viernes, 22 de septiembre de 2017

Infografía: Teorías contemporáneas del Trabajo Social

El principio fundamental de este libro es el de que el trabajo social es una actividad socialmente construida (...) Forma parte de un complejo y teorético entramado de actividades profesionales y de servicio. Por ello, sólo se puede comprender en el contexto sociocultural de los elementos participantes (...) tenemos que fijarnos en las personas que en ella participan, en su organización y en sus propias teorías y sólo podremos entender estas cosas si nos damos cuenta de cómo son construidas por la sociedad de la que forman parte.

Teorías contemporáneas del trabajo social
Malcolm Payne

Tres libros son, en mi opinión, de obligada lectura para cualquier trabajadora social que se precie: Diagnóstico social, de Mary Richmond, Para comprender el trabajo social, de Teresa Zamanillo y Lourdes Gaitán, y el libro cuya cita abre esta entrada. Llevaba tiempo queriendo hacerle un hueco en este blog, y no se me ha ocurrido mejor manera de animar a su lectura con esta infografía, referida a uno de los tres elementos que, según el autor, construyen el trabajo social: el contexto (los otros dos son la propia trabajadora social y el sistema cliente). Puedes pulsar sobre la imagen y la verás más grande. Espero que te guste. 

Os envío un fuerte abrazo lleno de cariño a las compañeras mexicanas y al pueblo mexicano en general.

PD. La próxima semana, Aporofobia, de Adela Cortina.


domingo, 17 de septiembre de 2017

A vueltas con la zona de confort

El lenguaje está antes que el pensamiento
Noam Chomsky

Nikita y yo a la hora de la siesta
Este mes de propósitos y buenas intenciones he decidido que no voy a hacer nada hasta el próximo verano. Nada. Nada aparte de ir trabajar, salir a caminar todos los días para tratar de continuar perdiendo peso, hacer las tareas domésticas que me corresponden, presentarme al concurso de traslados, echar un ojo a mis padres, ya mayores, convivir lo mejor posible con mi pareja, cuidar a mi familia y amigos ayudándolos en aquello que esté en mi mano, conseguir que mi perra Nikita deje de lamerse las patas, leer, asistir al Congreso de Mérida y escribir en este blog.

En estas divagaciones andaba y justo me encuentro en facebook la última entrada del bloguero Pedro Celiméndiz, titulada Trabajo Social confortable. Me dejó alucinada leer pensamientos tan parecidos a los míos. Yo también estoy cansadísima de la letanía de la zona del confort y todas esas consignas neoliberales que nos están inoculando, bastante tengo con hacer mi trabajo lo mejor posible cuando lo que me pide el cuerpo es organizar con las familias un lanzamiento colectivo de huevos a las entidades bancarias del municipio, pero estén tranquilos directores de banco, no somos capaces ni ellos ni yo.

Hay que quitarse el sombrero ante la eficacia con la que los gurús neoliberales han retorcido el lenguaje en beneficio propio. Han convertido el confort en pasividad, el riesgo en afán de superación y lo proactivo en positivo. Siempre he creído que confort es comodidad, riesgo es peligro y positivo no es lo mismo que proactivo, porque ser positivos porque sí no hace la vida mejor por arte de birlibirloque, pero sí resta capacidad crítica. Lo dice una persona optimista que trata de ser proactiva en su vida diaria.

Iré un poco más allá. Rechazo incluso el afán de superación, tal y como se entiende en el contexto actual. Mi padre, camionero, recibió presiones familiares toda su vida para que comprase un camión más grande y cosas de ese tipo. Mientras otros camioneros prosperaban endeudándose con camiones frigoríficos para poder viajar día y noche, semanas enteras, él jamás salió de su zona de confort, sin embargo tuvo tiempo para jugar con sus hijas y nos sacó adelante junto con mi madre, máster en economía doméstica. Hoy su pensión es escasa y los ahorros también, aún así, es feliz y no cambio yo a mi conservador padre por nadie en el mundo.

En lo que a la profesión del trabajo social se refiere, hubo un párrafo de la entrada de Pedro que me gustó especialmente. Dice así:
Nuestra profesión nos sitúa permanentemente ante situaciones de sufrimiento humano para las que con frecuencia carecemos de respuesta y sobre las que asumimos responsabilidades sin los necesarios instrumentos.
Cosas del destino, esta semana he recibido un correo electrónico devastador de una compañera a la que no conozco de nada. Se siente muy mal porque se ve incapaz de ejercer y le pesa muchísimo la responsabilidad de atender y acompañar. No he querido hacer un corta pega del correo por respeto a su intimidad. No es necesario, el párrafo de Pedro resume a la perfección lo que la compañera cuenta en el correo.

Todo lo que he expuesto aquí, junto con la entrada de Pedro y el correo de la compañera me lleva a dos conclusiones, la primera, que efectivamente carecemos de instrumentos para manejar la relación de ayuda. Es necesaria la formación en terapia familiar, intervención... llamémosle como queramos. El modelo da un poco igual, la cuestión es abordar los casos con perspectiva científica y herramientas profesionales, que las hay. Creo que si la compañera estuviese formada al respecto, su incomodidad desaparecería. A mí me ocurrió lo mismo y me formé en el modelo sistémico, lo que me ayudó muchísimo. Por cierto, colocaré en el blog un repositorio de casos a petición de esta compañera.

La segunda conclusión es que no debemos avergonzarnos de optar por quedarnos en nuestra zona de confort. La vida, como decía Pedro, no es una carrera de obstáculos, no hay que llegar a ningún sitio, es el viaje lo que realmente merece la pena, tan sólo necesitamos una brújula: la ética.

Pastora
Qué pasa si soy del montón

jueves, 7 de septiembre de 2017

Una serie de catastróficas intervenciones en servicios sociales


A algunas lectoras les hizo gracia el término intervenciones cajero, que usé en la entrada de la semana pasada y me pidieron que lo explicase. Los deseos de las lectoras son órdenes, así que procedo en esta entrada a describir tres tipos de intervenciones en servicios sociales que me desagradan mucho. Las bauticé hace años, con un objetivo pedagógico-humorístico, para mis grupos de preparación de oposiciones y supuestos prácticos. Sus nombres son:
  • Intervenciones cajero.
  • Intervenciones Federer.
  • Intervenciones alguien ha matado a alguien.
Las intervenciones cajero son aquellas en las que la persona profesional (no necesariamente trabajadora social) se aferra a los recursos de que dispone y se limita a tratar de acoplar en alguno de ellos la demanda que la persona atendida plantea, como el zapatito de la cenicienta. Este proceder es muy perjudicial para la persona atendida, máxime si no tiene el piececico que el zapato requiere, entonces más vale que se vaya a su casa, baje la persiana y se acueste: la profesional, como el personaje de Kafka, ha sufrido una metamorfosis, esta vez en cajero que expulsa dinero y servicios (o nada).


El segundo tipo de intervenciones son las intervenciones Federer. Podría haberlas denominado intervenciones Nadal sin embargo, a riesgo de herir sensibilidades patrias, el revés a una mano de Federer es mi debilidad tenística. Las intervenciones Federer consisten en devolver la pelota como sea a otro sistema (o a otro chiringuito del nuestro). Un clásico es el peloteo con salud, en el que las sufridas pelotas suelen ser personas con trastorno mental o problemas de drogas. 

Conste en acta que en servicios sociales somos unas ases del revés, no obstante nuestras compañeras de salud utilizan el drive con maestría suiza ¿Quién no ha oído la expresión es un caso social? Qué lejos andamos todavía de la atención centrada en la persona.


La tercera y última intervención es mi favorita. La llamo ¿Alguien ha matado a alguien? Y es que debo confesar que uno de mis referentes en servicios sociales es Miguel Gila. Sí. Es mi humorista favorito por su finísima ironía y sus monólogos me sirven, por extraño que parezca, en muchas ocasiones. Mira esta detención con indirectas... Buenísimo.


Suelo echar mano de este monólogo para ilustrar mi reacción cuando acuden a contarme un secreto. Ese momento tan especial en el que te dicen, o más bien te susurran, que está pasando algo muy malo en tal o cual familia, pero no puedes decir quien te lo ha dicho o, peor si cabe, no puedes decir que lo sabes. 

Si el secreto te lo cuenta una vecina ya es problemático, aún así, lo compro. Ahora bien, si el secreto te lo cuenta una profesional seguirle el rollo sin más es, como sabes, una malísima praxis, sobre todo porque normalmente esa profesional que te lo está contando está obligada a hacer algo al respecto (denunciar, notificar, derivar, intervenir…) y su jugada es eludir esa responsabilidad endosándonos el mochuelo.

En ese caso me levanto de la silla (literal) y, emulando a mi admirado Gila, me pongo delante de la compañera, mirándola con ojos de psicópata y le espeto: ¡Si te parece lo puedo descubrir yo sola con indirectas! ¡Me voy a la casa y me paseo por el pasillo diciendo ¿Alguien ha maltratado a alguien? ¿Alguien es un abusador?! ¡Lo que viene siendo una intervención con indirectas! ¡Igual confiesa por verguenza!

¿No te fastidia?

viernes, 1 de septiembre de 2017

Preguntar

Hacer preguntas no es fácil y nuestra profesión consiste, en gran medida, en hacer preguntas. De lo dicho se desprende, pues, que el trabajo social tampoco es fácil. Es por el contrario una compleja profesión, aunque últimamente gran parte de la clase política y ciertos activistas lo hayan olvidado, si es que alguna vez lo supieron. Difícil profesión en un pantanoso sistema público-privado-filantrópico de servicios sociales en el que algunas andamos metidas hasta el cuello. Pero mejor abandono el fango y retomo la senda de las preguntas que es lo que me trae aquí. Esta es una entrada dirigida a profesionales noveles.

http://www.sarquavitae.es/articulo/taller-de-preguntas-y-respuestas/

Cuando comencé a trabajar una de las cosas que peor hacía era preguntar. Me daba corte. Creía que me inmiscuía en asuntos que no eran de mi incumbencia y prefería obtener menos información a riesgo de no emitir una valoración adecuada. Me daba vergüenza observar a compañeras que preguntaban con lo que yo entendía como cierto descaro, digámoslo así. Aún me cuesta mucho preguntar. Siempre peco por defecto. Por eso estoy atenta y pude acertar con la persona adecuada en el momento preciso. Se trata de una anciana a la que llamaremos María.

El otro día llegó María, con grandes problemas de movilidad, a la puerta del centro en taxi. Llovía mucho y me pilló volviendo del desayuno, así que la ayudé a subir a la oficina, y decidí atenderla a pesar de que no tenía cita ni era de mi zona, puesto que había llegado en taxi y no era plan. La metí en el despacho y me explicó que venía por un problema de la pensión que nada tiene que ver con mi competencia. Noté que olía mal y me extrañó porque venía arreglada. Tampoco me cuadró que viniese sola en taxi. Así que decidí preguntar, no sin antes solucionar el tema de la pensión a pesar de que no era cosa mía. Quería ganarme su confianza.

Comencé a tirar suavemente del hilo y la señora arrancó a hablar de buena gana. Venía sola porque no tiene absolutamente a nadie, su esposo murió y no tuvieron hijos. Volvió a casarse, ya mayor. Empezó a llorar. Entre lágrimas me dijo el primer marido te lo da dios, el segundo el diablo, qué te voy a contar hija mía. No es un hombre bueno. Observé que no quiso seguir hablando por lo que no seguí preguntando al respecto.

Me explicó que no puede hacer nada en casa y ni siquiera puede asearse ni el marido la ayuda, obviamente. Le informé acerca de la Ley de Dependencia y la solicitó. Le planteé teleasistencia y también aceptó. Hicimos todos los trámites en el momento y le pregunté que si le importaría que la visitara. Me dijo que no, que le gustaría. Quería ver cómo estaba la vivienda y conocer al marido. Fui días después al domicilio y, como suponía, la casa se encuentra en condiciones lamentables de mantenimiento y el marido efectivamente no era un hombre bueno.

María por fin está en el camino para ser atendida en sus necesidades. Yo me pregunto: ¿Nadie ha detectado esto anteriormente? ¿Cómo es posible? La respuesta es simple: Nadie se ha detenido a mirar más allá. Esta mujer con toda probabilidad ha sufrido diversas intervenciones-cajero, de las que hablaré en otro momento. Por mi parte no he hecho nada más que preguntar. Sólo preguntar. Es mi trabajo, es mi obligación porque, en palabras de María Jesús Brezmes, el profesional a diferencia del técnico tiene una mirada experta, está entrenado para ver más allá. Y en este caso solo había que ser profesional para ver. Y actuar.

Por ello, animo a la pregunta. Compañeras noveles, no os cortéis. Desde el respeto, en primer lugar. Las preguntas deben ser pertinentes, lo contrario de pertinente es impertinente, y algo de eso he visto también. Para evitarlo, la formación en segundo lugar, clave. Preguntar con calidez, en tercer y último lugar pero no menos importante. Muchas Marías os lo agradecerán. Y no desesperéis, que el curro aparece cuando menos se le espera ¡Que la fuerza os acompañe!

Tracy Chapman
Give me one reason