jueves, 23 de febrero de 2017

Empleo automatizado, género y trabajo garantizado

Imagen vía www.asistes.es

El 47% de los oficios se encuentran en alto riesgo de ser automatizados, es decir, todo aquello que puede ser tecnológicamente resuelto ¿Será el Trabajo Social parte del 47%? ¿Y qué ocurrirá con el resto de empleos que generan los servicios sociales? ¿Es esta una entrada apocalíptica destinada a prepararnos para un futuro tan oscuro como incierto?

El dato que abre esta entrada, algo larga por imperativo argumental, no es mío. Lo da Carl Benedikt Frey, profesor de economía en la Universidad de Oxford y autor, junto con Michael Osborne, del estudio The Future of Employment: How susceptible are jobs to computerisation? Este estudio se publicó hace un tiempo (2013) y ha sido muy comentado en prensa de todo el mundo. Yo lo traigo a colación ahora porque hace poco escuché a Carl Frey y sus tesis me dieron que pensar. Iñaki Gabilondo lo entrevistó en su magnífico programa Cuando ya no esté, que emite el canal #0 de Movistar Plus. Afortunadamente también se puede ver en youtube.

Primera parte del programa dedicado a Carl Frey

En esa entrevista, el dr. Frey explicaba que la revolución tecnológica actual se diferencia radicalmente de otras revoluciones -sobre todo de la Revolución Industrial- en que no se verá afectado un solo sector de la economía sino casi todos: Transporte, servicios legales, sanitarios, telecomunicaciones, etc., ya que se han creado algoritmos que pueden reemplazar el procesamiento cognitivo humano incluso en lo relativo a reconocimiento de patrones, con todo lo que eso significa.

Son tantas las ocupaciones que se verán influidas -de una manera o de otra- por esta Revolución Tecnológica que, para su estudio, Frey y Osborne decidieron preguntarse lo contrario, o sea ¿En qué seguirán siendo mejores las personas? ¿Qué podremos continuar haciendo mejor que las máquinas? Los resultados fueron sorprendentes. Entre otras cosas, predicen que las personas seguiremos siendo mejores básicamente en tres esferas:

  • Creatividad, que engloba el desarrollo de nuevas ideas y nuevos artefactos.
  • Interacciones complejas: Ayuda, persuasión, mediación, negociación... (Este apartado excluye interacciones básicas como pedir la llave de una habitación en un hotel)
  • Percepción y manipulación de objetos irregulares: Es fácil programar un robot para que, por ejemplo, sujete una botella o ponga un tapón una y otra vez, sin embargo es casi imposible programarlo para que reconozca y manipule todos los objetos que tenemos en casa, por lo que Frey afirma que, con mucha probabilidad, el robot mayordomo será la última automatización que aparezca.

Por lo tanto, concluye, los trabajos de baja cualificación serán los primeros en desaparecer, excepto (textualmente) los que incluyan interacciones complejas y manejo de objetos irregulares. Con toda esta información, estamos en condiciones de llegar a la primera conclusión: El trabajo social y por ende las profesiones de ayuda no están en riesgo de ser automatizadas, al menos por el momento. Somos, entre otras, una profesión de alta cualificación que pivota (o debería) sobre interacciones complejas; tanto es así que en intervención social contextualizamos, es decir, ponemos nombre a los diferentes marcos en que esas interacciones se producen.

De cualquier forma, esta conclusión no es relevante. Lo verdaderamente interesante de este estudio, a mi juicio, es el cambio de perspectiva en cuanto al trabajo que realizan las auxiliares de ayuda a domicilio. En primer lugar, las auxiliares de ayuda a domicilio realizan un amplísimo repertorio de tareas, por lo que se encuadran en el grupo de manipulación de objetos irregulares. Un apunte para la tranquilidad. Manipulación de objetos irregulares y empleo no deslocalizable son dos aspectos a tener en cuenta a la hora de optar por esta ocupación. Pero hay algo más.

En segundo lugar, las auxiliares de ayuda a domicilio se implican en interacciones complejas: Persuaden, negocian, ayudan, median, tranquilizan, orientan... un catálogo igualmente amplio el que manejan en cuanto a interacciones complejas. Aparte de ser otro apunte para la tranquilidad en cuanto a su sustitución por máquinas, tendría que servir para preguntarse si es justo seguir considerando este empleo como de baja cualificación. En este sentido, es la prueba del terrible error que supone incluir esta ocupación en la propuesta de trabajo garantizado que algunos economistas de izquierdas enarbolan como la solución, porque es todo un paso atrás en la lucha por el reconocimiento de esta ocupación cualificada. 

Después de todo, albergar esperanza en que las grandes multinacionales asuman estas tesis es mucho esperar, teniendo en cuenta que gestionan un servicio con pingües beneficios a cambio de empleos feminizados con salarios miserables, precisamente gracias a la tesis de que se trata de un empleo no cualificado. Por otra parte, que muchos hombres de izquierda entiendan que ciertos trabajos en el ámbito doméstico exigen cualificación, y que algunas de sus propuestas hacen un favor al capital quizá también sea mucho esperar. 

El empleo feminizado es igual a empleo de baja cualificación, esta idea es ampliamente compartida por el patriarcado, independientemente de la adscripción ideológica. Opino que las mujeres debemos deconstruir este estereotipo fruto del total desconocimiento de algunas ocupaciones feminizadas. Por mi parte, espero que esta entrada contribuya a ello y sirva como modesto reconocimiento del impresionante trabajo de las auxiliares de ayuda a domicilio por cuatro míseros euros la hora.

sábado, 18 de febrero de 2017

El hambre

Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos, tres veces al día. No hay nada más frecuente, más constante, más presente en nuestras vidas que el hambre –y, al mismo tiempo, para muchos de nosotros, nada más lejano que el hambre verdadera.
El hambre es una sensación física desagradable que todo el mundo experimenta una, dos veces al día, una punzada que se intensifica a medida que pasan las horas, que puede alterar nuestras emociones hasta la agresividad. Así mismo es el libro que reseño hoy, El Hambre, del periodista y escritor argentino Martín Caparrós. Lo edita Anagrama.

Acabé el libro poco antes de navidad y pensé en reseñarlo entonces, pero mi revisora de textos me sugirió (en un ejercicio de sensatez que le agradezco) que no aguara a nadie tan emotiva y opípara festividad con semejante puñetazo al estómago.

Estamos acostumbradas a escuchar cifras macro sobre el hambre, incluso a ver niñas y niños de Sudán de bracillos y piernas escuálidos que contrastan con un desmesurado vientre, sentadas en el suelo, medio desnudas, rodeadas de las omnipresentes moscas. En el mejor de los casos aparecen con un cuenco entre las manitas de no sé qué papilla. Eso podemos soportarlo, ya fuimos anestesiadas por los medios.

Lo que no es tan frecuente es enfrentarte a un texto que muestra estas macro cifras combinándolas no con la imagen -esto es importante- sino con el relato de Kadi, del Sahel, en Nigeria o de Betty, de Villamiseria en Buenos Aires (Argentina). Un zoom literario que da vértigo. Y es que el escritor se tomó el trabajo de pasar cinco años viajando a la India, Bangladesh, Níger, Kenia, Sudán, Madagascar, Argentina, EE.UU. y España para entrevistarse con cientos de personas, de familias que pasan hambre, pero hambre verdadera, tan verdadera como que al levantarse no saben si ese día van a poder comer o no. Literal. Los testimonios de estas personas con hambre verdadera son simplemente atroces.

Además el libro hace un análisis muy concienzudo de todo el entramado político-financiero responsable de esta vergüenza, lo que le otorga un plus de rigor. Resumiendo, un libro, El Hambre, demoledor por la honestidad con que está escrito, un trabajo imprescindible para comprender desde otra perspectiva este horror, 624 páginas desgraciadamente necesarias. O, en palabras del autor, quizá no.
Si usted se toma el trabajo de leer este libro, si usted se entusiasma y lo lee en digamos– ocho horas, en ese lapso se habrán muerto de hambre unas ocho mil personas: son muchas ocho mil personas. Si usted no se toma ese trabajo esas personas se habrán muerto igual, pero usted tendrá la suerte de no haberse enterado. O sea que, probablemente, usted prefiera no leer este libro. Quizás yo haría lo mismo. Es mejor, en general, no saber quiénes son, ni cómo ni por qué. (Pero usted sí leyó este breve párrafo en medio minuto; sepa que en ese tiempo sólo se murieron de hambre entre ocho y diez personas en el mundo –y respire aliviado) 
Plumpy nut es el preparado alimenticio que
se le proporciona a la población infantil con desnutrición.
Si quieres conocer más de cerca al autor y su libro
pulsa aquí.

martes, 7 de febrero de 2017

¿Valoradoras de pobreza?


Esta es una entrada que busca animar al debate sobre si las trabajadoras sociales (*) somos valoradoras de pobreza, si estamos dispuestas a continuar siéndolo y qué cuestiones tendríamos que plantearnos para contribuir a conseguirlo. Continúo la reflexión de Pedro Celiméndiz titulada Las Leyes de Newton y la Atención a la Pobreza tratando de aportar algunas ideas a un interesante debate sobre el papel de los servicios sociales, que tuve la oportunidad de leer en twitter el otro día. Participaban @lsanzo, @hendrix_bcn, @mimanro y de manera tangencial @pcelimendiz y servidora, que entra en estos hilos con más miedo que vergüenza. Fue en ese debate donde se nos denominó valoradoras de pobreza.

Pedro ha resumido perfectamente el debate en su entrada, de recomendable lectura para seguir mi hilo argumental. Por situarnos, los tweets pivotaban sobre el papel que debe asumir el sistema de servicios sociales, si la atención a las personas empobrecidas con algunas excepciones (como sucede hasta ahora, seamos sinceras) o el viraje hacia otros cometidos como puede ser la interacción, definida como autonomía funcional e integración relacional (Fantova).

Yo pensaba, leyendo el hilo de twitter, que lo que se estaba debatiendo era muy interesante para las profesionales, porque parto de la aseveración, espero que compartida, de que en estos momentos somos conscientes de que nuestra principal tarea (de las trabajadoras sociales quiero decir) es la de certificar pobreza para que algunas (o muchas) personas atendidas puedan acceder a programas de suministros vitales, prestaciones económicas, becas de comedor, programas de garantía alimentaria, planes de empleo y un largo y triste etcétera. Sostengo también que nos enfadan y nos quejamos cada vez que aparece una nueva ocurrencia de estas, precisamente porque la mayoría de trabajadoras sociales somos conscientes de que estas medidas son un parche. Más beneficencia, a la postre.

Por eso mismo digo que hace tiempo que viene siendo hora de debatir dentro de la profesión sobre el modelo de servicios sociales que nos gustaría transitar, más allá de pendular (salvo excepciones) entre la queja puntual y las fantasías tipo Mago de Oz, plasmadas en lugares comunes tales como salir a la calle, lo comunitario, etc. Fantasías, digo, porque son aspiraciones que no suelen ir acompañadas de ninguna concreción científica, como, por ejemplo, la reflexión científica en el seno de la profesión con respecto a qué modelo de servicios sociales puede hacer esas aspiraciones realidad.

Pues bien, ese debate obliga a un posicionamiento previo desde la disciplina y la profesión sobre algunas cuestiones que Pedro abordaba en su entrada:

  • Qué entendemos, desde el trabajo social, por pobreza, por exclusión social y cuales son sus causas, y si existe un consenso científico al respecto.
  • Cómo y quienes deben abordar estos procesos, si todos los sistemas o los servicios sociales en exclusiva.
  • A qué deben dedicarse los servicios sociales, si no es a atender a la gente pobre.
  • Donde deben situarse las competencias en materia de servicios sociales y por qué.
  • Si los servicios sociales deben tener un papel en lo referente a protección económica de la población.
  • Cómo debe articularse esa protección económica.

Si y solo si nos hemos aclarado con estas cuestiones estaremos en condiciones de abandonar el odioso rol de valoradoras de pobreza, pero ello implica, IMHO (aprendido en twitter) un replanteamiento de nuestro rol profesional:

  • ¿Queremos realmente abandonar la gestión de prestaciones o son, aunque nos avergüence admitirlo, un mecanismo de poder profesional? ¿Estamos dispuestas a decirles adiós?
  • ¿Nos sentimos preparadas (que no es lo mismo que estar preparadas) para dedicarnos sola y exclusivamente al acompañamiento en procesos de inclusión, de promoción de la autonomía, de organización de cuidados?
  • ¿Realmente tenemos afianzado un ECRO como profesionales del trabajo social?
  • ¿Estamos en condiciones de defender la necesidad del trabajo social fuera del marco de los servicios sociales? Puede resultar paradójico, pero considero que si no somos capaces de explicar la utilidad de la profesión del trabajo social fuera de los servicios sociales nos será muy difícil aportar conocimiento dentro de ellos. Y no al revés.

Opino que es importante el replanteamiento de nuestro rol en lo referente al modelo de servicios sociales porque pienso que la dificultad para imaginar otros servicios sociales deviene de las dificultades para separar nuestro cometido como profesionales (incluyendo nuestros propios sesgos) de la misión del sistema al que la mayoría pertenecemos.

Urgen reflexiones científicas y posicionamientos corporativos sobre servicios sociales y sobre asuntos colaterales tan trascendentales como la Renta Básica, por ejemplo. Espero que esta entrada contribuya, al menos, a pensar sobre todas estas cuestiones, de vital importancia para la mejora de la vida de la gente.

* En adelante, usaré el lenguaje inclusivo, entendiendo trabajadoras sociales como personas trabajadoras sociales, y no mujeres trabajadoras sociales. Menuda entrada he elegido para empezar...


Chayyya chayya
Dil Se

jueves, 2 de febrero de 2017

La ética denostada

Hoy traigo al blog una recomendación doble: El monográfico sobre Ética de la revista Cuadernos de Trabajo Social y un artículo de este monográfico titulado La ética denostada, que escriben Óscar Cebolla y Carmen Verde. La ética, según parece, está de moda ¿No es una magnífica noticia para la profesión?

Qué bueno esto de las revistas digitales. Estar al día sobre Trabajo Social es afortunadamente más fácil hoy día. El auge de las revistas científicas en formato digital libre ha supuesto, al menos para mí, una bocanada de aire fresco y un alivio para mi bolsillo. En su día escribí una entrada recopilatoria donde recogí diez revistas españolas de trabajo social. Posteriormente apareció la revista Ehquidad, que edita la Asociación Internacional de Ciencias Sociales; también publican un boletín al que puedes suscribirte aquí. A ver si me acuerdo y la incluyo en esa entrada.

Suena terriblemente viejuno, lo reconozco, pero ¡Han cambiado mucho las cosas! Hace unos años era taaan complicado leer sobre trabajo social en un pueblo de Almería que esperaba la revista del Consejo como agua de mayo, pues era lo único que caía en mis manos. Ahora corro el riesgo de infoxicarme, bendita sea la infoxicación gratuita.

Todas las revistas que mencionaba en la entrada que escribí tienen mucho que aportar, pero leo con especial interés la revista Cuadernos de Trabajo Social, que edita la Facultad de Trabajo Social de la Universidad Complutense. Su línea editorial es crítica y además sus artículos son de plena actualidad. Me encanta la revista, lo confieso. El último volumen está dedicado a la Ética y lo coordinan María Jesús Úriz Pemán y Damián Salcedo Megales, dos personas con dilatados conocimientos en la materia.

Imagen de portada de Cuadernos de Trabajo Social

De entre los artículos que he leído (no me ha dado tiempo a leerlos todos, lo siento) hay uno que, como decía al principio, recomiendo especialmente: Deontología profesional, la ética denostada, de Óscar Cebolla y Carmen Verde. Se trata de un artículo muy completo:
Ofrece una discusión teórica en torno a tres debates ligados a la buena praxis del trabajo social desde la perspectiva de la práctica profesional. El primero alude al sentido que se le otorga a la "etica" y a la "deontología profesional" en la práctica del trabajo social. El segundo debate es una reflexión sobre la necesidad de la estructura colegial como garante de la buena praxis profesional (...) El tercer apartado gira en torno a la exigencia de formación en ética y en deontología profesional (...)
Te animo pues, a descargarlo y a leerlo con detenimiento. Para finalizar, quiero dar las gracias a los autores del mismo por la mención de mis entradas sobre Hipólita y prometo una entrada práctica diferenciando dilema ético de aplicación del Código Deontológico, eso sí, cuando yo misma acabe de tenerlo claro, ejem, ejem...

La semana que viene, nueva entrada: ¿Valoradores de Pobreza? Una continuación de la entrada de Pedro Celiméndiz Las leyes de Newton y la Atención a la Pobreza. Las dos entradas, la suya y la mía, son fruto de un interesante debate en twitter que enlazaré. Mira que he despotricado sobre twitter y ahora es como el escochbrite ¡Yo no puedo estar sin él!


Me hace mucha gracia Sidiki Diabaté. Es el hijo del maestro de la kora Toumani Diabaté. Intérprete también de kora, su carrera en solitario ha evolucionado por otros derroteros, y es que además de ser hijo de Toumani es hijo de su tiempo. Tiene algunos vídeos dignos de Pitbull, pero voy a compartir algo menos, digamos, exuberante.

Douaou djabira