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Mostrando entradas de febrero, 2019

Abrazos

Somos tendentes a fustigarnos bastante tanto hacia dentro como hacia fuera. No conozco otra profesión que trabajando con "material tan sensible e intenso", derrochando en la mayoria de las veces tanta humanidad y cercanía, se le mime y automime tan poco. 
Las palabras con las que empieza esta entrada son de Chelo, una lectora de este blog. Escribía un comentario al hilo de mi anterior entrada, que trataba sobre la reactividad con la que a veces nos tomamos desde el trabajo social las opiniones ajenas. El comentario de Chelo (del que he colocado solo un fragmento) me dio mucho que pensar así que hoy, festivo en Andalucía, me decido a escribir sobre ello bajo el sol de un febrero demasiado caluroso incluso para Almería.
Son varias las compañeras que me piden que escriba sobre aquello que hacemos bien porque opinan, como Chelo, que nos fustigamos demasiado, y es verdad, no hay más que comprobarlo haciendo el ejercicio de recordar aquellos casos que tuvieron un buen final y aquell…

Reactividad

Recientemente se han publicado dos libros que según parece zarandean el andamiaje de esto que venimos llamando políticas sociales: Lectura fácil, de Cristina Morales, premio Herralde de novela de 2018, y Silencio administrativo, de Sara Mesa, que forma parte de la fantástica colección Nuevos Cuadernos Anagrama


Digo según parece porque los he comprado, pero no he tenido tiempo de leerlos aún. Me interesa mucho Lectura fácil porque es una novela sobre la discapacidad intelectual, terreno apasionante en el que me embarqué hace un año. En las entrevistas que le he escuchado a la autora denoto rechazo hacia la figura de las trabajadoras sociales, o al menos hacia la que aparece en este libro. En mi caso esto no supone ningún problema, aunque he de reconocer que sí he observado cierta hostilidad en otras compañeras de servicios sociales, no necesariamente trabajadoras sociales, ante libros como estos.
A mi juicio las profesiones de ayuda en general acusan dos males endémicos: el corporativi…

No le dí nada

Suelo salir temprano a trabajar para evitar el tráfico de la autovía que me lleva hasta Almería. Normalmente llego pronto al garaje que alquilé para evitar el tedioso ritual de las cien vueltas buscando aparcamiento. Mientras camino deprisa hacia el trabajo me pongo los auriculares para terminar de escuchar Hoy por hoy. Voy pensando en mis cosas con la cabeza gacha para evitar el contacto visual que a esas horas no ando yo muy interactiva. Ensimismada y protegida por mi aislamiento ocular y auditivo me dirigía, todavía de noche, por la calle casi vacía hacia el Instituto Almeriense de Tutela cuando un chico me llamó la atención.

Casi me asustó porque se me acercó a una distancia más próxima de lo habitual para un desconocido, supongo que al comprobar que no lo oía. Era un chico de unos treinta años y aspecto completamente normal, posiblemente uno entre quienes nos dirigimos a las muchas oficinas de la Diputación de Almería, sin embargo me preguntó con la cara completamente desencajada…