viernes, 8 de diciembre de 2017

La vergüenza es peor que el hambre

Lo social no es en realidad más que un eufemismo para designar esa mezcla de indignación, asco y vergüenza que uno experimenta ante la realidad en que vive.  
Gabriel Celaya
Nunca me había parado a pensar sobre la vergüenza hasta esta semana. La vergüenza como concepto se ha asomado, juguetona, por aquí y por allá: En una frase de Rodríguez Castelao que da título a esta entrada, en dos artículos de prensa, en un hilo de twitter, conversando con una compañera, en un texto de Marx y hasta en dos series de TV, una comedia y una ¡de policías! Tan insistente se ha puesto la vergüenza que he decidido saber más, así que que me he puesto a buscar libros sobre el tema y resulta que hasta Boris Cyrulnik ha escrito un ensayo sobre la vergüenza. Salman Rushdie acaba de publicar otro, en este caso una novela.


Traigo la vergüenza al blog porque estoy dándole vueltas a su relación con los servicios sociales. Opino, tras leer a investigadoras y pensadores varios, que la vergüenza juega un papel muy relevante y que además tiene una función disciplinaria en política social en general y servicios sociales en particular. Es lo que voy a tratar de transmitir en esta entrada con algunos argumentos que espero poder desarrollar mejor algún día, aunque estoy segura de que otras personas ya habrán desarrollado esta reflexión con rigor científico y yo no me he enterado.

Todo comenzó con un artículo de Peter Frase que, con este título, no pude resistirme a leer: Resentidos con los hipsters. Su tesis central es que la fetichización del trabajo alimenta la política del resentimiento. En su lugar, es el momento de abrazar el lenguaje de los derechos económicos y sociales. Este párrafo es central para explicar mi argumento (aunque recomiendo la lectura del artículo entero):
La ética del trabajo es un elemento fundacional del capitalismo moderno: asegura la legitimidad general del sistema, y dentro del ámbito individual de trabajo motiva a los trabajadores a ser económicamente productivos y políticamente inactivos. Pero el amor al trabajo no es algo que llegue fácilmente a los trabajadores, y su construcción durante siglos fue un logro monumental para la clase capitalista.
De este modo el empleo se ha convertido hoy en el eje sobre el que pivota toda nuestra vida. Nuestra identidad se conforma en torno al empleo, que nos sitúa en una u otra clase social y es la vía de acceso al consumo, otro de los elementos que conforman nuestra posición en la escala social capitalista. Por contra, no tener empleo está mal visto, es un motivo de vergüenza dado que nos convierte en seres improductivos, consumidores fallidos, que decía Bauman. Creo que no es necesario extenderme en esto, lo vemos todos los días en las caras de las personas desempleadas.

Si carecer de empleo es motivo de vergüenza, imaginemos lo que supone encontrarse en situación de pobreza. En realidad no hace falta imaginarlo ya que tenemos evidencia científica, por ejemplo en el magnífico artículo La vergüenza también es un problema psicosocial de Keetie Roelen, investigadora y codirectora del Centro de Protección Social del Instituto de Estudios sobre el Desarrollo de la Universidad de Sussex, en Brighton (Reino Unido), publicado el otro día en El País.
Ser pobre es una experiencia muy vergonzante, que degrada nuestra dignidad y nuestro sentido de lo que valemos. Aunque las causas y manifestaciones de la pobreza pueden ser diferentes, la humillación que la acompaña es universal. Recientes estudios llevados a cabo por la universidad de Oxford indican que de China a Reino Unido, las personas que se enfrentan a problemas económicos —incluidos los niños— notan un ataque casi idéntico a su orgullo y autoestima.
Repitiendo entradas anteriores, retomo la idea de que el capitalismo clásico, heredero de la filosofía calvinista, consideraba como un valor la ética del trabajo, vinculando así empleo y bienestar y, por consiguiente, también desempleo y pobreza, un binomio a todas luces falso por cuanto es ampliamente sabido que tener un empleo no garantiza salir de la pobreza; aún así, el neoliberalismo se apropia de esta ética del trabajo y construye una falsa dicotomía entre los pobres merecedores y los no merecedores, los primeros, personas que han caído en desgracia y que merecen toda nuestra conmiseración y apoyo, los segundos, parásitos del estado.

Dicho de otro modo: Pobres con vergüenza y sinvergüenzas a secas. Me decía una compañera el otro día mis padres eran pobres, pero nunca pidieron ayudas porque tenían vergüenza, no como otros vecinos. La vergüenza como elemento de diferenciación. La vergüenza como acicate.

En este sentido, como profesionales hagamos un ejercicio de introspección: ¿Qué personas peticionarias de ayudas económicas nos producen un mayor confort? ¿Preferimos atender a las que han caído en desgracia y acuden a nuestros servicios casi sin querer entrar o a aquellas que solicitan ayudas con una actitud casi chulesca? ¿Por qué?

¿Y qué ocurre cuando un pobre merecedor no consigue incorporarse al mercado laboral y/o salir de la pobreza? En muchas ocasiones, la misma persona que era objeto de conmiseración comienza a ser objeto de rechazo por nuestra parte cuando comienza a fallar y se convierte en pobre no merecedora, cuando se cronifica. Con estas cogniciones ¿Estamos siendo acompañantes en procesos de ayuda o un elemento más del control social? ¿Qué tipo de acercamientos a nuestros servicios estamos generando, auténticos o estereotipados? ¿Qué interacciones estamos construyendo?

Hay que enfrentar de una vez la pregunta ¿Estamos por asumir esto de los pobres merecedores y los que no? ¿Deberían sentir vergüenza ambos por acudir a nuestros servicios? ¿Deben hacérnoslo notar? Y lo más importante: ¿Es la vergüenza una emoción proactiva en intervención social? Marx decía que la vergüenza es un sentimiento revolucionario. Por una vez, y sin que sirva de precedente (o no), discrepo. La vergüenza es peor que el hambre. En todas sus formas.

Sting con Anoushka Sahktar
Book of my life

4 comentarios:

  1. Tu entrada me ha hecho pensar en la poca atención que prestamos en muchas ocasiones a los sentimientos de las personas con las que trabajamos y lo mal que los comprendemos. La ira, los enfados, la tristeza, la vergüenza... que expresan contienen claves de intervención que apenas manejamos. Un abrazo.

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    1. Es verdad, nos están lanzando mensajes continuamente que hay que manejar en clave profesional (no personal-petarda). Ahora te toca lanzarte a ti a escribir sobre ello. Abrazo de vuelta.

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  2. Feliz día "compas":
    Conecto la idea de "pobres merecedores y los no merecedores" con una pregunta que me hago en infinidad de ocasiones: ¿por qué con ciertas personas somos proactivos y con otras no?, ¿Qué ocurre?
    Lo conecto con la idea de Pedro. Estos días estoy con la cuestión del derecho a la protección y a la activación (en mi opinión una obligación más que un derecho), pero la idea en principio encaja.
    Veo en diferentes iniciativas un planteamiento inicial: "incorporación al sistema laboral" y aquí entran los sentimientos y emociones (expresión pública del sentimiento) de las personas que atendemos. Ellos y ellas ¿quieren incorporarse al mercado laboral?, ¿pueden incorporarse?, ¿el mercado laboral los puede incluir?
    En mi experiencia hay una serie de aspectos previos a trabajar: ¿cómo se sitúan las personas frente a la realidad? (aquí una de las cuestiones puede ser la vergüenza), su idea de cómo debería funcionar el mundo y cómo realmente funciona. Lo enlazo con el proceso de ayuda. Cuál es el contenido de la ayuda: ¿motivar un cambio personal, conseguir ayudas, la incorporación sociolaboral?, llego al proceso de protección con el acceso a las ayudas y de reflexión y análisis de sus realidades, ¿ cuáles son sus direcciones vitales, ¿con ese desempeño a que se acerca y de qué se aleja?. ¿Qué quiere conseguir la persona?...
    Por último, ¿atendemos síntomas (falta de ingresos o ingresos reducidos, etc), o tratamos de definir el problema?, esto último implica hipotetizar, contrastando con la realidad, cuál o cuáles son sus causas y sobre cuál o cuáles la persona está dispuesta a trabajar y qué tipo de acuerdo podemos establecer. Creo que, en general, no hacemos mucho de esto ¿no?
    Da que pensar tu planteamiento, Gracias Belén

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    1. De lo que has dicho, con lo que estoy básicamente de acuerdo, me ha llamado especialmente la atención este párrafo:

      ¿atendemos síntomas (falta de ingresos o ingresos reducidos, etc), o tratamos de definir el problema?, esto último implica hipotetizar, contrastando con la realidad, cuál o cuáles son sus causas y sobre cuál o cuáles la persona está dispuesta a trabajar y qué tipo de acuerdo podemos establecer.

      Me parece clave el matiz de cual o cuales la persona está dispuesta a trabajar. Da para una entrada...

      Muchas gracias.

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