lunes, 15 de mayo de 2017

Confesiones de una abuela cebolleta

La vida es un suspiro, una ráfaga de viento, un segundo, un puñado de arena que se escurre entre tus dedos. Ayer era una joven trabajadora social militante en el partido de la rabia contra las injusticias de la sociedad y hoy, tras levantarme de la siesta, me doy cuenta de que soy una abuela cebolleta. Así, a lo bestia.

Ayer recibí un correo electrónico (término que las abuelas cebolletas utilizamos para llamar al correo electrónico) en el que se me enviaba un enlace a la penosa noticia de que el alumnado de la Facultad de Trabajo Social de Zaragoza ha tenido la iniciativa de recoger ropa para las personas sin hogar. Fue leer el correo y cabrearme como una mona (expresión que las abuelas cebolletas utilizamos para decir que la noticia me rayó bastante).

Pensaba escribir una entrada en la que volcar toda mi rabia, o incluso explicar el por qué de mi indignación, pero mi admirado compañero bloguero Pedro Celiméndiz debió sufrir el mismo ataque de cólera que yo así que, cabreado como un mono, escribió la entrada El Trabajo Social ha muerto, un título provocador llamado a la movilización, aunque hay quienes esto de las ironías no lo tienen claro, como el Philomeno de Alejandro Robledillo. Es normal porque parece ser que las figuras retóricas, mejor dicho, las ironías, también son cosa del pasado, como los bolis de cuatro colores o los diarios de campo. Cosas de trabajadoras sociales abuelas cebolletas. Como los enfados. Enfadarse hoy día es casposo.

La prueba de ello es que mientras un grupo de trabajadoras sociales mayores ¡de 40 años! nos horrorizábamos ante la iniciativa del alumnado, otro grupo de compañeras jóvenes se sorprendían de nuestra reacción y comentaban en redes sociales que el trabajo social está más vivo que nunca, que fuera de los servicios sociales se están dando experiencias maravillosas de emprendimiento. No digo yo que no. Es más, digo que sí. Sostengo que hay algunas personas maravillosas con proyectos de autoempleo magníficos y mediáticos (en el mejor sentido del término) haciendo otro trabajo social al margen de los servicios sociales con mucha inteligencia. Personas que, por si fuera poco, son las primeras en salir a la calle a reclamar derechos de ciudadanía y se buscan la vida sin pretender vivir de papá sistema público de servicios sociales versión privatizada.

Es necesario el trabajo social en ejercicio libre, como lo es el trabajo social en otros servicios públicos fuera de los servicios sociales (justicia, educación, salud, prisiones...), lo aclaro porque no quisiera que mi lenguaje caduco diese lugar a confusiones. Lo he defendido siempre. Hay vida fuera de los servicios sociales, he defendido toda mi vida profesional. Y más debería haber.

Dicho esto, esta abuela cebolleta cabreada como una mona también afirma que no solo hay muertos escondidos en el armario de lo público. Muertos que, por cierto, somos nosotros los primeros en sacar a la luz. Algo huele mal en el ejercicio libre también. Lo he podido constatar y hasta aquí puedo leer, que no es esta una entrada para la guerra sino para el desahogo de una vieja.

Esta vieja, desde su desvencijada silla de enea, os recuerda con voz trémula que si se escriben blogs de trabajo social es porque los autores, todos, creemos que podemos cambiar la realidad o al menos aportar algo, cada uno desde nuestro punto de vista. Si creyésemos, literalmente, que el trabajo social ha muerto algunos nos habríamos retirado al interior de nuestra vieja casa, arrastrando los pies con nuestra silla de enea en mano para después cerrar tras de nosotros la puerta de la opinión.


Esta vieja que suscribe ruega que seamos capaces de distinguir lo positivo de lo proactivo, que no se ganaron batallas ofreciendo un ramo de flores al enemigo con una sonrisa. Y es que esta vieja se siente como Homer Simpson cuando dice que es un hombre mágico y vive en la casa de la gominola en la calle de la Piruleta. Esta vieja lee con sus ojos miopes a Raffaelle Simone y asiente con sus también arrugados ojos aún capaces de sentir emoción cuando en su libro El Monstruo Amable explica el concepto de la carnavalización de la vida a la que nos ha condenado el neoliberalismo. Estar enfadada es carca, dice Simone, entre otras cosas. Heme aquí, pues. Con todos ustedes, una carca, o en neolengua, una rancia.

Esta abuela cebolleta os señala, jóvenes, con dedo tembloroso para recordaros que no fue una sonrisa, sino la lucha solitaria de Clara Campoamor la que consiguió el sufragio femenino en España. No fue una sonrisa, sino la valentía de Rosa Parks, sentada desafiante en un asiento de autobús para blancos la que abrió las puertas a los derechos civiles en Estado Unidos. No fueron sonrisas, sino disturbios y sangre en Stonewall los que dieron lugar a los derechos LGTBI y al posterior y carnavalizado Orgullo Gay de hoy. No fueron sonrisas sino carreras delante de los grises y cárcel, mucha cárcel, las que contribuyeron a lo que hoy llamamos democracia que no lo es pero se le parece un poco. No fue la sonrisa de la diputada Ana Diamantopoulou la que consiguió que el Parlamento Europeo reconociese la figura del acoso sexual, sino su lucha tras el mismo acoso sexual que ella padeció de joven. No fue la sonrisa de Berta Cáceres la que salvo a su pueblo de la construcción de una presa que hubiese acabado con la vida de sus habitantes, fue su activismo y le trajo la muerte.

No basta con creer que las cosas son mejores de lo que son para que sean mejores de lo que son. Es una mentira. Tampoco basta con sonreír. Ni con ser optimistas, ni positivos. No conozco un solo ejemplo de la historia en el que las sonrisas, la diversión o las parrandas hayan traído avances sociales. Muy al contrario, son armas de distracción masiva, así que yo me quedo con la caspa y me despido muy cabreada con la iniciativa de Aragón y dos citas, una, del rancio Ernesto Ché Guevara para compañeras casposas como yo:
No somos familia, pero si usted es capaz de temblar de indignación cada vez que se comete una injusticia en el mundo, somos compañeros, que es más importante.
Y otra de Chimamanda Ngozi Adichié, joven escritora y feminista, para jóvenes trabajadoras sociales:
Estoy rabiosa. Todos tendríamos que estar rabiosos. La rabia tiene una larga historia de propiciar cambios positivos.

16 comentarios:

  1. Gracias Belén. Me reconforta compartir el cabreo y las críticas a esa versión edulcorada, infantil y "buenista" de nuestra profesión. Tengo una entrada escrita al respecto, pero esperaré a publicarla un par de días. Un abrazo fuerte y gracias de nuevo.

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    1. Es una versión, además de lo que has señalado, irresponsable, como todo lo infantil. Espero tu entrada. Abrazo.

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  2. Si ya con el revuelo del artículo de Pedro pensaba escribir un artículo sobre la noticia de marras (yo también tengo expresiones de abuela cebolleta :P), con tu artículo Belén le voy a tener que hacer si o si...

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    1. ¡Me alegro que tengas algo de abuelo cebolleta! Eso indica que tienes algo de sabio. Espero con mucho interés tu entrada. Un abrazo.

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  3. Aimaaaaa!!debo haberme vuelto abuela cebolleta también!!!!gracias x estas palabras encadenadas con tanto sentido para k no permitir k nos adormilen ni arrinconen!!!gracias compañera!!!!

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    1. ¡Hola, Eider! Gracias a tí por unirte al club de la tercera edad y por tu comentario. Efectivamente se trata de no dormirse, cosa que creo que contribuyen esas versiones del trabajo social flower power ¡Gracias a ti!

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  4. Pues si, y desde los servicios sociales de base las abuelitas estamos hasta los pelos de que se culpe de todos los males a la base, y se olviden las luchas y logros. Los problemas del trabajo social nos afectan a todos y todas, base, ejercicio libre y demás, luchemos por mejorarlo.

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    1. Efectivamente. Es más: Somos las trabajadoras sociales de lo público la punta de lanza en la defensa de derechos sociales y las primeras a las que no nos duelen prendas en denunciar nuestros propios déficits. Y con respecto al ejercicio libre, como con todo, experiencias muy positivas y gente que lo único que pretende es que sus empresas vivan de la teta pública, llamemos a las cosas por su nombre ¡Hombre, ya! Un abrazo, tocaya.

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  5. Belén, hacen faltan más abuelas.
    Se de que hablas, he trabajado siempre en el sector privado, aunque como ahora, dando un servicio público, y como tú dices, en muchos casos no es más q chupar de la teta y las admn públicas se dejan, (pagar un 40% menos en sueldos, entre otras cosas). Y aquí en trabajo social no es que esté muerto, es que creo que nunca existió, o si lo hizo solo lo fué sobre el papel de un proyecto. Y claro que hay iniciativas que se salvan, pero pocas y con una duración muy determinada, al menos lo que yo conozco, ya que he sido una de ellas y he tenido contacto con otras.
    Yo creo como tú que el los Servicios sociales públicos está la puntad e lanza de nuestra profesión, sois los que habéis llevado adelante esta profesión y la habéis dotado de contenido y llenado las universidades de profesores. Y todo pese a todas los palos que os han puestos en las ruedas( llamalo burocracia), tb a profesionales de dudosa profesionalidad, a jefes ineptos, políticos y técnicos( no todos, no generalizo, pero los que hay se hacen notar).
    Todo esto lo sé porque lo he vivido, y porque en 12 años de experiencia en el ámbito social, pocas veces me he sentido trabajdor social, algunas vez ha sido así, pero muy pocas.
    Y como dices, yo también estoy harto del positivismo, del buen rollismo, y la frase de Homer me la voy a tatuar( no es coña es algo que ya había pensado). Estoy cabreado, pero aquí tengo que hacer una autocrítica, no soy capaz de darle cauce a ese enfado.
    Belén, abuela, gracias por tus palabras, eso me hace no desconectarme del todo y seguir unido a esta profesión.
    Pablo

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    1. De todo hay en la viña del señor, de eso no hay duda. Lo curioso es que este tiempo de Adanismo ha traído un odioso mantra de público=mal, privado=emprendimiento enrollado, y no es así (ni tampoco al revés). Los grises, siempre los grises...

      Coincido al cien por cien con lo que planteas y me alegro mucho de que esa coincidencia se produzca con alguien que trabaja en la privada.

      Me alegro todavía más de que estés cabreado. No te preocupes, estoy segura de que le das más cauce del que crees, por ejemplo, comentando aquí.

      Un abrazo.

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  6. Simplemente Gracias Belén...
    Una Trabajadora Social y abuela cebolleta gallega

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    1. Gracias a ti por solidarizarte con esta pobre vieja, jajjajajajjaja!!! Moitos bicos...

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  7. Bueno, mis compañeras de clase hicieron lo que pudieron, lo que se les ocurrió, son demasiado jóvenes y con poca experiencia y menos aún, memoria histórica. Digamos que fue lo que se les ocurrió para un trabajo de clase, crear un evento. Les faltó ambición, rabia, enfado, rebelión y recordar como hacer los cambios, y no solo centrarse en quedar bien con el sistema (en esto último culpo a los profesores también, y lo digo así de claro). No las defiendo por inocentes, por no saber todavía (estando por acabar 3º de trabajo social) que quieren hacer con su vida cuando acaben la carrera, las defiendo porque, como compañera "mami" (podría ser su madre, por la brecha de edad), las veo perdidas en un mar de ideales juveniles, y una falta total de objetividad y estrategia. Está muy bien que quieran acabar con la pobreza en Zaragoza pero, ¿porqué no plantear medidas más expeditivas?¿porqué no obligar al propio ayuntamiento a cumplir sus leyes en cuanto al albergue y los transeuntes con animales?¿o a la construcción de viviendas y locales de plástico reciclado (yo presenté un proyecto al respecto eficiente y con beneficios para la casa consistorial, y la construcción y materiales cumple las expectativas de la ICT y las normas medioambientales) sobre los solares que son de propiedad local y están ABANDONADOS? No sería pues, conveniente, reclamar más realidad en las aulas, obligar a que la universidad nos obligue a darnos un autentico baño de realidad antes de llegar a la asignatura de Gestión de Organizaciones, para poder realizar un evento mucho más llamativo, reivindicativo y positivo? Yo no participé de toda esa movida porque voy a única (odio Bolonia), así que no las defiendo, ni las apoyo, al que no defiendo en absoluto fue al profesor que las ha metido en este compromiso que ya veo que ha levantado semejante revuelo a nivel nacional y que, espero ferviermente, no les afecte profesionalmente cuando terminen el próximo año.

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    1. Laura, lo primero que quiero decirte es que me quito el sombrero ante un comentario tan bien expuesto y tan claro. Te doy las gracias por comentar puesto que eres parte (casi) directa en el asunto. Tienes razón, el profesorado debe dirigir mejor estos asuntos, sin ánimo de echar leña al fuego. Un abrazo y mucha suerte con tus iniciativas, que por lo que leo son bien interesantes.

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  8. Hola Belen de nuevo mil gracias por este blog
    Solo hay una cosa en la que disiento y solo a medias y es en tu autodenominación de "abuela cebolleta", hasta donde sé y conozco de tí creo que despliegas una solvencia intelectual envidiable, un dominio de la profesión maravilloso, un compromiso magnánimo y un inteligencia natural que ya quisieramos muchas.
    Lo digo no solo por alabarte sino porque comparto contigo muchos de tus planteamientos y modos.
    Realmente creo que necesitamos no ya como trabajadoras sociales sino como ciudadanas, defender hasta la extenuación los derechos humanos y los derechos de ciudadanía como marco para nuestra convivencia, así no andaríamos como "pollos sin cabeza".
    Incorporar esta máxima al desarrollo de la profesión del Trabajo Social sería coser y cantar si lo tuviéramos claro.
    Creo que en nuestro país la consecución de estos derechos de ciudadanía tuvo un coste excepcional y tenemos al menos la obligación moral de defender lo que ya nos encontramos bastante avanzado cuando llegamos.
    Lo que nos lleva al terreno del trabajo social, en servicios sociales, en educación, en salud, en prisiones, en la publica en la privada, en las ongs... da igual. Se trata de abanderar esta defensa de los derechos de ciudadanía con el desarrollo de políticas de protección publicas; de comprometernos con un desarrollo cientifica y metodologicamente solvente de la profesión, adobado con un sabor ético, si le echamos un poco de creatividad y gracia, la bordamos.
    Y todo caso cuando nos falle el intelecto, el método, la técnica y demás siempre nos quedará el sentido común a veces tan escaso.
    En fin cabreada con la profesión me planteo si quizás no estemos fallando primero como ciudadanas...

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    1. ¿Qué puedo decir, Ángeles, aparte de "amén"? Que me alegro muchísimo de que compartas planteamientos y cabreo conmigo. Para mí es un honor. Un abrazo.

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