mi debilidad tenística. Las intervenciones Federer consisten en devolver la pelota como sea a otro sistema (o a otro chiringuito del nuestro). Un clásico es el peloteo con salud, en el que las sufridas pelotas suelen ser personas con trastorno mental o problemas de drogas. 

Conste en acta que en servicios sociales somos unas ases del revés, no obstante nuestras compañeras de salud utilizan el drive con maestría suiza ¿Quién no ha oído la expresión es un caso social? Qué lejos andamos todavía de la atención centrada en la persona.


La tercera y última intervención es mi favorita. La llamo ¿Alguien ha matado a alguien? Y es que debo confesar que uno de mis referentes en servicios sociales es Miguel Gila. Sí. Es mi humorista favorito por su finísima ironía y sus monólogos me sirven, por extraño que parezca, en muchas ocasiones. Mira esta detención con indirectas... Buenísimo.


Suelo echar mano de este monólogo para ilustrar mi reacción cuando acuden a contarme un secreto. Ese momento tan especial en el que te dicen, o más bien te susurran, que está pasando algo muy malo en tal o cual familia, pero no puedes decir quien te lo ha dicho o, peor si cabe, no puedes decir que lo sabes. 

Si el secreto te lo cuenta una vecina ya es problemático, aún así, lo compro. Ahora bien, si el secreto te lo cuenta una profesional seguirle el rollo sin más es, como sabes, una malísima praxis, sobre todo porque normalmente esa profesional que te lo está contando está obligada a hacer algo al respecto (denunciar, notificar, derivar, intervenir…) y su jugada es eludir esa responsabilidad endosándonos el mochuelo.

En ese caso me levanto de la silla (literal) y, emulando a mi admirado Gila, me pongo delante de la compañera, mirándola con ojos de psicópata y le espeto: ¡Si te parece lo puedo descubrir yo sola con indirectas! ¡Me voy a la casa y me paseo por el pasillo diciendo ¿Alguien ha maltratado a alguien? ¿Alguien es un abusador?! ¡Lo que viene siendo una intervención con indirectas! ¡Igual confiesa por verguenza!

¿No te fastidia?

viernes, 1 de septiembre de 2017

Preguntar

Hacer preguntas no es fácil y nuestra profesión consiste, en gran medida, en hacer preguntas. De lo dicho se desprende, pues, que el trabajo social tampoco es fácil. Es por el contrario una compleja profesión, aunque últimamente gran parte de la clase política y ciertos activistas lo hayan olvidado, si es que alguna vez lo supieron. Difícil profesión en un pantanoso sistema público-privado-filantrópico de servicios sociales en el que algunas andamos metidas hasta el cuello. Pero mejor abandono el fango y retomo la senda de las preguntas que es lo que me trae aquí. Esta es una entrada dirigida a profesionales noveles.

http://www.sarquavitae.es/articulo/taller-de-preguntas-y-respuestas/

Cuando comencé a trabajar una de las cosas que peor hacía era preguntar. Me daba corte. Creía que me inmiscuía en asuntos que no eran de mi incumbencia y prefería obtener menos información a riesgo de no emitir una valoración adecuada. Me daba vergüenza observar a compañeras que preguntaban con lo que yo entendía como cierto descaro, digámoslo así. Aún me cuesta mucho preguntar. Siempre peco por defecto. Por eso estoy atenta y pude acertar con la persona adecuada en el momento preciso. Se trata de una anciana a la que llamaremos María.

El otro día llegó María, con grandes problemas de movilidad, a la puerta del centro en taxi. Llovía mucho y me pilló volviendo del desayuno, así que la ayudé a subir a la oficina, y decidí atenderla a pesar de que no tenía cita ni era de mi zona, puesto que había llegado en taxi y no era plan. La metí en el despacho y me explicó que venía por un problema de la pensión que nada tiene que ver con mi competencia. Noté que olía mal y me extrañó porque venía arreglada. Tampoco me cuadró que viniese sola en taxi. Así que decidí preguntar, no sin antes solucionar el tema de la pensión a pesar de que no era cosa mía. Quería ganarme su confianza.

Comencé a tirar suavemente del hilo y la señora arrancó a hablar de buena gana. Venía sola porque no tiene absolutamente a nadie, su esposo murió y no tuvieron hijos. Volvió a casarse, ya mayor. Empezó a llorar. Entre lágrimas me dijo el primer marido te lo da dios, el segundo el diablo, qué te voy a contar hija mía. No es un hombre bueno. Observé que no quiso seguir hablando por lo que no seguí preguntando al respecto.

Me explicó que no puede hacer nada en casa y ni siquiera puede asearse ni el marido la ayuda, obviamente. Le informé acerca de la Ley de Dependencia y la solicitó. Le planteé teleasistencia y también aceptó. Hicimos todos los trámites en el momento y le pregunté que si le importaría que la visitara. Me dijo que no, que le gustaría. Quería ver cómo estaba la vivienda y conocer al marido. Fui días después al domicilio y, como suponía, la casa se encuentra en condiciones lamentables de mantenimiento y el marido efectivamente no era un hombre bueno.

María por fin está en el camino para ser atendida en sus necesidades. Yo me pregunto: ¿Nadie ha detectado esto anteriormente? ¿Cómo es posible? La respuesta es simple: Nadie se ha detenido a mirar más allá. Esta mujer con toda probabilidad ha sufrido diversas intervenciones-cajero, de las que hablaré en otro momento. Por mi parte no he hecho nada más que preguntar. Sólo preguntar. Es mi trabajo, es mi obligación porque, en palabras de María Jesús Brezmes, el profesional a diferencia del técnico tiene una mirada experta, está entrenado para ver más allá. Y en este caso solo había que ser profesional para ver. Y actuar.

Por ello, animo a la pregunta. Compañeras noveles, no os cortéis. Desde el respeto, en primer lugar. Las preguntas deben ser pertinentes, lo contrario de pertinente es impertinente, y algo de eso he visto también. Para evitarlo, la formación en segundo lugar, clave. Preguntar con calidez, en tercer y último lugar pero no menos importante. Muchas Marías os lo agradecerán. Y no desesperéis, que el curro aparece cuando menos se le espera ¡Que la fuerza os acompañe!

Tracy Chapman
Give me one reason

jueves, 24 de agosto de 2017

Francisca Granados, a examen

Abrir el blog tras tres meses sin escribir da mucho vértigo. En un principio pensé en escribir una entrada amable, animando(nos) a comenzar la nueva etapa laboral con energía ¡Pues no he podido! Y es que tengo un run rún dentro que no me deja acometer tan loable empresa, es el caso Juana Rivas. Bueno, más bien el caso Francisca Granados.

No entro a juzgar si son jurídicamente acertadas las decisiones de Juana Rivas (que ya lo ha hecho media España por mi) aunque obviamente tengo mi propia opinión, a grandes rasgos la que sigue: Si viviésemos en un estado de derecho estaría diametralmente en contra de la decisión de Juana de huir con sus hijos, sin embargo, en un estado cuasi-fascista, machista y bananero como el que padecemos suscribo las archiconocidas palabras de Gandhi, cuando una ley es injusta, lo correcto es desobedecer. 

Desconozco si la actuación de la directora del Centro de la Mujer de Maracena durante los hechos es la adecuada; no sé si es abogada, solo licenciada en derecho o ninguna de las dos cosas, no tengo ni idea de si está ayudando o perjudicando a Juana Rivas. No manejo ni suficientes elementos de juicio ni poseo los suficientes conocimientos de derecho, por lo que no me siento capacitada para valorar su actuación profesional, si es que es tal. Pero hay algo que me escama. Bueno, más bien me cabrea.

Me cabrea la campaña orquestada por los lobbies del tea-party cañí para darle caña de España con saña y maña a Francisca Granados. Que lo digo y lo redigo, que lo mismo esta asesora asesora mú malamente y mismamente tendría que estar asesorando a lechugas (aunque pobres lechugas, qué habrían hecho ellas para merecer eso). Que igual sabe de derecho lo mismo que yo y fíjate tú en el follón que estará metiendo a su asesorada.

Como te digo una cosa te digo otra y mira tú que igual Juana Rivas tiene criterio propio, porque abogados le habrán salido a patadas, y de hecho los tiene, además de la controvertida asesoría legal de Francisca Granados. En otras palabras, supongo que Juana tiene derecho a decidir por quien dejarse aconsejar ¡incluso a equivocarse!

Me cabrea que se tache de histriónica la intervención de la asesora legal de Juana Rivas porque no sabría decir si lo es y puede, tan solo puede, que las profesionales debiésemos mojarnos más en ciertos casos; por otra parte, lo más indigno es el uso de este bonito apelativo, exclusivamente cuando se trata de mujeres, ya que el histrionismo es una característica femenina, como todos sabemos. Por no hablar de sus oscuras intenciones (que daría para otro análisis). Minucias todas teniendo en cuenta que previamente ya hemos tachado de irresponsable y veintisiete cosas más a la propia Juana ¡Come on, there's no limit!



Me cabrea que seamos las propias mujeres las que sigamos el juego a los cristofascistas (expresión de Shangai Lily que hago mía) y estemos contribuyendo, hermanas, todas, a centrar el debate sobre si la asesora es letrada o comercial de Thermomix, que no digo yo que no sea importante el asunto y que no tenga consecuencias, que las tendrá, también para la propia Francisca Granados. Que mi dicho, o más bien mi escrito es clamar, a riesgo del más que probable apedreo general, que más importante será evitar el retorno de dos criaturos a Italia con un tipo CONDENADO por maltrato, así que lo prioritario sería, digo yo, poner el grito en el cielo denunciando leyes permisivas acerca de la convivencia de menores con malnacidos, porque un maltratador es un malnacido. Bueno, más bien un cabr…

Dicho esto, lo que más me cabrea es que las mismas mujeres que nos las damos de pro-fe-sio-na-les y nos lanzamos al cuello de Francisca Granados por su supuesta mala praxis, intrusismo o lo que demonios sea (y castigo tenga si así fuese), aplaudamos y compartamos tan ricamente en redes sociales los consejos (inserten risas enlatadas) de, por ejemplo, Emilio Calatayud, muy buen juez, muy campechano como aquel (que fijate tú por donde nos salió la campechanía), taaaan entrañable Calatayud que nos lo llevaríamos a casa, eso sí, con los mismos conocimientos de terapia familiar que yo de física cuántica. O del chico este del programa Hermano Mayor ¿Profesionales del ramo? No, pero oye, haciéndose de oro dando charlicas cuñadas bien remuneradas por los ayuntamientos de media España. Y tan contentos.

Claro que ellos dos son hombres. Francisca Granados es mujer.

Que continúe el degüello. Podéis seguir con el mío, el cuello, digo.

2 Unlimited
No limit

lunes, 22 de mayo de 2017

Infografía: 7 consejos para mejorar tu trabajo social, y tal...

Durante este curso bloguero he estado abordando una serie de cuestiones, relativas a la disciplina, que me apetecía mucho resumir en una infografía. Aquí está. Con ella despido el blog hasta septiembre. Como siempre, aprovecharé el verano para leer de aquí y de allá. Espero que las lecturas traigan nuevas reflexiones a trabajo social y tal y sobre todo espero que en septiembre nos reencontremos aquí. Sin ti este blog pierde su utilidad.

¡Feliz verano!

PD. De regalo incluyo dos enlaces: el primero es un artículo de Silvia Navarro que seguro te encantará y el segundo es un libro de la Universidad de Deusto, un ladrillo con muy buena pinta (debes registrarte en la página de Deusto para descargarlo).

Imágenes por cortesía de http://www.freepik.es/

sábado, 20 de mayo de 2017

Un vaso es un vaso y un plato es un plato

Imagen vía www.iloveclicks.es

Esta es mi cuarta y última entrada relativa al empobrecimiento del trabajo social en el marco de los servicios sociales actuales. La primera sirvió de introducción, en la segunda me referí al deterioro del trabajo social de casos y en la tercera describí cierta obsesión por la calle como concepto. Cierro el asunto con un tema que tenía pendiente abordar desde hace tiempo: las técnicas.

La técnicas se definen, según la socióloga francesa Madeleine Grawitz, como Procedimientos operativos rigurosos, bien definidos, transmisibles, susceptibles de ser aplicados de nuevo en las mismas condiciones y adoptados al género de problema y de fenómeno en cuestión. Las técnicas son concreciones de los métodos científicos, o dicho de otro modo, son los procedimientos válidos para la obtención de los fines del método en cuestión, por eso no pueden separarse del método científico ni del paradigma al que sirvan, de lo que se deduce que deben estar en consonancia con aquellos.

La idea central de mi argumentación es la que sigue: Existe una importante confusión con respecto a las técnicas, ya que se las posiciona en un lugar que no les corresponde básicamente por dos cuestiones, una, a causa de los requerimientos de nuestros mandos, obsesionados con aliviar la presión asistencial, dos, debido al Síndrome del Aprendiz de Brujo.

Las técnicas forman parte del acervo disciplinar de cada profesional, por lo que no parece adecuado que sea el sistema, en este caso de servicios sociales, el que nos dicte qué técnicas tenemos que aplicar en tal o cual situación. Así, si las técnicas forman parte del repertorio de la profesional no es de recibo que se nos exija sustituir una entrevista individual por una entrevista grupal con el solo objetivo de aliviar la presión asistencial. Lo digo así de rotundo. Debemos ser las propias profesionales las que tengamos el control en el manejo de una u otra técnica, lo que no es incompatible con nuestra obligación como empleadas públicas de optimizar la gestión. Yo soy la primera en utilizar sesiones informativas grupales cuando se trata de convocatorias de subvenciones, informaciones de tipo administrativo, etc. sin embargo, insisto, la decisión debe ser cosa nuestra.

En segundo lugar está el Síndrome de Aprendiz de Brujo, denominado así por Silvia Navarro.
El “síndrome del aprendiz de brujo” viene provocado al confundir los fines con los medios, al activar procesos, procedimientos y mecanismos que acaban perdiendo de vista los fines para los que fueron creados y que, llegados a un punto, no podemos dirigir ni controlar porque ellos han tomado el mando de la nave y empujan nuestras prácticas a su merced, después de vaciarlas de todo aquello que les confiere alma, que las conecta con los principios y valores que las sostienen, con la vida, con las personas.  
Las técnicas, per se, no son buenas ni malas, se usan adecuada o inadecuadamente, y desde luego no generan por sí solas un cambio en las personas atendidas. Pondré un ejemplo: Una entrevista por sí sola no mejora una dinámica familiar disfuncional, pero una entrevista bien realizada es un gran apoyo en el proceso, en el que el paradigma y la capacidad relacional del profesional son los verdaderos protagonistas.

Como decía al principio, las técnicas no pueden separarse del método científico ni del paradigma al que sirvan, y es que no es lo mismo observar, pongamos por caso, desde la perspectiva narrativa que conductual como tampoco es lo mismo entrevistar ni diagnosticar. Por todo ello, aplicar tal o cual técnica debe partir de un marco epistemológico de referencia, de una intencionalidad terapéutica y debe aplicarse en concordancia con lo anterior. Las técnicas, en sí mismas son sólo eso, técnicas. Resumiendo: Un vaso es un vaso y un plato es un plato.

(Madre mía, yo citando a Rajoy...)

Celia Cruz y Jarabe de Palo
A lo loco

lunes, 15 de mayo de 2017

Confesiones de una abuela cebolleta

La vida es un suspiro, una ráfaga de viento, un segundo, un puñado de arena que se escurre entre tus dedos. Ayer era una joven trabajadora social militante en el partido de la rabia contra las injusticias de la sociedad y hoy, tras levantarme de la siesta, me doy cuenta de que soy una abuela cebolleta. Así, a lo bestia.

Ayer recibí un correo electrónico (término que las abuelas cebolletas utilizamos para llamar al correo electrónico) en el que se me enviaba un enlace a la penosa noticia de que el alumnado de la Facultad de Trabajo Social de Zaragoza ha tenido la iniciativa de recoger ropa para las personas sin hogar. Fue leer el correo y cabrearme como una mona (expresión que las abuelas cebolletas utilizamos para decir que la noticia me rayó bastante).

Pensaba escribir una entrada en la que volcar toda mi rabia, o incluso explicar el por qué de mi indignación, pero mi admirado compañero bloguero Pedro Celiméndiz debió sufrir el mismo ataque de cólera que yo así que, cabreado como un mono, escribió la entrada El Trabajo Social ha muerto, un título provocador llamado a la movilización, aunque hay quienes esto de las ironías no lo tienen claro, como el Philomeno de Alejandro Robledillo. Es normal porque parece ser que las figuras retóricas, mejor dicho, las ironías, también son cosa del pasado, como los bolis de cuatro colores o los diarios de campo. Cosas de trabajadoras sociales abuelas cebolletas. Como los enfados. Enfadarse hoy día es casposo.

La prueba de ello es que mientras un grupo de trabajadoras sociales mayores ¡de 40 años! nos horrorizábamos ante la iniciativa del alumnado, otro grupo de compañeras jóvenes se sorprendían de nuestra reacción y comentaban en redes sociales que el trabajo social está más vivo que nunca, que fuera de los servicios sociales se están dando experiencias maravillosas de emprendimiento. No digo yo que no. Es más, digo que sí. Sostengo que hay algunas personas maravillosas con proyectos de autoempleo magníficos y mediáticos (en el mejor sentido del término) haciendo otro trabajo social al margen de los servicios sociales con mucha inteligencia. Personas que, por si fuera poco, son las primeras en salir a la calle a reclamar derechos de ciudadanía y se buscan la vida sin pretender vivir de papá sistema público de servicios sociales versión privatizada.

Es necesario el trabajo social en ejercicio libre, como lo es el trabajo social en otros servicios públicos fuera de los servicios sociales (justicia, educación, salud, prisiones...), lo aclaro porque no quisiera que mi lenguaje caduco diese lugar a confusiones. Lo he defendido siempre. Hay vida fuera de los servicios sociales, he defendido toda mi vida profesional. Y más debería haber.

Dicho esto, esta abuela cebolleta cabreada como una mona también afirma que no solo hay muertos escondidos en el armario de lo público. Muertos que, por cierto, somos nosotros los primeros en sacar a la luz. Algo huele mal en el ejercicio libre también. Lo he podido constatar y hasta aquí puedo leer, que no es esta una entrada para la guerra sino para el desahogo de una vieja.

Esta vieja, desde su desvencijada silla de enea, os recuerda con voz trémula que si se escriben blogs de trabajo social es porque los autores, todos, creemos que podemos cambiar la realidad o al menos aportar algo, cada uno desde nuestro punto de vista. Si creyésemos, literalmente, que el trabajo social ha muerto algunos nos habríamos retirado al interior de nuestra vieja casa, arrastrando los pies con nuestra silla de enea en mano para después cerrar tras de nosotros la puerta de la opinión.


Esta vieja que suscribe ruega que seamos capaces de distinguir lo positivo de lo proactivo, que no se ganaron batallas ofreciendo un ramo de flores al enemigo con una sonrisa. Y es que esta vieja se siente como Homer Simpson cuando dice que es un hombre mágico y vive en la casa de la gominola en la calle de la Piruleta. Esta vieja lee con sus ojos miopes a Raffaelle Simone y asiente con sus también arrugados ojos aún capaces de sentir emoción cuando en su libro El Monstruo Amable explica el concepto de la carnavalización de la vida a la que nos ha condenado el neoliberalismo. Estar enfadada es carca, dice Simone, entre otras cosas. Heme aquí, pues. Con todos ustedes, una carca, o en neolengua, una rancia.

Esta abuela cebolleta os señala, jóvenes, con dedo tembloroso para recordaros que no fue una sonrisa, sino la lucha solitaria de Clara Campoamor la que consiguió el sufragio femenino en España. No fue una sonrisa, sino la valentía de Rosa Parks, sentada desafiante en un asiento de autobús para blancos la que abrió las puertas a los derechos civiles en Estado Unidos. No fueron sonrisas, sino disturbios y sangre en Stonewall los que dieron lugar a los derechos LGTBI y al posterior y carnavalizado Orgullo Gay de hoy. No fueron sonrisas sino carreras delante de los grises y cárcel, mucha cárcel, las que contribuyeron a lo que hoy llamamos democracia que no lo es pero se le parece un poco. No fue la sonrisa de la diputada Ana Diamantopoulou la que consiguió que el Parlamento Europeo reconociese la figura del acoso sexual, sino su lucha tras el mismo acoso sexual que ella padeció de joven. No fue la sonrisa de Berta Cáceres la que salvo a su pueblo de la construcción de una presa que hubiese acabado con la vida de sus habitantes, fue su activismo y le trajo la muerte.

No basta con creer que las cosas son mejores de lo que son para que sean mejores de lo que son. Es una mentira. Tampoco basta con sonreír. Ni con ser optimistas, ni positivos. No conozco un solo ejemplo de la historia en el que las sonrisas, la diversión o las parrandas hayan traído avances sociales. Muy al contrario, son armas de distracción masiva, así que yo me quedo con la caspa y me despido muy cabreada con la iniciativa de Aragón y dos citas, una, del rancio Ernesto Ché Guevara para compañeras casposas como yo:
No somos familia, pero si usted es capaz de temblar de indignación cada vez que se comete una injusticia en el mundo, somos compañeros, que es más importante.
Y otra de Chimamanda Ngozi Adichié, joven escritora y feminista, para jóvenes trabajadoras sociales:
Estoy rabiosa. Todos tendríamos que estar rabiosos. La rabia tiene una larga historia de propiciar cambios positivos.

viernes, 12 de mayo de 2017

Tipos de magia

Esta es mi segunda entrada relacionando la debacle de los servicios sociales con el empobrecimiento del trabajo social como disciplina. En la entrada de la semana pasada ofrecí mi punto de vista sobre la deriva del trabajo social de caso; tal es la cosa que hasta yo misma confundí la imagen de Mary Richmond con otra Mary, de apellido Titensor. Mis disculpas a ambas o más bien a sus descendientes y mi agradecimiento a Maite Esnaola por sacarme del error.

Asociados a la debacle de los servicios sociales, observo la emergencia de dos seudoparadigmas del trabajo social actual, al menos en España. Uno es el trabajo social cuñaoque describí hace un tiempo. Consiste, en resumen, en la asunción de discursos seudocientíficos ligados ¡oh, sorpresa! a modelos neoliberales. Por otra parte, también constato otra tendencia a la que he bautizado trabajo social perroflauta, basado en una incomprensible obsesión con la calle como concepto.

Esta manía con la calle se traduce en dos mantras: El primero, que hay que estar más en la calle y menos en el despacho, y el segundo, que hay que hacer trabajo social comunitario en detrimento del trabajo social de casos. Total, que como decía en la anterior entrada, el trabajo social de casos es el chivo expiatorio o, en términos técnicos, es víctima de un epistemicidio disciplinar en toda regla. Epistemicidio es un término de Boaventura de Sousa Santos que descubrí gracias al magnífico artículo del (igualmente) Foro de Servicios Sociales de Madrid.

A pesar de que estar en la calle y hacer trabajo social comunitario se parecen como un huevo a una castaña, ambas cuestiones guardan algo en común: Atribuirles un cierto tipo de magia, cosa muy propia de estos tiempos postmodernos que a algunas nos ha tocado padecer. Pareciera que con salir a la calle o con reunirse con colectivos sonarán las trompetas de Jericó. Nada más lejos de la realidad. Me explico.


Salir a la calle per se no produce absolutamente nada, de la misma forma que hacer visitas a domicilio tampoco produce nada en sí mismo. En román paladino: Como trabajadora social, perfectamente puedo pasarme toda la jornada laboral en la calle realizando una praxis de lo más asistencialista, puede que más que en despacho. Es más, un trabajo social callejero mal enfocado, sobre todo en el medio rural, es una vía directa al paternalismo porque existe un riesgo muy importante de convertirnos en el término viejuno-pero-no-tanto fuerza viva del pueblo (como el cura y el médico), muy reconfortante para nuestro ego a la vez que un obstáculo para la construcción con las personas de proyectos de autonomía.

Aunque me adelanto a la próxima entrada, la praxis profesional no la determinan los escenarios de la intervención como tampoco la determinan los niveles del trabajo social, sino la perspectiva teórica, la destreza en la comunicación, la capacidad en la relación de ayuda, el compromiso ético y, en definitiva, nuestra manera de entender el trabajo social. Que no digo yo, subrayado y con negrita, que los escenarios no sean importantes, lo que afirmo con rotundidad es que no lo son hasta el punto de configurar un hacer asistencialista o un hacer emancipador.

Vayamos ahora a la cuestión del trabajo social comunitario. Me resulta muy triste que una de las fortalezas del trabajo social como disciplina, esto es, la construcción clásica de niveles en trabajo social ahora venga a ser una debilidad. El trabajo social se sustenta sobre la idea de la interacción de los problemas individuales y sociales, Jorge Conde dixit. No es admisible entonces desvestir a un santo para vestir a otro. Hay que hacer trabajo social grupal y comunitario, mas no a costa del trabajo social de casos porque cada uno de estos niveles tiene su propia utilidad, es decir, persigue fines distintos. Y eso, en sí mismo, sí que es estupendo.

Soy de las que creen firmemente en el trabajo social comunitario, sin embargo, considero urgente alejarnos de esa visión naif del trabajo social comunitario si no queremos darnos de bruces con la realidad: En España la sociedad está tensionada, cada día más fragmentada, es víctima de un proceso creciente y escandaloso de desigualdad social y, a todo esto, gobernada en la mayoría de los territorios por el Partido Popular ¿Hacer trabajo social comunitario en el marco de ESTOS servicios sociales? Adelante, lo digo sin ironía. Ni siquiera voy a entrar a valorar qué trabajo social comunitario cabría desplegar.

Eso sí, seamos conscientes de lo que nos vamos a encontrar fuera y, no menos importante, de la acogida que vamos a recibir dentro. El conflicto social nos demanda, debemos lanzarnos sí, con dos salvavidas: Uno, el conocimiento científico de la comunidad sujeto de nuestra intervención y dos, un sólido andamiaje teórico-conceptual, o en palabras de Bibiana Travi:
Una destacable coherencia interna entre los principios filosóficos, los marcos teóricos, la concepción de los sujetos y  la participación política (...) insumos (...) para producir el  proceso de ruptura.
Sugiero, por lo tanto, manejar con cuidado esto del trabajo social comunitario, más allá de lo mágico, para ello la formación se antoja imprescindible. Por mi parte, recomiendo empezar por clásicos como Saul Alinsky y no tan clásicos como Marco Marchioni y, si queremos metodología, es útil el libro de Fernández García y López Peláez, y de postre un artículo de Pirla y Julià, Comunicar lo comunitario, porque da pistas para la reflexión.

Una confesión para finalizar: El párrafo de Bibiana Travi en realidad se refiere a las pioneras del trabajo social. Qué cosas.

Hoy, un clásico
A Kind of Magic
Queen

domingo, 7 de mayo de 2017

Matar a la madre

La debacle de los sistemas de servicios sociales está dando lugar a una preocupante distorsión en el papel de las trabajadoras sociales y, en consecuencia, a un importante empobrecimiento profesional. Sobre esta afirmación me propuse escribir la semana pasada una serie de entradas con el objetivo de aportar soluciones, hoy traigo la primera.

Creo que todas estamos de acuerdo en que, en palabras de Pedro Celiméndiz, los servicios sociales se han convertido (con excepciones) en una gestoría de prestaciones. Esta problemática es generada, como es obvio, por la crisis económica combinada con los recortes sociales, sin embargo también se debe al deslizamiento de contexto provocado por las propias profesionales que, con un martillo como única herramienta, tendemos a tratarlo todo como un clavo. 

Trataré de explicarme mejor. Para ello voy a partir de la entrada de mi compañero Nacho Santás en su blog Pasión por el Trabajo Social titulada la entrevista y el síndrome de estocolmo, más concretamente de un párrafo que suscribo y comparto aquí:
La entrevista individual, empleada con quien realmente no tiene motivación para protagonizar un cambio, se convierte (nos pasaría a cualquiera) en “dar la chapa”: una pérdida de tiempo por ambos lados y para el propio Sistema.
Efectivamente, dar la chapa no debería ser el cometido de las trabajadoras sociales de atención primaria ¿Por qué se produce entonces la intervención individual chapística? A mi juicio, se dan cuatro aspectos que interrelacionan entre sí:
  1. Perversión de las ayudas económicas, condicionadas erróneamente al logro de objetivos impuestos por el sistema, en lugar de tratarse de objetivos marcados por la persona atendida (No entraré aquí en el importante asunto de si las ayudas económicas deben ir o no acompañadas de proyecto de intervención o condicionadas al cumplimiento de objetivos)
  2. Establecimiento de contextos de intervención inadecuados.
  3. Actitudes profesionales paternalistas.
  4. Escasa formación psicoterapéutica en muchas profesionales del sistema.
En mi opinión, el trabajo social de casos se ha convertido en el chivo expiatorio de los males del sistema de servicios sociales: Se le culpa de restar tiempo para otras cuestiones, se le culpa del abandono de los otros niveles del trabajo social (grupal y comunitario), se le culpa de posicionamientos acomodaticios en despacho, etc... ¡Pobrecito mío!

Esta miopía hacia el trabajo social individual-familiar redunda en un menosprecio que desemboca en el empobrecimiento profesional del que hablaba. Por ello, la solución no puede ser matar al padre (en este caso a la madre) sino recuperar el trabajo social de casos, pero el de verdad, no la gestoría de prestaciones ni la charla sacerdotal ¿Cómo se hace esto?

Mary Richomnd (creo)
En primer lugar, lo evidente: Como profesionales es imperativo exigir al sistema desde lo corporativo que nos descargue de presión asistencial, no obstante, también debemos liberarnos del síndrome Gollum, del que ya he hablado en otras ocasiones, consistente en querer toda la demanda para nosotras. Aquellos actos administrativos que no requieran valoración diagnóstica ni intervención deben ser asumidos por personal administrativo, pongo por caso la tramitación del título de familia numerosa.

En segundo lugar, animo al aprendizaje acerca de los contextos profesionales de cambio. A mí me han ayudado a mejorar ostensiblemente el trabajo individual-familiar. Afortunadamente en España contamos con dos autoridades en la materia, como son Josefa Cardona y José Francisco Campos, de la Universidad de las Islas Baleares. De hecho, la tesis doctoral de Cardona lleva por título La Definición del contexto de intervención en el trabajo social de casos. Tienen además artículos muy interesantes, aquí enlazo uno de ellos.

En tercer y último lugar, formación, formación y formación. Para que las personas atendidas puedan protagonizar un cambio es necesaria la motivación, cierto, por eso existen modelos que precisamente nos orientan hacia la adquisición de la motivación necesaria para afrontar cambios. Se me ocurre a bote pronto el modelo transteórico, cuya aplicación a los servicios sociales de atención primaria podría ofrecer buenos resultados, ya que una de sus patas es precisamente la Entrevista Motivacional de Miller y Rollnick, de tipo conductual.

Hay otros modelos de corte humanista, modelos no directivos basados en Carl Rogers y, por supuesto, el universo sistémico, cuya rama narrativa está de rabiosa actualidad. Los modelos feministas juegan también un papel fundamental en el giro hacia intervenciones que rompan con las dinámicas patriarcales, en fin, que hay perspectivas para todos los gustos, lo importante es formarse e intervenir con criterio.

Abogo, por tanto, por una recuperación del Trabajo Social de Casos con mayúsculas ¿Que le resta tiempo a otros niveles del trabajo social? Esa, amigas, es otra historia. Me la reservo para la semana que viene.

Lukas Graham
Mama said

lunes, 1 de mayo de 2017

Los servicios sociales, crujiendo en la ciaboga ¿Y las remeras?

Ciaboga es una palabra que no conocía. Es una maniobra marinera consistente en dar la vuelta en redondo a una embarcación de remos, moviéndolos de un lado en sentido contrario a los del otro. El otro día la descubrí en una entrada de Fernando Fantova titulada Los servicios sociales, crujiendo en la ciaboga. Un interesante símil el de la embarcación y los servicios sociales que me ha hecho pensar en el esfuerzo que debe suponer la maniobra para las remeras.


Imagino que a los crujidos del barco les acompañarán los quejidos de las remeras: La crisis económica y los recortes han dado lugar a una demanda masiva de prestaciones. Los requerimientos y exigencias de los mandos y jefaturas en la línea de achicar agua son allanados por la escandalosa y a la vez archisabida indefinición del sistema.

Quejidos en el hacer y catatonia profesional en el pensar al vernos convertidas, impotentes (o quizá no), en gestoras de prestaciones económico-sociales. Porque los servicios sociales se han convertido en eso, en gestorías de prestaciones (salvo excepciones). Una debacle, la de los sistemas de servicios sociales, que está dando lugar a un no menos preocupante empobrecimiento profesional . Esa es la idea central de mi argumento, subrayado y en negrita.

Me encuentro entre las profesionales que piensan que, de un tiempo a esta parte, los servicios sociales hacen más mal que bien al trabajo social, lo digo así, sin paliativos. Al menos yo, como profesional del trabajo social, me siento dentro del sistema como una de las damas regordetas del cuento de la cenicienta, intentando que mi también regordete pie entre en un zapato jodidamente pequeño e incómodo que además no me gusta nada. En realidad siempre tengo la sensación de que abulto demasiado y no encajo del todo en ningún sitio, pero ese es otro tema.


A riesgo de convertirme en el repelente niño Vicente, mi perspectiva acerca del devenir del trabajo social en nuestro país no es, lamentablemente, demasiado positiva. Observo mucha superficialidad en los análisis, caracterizados en su mayoría por una insoportable mezcla entre trabajo social y servicios sociales. Los análisis que afortunadamente no incurren en esa confusión ofrecen variadas conclusiones; algunas las comparto plenamente, otras las comparto con matices y un buen número las considero simplemente ocurrencias. Debo confesar que las ocurrencias, recién leídas, me enfadan, aunque después keep calm and caigo en que son el resultado de estos tiempos de adanismo en el que parece que toda solución a un problema pasa por matar al padre

Resumiendo, como de lo que se trata aquí es de remar, o sea, (*) menos samba y más traballarreflexionaré en tres entradas cortitas alrededor de temas claves para evitar el empobrecimiento profesional, peligroso para el propio sistema, más aún para nosotras como profesionales del trabajo social, estemos dentro o fuera de él. Porque hay vida fuera, a dios gracias, y más debería haber (qué manía tenemos con meter todo bajo el paraguas de los servicios sociales...)

Hoy es 1 de mayo. No tengo previsto matar al padre aunque se merezca una buena paliza, así que animo a salir a la calle y manifestarnos con los sindicatos. Sobran los motivos para las dos cosas.

Hoy traigo una canción preciosa de Luis Pastor acompañado de Bebe: Aguas Abril
He puesto una versión con subtítulos por si eres de latinoamérica, es que 
el acento extremeño, como el andaluz, no siempre resulta fácil. 
Como todo lo bueno, o casi.

(*) Las amigas de Brasil me perdonen la broma.

viernes, 21 de abril de 2017

Saber femenino, vida y acción social


Acabo de terminar el segundo libro de Silvia Navarro Pedreño Saber femenino, vida y acción social. Su primer libro, Redes sociales y construcción comunitaria, fue un descubrimiento, y es que me encanta el universo tan particular que Silvia consigue crear al escribir y, sobre todo, que lo haga en el marco del Trabajo Social. He ido pues leyendo sus relatos con devoción mariana. Por fin llegó el segundo libro. Un parto complicado (nunca mejor dicho) ya que le ha llevado cinco años escribirlo.

Leer a Silvia requiere sosiego y concentración tanto por el contenido como por la forma. Tiende puentes con otras autoras y otras ideas, enlaza cuentos, introduce personajes y relatos de aquí y de allá y evoca paisajes a modo de metáfora. El cuidado con el que utiliza las palabras y las frases hace que imponga su propio ritmo, pausado. Más allá de esto ¿De qué va el libro? Pues básicamente se trata de un análisis feminista de la acción social en particular y la vida en general, distribuida en cuatro partes: La otra historia, el otro saber, Una revolución paciente y silenciosa, Vida artesana y En la acción social el sur también existe.

Me han parecido especialmente reveladoras la primera y segunda parte, dedicadas al feminismo (quizá porque sus posicionamientos en lo referente a la acción social ya los conocía a través de sus relatos). Propone en estas dos partes una nueva manera de pensar y hacer partiendo del feminismo de la diferencia. La tercera recoge un análisis alternativo de las organizaciones y la cuarta se centra sobre la acción social propiamente dicha.

En definitiva, se trata de un libro que, desde tesis postmodernas, aporta una mirada violeta al trabajo social de nuestro país y es, en palabras de la autora, una llamada urgente a lo insurgente, a reaccionar y reinventarnos, a restaurar una esperanza en lo improbable. Qué inspirador y qué necesario ¿Verdad?

Ibeyi
Stranger / Lover

viernes, 14 de abril de 2017

La trampa de la pobreza en servicios sociales

La pobreza es la imposibilidad de pensarte distinto
Martín Caparrós


Acabo de leer en el blog del SIIS una interesante entrada titulada Las ayudas sociales ¿Trampa o trampolín?, en la que se analiza un estudio de la Unión Europea sobre los sistemas de ayudas sociales en Europa y su influencia en los procesos de exclusión social. Sugerente la última parte de la entrada, que cito textualmente (aunque animo a su lectura completa desde el enlace):
La última parte del estudio se dedica a estudiar en qué medida percibir ayudas sociales durante un periodo constituye un factor de riesgo para llegar a percibir prestaciones económicas en el futuro. Parece claro, indican los autores, que recibir ayudas un año determinado aumenta considerablemente el riesgo de hacerlo también durante el siguiente. Este hecho sugiere que podría haber personas ‘dependientes’ de la asistencia social. No obstante, los autores señalan que, en este contexto, es necesario tener en cuenta el perfil de quienes de manera repetida recurren a las prestaciones económicas: si estas personas reúnen características tales como, por ejemplo, tener un nivel educativo bajo, o ser madre o padre monoparental, no se podría hablar de facto de una dependencia. La dependencia a largo plazo de los sistemas de protección social se produce, según los autores, cuando el propio sistema provoca, de alguna manera, esa supeditación (el subrayado es mío).
¿Provoca el sistema, de alguna manera, la supeditación de las personas empobrecidas a las ayudas sociales? Parece claro que, de alguna manera, sí. Como sabemos, el sistema de bienestar social español se sostiene sobre la creación y diferenciación entre prestaciones contributivas, es decir, aquellas a las que tenemos acceso tras haber cotizado a la Seguridad Social y asistencia social para aquellas personas que, por diversas razones, no lo han hecho.

Entre las diversas razones para no acceder al mercado laboral  la trampa de la pobreza juega un papel muy importante. La trampa de la pobreza es, como también sabemos, un mecanismo auto mantenido que provoca que la pobreza persista. Si persiste de generación a generación, la trampa comienza a perpetuarse si no se toman medidas para romper este círculo. La ciudadanía en general apenas es consciente de esta realidad, pero es más preocupante el hecho de que, nosotras, las profesionales de la intervención social a veces pasamos por alto esta problemática, que incide muy negativamente en procesos de acompañamiento hacia dinámicas de autonomía.

Pondré tres casos míos, brevemente, a modo de ejemplo:
  1. Familia compuesta por cuatro miembros: Padre con discapacidad, perceptor de pensión no contributiva (25 años de vida laboral), madre con obesidad mórbida sin discapacidad reconocida y dos niños.
  2. Hombre de 46 años, perceptor del salario social, que es admitido en programa de contratación para personas en exclusión de la Junta de Andalucía, con un contrato de 1 mes.
  3.  Anciana de 81 años con pensión no contributiva y en situación de dependencia con grado II que convive con su hija soltera de 52 años, en desempleo.
En el caso 1 hablamos de una familia con dependencia crónica de los servicios y en proceso de exclusión social severa. Nuestra estrategia: La discapacidad del marido no le impide trabajar y además tiene una vida laboral extensa, la esposa no puede trabajar por su obesidad. Compaginar la pensión no contributiva con empleos intermitentes para él mejoraría ostensiblemente sus ingresos y haría que el marido se reincorporase al universo contributivo.

La estrategia de la familia: Nos ha costado un mundo conseguir la pensión no contributiva (cierto) y no podemos permitirnos perderla. Mi marido no puede trabajar porque se la quitarían (cierto) así que yo, la esposa, iré alternando empleos del ayuntamiento (que de ahí no me echan) con ayudas de los asuntos sociales.

¿Qué elección será la más adecuada para ellos?

El caso 2 se refiere a un hombre que ha estado esperando el salario social 9 meses, durante los cuales ha sobrevivido mal, con empleos irregulares y ayudas de los servicios sociales. Tras 9 meses esperando el salario tiene que elegir entre un contrato de un mes no renovable o 6 meses de salario social.

¿Qué elección será la más adecuada para él?

El caso 3 ilustra como la Ley de Dependencia tampoco escapa a la trampa de la pobreza: Lo deseable es que la hija pueda acceder al mercado laboral ya que cuando fallezca su madre no tendrá derecho a ninguna prestación y debe imperiosamente cotizar si quiere tener una jubilación más o menos digna. Entretanto la madre disfrutaría del servicio de ayuda a domicilio para que apoye durante la jornada laboral de la hija, sin embargo ¿Cómo dejar pasar la Prestación Económica por Cuidados en el Entorno familiar con 360 euros de ingresos para dos personas? Una prestación, la PECEF, que no genera cotizaciones gracias al famoso decreto de 2012 made in Rajoy.

¿Qué elección será la más adecuada para ellas?

Aunque, pensándolo bien ¿No será que las preguntas están mal formuladas? Cuando la supervivencia es el objetivo, cuando la solución se convierte en problema, la pregunta es ¿Hay posibilidad de elegir?

Hoy es 14 de abril, Día de la República. Uno de los valores centrales del ideal republicano es, en palabras de Raventós y Domènech, el concepto de libertad, que pivota sobre la idea de vivir sin permiso, es decir, no tener que pedir permiso a nadie para vivir, gozando de una base material independiente de existencia a la que ahora llamamos Renta Básica. Una medida de justicia conmutativa, un derecho histórico derivado del proceso de desposesión capitalista que comenzó ya en el siglo XVIII. Robespierre, consciente de todo esto, se proponía universalizar la libertad incorporando a los pobres a la República, sí, Robespierre, el de la guillotina. Qué cosas...



La leyenda del tiempo
Chip Wickham por Camarón de la Isla