domingo, 31 de diciembre de 2017

Por un rabioso 2018


Es muy difícil hacer una llamada a la esperanza con todo lo que nos ha deparado este año que acaba en unas horas: Crisis mal llamadas humanitarias, familias vagando bajo la nieve en Lesbos, haciendo cola para recoger alimentos en Pontevedra, Almería, Gijón, Valencia, Badajoz o Santander, otras muchas rotas por culpa del terrorismo machista y miles de personas que no es que carezcan de familia, es que ni siquiera tienen un hogar donde guarecerse del implacable frío de diciembre. 

Los jóvenes no pueden formar una familia porque el sistema los condena a la precariedad a la vez que tolera la muerte lenta de personas ancianas solas, en sus desvencijadas viviendas, abandonadas ante la indiferencia de la sociedad. El fascismo por su parte avanza con paso firme y mirada larga. Los académicos ponen nombres a la barbarie: aporofobia y posverdad, signos de este tiempo. Ahora que me acuerdo me sigue faltando el artista anteriormente conocido como Prince. No le tocaba aún, como a tanta gente, lejana y cercana, pero la vida continúa, inexorable. Como Rajoy y Susana, perennes. Qué hartazgo ¿No?

Escribe Václav Havel la esperanza no es lo mismo que el optimismo. No es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte. La verdad es que no estoy de acuerdo. De hecho no creo en la esperanza, me parece un camelo, una milonga propia de Paulo Coelho o de Jodorowski. Cuando me ponen la esperanza por delante me acuerdo de la canción de Kiko Veneno Esperanza, yo quisiera encontrarte y soñar sin tener que sufrir siempre. En cambio, como creo en la rabia, a ella me aferro. Y desde la rabia hago una lista de exigencias.

Exijo que hoy la gente empobrecida coma percebes, y turrón, y beba champán. Que la noche de reyes todos los niños y niñas encuentren juguetes en sus zapatos y que puedan degustar el roscón que sus padres han comprado sin pensar en las consecuencias. Deseo que todo este invierno las estufas permanezcan encendidas como si no hubiera un mañana. Pido que las personas sin hogar tengan un techo, pero ya. Que las odiosas barreras que padecen las personas con discapacidad desaparezcan sin más dilación. Ordeno a la Unión Europea que acabe con las penurias de las personas refugiadas. Conmino al Ministro del Interior a liberar a personas que no han hecho nada y permanecen presas en Archidona, a retirar las concertinas y a bajar a las criaturas encaramadas a las vallas fronterizas. Solicito a la Ministra de Servicios Sociales e Igualdad la detención de la sangría de asesinatos machistas y las muertes sin respuesta de las personas dependientes. Detesto la nefasta política de Susana Díaz que perpetúa la pobreza de mi comunidad y exijo un giro de 180 grados, como lo exijo acerca de la gestión inmisericorde de mi ayuntamiento, gobernado por la peor cara del PP, si es que es posible.

Estoy furiosa y eso me da fuerzas para seguir trabajando y para seguir escribiendo. La ola feminista, cada vez más grande, cada vez más alta, me da fuerzas. La marea creciente por una renta básica me da fuerzas, las miles de profesionales que se levantan con la determinación de dar lo mejor de sí mismas me dan fuerzas, la ciudadanía que se rebela porque sí contra el individualismo feroz me da fuerzas, así como las vecinas que aporrean la puerta de María si hoy no la han visto en la calle, compartir la vida con mi pareja, la amiga que me llama para saber cómo estoy o mi padre, anciano, sacando sonriente a mi perra porque mi pierna fracturada me condena al encierro.

También me da fuerzas saber que tú, al otro lado de la pantalla, sientes lo mismo que yo, así que me despido dándote las gracias y deseándote un rabioso, feliz y ¡qué demonios! esperanzador 2018.

Muse
Sign of the times (Cover Prince)

lunes, 25 de diciembre de 2017

Ayuda a domicilio y trabajo social (segunda parte)

Inicié la semana pasada un hilo de reflexión sobre el servicio de ayuda a domicilio (SAD) como ejemplo de la confluencia entre capitalismo y patriarcado en servicios sociales. Decía que estos dos sistemas son, en mi opinión, los pilares que confrontar desde el trabajo social crítico.

Si bien es cierto que como trabajadoras sociales de base no podemos impedir la privatización de los servicios en manos de multinacionales, sí podemos denunciar estas prácticas ante la opinión pública, informar acerca de sus perjuicios, dignificar la labor de las auxiliares, animar a su afiliación sindical, presionar a las empresas para que cumplan sus obligaciones, en suma, servir como altavoz, pero hay más.


Observo que existen por parte de las profesionales de servicios sociales dos modos (no siempre conscientes) de entender el servicio de ayuda a domicilio, uno, muy en la línea del modelo de gestión de casos, que según Viscarret 
es un modelo que aparece en el Trabajo Social como resultado de la preocupación por ofrecer una intervención cada vez más eficiente, eficaz y al mismo tiempo más económica. Para tal fin, se adoptan fundamentos teóricos que provienen de disciplinas más relacionadas con la economía, la empresa y el comercio.
Este modelo, producto de la incorporación del paradigma neoliberal al trabajo social, se aplica al servicio de ayuda a domicilio bajo la premisa el cliente siempre tiene la razón, en este caso la familia que recibe el servicio, por lo que el objetivo principal es su satisfacción. La empresa es la responsable del SAD y los servicios sociales solo se ocupan de controlar que se preste como está prescrito. Normalmente la prescripción suele estar ajustada a los deseos y preferencias de la familia, con consecuencias a mi modo de ver nefastas para las auxiliares de ayuda a domicilio y para el servicio en sí.

Las consecuencias de el cliente siempre tiene la razón son, entre otras, asignación de horarios que no permiten que las auxiliares puedan completar su jornada laboral, prescripción de domingos y festivos en casos innecesarios y sustitución de auxiliares en conflictos ocasionados por la persona atendida en lugar de aplicar el régimen de sanciones estipulado, por no hablar de los flagrantes incumplimientos de la hoja de tareas, elemento clave para la calidad del servicio y la dignificación del trabajo de las auxiliares. Aquí hago un inciso para señalar a las propias auxiliares, que deberían ser menos tolerantes al respecto y marcar sus límites.

Cuando hay conflictos entre las auxiliares y las personas atendidas es clásico que las profesionales de servicios sociales nos saltemos el principio de veracidad, que no es ley en el caso de las auxiliares, sin embargo debería tener un cierto peso. Si la auxiliar no se siente respaldada por nosotras ante las familias su trabajo se devalúa y se abre una peligrosa tentación de explotación laboral. Desde este modelo son típicas las dinámicas de empoderamiento de las familias frente a las auxiliares, temerosas de no cumplir las expectativas y perder las horas de trabajo.

Explotación unida a la precariedad que conlleva trabajar dos o tres horas diarias, por lo que considero un imperativo moral tratar de cuadrar horarios que les permitan obtener un salario digno. Si una familia solicita el servicio a las 9 de la mañana no es lógico que lo reciba a las 11, pero sí a las 9 y media, yo juego con márgenes de media hora arriba y abajo (con excepciones, claro está).

¿Se trata entonces de invertir el orden para colocar las preferencias de las auxiliares por delante de las necesidades de las personas atendidas? No.
El Trabajo Social crítico supera este desafio señalando que el denominador común es que todas las tormas de opresión se basan en un planteamiento idéntico de subordinación y de dominación contra el que hay que trabajar. Al radicar el problema en la estructura social dominante, permite que los trabajadores sociales críticos/radicales consideren que los diversos objetivos emancipadores de los grupos oprimidos puedan conciliarse. De nuevo, Viscarret
No se trata de enfrentar los intereses de las auxiliares y de las familias y/o de optar por una de las partes, como tampoco se trata de prescribir sin más y dejar el caso en manos de la empresa. Se trata de arremangarse e intervenir procurando conjugar el bienestar de la persona y de su auxiliar ya que normalmente van de la mano. Intervenir en las tareas, en los conflictos, en las alianzas, en la mejora del bienestar de la persona atendida y, lo más importante, en la construcción de redes de apoyo diversas, amplias, estables y sanas. La sobre prescripción, por ejemplo, las destruye.

Por otra parte, desde la mirada con gafas violetas, o si se prefiere desde un trabajo social con perspectiva de género, veremos con gran nitidez la dureza que supone el trabajo feminizado de cuidar y como, tristemente, es sistemáticamente denostado, tomaremos conciencia de la dificultad de conciliación de la vida laboral de nuestras compañeras auxiliares, de la necesidad de dignificar su trabajo garantizando que las tareas sean las adecuadas para la persona (y no para el hijo o los cuatro nietos) y, como decía, procuraremos como responsables del servicio que se cumplan escrupulosamente.

Es también nuestra competencia ofrecerles apoyo emocional en la línea de la ética del cuidado de la que hablaba Carol Gilligan. Es evidente que si las auxiliares se sienten parte del equipo y son escuchadas trabajarán mejor y serán aliadas en nuestra intervención con el caso. Casos, algunos, que incluso no deberían estar en SAD, aunque explicar esto me ocuparía una entrada entera.

El SAD es un servicio muy complejo porque hay muchas partes implicadas y porque además se realiza en el hogar, así, se imponen verbos como acompañar, mediar, negociar, escuchar y atender. Las multinacionales no son la opción que más nos gusta, es verdad, precisamente por eso la coordinación con sus equipos es tan importante. No está de más recordar que en estas empresas también trabajan profesionales (muchas de ellas trabajadoras sociales) para que todo vaya bien. El entendimiento es la clave. Nuestras personas atendidas lo agradecerán.

Akua Naru
The block
Akua Naru es una rapera norteamericana que ha sido
la profe del taller de música que recibieron las chicas de
Salute Yal Banot, cuya canción apareció en la entrada anterior.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Ayuda a domicilio y trabajo social (primera parte)

El servicio de ayuda a domicilio (SAD) es uno de los programas más antiguos en los servicios sociales de este país. Existe un amplio consenso profesional y ciudadano sobre su eficacia y su relevancia como yacimiento de empleo, sobre todo en las zonas rurales. La ley de dependencia lo ha incorporado en su catálogo, siendo éste uno de los recursos más prescritos.

La importancia de este servicio obliga a una revisión periódica para su actualización y mejora. Como profesional responsable en mi UTS del SAD me gusta hacer esta revisión, eso sí, para mis adentros ya que nadie me ha pedido que lo evalúe. Hoy la traslado al blog porque guarda relación con mi manera de entender el trabajo social. Vayamos por partes.

Casi todas las administraciones prestan el SAD a través de la modalidad de gestión indirecta, es decir, con empresas normalmente multinacionales que se ocupan de la gestión del servicio mientras la titularidad sigue siendo pública. 

En la práctica esto se traduce en que las trabajadoras son contratadas con el salario y condiciones laborales de la empresa; en Andalucía la Junta paga a las empresas trece euros por hora de los cuales las auxiliares vienen cobrando cinco y pico más o menos. Un precio hora problemático porque los trece euros son insuficientes para los ayuntamientos con gestión directa o para las cooperativas que ofrecen condiciones laborales dignas y sí parecen ser suficientes para las multinacionales que pugnan con fiereza por obtener los contratos de gestión.

No es alocado inferir que si el SAD es rentable para las multinacionales es a costa de precarizar las condiciones laborales de las trabajadoras que son en su inmensa mayoría ¡oh, sorpresa! mujeres y de ellas una parte cada vez mayor ¡oh, sorpresa! extranjeras. Trabajadoras que tienen que acumular muchas horas de trabajo para poder obtener un salario no digamos digno y a las que no se les paga el tiempo de desplazamiento entre un domicilio y otro, ejemplos estos de muchas injusticias.

Puede que haya quien piense que con las circunstancias políticas actuales no es posible imaginar otro modelos de gestión: las tardanzas en pagar por parte de los ayuntamientos hacen difícilmente soportable el funcionamiento de empresas de economía social, los trece euros imposibilitan la gestión directa, etc. Con el panorama actual es cierto. Tan cierto por otra parte como que se construyen aeropuertos sin aviones, se rescata a la banca con 40.000 millones ¡de euros! y se financian con dinero público escuelas taurinas y corridas de toros, entre otros muchísimos indecentes dispendios. Cuestión de prioridades políticas. Retomemos el hilo.



Aparte de desempeñar un empleo muy precario, las trabajadoras soportan tratos vejatorios en más ocasiones de las que ellas mismas denuncian para no perder horas de trabajo. Cuando digo trato vejatorio también me estoy refiriendo a conductas sexualmente inapropiadas por parte de hombres que reciben el servicio. No es la norma, no obstante tampoco se trata de casos aislados y lo puedo afirmar por mi larga experiencia como responsable del servicio.

Esta también es, en definitiva, la realidad del servicio de ayuda a domicilio. Es un programa en el que confluyen a la perfección los actores necesarios para el buen funcionamiento de la maquinaria capitalista actual: El empeoramiento de las condiciones de vida de las clases trabajadoras y el patriarcado que, entre otras cosas, contribuye a precarizar todavía más los empleos feminizados, llegando a no considerarlos en algunos casos ni dignos de salario. Es importante en este sentido la diferenciación entre trabajo y empleo, que daría para otras entradas.

El capitalismo y el patriarcado son en mi opinión los dos baluartes que un trabajo social crítico debe contribuir a derribar. La praxis, como sabemos, no es neutra: Confrontar es tomar posición, pero aceptar las cosas como son también lo es. Trataré de demostrarlo, con el servicio de ayuda a domicilio como excusa, en la próxima entrada.

SaluteYal Bannot (Honor a las niñas)
African Girl
(Si te apetece conocer la historia de estas maravillosas 
mujeres sudanesas pincha aquí)

jueves, 14 de diciembre de 2017

Un problema social

Resulta que en un pueblecito del interior de Almería la población de tres barrios lleva unos diez días más o menos sufriendo continuados y largos apagones. Estas personas, hartas, se han organizado y han formulado una protesta colectiva ante la compañía eléctrica y las administraciones. Si el problema está supuestamente en vías de resolución es gracias a su acción colectiva. Nada particular en esta España nuestra.

Ese pueblecito es Berja, donde ejerzo como trabajadora social, y estoy muy enfadada. Me hiere por igual que haya personas (amigas algunas) sufriendo los apagones y el tratamiento de la noticia por parte de Ideal, un periódico local, que la ha cubierto con el siguiente título: Las plantaciones de marihuana y los enganches ilegales están detrás de los cortes de luz en Berja. El cuerpo de la noticia como su título, no tiene desperdicio. Como muestra, este botón:
la compañía eléctrica ha sustituido fusiles fundidos, cables dañados y transformadores, «todos ellos dañados por la sobrecarga que supone para la red las plantaciones ilegales». No obstante, aunque sin ánimo de echar balones fuera, Endesa asegura se trata de un «problema social». A su juicio, abordar el exceso de consumo que producen los enganches ilegales «va más allá» de su labor. 
Hasta donde yo sé corresponde a la compañía eléctrica ofrecer un servicio de calidad y efectuar las oportunas inspecciones. Corresponde asimismo a las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado perseguir los delitos contra la salud pública como el cultivo masivo de marihuana, por lo tanto en lo que atañe a la compañía las plantaciones de marihuana son un problema de seguridad ciudadana: un delito y un riesgo para la seguridad de las plantas eléctricas. Por otra parte, las secuelas de un consumo no responsable de marihuana generan además a las administraciones un problema sanitario que en algunos casos puede desembocar en procesos de exclusión social.

En cambio, los cortes de luz sí constituyen un grave problema social. Que España tenga la luz más cara de Europa es un problema social, como los más de cinco millones de personas con temperaturas gélidas este invierno mientras el presidente de ENDESA, Borja Prado, ha ganado en 2016 tres millones de euros, ocho mil euros diarios. Un gravísimo problema social porque es muestra de la escandalosa desigualdad a la que los diferentes gobiernos nos han abocado. Concretamente a la cabeza de Europa, otro número uno para la vergüenza. Como el bono social. Vergonzoso.

Imagen vía www.elhorizonte.mx

Todos estos datos no parecen importar al periódico, más preocupado de exculpar a la empresa, que no tiene ánimo de echar balones fuera y de apuntar hacia las personas que enganchan ilegalmente la luz o que cultivan marihuana convirtiéndolos en el blanco de la hostilidad de los vecinos que pagan sus recibos religiosamente. Olvida este periódico que ni los enganches ilegales de luz ni el cultivo de marihuana eran prácticas habituales en Berja hace 15 años, sino todo lo contrario. Que el barrio al que señalan sin nombrarlo ya estaba allí hace 15 años.

Ignora el periódico que las mismas personas que hoy enganchan ilegalmente la luz son, en su mayoría, las mismas que antes pagaban religiosamente sus recibos. También que muchas de las personas que hoy cultivan marihuana (no todas, claro) trabajaban como albañiles, yesaires, encofradores, pintores o ferrallas. El periódico no lo sabe, pero yo sí lo sé. Sé también que Berja vivía de la minería, que se hundió, también del cultivo de la uva, que también se hundió. Después, la nada.

He vivido con pena negra la degradación de algunos barrios, el Cerro de San Roque entre ellos. Barrios donde antes esperaba paciente con mi coche en cualquier calle, taponada por la furgoneta del risueño panadero y su club de fans. Barrios de mujeres ufanas escoba en mano barriendo su calle, vacía a la hora del colegio. Barrios de hombres saliendo de sus casas con el uniforme customizado de pintura y el hatillo con el rancho en la mano, mirada larga, paso firme.

Hoy los hombres languidecen al sol cada vez más encorvados, sentados en las aceras litrona en mano y los niños corretean a las once de la mañana. Las mujeres piden el pan y que se lo apunte. Las ancianas hacen trucos de magia con la pensión que con un saco de patatas y legumbres da para muchas ollas porque se les echa cualquier hueso y está bueno. Ahora las calles están más sucias. Se les habrán quitado las ganas de barrer a las vecinas, imagino. No se lo he preguntado a ninguna. Será cosa de la teoría de las ventanas rotas.

El caso es que así está Berja. Los apagones continúan y yo estoy furiosa con las eléctricas y la macroeconomía por un lado y sobrepasada por otro. En estado de catatonia hasta que noticias como esta me repente me activan y me pongo a escribir. Igual soy parte del problema. Lo mismo yo también soy un problema social, como la marihuana, yo que sé.

Colter Wall
Sleeping on the blacktop

viernes, 8 de diciembre de 2017

La vergüenza es peor que el hambre

Lo social no es en realidad más que un eufemismo para designar esa mezcla de indignación, asco y vergüenza que uno experimenta ante la realidad en que vive.  
Gabriel Celaya
Nunca me había parado a pensar sobre la vergüenza hasta esta semana. La vergüenza como concepto se ha asomado, juguetona, por aquí y por allá: En una frase de Rodríguez Castelao que da título a esta entrada, en dos artículos de prensa, en un hilo de twitter, conversando con una compañera, en un texto de Marx y hasta en dos series de TV, una comedia y una ¡de policías! Tan insistente se ha puesto la vergüenza que he decidido saber más, así que que me he puesto a buscar libros sobre el tema y resulta que hasta Boris Cyrulnik ha escrito un ensayo sobre la vergüenza. Salman Rushdie acaba de publicar otro, en este caso una novela.


Traigo la vergüenza al blog porque estoy dándole vueltas a su relación con los servicios sociales. Opino, tras leer a investigadoras y pensadores varios, que la vergüenza juega un papel muy relevante y que además tiene una función disciplinaria en política social en general y servicios sociales en particular. Es lo que voy a tratar de transmitir en esta entrada con algunos argumentos que espero poder desarrollar mejor algún día, aunque estoy segura de que otras personas ya habrán desarrollado esta reflexión con rigor científico y yo no me he enterado.

Todo comenzó con un artículo de Peter Frase que, con este título, no pude resistirme a leer: Resentidos con los hipsters. Su tesis central es que la fetichización del trabajo alimenta la política del resentimiento. En su lugar, es el momento de abrazar el lenguaje de los derechos económicos y sociales. Este párrafo es central para explicar mi argumento (aunque recomiendo la lectura del artículo entero):
La ética del trabajo es un elemento fundacional del capitalismo moderno: asegura la legitimidad general del sistema, y dentro del ámbito individual de trabajo motiva a los trabajadores a ser económicamente productivos y políticamente inactivos. Pero el amor al trabajo no es algo que llegue fácilmente a los trabajadores, y su construcción durante siglos fue un logro monumental para la clase capitalista.
De este modo el empleo se ha convertido hoy en el eje sobre el que pivota toda nuestra vida. Nuestra identidad se conforma en torno al empleo, que nos sitúa en una u otra clase social y es la vía de acceso al consumo, otro de los elementos que conforman nuestra posición en la escala social capitalista. Por contra, no tener empleo está mal visto, es un motivo de vergüenza dado que nos convierte en seres improductivos, consumidores fallidos, que decía Bauman. Creo que no es necesario extenderme en esto, lo vemos todos los días en las caras de las personas desempleadas.

Si carecer de empleo es motivo de vergüenza, imaginemos lo que supone encontrarse en situación de pobreza. En realidad no hace falta imaginarlo ya que tenemos evidencia científica, por ejemplo en el magnífico artículo La vergüenza también es un problema psicosocial de Keetie Roelen, investigadora y codirectora del Centro de Protección Social del Instituto de Estudios sobre el Desarrollo de la Universidad de Sussex, en Brighton (Reino Unido), publicado el otro día en El País.
Ser pobre es una experiencia muy vergonzante, que degrada nuestra dignidad y nuestro sentido de lo que valemos. Aunque las causas y manifestaciones de la pobreza pueden ser diferentes, la humillación que la acompaña es universal. Recientes estudios llevados a cabo por la universidad de Oxford indican que de China a Reino Unido, las personas que se enfrentan a problemas económicos —incluidos los niños— notan un ataque casi idéntico a su orgullo y autoestima.
Repitiendo entradas anteriores, retomo la idea de que el capitalismo clásico, heredero de la filosofía calvinista, consideraba como un valor la ética del trabajo, vinculando así empleo y bienestar y, por consiguiente, también desempleo y pobreza, un binomio a todas luces falso por cuanto es ampliamente sabido que tener un empleo no garantiza salir de la pobreza; aún así, el neoliberalismo se apropia de esta ética del trabajo y construye una falsa dicotomía entre los pobres merecedores y los no merecedores, los primeros, personas que han caído en desgracia y que merecen toda nuestra conmiseración y apoyo, los segundos, parásitos del estado.

Dicho de otro modo: Pobres con vergüenza y sinvergüenzas a secas. Me decía una compañera el otro día mis padres eran pobres, pero nunca pidieron ayudas porque tenían vergüenza, no como otros vecinos. La vergüenza como elemento de diferenciación. La vergüenza como acicate.

En este sentido, como profesionales hagamos un ejercicio de introspección: ¿Qué personas peticionarias de ayudas económicas nos producen un mayor confort? ¿Preferimos atender a las que han caído en desgracia y acuden a nuestros servicios casi sin querer entrar o a aquellas que solicitan ayudas con una actitud casi chulesca? ¿Por qué?

¿Y qué ocurre cuando un pobre merecedor no consigue incorporarse al mercado laboral y/o salir de la pobreza? En muchas ocasiones, la misma persona que era objeto de conmiseración comienza a ser objeto de rechazo por nuestra parte cuando comienza a fallar y se convierte en pobre no merecedora, cuando se cronifica. Con estas cogniciones ¿Estamos siendo acompañantes en procesos de ayuda o un elemento más del control social? ¿Qué tipo de acercamientos a nuestros servicios estamos generando, auténticos o estereotipados? ¿Qué interacciones estamos construyendo?

Hay que enfrentar de una vez la pregunta ¿Estamos por asumir esto de los pobres merecedores y los que no? ¿Deberían sentir vergüenza ambos por acudir a nuestros servicios? ¿Deben hacérnoslo notar? Y lo más importante: ¿Es la vergüenza una emoción proactiva en intervención social? Marx decía que la vergüenza es un sentimiento revolucionario. Por una vez, y sin que sirva de precedente (o no), discrepo. La vergüenza es peor que el hambre. En todas sus formas.

Sting con Anoushka Sahktar
Book of my life

lunes, 4 de diciembre de 2017

Chupete 1 - Renta Básica 0

En política existe una máxima que reza así: A la gente se le puede decir lo que quiere oir, pero es mejor decirle lo que tiene que oir. Nuestra clase política (salvo honrosas excepciones) decidió optar por lo primero, tiempo ha. Es más cómodo y ofrece mejores resultados electorales, según parece. Esta deriva sumada a:
  • Un andamiaje ideológico endeble acerca de servicios sociales y lucha contra la pobreza por parte de gran parte de los partidos de izquierdas.
  • El interés por desmantelar lo público en pro del mercado y la iniciativa filantrópica por parte de los partidos de derechas.
  • Una incomprensible obcecación por ignorar sistemáticamente la evidencia científica en materia de servicios sociales y exclusión social por parte de ambos
da lugar a lo que la Asociación de Directoras Gerentes denomina ocurrencias. El bono social eléctrico es una de ellas. Es muy grave, sin embargo es antipática lo que supone una ventaja a la hora de hacerle frente. Otras, en cambio, resultan tan entrañables y tan enternecedoras que es todo un atrevimiento cuestionar, más aún si se realizan en Navidad. Una de ellas es el Chupete Solidario, una iniciativa malagueña que ha contado, como no podía ser de otra forma, con el apoyo de la Junta de Andalucía y pretende exportarse al resto del territorio andaluz.

Rueda de prensa de presentación de la ocurrencia

Esta inocente iniciativa ha coincidido con la inminente aprobación del Decreto de Renta Mínima de Inserción de Andalucía, fruto del pacto PSOE-Ciudadanos, que viene a sustituir al antiquísimo Salario Social. La renta básica es una medida contemplada en nuestro Estatuto de Autonomía (Art. 23.2) y uno de los 28 compromisos legislativos suscritos por PSOE e IU en el pacto de Gobierno de la pasada legislatura. De aquel compromiso surgió un grupo de trabajo en el Parlamento (mayo de 2014) por el que desfilaron durante meses expertos, agentes sociales, representantes de la Universidad y de los ayuntamientos (Extracto de artículo del Diario Público).

Un trabajo durísimo para acabar en una decepcionante reforma del salario social. Una RMI que no cumple la Carta Social Europea, tal y como denuncia Marea Básica, que redunda en el perverso dogma de la inserción a través de la empleabilidad (un ejemplo de iniciativa con evidencia científica en contra a toneladas) y para la que no existe suficiente financiación, como muy bien explica Save the children o el artículo de Público que citaba anteriormente. Su título lo dice todo: La pobreza andaluza desborda la 'renta básica' de la Junta antes de entrar en vigor. Recomiendo su lectura, así como desaconsejo comparar la RMI andaluza con las que se están implementando en otras CC.AA. más que nada para que las profesionales andaluzas no caigamos en la más profunda depresión. De la ciudadanía andaluza qué decir.

El borrador del decreto al que he podido acceder es de junio. Después ha habido modificaciones, que he buscado como el Santo Grial, sin éxito. Éste nos regala las siguientes perlas:
  • La RMI se condiciona a la empleabilidad con unas condiciones draconianas.
  • No se percibirá de forma indefinida. La duración pasa de 6 meses a un año, pero hay que esperar ¡otro año! para solicitar (salvo excepciones especificadas).
  • Las personas solicitantes se someterán a un doble itinerario de inserción por servicios sociales y empleo, con la todavía mayor burocratización de los procedimientos y la consiguiente desorientación de las personas que lo soliciten. Control, control y más control sobre la gente pobre, que es lo cool.
  • Las cuantías bajan, al tomar como referencia el IPREM y no el SMI.
  • Los requisitos se endurecen y se requerirá documentación que vulnera lo expuesto en la Ley 39/15 de procedimiento administrativo común.
  • La población inmigrante queda en el limbo, contraviniendo el tratamiento que les otorga la Ley 9/16 de 27 de diciembre de Servicios Sociales de Andalucía (que tanto trabajo costó conseguir).

Andalucía ostenta el vergonzante honor de liderar casi cualquier ranking sobre pobreza y exclusión social, el riguroso trabajo de la Red Andaluza contra la pobreza (entre otros) así lo demuestra. Dos millones y medio de andaluces son pobres y la RMI alcanzará a 45.000 personas. Hoy es 4 de diciembre, Día Nacional de Andalucía ¡Andaluces, levantaos, pedid tierra y libertad! grita nuestro himno, con letra de Blas Infante. Tierra y libertad. Nada sobre chupetes.

Kevin Johansen
Ni idea
(Esta canción también forma parte de la BSO de la peli
En la Ciudad de Cesc Gay, que me gustó mucho)