sábado, 24 de febrero de 2018

Análisis de la demanda

El otro día encontré en un libro sobre metodología del trabajo social dos afirmaciones que me dejaron con las patas colgando, una expresión de mi tierra que me encanta:

  • La visita domiciliaria es una técnica privativa del trabajo social.
  • La visita domiciliaria nos define.

Incapaz como soy de evitar una polémica, mostré mi opinión en facebook y pude constatar, una vez más, lo mucho que molesta al gremio esto de cuestionar la visita domiciliaria. Dado que ya le dediqué una entrada no voy a volver a explicarme, aunque he traído la visita domiciliaria porque me sirve como ejemplo de la sobrevaloración que en trabajo social se otorga a unas herramientas y la infravaloración que padecen otras, como el análisis de la demanda.

La demanda no es tampoco un concepto exclusivo ni privativo del trabajo social, no obstante cobra una importancia especial en nuestra profesión, más aún si se desempeña en servicios sociales. Pedro Celiméndiz escribió hace tiempo una entrada titulada La Danza de la demanda que ilustra muy bien las dificultades que tenemos para abordar ciertos contactos profesionales, dificultad que estriba precisamente en no realizar un adecuado análisis de la demanda.

Imagen vía https://maferbecerra.wordpress.com
Gracias a mi formación en el modelo sistémico, doy mucha importancia a los primeros contactos y al abordaje de la demanda, lo que me facilita ostensiblemente la intervención. Curiosamente apenas encontramos reflexiones al respecto en la literatura profesional (que yo sepa) exceptuando a Cristina de Robertis, quien define el término demanda y además incluye el análisis de situación como una herramienta en trabajo social.
Por análisis de la demanda entendemos el conjunto de los elementos relativos a un problema, un pedido planteado por un individuo o un grupo, a un trabajador social, y la reflexión sobre esos elementos, la relación entre unos y otros (De Robertis,  2006)
Cristina de Robertis plantea que en el léxico profesional se utilizan habitualmente tres palabras como sinónimos: problema, necesidad y demanda. Considera que es necesario definirlas porque no tienen la misma significación a pesar del uso intercambiable abusivo que se hace en el lenguaje profesional:

  • Problema: “Dificultad que hay que resolver para obtener un cierto resultado. Situación inestable o peligrosa que exige una decisión”
  • Necesidad: “Exigencia nacida de la naturaleza o de la vida social. Aspiración natural y a menudo inconsciente”.
  • Demanda: “Acción de pedir, de hacer saber lo que uno anhela o desea. Hacer una demanda al T.S. implica una movilización de la persona o grupo con el fin de encontrar una solución al problema que quiere resolver y así reducir la frustración y el sufrimiento que entraña la necesidad”.

Podemos establecer diferentes clasificaciones sobre la demanda pero a mí me interesa distinguir a efectos prácticos tres variables:

  • Demanda directa e indirecta.
  • Demanda explícita e implícita.
  • No hay demanda. 

La ausencia de demanda es peliaguda porque suele darse en casos en los que probablemente tengamos que situarnos en un contexto de control y si no se marca adecuadamente podemos tener problemas, son los llamados deslizamientos de contexto.
Situaciones de confusión y malentendidos que se dan cuando los que participan en un contexto no advierten que no comparten los objetivos ni las reglas. Como representación de algunas de esas situaciones, valga citar los tratamientos que se producen en situaciones de minoría de edad, donde el paciente designado rehúsa el tratamiento, pero al que inevitablemente es consignado, o situaciones en las que desde el sistema judicial, se prescribe una obligatoriedad de tratamiento. Ambas situaciones, aunque distintas a nivel relacional, comparten grandes riesgos. Bajo la mirada del “paciente obligado”, el terapeuta puede aparecer como un gran enemigo, que puede cumplir bien funciones de policía, bien de abogado acusador, pero, en cualquier caso, será despojado de su “rol de terapeuta”. (Fabiola Rincón)
Además de estas variables, en los primeros contactos trato de observar:

    • En qué plano emocional formula la persona o la familia la demanda.
    • Qué lenguaje utiliza.
    • Quien realiza la demanda y por qué.
    • Qué tipo de demanda realiza (económica, afectiva…)

Resumiendo, un buen abordaje de la demanda en los primeros contactos nos ayuda a clarificar qué espera la persona de nosotras, cuáles son sus expectativas y cuáles nuestras posibilidades y, sobre todo, acordar objetivos y tareas para alcanzar una meta compartida, que no es poco.  

Kelly Clarkson
Give me one reason 
cover Tracy Chapman

jueves, 15 de febrero de 2018

Cómo hacer trabajo social

La pasada entrada expliqué que algunas compañeras, angustiadas, me hacen consultas relativas a cómo intervenir. No lo escribí entonces pero esta pregunta también me la hacen compañeras noveles en los cursos que imparto. En estos cursos, como en las consultas que me han hecho, la gente suele pedir un bálsamo de fierabrás que les convierta en Jane Addams, así, de golpe y porrazo.


Aportó Nuria Fustier, trabajadora social, profesora universitaria (y bloguera) en mi anterior entrada una reflexión que suscribo:
Faltan instrumentos para la relación de ayuda: desde la universidad tengo la sensación que dedicamos "demasiado" (así entre comillas, que nadie se escandalice) a asignaturas teóricas y muy poco tiempo a trabajar sobre las herramientas (e, incluso, los modelos teóricos) de la intervención directa, de la relación de ayuda.
Asimismo, Luis Barriga, de directoras gerentes, compartió la tesis doctoral de Arantxa Hernández Echegaray, de la Universidad de Valladolid, que aborda el proceso de desprofesionalización del trabajo social en España. Este proceso de desprofesionalización parece ser el origen de estas ansiedades e inseguridades tan nuestras. La tesis tiene una pinta estupenda, por cierto. Enhorabuena, Arantxa.

Dicho esto, una vez que iniciamos el ejercicio profesional es responsabilidad nuestra manejarnos con destreza y si no es el caso quedarse en el lamento no es proactivo. Si se optó por estudiar trabajo social lo normal es que haya capacidades para el ejercicio:
La capacidad puede entenderse como la potencialidad de hacer una cosa. Implica poder, aptitud, pero es un concepto estático. La competencia sería la plasmación de esa potencialidad en acto, la capacidad llevada a contextos determinados, concretos, ligados a la acción. Se trata pues de un concepto dinámico. Los dos conceptos están íntimamente unidos: se necesita ser capaz para ser competente; la capacidad se demuestra siendo competente” (...)Pero esta relación “jerárquica” o de “inclusión” está matizada por un mutuo condicionamiento, en el que competencias y capacidades son interdependientes (...) de la misma manera, los elementos o dimensiones integrados en las competencias guardan cierto correlato con los contenidos educativos sobre todo al formularse éstos de manera diversa, a partir de conceptos (conocimientos), procedimientos (habilidades, destrezas) y actitudes (valores, emociones, motivación). 
Extracto de entrada del blog de Juan Domingo Farnós, titulada Competencias y Capacidades en aprendizajes.
Lo que trato de explicar tras este parrafazo es que no basta con tener capacidades, hay que desarrollar competencias y para ello solo hay un camino, que es la formación permanente, y no cualquiera. Hay una tendencia muy absurda a realizar mil cursos de corta duración y mil temáticas, cuando es mucho más efectiva la formación en paradigmas de intervención (conocimientos) y a partir de ahí desplegar habilidades y destrezas a través de las técnicas propias del trabajo social ¡Ojo! pasadas por el tamiz del modelo en cuestión. Por ejemplo, el colegio de Tenerife organiza un curso sobre terapia narrativa en marzo, me permito este banner publicitario pues lo imparte mi amiga Karina Fernández, así que se me apunten las isleñas.

La relación de ayuda requiere formación. Formación seria. Abandonemos de una vez los cursos de meditación zen y cantos trascendentales, por favor. Mejor dicho, situemos estas prácticas en la categoría de hobby, que cada cual tiene derecho a dedicar su tiempo de ocio a lo que le plazca. Incluso a las pseudociencias.

Es cierto que la formación es cara a veces, es cuestión de elegir cuidadosamente y enfocarlo como una inversión. Y, tanto si nos podemos permitir la formación como si no, leer, leer y leer. Aquí no vale la excusa del coste. Afortunadamente las revistas de trabajo social son electrónicas, de acceso libre y la mayoría son de una calidad magnífica, no así los libros de trabajo social escritos en español. Se publica demasiada morralla, por lo que antes de adquirir un libro seducida por su título mírate el índice y pregunta por ahí.

Por otra parte, se aprende mucho de trabajo social leyendo textos de otras ciencias, siempre pongo como ejemplo el libro de Daniel Kahneman Pensar rápido, pensar despacio. Creo que es de obligada lectura (el libro es un pelín ladrillo, eso sí).     

El problema es que todo esto requiere ESFUERZO. Seamos sinceras, no siempre estamos dispuestas a dedicar esfuerzo y tiempo a la formación y el reciclaje, parapetándonos tras excusas variopintas (los hijos son una excusa clásica, conste que no digo que se abandone el cuidado de los hijos, válgame el Señor).

Para las crisis profesionales, nada mejor que los espacios de supervisión, formales o informales. Hablando de supervisión y de libros... Estoy segura de que este no pertenecerá al numeroso grupo de la morralla. Si andas por Bilbao, es un buen plan. Y si no, también puedes ver la película Malas temporadas, del director (paisano mío) Manuel Martín Cuenca; es una película coral que incluye una trabajadora social muy conseguida, seguro que te identificas con el personaje porque todas hemos pasado por crisis profesionales alguna vez.


La solución a estas crisis está en la prevención a través de lo ya dicho. Si aún así aparecen, los remedios son conocidos: la escucha de una compañera. Una cerveza con amigos. Un paseo por el monte o la playa. La desconexión del fin de semana. Y tener un hobby, aunque sea la meditación zen.

Alef
Sol
Dedico esta entrada a una trabajadora social que hoy cumple años. Su novia, de cuyo nombre no quiero acordarme, no es trabajadora social, pero me escribió pidiendo ayuda para su pareja porque ha comenzado a trabajar y está muy sobrepasada por el tipo de personas a las que atiende. 
Mucha fuerza y a por todas, compañera.

jueves, 8 de febrero de 2018

El bálsamo de fierabrás


Recibo correos de vez en cuando enviados por trabajadoras sociales que se dirigen a mí en calidad de bloguera. Me cuentan a modo de desahogo que tienen problemas en el trabajo y buscan mi consejo, ya ves. Esperaría leer que tienen dilemas éticos, roces con sus superiores, cansancio, quemazón... pues no. Los correos que he recibido guardan una alarmante similitud: Todas se sienten sobrepasadas, impotentes, torpes ante el alud de problemas diversos que se les presentan y han de resolver. Todas coinciden: No sé intervenir ¿Qué hago? Todas parecen buscar el bálsamo de fierabrás. Y empleo todas porque todas son mujeres.

En este sentido se podría inferir que mi observación no tiene nada de particular puesto que la mayoría de trabajadoras sociales somos mujeres. Por esa regla de tres lo lógico sería que la mayoría de cargos de responsabilidad en instituciones sociales fuesen ocupados por nosotras al ser mayoría, sin embargo no es así, por lo que mejor dejemos la lógica a un lado.

En mis veinte años de ejercicio he tenido la oportunidad de trabajar con muchas compañeras y compañeros novatos que han venido a hacer sustituciones y ni uno solo de los chicos ha tenido un atisbo de inseguridad, y si lo ha tenido lo ha disimulado estupendamente. He trabajado con hombres verdaderamente desastrosos que paradójicamente (o no) eran todo seguridad. Ni rastro de autocrítica. No pretendo generalizar, tengo compañeros grandísimos profesionales y compañeras que preferiría que no lo fuesen, no se me encolericen lectores varones que nos vamos conociendo, pero esa ha sido mi experiencia y considero que es digna de reflexión.

Cuestiones de género aparte, me doy cuenta de que lo que hay detrás de estos correos tan tristes es siempre lo mismo: Una alarmante carencia de conocimientos, habilidades y destrezas en el manejo de la relación de ayuda. Hay actitud, hay vocación, hay entrega, pero no hay capacidad. Soy así de taxativa. Las causas en mi opinión son varias y a ellas les dedicaré una entrada próximamente.

La buena noticia es que tiene solución y tenemos que dárnosla. No somos culpables de no haber recibido el mejor entrenamiento ni nacemos sabiendo, pero sí somos responsables de ofrecer la mejor atención sin esperar simplemente las enseñanzas que se adquieren con la experiencia. Estoy segura además de que detrás de todas esas inseguridades puede haber grandes profesionales. La cuestión es ¿Dónde está la solución? ¿Existe entonces el bálsamo de fierabrás? Sí. Y no.

Continuará...

Wankelmut & Emma Louise
My head is a jungle